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Archivos de: Noviembre 2006, 08

Homenaje a Nicaragua desde Guatemala y desde el tiempo

por joseleon71 @ Miércoles, 08. Nov, 2006 - 04:57:25 pm

"Llegué a comprender que, según ciertas normas internacionales, no escritas pero actuantes, los países pequeños no tienen derecho a la soberanía." Juan José Arévalo

En momentos cuando en Centroamérica comienzan a sonar los cantos de esperanza, cuando retornan las lluvias de la revolución sandinista, valga recordar un discurso de Juan José Arévalo, presidente de Guatemala, cuando entrega el poder democráticamente, pese a las presiones del Imperio, a Jacobo Arbenz, luego, como sabemos, derrocado. Porque el perro norteamericano no afloja ni suelta su presa. Pongo aquí para ustedes este discurso, en homenaje a Nicaragua, discurso que parece pronunciado por el presidente de mi país -hoy-, y que revela cómo el pueblo latinoamericano ha tenido históricamente proyectos comunes, democráticos, justos, alternativos, humanos y dignos, opuestos a la voracidad y a la muerte practicadas por el Capitalismo, pero que revela, también, cómo el Imperialismo no descansa en su afán de destruir la belleza.
Vaya este texto, entonces, como alegría, esperanza y alerta.

DISCURSO AL DEJAR EL PODER

Por Juan José Arévalo

Tengo a mucho honor resignar en manos del Pueblo y de sus Representantes legales, como lo manda la Constitución de la República, el cargo para que fuera electo en diciembre de 1944 y que asumí el 15 de marzo de 1945. Honor altísimo, mayor aún que el mismo honor de asumir la Presidencia, porque en Guatemala hasta hoy se produce el fenómeno histórico, político y educativo de que un Mandatario cumpla con el deber elemental de ser consecuente con las aspiraciones de su pueblo y cumplir con sus juramentos.
El 15 de marzo de 1945 ascendí a la presidencia de la Nación poseído por un fuego romántico, creyente como siempre en la radical nobleza del hombre, creyente como el que más en la sinceridad de las doctrinas políticas, inspirado en el cordial propósito de ayudar al pueblo para modelar su propia felicidad. Formado espiritualmente en las bibliotecas y forjado socialmente en ese taller que son las aulas -contagiado de la ingenuidad de los niños y portador de la generosidad que caracteriza a los maestros de escuela-, yo creía que gobernar un pueblo en este mediodía del siglo XX era empresa similar a la cátedra, cubierta de obligaciones y de sacrificios pero fecunda en beneficios públicos inmediatos. Creía que seis años para gobernar una República en Latinoamérica fuese tiempo bastante para satisfacer negados anhelos populares y plasmar obras de servicio social, negadas también por los gobiernos de tipo feudal. Creía, además, y con sobrada razón, que la República de Guatemala podía gobernarse por sí misma, sin sometimientos externos, sin mandatos que no emanasen de la libre voluntad popular mayoritaria.
Estábamos entonces oyendo el fragor de una guerra apocalíptica, que los hombres amantes del trabajo y la paz confiábamos fuese la última, y que compartíamos con relativo aplauso porque los discursos de Roosevelt nos decían -con la pasión de verdad de aquel líder de occidente, socialista y cristiano- que los horrores de la matanza servirían para devolver a las naciones y a los hombres las libertades amenazadas por el paganismo prusiano de Hitler. Cotejamos y confirmamos en ese entonces lo que la propaganda aliada decía, leyendo espantados la obra famosa de Hitler, hinchada de soberbia contra la cultura y contra los demás hombres, cargada de amenazas para los pueblos pequeños, envenenada de desprecio particularmente hacia nosotros los latinoamericanos, negadora de todo sentido de la fraternidad entre las naciones. Y aplaudimos por eso, abierta la conciencia y batiente la sangre, la colaboración fraternal de los Estados Unidos y Rusia, que en un momento de crisis de los superiores valores humanos unían sus hombres, su ciencia y sus armas para combatir al nuevo Atila.
Dentro de Guatemala, país que se liberó del nazismo criollo por sus propias fuerzas, había a la vez un clamor general en pro de la instauración de un régimen democrático, basado no en el capricho de los mandatarios sino en los preceptos de la ley -atento, desde luego, al deseo de las mayorías-, presto a conocer y satisfacer las necesidades elementales del pueblo -garante de la libertad de opinión de cada uno de los habitantes del país-, respetuoso del decoro que corresponde a la persona humana. En el torbellino revolucionario de 1944 y en el clamoroso primer semestre de 1945, casi la totalidad de los guatemaltecos despreciábamos los regímenes dictatoriales y queríamos honestamente saber lo que era en el orden cívico y durante todos los días un gobierno del pueblo y para el pueblo. Mi gobierno, producto de la exigencia popular, fue leal a ese clima que apetecía algo nuevo para nuestro país. El "arevalismo" -así llamado por amigos y adversarios-, significó en este momento histórico esperanza y promesa de servir a las mayorías populares y ensayar lealmente un régimen democrático funcional, institucional, antipersonalista.
Tales eran las condiciones internacionales e internas hace seis años. Inicié mi gobierno resuelto a dar al pueblo lo que de mí esperaba. Según personales opiniones mías, había que empezar con el artículo primero de la nueva Constitución, que dice: "Guatemala es una República libre, soberana e independiente, organizada con el fin primordial de asegurar a sus habitantes el goce de la libertad, la cultura, el bienestar económico y la justicia social. Su sistema de gobierno es democrático representativo". Nada más natural, para un maestro de escuela, que considerar a Guatemala como una República investida de libertad, soberanía e independencia. Y cuando ese maestro de escuela ha sido electo Presidente por la libre voluntad de las mayorías populares, nada más justo que se reconozcan y respeten los atributos de soberanía que residen en el pueblo elector y únicamente en ese pueblo.
Tenía yo entonces la convicción -y sigo teniéndola- de que una Nación no puede ser libre mientras no sean libres uno por uno todos sus habitantes, y de que la dignidad de la República está hecha como síntesis magnificada de la dignidad que se aloja viviente y actuante en cada uno de los pobladores del suelo. Para alcanzar eso en Guatemala teníamos que chocar con la particular estructura social y económica del país: de un país en que la cultura, la política y la economía estaban en manos de trescientas familias, herederas de los privilegios de la Colonia o alquiladas a las factorías extranjeras o constitutivas de una secta administrativa oficial que protegía los intereses de aquéllas y multiplicaba geométricamente los suyos. Un noventa por cierto de nuestra población vivía en cabal situación de servidumbre económica, sin derecho a la cultura y sin ciudadanía. Había que empezar en Guatemala por varios flancos a la vez y promover con entereza un movimiento libertador de las mayorías en lo legal, restaurador de ciudadanías estafadas y promotor de los balbuceos económicos del proletariado, de los trabajadores y de los campesinos. En esta Guatemala africanizada por extranjeros y por guatemaltecos, había que comenzar enfrentándose a los encomenderos que usufructuaban la riqueza y retenían la cultura en planos aristocráticos. Y así lo hicimos.
Una juventud revolucionaria, digna del mayor reconocimiento de las generaciones actuales y venideras: la generación arevalista de 1944 a 1947, en su mayoría integrantes del Congreso, se enlazó conmigo para la emisión de un instrumento legal que iniciase con cautela y firmeza la liberación de los trabajadores y campesinos de Guatemala. Los dos primeros años de mi gobierno culminaron con la promulgación y vigencia de un Código del Trabajo, llamado a fortalecer la vida democrática al mismo tiempo que a fermentar con nuevos gérmenes la economía patriarcal en que vivíamos, así como a dignificar individuos y familias en los grandes estratos sociales de trabajadores. Pero esa promulgación parecía imposible en este país. Los naturales representativos de la República de mercenarios que había sido Guatemala, se valieron de todas las armas, de todas sus influencias en los mercados internacionales, para impedir la discusión y la aprobación del Código. Fuera de mi despacho y en mi despacho los vi moverse con desesperación de náufragos o con insolencia imperial, mientras en la sombra financiaban conspiraciones. Incluso, algunos funcionarios de mi gobierno adversaban la temeraria empresa arevalista. Pero había un pueblo que la pedía, una juventud revolucionaria que respondía a ese pueblo y un Presidente al que no intimidaron ni ablandaron las amenazas ni las promesas. El Código del Trabajo entró a ser propiedad popular el 1º de mayo de 1947.
Bien pronto comenzaron a sentirse los efectos del nuevo texto legal. Mientras los trabajadores y campesinos veían realizados sus sueños de igualdad jurídica y marcados los comienzos de su liberación económica, los empresarios africanizantes del Caribe movilizaron dentro y fuera de Guatemala todos sus elementos en la más poderosa embestida que se haya llevado durante cuatro contra un gobierno latinoamericano. El feudalismo criollo -que dos años atrás pedía democracia y libertades individuales- se mostró defraudado e indignado por la manera como mi gobierno entendía la democracia y exageraba las libertades. Los magnates del banano, connacionales de Rooselvet, se rebelaron ante la audacia de un Presidente centroamericano que ponía en igualdad de condiciones jurídicas a sus compatriotas con las honorables familias de los exportadores. De la alianza inmediata de estos poderes surgió un pacto de guerra contra el arevalismo; pero al mismo tiempo nuestras mayorías populares, tocadas de entusiasmo por la realidad de la ley libertadora, organizaron sus fuerzas con profundidad de tropa y se dispusieron a pelear por lo suyo.
Fue entonces cuando el maestro de escuela, ingenuo y romántico, descubrió desde la presidencia de su patria, en qué medida es deleznable la brillante prédica internacional que habla de la democracia y de las libertades humanas. Fue entonces cuando entendí, con más desconsuelo y dolor que en la filosofía bergsoniana, en qué medida son diversas las palabras y la vida. Fue entonces cuando sentí, con la consiguiente indignación, la presión de esa fuerza anónima que gobierna sin ley ni moral las relaciones internacionales y la convivencia de los hombres. Y llegué a comprender cómo en ese vocabulario estereotipado para uso de los grandes periódico comerciales y de las poderosas broadcastings, las palabras "democracia", "dignidad" y "libertad" tienen intención contraria de la que les asignamos en filosofía política. Llegué a comprender que, según ciertas normas internacionales, no escritas pero actuantes, los países pequeños no tienen derecho a la soberanía. Y advertí igualmente que para nuestros compatriotas de espíritu feudal el reclamo de libertad debía entenderse como libertad para la multiplicación de su dinero, sin limitaciones ni obligaciones, sin consideración alguna por el trabajador que lo produce o el empleado que lo administra. Dentro de esa jerigonza internacional que han adoptado resignadamente casi todos los políticos y estadistas de nuestro siglo, el factor hombre carece de propia significación y de valor real, a no ser que sean significación y valor según supuestos comerciales. Se habla de "los derechos del hombre" y se explican con suficiencia académica esos derechos, pero nunca nos han dicho quién es ese hombre, de qué color es ese hombre ni dónde y cómo vive y muere ese hombre.
Terminó la guerra iniciada en 1939. Las armas del Tercer Reich fueron quebrantadas y vencidas por el vigor y la modernidad de las dos naciones que se sentían hermanas: los Estados Unidos y Rusia. Hitler pereció bajo los escombros de algún palacio de Berlín. Millones de muertos entre soldados y no combatientes, merecieron sepultura, con honores o sin ellos. Las viudas y los huérfanos enjugaron sus lágrimas bajo la conformidad de que el cruento sacrificio se había oficiado en una piedra sagrada invocando la perfección humana, la pureza de la democracia y la felicidad individual de los sobrevivientes. Condecoraciones fueron puestas en los pechos en nombre de la "democracia" triunfante y de la libertad salvada o en nombre de los valores de la cultura, rescatados intactos del incendio terráqueo. Pero en el diálogo ideológico entre dos mundos y dos líderes, Roosevelt perdió la guerra. El verdadero vencedor fue Hitler. Los aliados cometieron el trágico error de creer que la muerte de Hitler y la aplicación de la bomba atómica equivalían a la destrucción del hitlerismo. Nosotros, desde un mirador más sereno- en la imperturbable serenidad de este Caribe heterogéneo- hemos podido ver y comprobar que el hitlerismo no ha muerto. Hitleritos caricaturescos se multiplicaron allá en Europa y aquí en América; y lo caricaturesco podría servir para diversión y solaz de espectadores, como en la butaca de un vaudeville, si no fuera que debajo de ellos están los pueblos, salpicados de sangre y hambrientos de vida, padeciendo la crueldad de la comedia. Hitleritos con doctrina o sin ella, pero todos admitidos y estimulados en los claustros oficiales "democráticos" y opinando con respetada autoridad en las solemnes discusiones sobre "los derechos del hombre".
Hay algo aún más grave. Y es que la doctrina de Hitler no sólo perdura en los cuadros palaciegos de los dictadores vitalicios, sino que ha subido por simpatía física o por ósmosis espiritual hasta los almirantes desde los que antes se maldecía de Hitler. Tengo la opinión personal de que el mundo contemporáneo se mueve bajo las ideas que sirvieron de base para erigir a Hitler en gobernante y para incendiar el mundo una vez más en 1939. Y es que el hitlerismo fue tratado por sus adversarios únicamente como un peligro militar. De este error táctico nace el hecho de que el hitlerismo fuera vencido exclusivamente en los campos de batalla, y conformes con eso, nada hicieron los vencedores para combatirlo o negarlo en los otros planos de su poderosa estructura. El hitlerismo, en efecto, fue siempre y sigue siendo mucho más que una aventura militar e imperial: es un vigoroso movimiento vitalista, pagano y racista, que se confiesa idealista, negador de valores culturales, despectivo ante soberanías ajenas, avasallador del pensamiento en las masas, insuflado de insolencia aristocrática, autoritario hasta la violencia, antidemocrático y anticomunista. Y todo eso: todo eso es lo que no ha muerto. Todo eso es lo que se ha deslizado como soplo vengador que refluye sobre el adversario, afortunado en las armas, sube por el buen conductor que es el hierro triunfante y llega por el enérgico brazo hasta la blanda conciencia. Igual cosa sucedió cuando la Roma juvenil quitó a Grecia la hegemonía militar del orbe antiguo. Las armas romanas victoriosas recorrieron después el mundo, movidas e iluminadas por la cultura helénica. Y si bien la Grecia de entonces era pagana y aristocrática, como el hitlerismo, en el resto de su grandiosa cultura fermentaban las más fecundas ideas que ha producido la humanidad. En cambio, del hitlerismo sobreviviente y operante en América, no podemos esperar nada grande y nada puro.
Un filósofo de la historia podría intentar la explicación de esa similitud trágica entre la Roma imperial, helenizada y la democracia contemporánea, hitlerizada. Quizá no estaría en eso lo más obscuro para la especulación superior, ni lo más doloroso para nosotros, los contemporáneos. Lo abstruso e incomprensible para nosotros es la rara mezcla de lo prusiano y lo cartaginés en la vida internacional de nuestros días. Las huestes de Hitler, inspiradas por un demonio germánico, salieron de sus fronteras para dominar a los pueblos que ellos creían pequeños o débiles, a las razas que ellos llamaban inferiores, a los individuos que ellos decían nacidos para servir y obedecer. Los prusianos pregonaron la superioridad de una raza de semidioses ante la cual los pueblos latinoamericanos, por ejemplo, bárbaros y simiescos según Hitler, debíamos indiscutida sumisión. Todo esto indica que en el hitlerismo había una filosofía. Filosofía reaccionaria, retrospectiva, aristocratizante, idealista u oportunista; pero filosofía. Había en el hitlerismo pasión de dominio: pero eran motivos religiosos y raciales motorizados por una filosofía que, además, despreciaba lo económico. El hombre no muere por negocios, sino por ideales, dijo Hitler. Los cartagineses, en cambio, fueron un pueblo imperialista de la antigüedad que quería dominar los mercados del Mediterráneo y de los mares vecinos, no para imponer una filosofía o una religión de clan o de raza, sino por el apetito del mercado mismo. Los cartagineses fueron los hombres simples, sensuales y poderosos de la antigüedad, que armaban flotas y ejército temibles para imponer sus mercaderías y multiplicar su dinero. Jamás supieron ellos nada de las profundidades espirituales en la vida del hombre y de los pueblos, ni supieron jamás qué grado de valor tiene el dinero en el breve trayecto de la vida humana. Nosotros no sabríamos decir aquí si cuando la Roma imperial venció a Cartago, heredó igualmente la emoción fenicia del comercio como norma del gobierno: esperamos que lo diga aquel requerido filósofo de la historia. Pero lo que sí puedo decir, después de esta terrible y fecunda experiencia de seis años, en que me he asomado a los abismos de esta comedia del hombre contra el hombre, es que la democracia contemporánea se desplaza precipitadamente hacia una doctrina hitlerista y fenicia. Los pueblos se saben presionados y coaccionados, no para ser transfigurados ontológicamente en almas dignas de la piedad de un dios, sino para usarlos en la explotación barata del suelo, en la fabricación barata de productos y en el transporte barato. La democracia contemporánea, fabricadora de guerras como el hitlerismo, tiene a la vez superiores consignas comerciales que parecen ser la real y exclusiva preocupación de los estadistas, mas no para una mejor distribución de los bienes entre las masas humildes, sino para la multiplicación de los millones que ahora pertenecen a unas cuantas familias metropolitanas. Cartago no tendría nada qué aconsejarnos.
Este aluvión de aguas turbias de nuestro tiempo, operó dentro de Guatemala con frenéticos intentos para corromper el gran movimiento popular nacionalista de 1944. Desde los primeros días de mi gobierno tuve propuestas para negar la dignidad de la Nación o para estafar la credulidad infantil de las masas. Hombres incluidos por accidente en el movimiento revolucionario, entendían la revolución como golpe de audacia y oportunidad de ganancias. El presidente y un centenar de colaboradores jóvenes, en cambio, nos sentíamos tocados de una mística republicana y espiritualista. Y mientras en la calle los representativos del pasado pugnaban por un retorno a la factoría africana, dentro de mi propio gobierno se dividían las fuerzas y se planteaba la disidencia entre la aventura comercial o la revolución espiritualista. Los representativos de esta última posición, librábamos, pues, combate contra dos frentes: los fenicios de la calle y los fenicios dentro del gobierno. Con ellos estaban, desde luego, los fenicios del Caribe. La historia dirá más tarde los nombres y las fechas de esta batalla de Guatemala. El Presidente no tenía todo el gobierno a su lado; pero mis correligionarios y yo sentíamos la voz estimulante de las mayorías intuitivas, que adivinaron desde 1944 cuál era el camino de su libertad. Y por la voz de estas mayorías nos sentimos con fuerzas para permanecer de pie.
De pie hemos llegado a este 15 de marzo de 1951. Guatemala ha demostrado en seis años, que no hay poder humano capaz de humillar la voluntad de un pueblo cuando sus gobernantes no lo traicionan. Pueblo y gobierno juntos, producen dignidad. Y los países pequeños tenemos igual derecho que los grandes a organizarnos y orientarnos conforme a los dictados de nuestra conciencia. La felicidad que me produce el haber llegado a esta fecha y el haber podido decir estas palabras al pueblo batallador de Guatemala, la comparto con mis colaboradores leales, con los revolucionarios ortodoxos, con los guatemaltecos poseídos de invencible fervor nacionalista. No quiero en esta oportunidad referirme a los partidos políticos juveniles, porque ellos participaron conmigo en los afanes, las dificultades y los éxitos del gobierno y me acompañaron así en tareas de siembra como en la organización de la defensa. Sólo quiero expresar gratitud pública a dos importantes estamentos de la vida nacional. En primer lugar a los trabajadores y campesinos de todo el país. Fueron ellos los que mostrándome sus espaldas cruzadas por el látigo de los jefes políticos o de los mercaderes, me indicaron la monstruosidad de los regímenes del pasado, y el camino por donde podíamos impedirla. Y fueron ellos los que en los días y en las noches de los seis años palpitaron conmigo y velaron conmigo las angustias de la Revolución, ofreciendo sus brazos y su sangre cada vez que los cartagineses se presentaban a las puertas. Gracias a ello yo pude revitalizar una doctrina política que antes del 3 de septiembre de 1944 sólo era inconsistente conceptuación extraída de los libros o de una experiencia transoceánica, dispersa, tibia y epidérmica. En cambio, aquel 3 de septiembre de 1944, el grito de las mujeres, los trabajadores y los niños, grito de dolor y de esperanza, inyectó sangre, ardor y vida a mis conceptos, me indicó nuevas rutas en el horizonte y me confirmó en la voluntad rectilínea de servir a la Nación por sobre todas las cosas.
En segundo lugar tengo que referirme al Ejército Nacional de la Revolución. Al asumir la Presidencia yo me encontré rodeado de un Ejército autónomo por la ley y con mucha desconfianza contra el universitario socialista llevado al Poder por voluntad popular. A pesar de esas dos notas adversas a un gobierno fácil y a un buen entendimiento con las fuerzas armadas, resuelto yo a respetar rigurosamente su autonomía y a respetar confiado en el futuro, sus prevenciones y prejuicios-, tuve que comprobar y reconocer en el correr del tiempo la nobleza de conducta de jefes y oficiales que dentro de la particular República que son ellos en esta nueva Guatemala, discutían de política y opinaban sobre el Presidente sin haber llegado nunca al irrespeto o a la traición. Civiles representativos del mercado internacional, intentaron varias veces corromper la moral de la nueva institución, buscando un retorno a la productiva colonia. Civiles oportunistas, aventureros y sin doctrina provocaron disturbios y llegaron a conseguir alzamientos parciales. Pero el sentimiento nacionalista de la oficialidad, alimentado por algunos de sus jefes, fue aumentado desde 1945 hasta 1950. Y aquel pequeño pelotón de oficiales revolucionarios del 44 ha crecido hasta estructurar una institución modelo en América regida por normas de la más elevada convicción cívica. Pudo el Ejército, en más de una oportunidad, torcer los destinos de nuestra revolución y convertirse de nuevo en protector de los millones de cartagineses, como todavía sucede en más de una parte del mundo. Pero la oficialidad de la Revolución ha llegado a convencerse de que es más honroso y patriótico servir al pueblo y no a sus explotadores económicos: ha preferido estar al lado de sus soldados que son naturales representantes de la masa trabajadora del país, y no al lado de una minoría plutocrática insensible e indiferente a los destinos de Guatemala.
Esas mayorías populares intuitivas y este Ejército nacionalista están ahora de plácemes con la asunción del Teniente Coronel Jacobo Arbenz a la Presidencia. Jacobo Arbenz, soldado y ciudadano, ha influido personalmente en la creación de esta nueva emoción cívica dentro de la que renace Guatemala. Su nombre empezó a mencionarse en un instante trágico para el Ejército: en un instante en que el pueblo odiaba al Ejército por creerlo culpable de los crímenes de la dictadura. El Capitán Arbenz, declinando su cargo en la Escuela Politécnica, llamó como con clarines a sus compañeros para divorciarse del régimen fenicio que gobernaba Guatemala. Concibió y planificó aliado a figuras juveniles como él, la rebelión militar concurrente al gran movimiento cívico ya iniciado. El 20 de octubre lo encontró en la vanguardia militar, en mangas de camisa, como soldado y como jefe. Llevó a la Junta Revolucionaria de Gobierno el prestigio de su personalidad, ya entonces dibujándose con fogonazos de líder. Dentro de mi gobierno, como Ministro de Defensa, apoyó y aplaudió mi obra consagrándole durante cinco años su corazón y su talento, sin reservas ni evasivas. Supo ser leal sin servilismo. Capitaneó la reestructuración del Ejército e inspiró en la oficialidad cariño y respeto por los trabajadores y campesinos. Asumió la postura revolucionaria de defensor de las instituciones, precisamente cuando otros jefes militares planificaban su derrumbe. Estudioso e investigador personal, ha amasado su experiencia gubernativa con la lectura y el análisis, hasta llegar a una propia concepción de las cuestiones políticas. Por eso fue que los trabajadores y campesinos levantaron su nombre e irrumpieron en la contienda cívica proclamándolo candidato para sostén y perfección del movimiento libertador. La hermosa lucha cívica producida en noviembre de 1950 demostró la fuerza avasalladora de esta candidatura, a la cual sólo pudo llamársele oficialista en tanto en cuanto el pueblo mayoritario de la República es en nuestros días "oficialista".
Por estas razones me retiro del alto cargo experimentando, a la vez que la euforia del deber cumplido, la tranquilidad de saber que toma la directiva de la Revolución uno de sus hombres superiores, quizá el que más significación tiene en esta alianza de civiles y militares que ha transformado a Guatemala y está creando un estilo político. Con esta transmisión, la Revolución guatemalteca llega a su momento culminante y entra en su más fecundo período. Si el mío fue un período heroico de organización, de defensa y de planeamientos, el que hoy se inicia lo será de trabajo fecundo y de realizaciones inmediatas.

Pueblo de Guatemala

Durante seis años hice consagración de mi vida para servir con dignidad el cargo de Presidente y buscar la felicidad de mis compatriotas según mi propia conciencia me lo ha indicado. La historia dirá si estos seis años significan algo para el progreso espiritual de la Nación. Lo que sí puedo deciros ya, es que en ninguno de los muy difíciles momentos transcurridos durante la conducción de los destinos del país, busqué la defensa y salvación de mi propia vida ni os di las espaldas. Creo haberme conducido con lealtad, no sólo para con vosotros, el pueblo hoy viviente, sino, además, para con los superiores destinos de Guatemala, y creo haber contribuido a la expresión de una sensibilidad política guatemalteca. No sabría deciros si esto que se ha logrado en Guatemala debe llamarse democracia o cosa parecida. Los profesores de doctrina política le darán un nombre. Pero si por fatalidad de hábitos conceptuales o por comodidad idiomática quiere llamársele "democracia", pido a vosotros testimonio multitudinario de que esta democracia guatemalteca no fue hitlerista ni fue cartaginesa.

Cuadernos Americanos
Año X, Vol. LVII
1951
Mayo-Junio
México


 
 

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