Artículo de José Javier Franco, publicado el 18 de noviembre de 2006, en Aporrea. org. http://www.aporrea.org/medios/a27332.htm
Nadie me ha preguntado nunca cuál fue la causa de la muerte de mi abuela. Jamás se me ha acercado un periodista, blandiendo en mi contra su micrófono, a preguntarme por la salud de mi padre. Jamás he salido en televisión hablando de la salud de mi madre. Ni siquiera cuando he atravesado por una crisis asmática se ha dignado ningún medio de comunicación a ir hasta la sala de terapia respiratoria a reseñar mi enfermedad, mi recuperación, mi alta médica. Mi hija, por ejemplo, pasó las navidades pasadas mirando jugar a los otros niños desde una silla de la que no podía levantarse porque un amiguito de la escuela le había fracturado la pierna derecha. Ni una foto para la primera plana de ningún periódico. Es obvio, dirá el avezado lector, son hechos que pertenecen a la esfera de lo privado y de la que no tienen porqué ocuparse los medios de información y opinión del país, que para cosas más serias están y estoy de acuerdo; pero nada más alejado de la verdad.
Una de las premisas de la contemporaneidad es la de que quien no aparezca en los medios de comunicación no existe. Al menos por un instante, segundo de gloria, todos aspiramos a salir alguna vez en esa especie de mundo a través del espejo que es el de la televisión. Acaso antes de que se prendiera el ojo de nuestro moderno Polifemo, nos hubiéramos conformado, como en verdad nos vimos obligados a hacerlo, con una reseña en el periódico; hoy eso es de segunda categoría, la posmodernidad ha devaluado el papel, soporte supremo de la modernidad. Claro que la mayoría de las personas no tiene acceso a los medios de difusión masiva. Lo que pasa, creo, como bien dice un amigo en una canción anónima que sólo algunos pocos de sus allegados hemos escuchado, es que la pantalla es grande y la luz es muy pequeña. Ese mismo amigo podría servirme de testigo ahora de la poca importancia que tenemos los seres ordinarios que no hemos sido apuntados por el reflector que nos hace, en términos mediáticos, venir a la vida. Si quisiera ponerme un poco filosófico, diría, siguiendo el pensamiento de Deleuze, que se nace ser humano, se deviene hombre o mujer y luego, sí y solo sí el gran dios mediático nos señala con su dedo, se adviene sujeto, es decir, se eleva uno a la categoría de la existencia; pero no se trata aquí de filosofar demasiado, sino de señalar que los más, los de abajo, los ninguneados, los nadie, los pequeños seres, si acaso cobramos existencia el día de nuestra muerte gracias al obituario, una existencia rápida, fugaz, apenas percibida por familiares y amigos para convencerse de que en verdad un día estuvimos aquí, de paso como todos, y que es verdad que hemos muerto porque así lo dice la prensa.
En un ensayo del libro Escenas de la vida posmoderna, Beatriz Sarlo apunta que los medios de comunicación (no comparto el término y procuro no usarlo pero como estoy parafraseando a Sarlo y creo que es necesario en este caso; siempre uso el término 'medios de difusión', que no de otra cosa se trata), apunta Sarlo, decía, que los medios de comunicación tiene el poder de elevar a acontecimiento de importancia nacional cualquier tema que traten, desde la sexualidad hasta la economía, pero que, igualmente, tienen el poder de hacer polvo cósmico cualquier tema que no traten, desde la impotencia sexual hasta las políticas macroeconómicas. No uso exactamente las palabras de Sarlo pero por ahí va la cosa. El párrafo anterior y éste, compartirá el lector conmigo, son extremos de una misma estrategia discursiva y comunicacional. Los operadores mediáticos 'enuncian' una versión de lo real desde un determinado lugar, cuyos referentes son fijados por muy precisos intereses; así todo discurso, político, social, cultural, literario, histórico, filosófico. En el caso de la media, la contradicción salta a la vista. Los medios pasan de bien común a empresa privada y, con ellos, los "comunicadores" (¿cómo se nos denominará al resto de los seres parlantes?) pasan de ser servidores públicos o voceros de una ideología (política, cultural, etc.).
En concreto. Desde que se iniciara el proceso de transformación político venezolano, los medios de difusión masiva privados viene configurándose como participantes activos en el debate público nacional. Los medios no son ya la plataforma a través de la cual se expresa ese debate, sino que son actores políticos partícipes, cuya posición ha sido fijada. Cualquier hecho, sin importar si pertenece a la esfera de lo público o lo privado, es elevado no sólo a tema noticioso, sino a problema de interés nacional. Así, la úlcera gástrica de Eduardo Lapi, el dolor de cabeza del general Francisco Usón, la curita en la frente del ex gobernador Enrique Mendoza pasan a ocupar espacios estelares en los noticieros, a ser tema de debate entre expertos, analistas políticos y especialistas en los programas de opinión y hasta se le otorgan primeras planas en la prensa nacional. Por supuesto, los medios de comunicación se han encargado previamente de construir una subjetividad muy particular sobre estos individuos, que entran así en la categoría de personajes. No nos sorprende que los medios reseñen el nacimiento de la hija de actor de moda con la súper top model del momento, tampoco que ocupen el espacio público de la televisión con notas sobre la sexualidad de algún famoso cantante o con un problema de drogas de la hija menor del primo segundo de un sobrino de Maddona. Tales noticias son o nos parecen o nos hacen pensar que nos parecen válidas porque se trata de los sujetos por excelencia de la cultura de masas, a cuya identificación nos obligan con tan diferentes como reiteradas estrategias de comunicación y propaganda.
Es lo que ha ocurrido con la tele-política (el término es de Sarlo). Ante la ausencia, desaparición o debilitamiento de líderes políticos "reales", frente la pérdida de poder de convocatoria de las organizaciones políticas tradicionales, pero sobre todo como respuesta a la amenaza que se cierne sobre sus intereses, los medios de difusión privados funcionan como una máquina de guerra en contra de cualquier poder que no le sea afín. Sin embargo, para justificar su discurso, para argumentar sus tesis, para darle cierto 'autoridad' a sus afirmaciones, para pluralizar un sujeto enunciativo que es en realidad siempre el mismo, necesita construir y hacer uso de dispositivos de enunciación, rostros parlantes cuyo currículum virtual es elaborado casi exclusivamente por los mismo medios o se basa en un sospechoso prontuario vinculado a las viejas políticas. Más allá del operador mediático, que funciona en Venezuela abiertamente como un operador político, el discurso mediático, basado en un diálogo de sordos, necesita de la voz de 'otro', aunque el otro sea el mismo. Es decir, el medio dice, pero le es absolutamente indispensable que lo que dice sea corroborado. De ahí el rol de "asentidores" que cumplen especialistas, expertos, analistas de todo tipo y en todas las materias. Estas figuras, por supuestos, están revestidas de un aura de objetividad y profesionalismo que se acopla a determinados temas o situaciones. Por otro lado está la palabra (también mediática, igualmente mediatizada), del "testigo" o del vocero político. Ambos, cumplen una función mucho más elemental, pero también mucho más "creíble", a la vez que logran la afinidad con un público que se siente ajeno al discurso especializado de los expertos.
Los Francisco Usón, los Eduardo Lapi, como en general todos los "presos políticos", forman parte del arsenal de sujetos y subjetividades que los medios necesitan como soporte de un discurso que poco varía en repertorio y argumentos, pero que, como en un juego de mesa, necesita barajar sus naipes para reiniciar o para crear la ilusión de que se ha reiniciado el juego. La construcción de video-políticos responde a una estrategia mediática y convierte a estos en parte del mobiliario escenográfico del estudio de televisión, tal como los "artistas" son casi propiedad de la planta televisiva que los contrata para que representen un papel. Si en un momento dado los periodistas perdieron su independencia ante la empresa de telecomunicaciones para las cuales trabajan y pasaron a ser o a desempeñar el mismo burdo oficio de un actor de reparto; hoy los video-políticos tiene la misma utilidad que los primeros, cumplen un rol impuesto por la dinámica mediática, responden a los temas, argumentos y referentes construidos por un discurso mediático cada vez más autoreferencial en la medida en la que ve mejores resultados en la sustentación de su propia versión de los hechos que en el esfuerzo por acercarse a la realidad. El mismo discurso mediático y la dinámica de producción de su discurso, justifica que la pancreatitis de uno de sus personajes (políticos o actorales) se convierta en hecho noticioso. Ese hecho en apariencia insignificante desde el punto de vista de la escena pública nacional, cobra trascendencia en la medida en que la mediática ha hecho del personaje en cuestión un sujeto político, aun cuando su incidencia sobre la realidad sea mínima e inclusive nula. Como señala Sarlo respecto de los diferentes temas que la televisión puede o no dar relevancia, podemos señalar que una estrategia similar funciona respecto de las personas.
Durante un largo rato, los medios de comunicación han ninguneado a quienes respaldan el proceso político venezolano. Los chavistas han sido, en el discurso mediático, círculos del terror, hordas, descamisados, borrachos con un pedazo de pan debajo del brazo, violentos, peligrosos. Esa mounstrificación del otro-enemigo (vieja técnica discursiva y refugio del poder) pasó a una estrategia de minimización del contrario hasta llegar a la casi anulación de ese otro nuestro en el discurso mediático. Hoy, los nadie, que son los más, no existen, no existimos, cada vez, los más somos menos, las mayorías somos invisible al ojo tecnológico de este Polifemo enceguecido. Esa desaparición da coherencia a su discurso. Sin ella, es decir, sin nuestra ausencia, les sería imposible asegurar lo improbable, que su candidato va a ganar las elecciones presidenciales del 3 de diciembre.











