Yo no voté por Chávez aquel año 98. Nunca había votado y no lo hice entonces. Un “para qué” había ido madurando desde que tuve conciencia política, de la política de entonces, de los partidos y los políticos. Ese para qué me había llevado incluso a no sacarme la cédula, por lo que viví cinco años sin ella. Me había ido también de la Universidad, por lo que no tenía ninguna identificación y como un paria andaba, escurriéndome de la policía (Lolita, cuando llegó a ser gobernadora, eliminó la recluta, de modo que esa pesadilla se disipó), viviendo una suerte de vida al margen. Leía y escribía; sabrosas bibliotecas en algunas casas y en los lugares donde dormía y donde pasé el grueso de esos años, me mantenían aferrado a mí mismo. Y por supuesto, los amigos, con los que soñaba y todavía sueño un mundo a la medida de los sueños, un mundo de fervor, ahínco y belleza. Por esos años la historia llegó de golpe. El 4 de febrero. Ya había escuchado las cacerolas contra Carlos Andrés, ya había vivido el 27 de febrero, la podredumbre del país, el desaliento. Recordaba con rabia y complicada resignación los zapatos rotos, el hambre de la década de los 80, el desempleo, la inflación, la nada social, la represión. Había visto a unos tíos arruinados, contando dinero ajeno. La realidad estaba en otra parte. Por un amigo conocí a la Causa R, y sin estar inscrito colaboré en las mesas, llevé alimentos, atendí una central de información donde me enteré a las dos o tres de la tarde que Andrés Velásquez había ganado las elecciones. Más tarde, que se había vendido. Fueron aquellos días de resurgir, algo había prendido en la gente. Mi padre, al que siempre le preguntaba cuando niño por quién había votado y que siempre me respondía, por el que va a perder, el gallito, lo vi montado en un camión, gritando el nombre de Andrés. Vino la euforia y se fue. Cinco años más de anomia: el colmo: una protesta de viejitos disuelta por una ballena. Por dentro, se sacudían los intestinos del país, Chávez recorría los pueblos, se decía que andaba en un camión como una casa rodante, que iba de pueblo en pueblo, que estaba moviendo gente. Pero yo estaba lejos, en otra parte. O cerca, ahora que lo pienso. Pero eso no importa. Importa que ganó aquellas elecciones, y vinieron más, la Asamblea, la Constitución. Unos amigos, que conocía o había leído participaron en la redacción de la Carta Magna; eso me entusiasmaba; Gustavo Pereira, por ejemplo, entrañablemente. Escuchaba los discursos de Chávez y me reía, asombrado de escuchar por primera vez una forma de la verdad, siempre ocultada por las formas y los formalismos de la mentira. Yo seguía sin inscribirme. Recuerdo pequeñas discusiones con mis padres, sobre el Chávez militar; yo entonces receloso, desconfiado, recordando los allanamientos a la Universidad, las bombas lacrimógenas, las peinillas, los perdigonazos. Todo eso girando. Pero comenzó la conspiración y advertí los signos de la muerte. Su procedencia. Yo estaba curado desde hace muchos años de los medios, sentía y siento un odio profundo por la televisión y la radio, no leía la prensa. Y me fue evidente que la conspiración y el poder de la muerte venían de los medios. La otra realidad liderada por Chávez se deslindaba claramente de la farsa mediática, y de esas formas del poder que ahora se delineaban con claridad meridiana. Entonces vino el golpe. Y de inmediato el reencuentro con un montón de amigos en largas jornadas de reflexión y debate, bañados por aquel abril revelador. Como un fogonazo. Lecturas, discusiones, movilizaciones. Me inscribí en el CNE apenas abrieron inscripciones. La derecha golpista, encarrilada pero furiosa, recogió firmas y fuimos a referéndum. Voté con alegría, contagiado. Ha corrido agua bajo el puente. La derecha golpista, buscando grietas en el sistema electoral, recurre hoy al miedo, al chantaje, a la estafa. Tiene que burlarse porque de lo contrario le estaría diciendo sí a la Constitución que los borra. Por eso no aceptará los resultados, por eso miente sustancialmente cuando dice jugar a las elecciones. Miente y los medios –definitivamente diseñados para la mentira- la acompañan, la secundan, la encubren. Por demás, Estados Unidos ha decidido decirle al mundo “soy una mierda y qué”. El mundo ha comenzado a virar, Latinoamérica no es la misma, el mundo no es el mismo. Venezuela, la República Bolivariana, está siendo observada por todos. Vértice y vórtice. No es poco sentir que nos estamos jugando la vida. La palabra “después” no ha tenido tanto futuro. Esto escribo a una hora exacta del toque de diana. Nuestro pueblo hoy tiene un sueño liviano, y no lo espantan sombras.
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