para Julio Puche
hermano en la ternura
No apareció de pronto, lo sentíamos en su aproximación. Nos hemos acostumbrado a esperarlo; no a él, a todos. Resabios, pregustos, acaso necesidad, pero verdaderamente la naturaleza aparece con el hombre: aquella pareja que se besa a la sombra de los samanes, ¡cómo brilla en la sombra, cómo ensombrece la sombra!
Apareció, decía, paulatinamente, como si el mismo aire se abriera para darle paso. En la altura de la página veinte está con nosotros, y no nos abandonará hasta disolverse en el aire (frase retórica). Dada la extensión era posible esperar una prolongada espera; me explico, construir lenta, lentamente su respiración, una suerte de dudosa presencia. De ningún modo, nunca lamentablemente, no fue así; de hecho, como ya fue dicho, exactamente en la página 19 saltando a la veinte (en la edición que tengo en mis manos) aparece, aunque su perfil, hay que decirlo, logramos recuperarlo con integridad al cerrar el libro, en cualquier lugar, no exclusivamente al final, como románticamente lo esperaríamos. No, allí está él, incluso en la primera página. Pero esto lo confirmamos a medida que se avanza, una página tras otra nos afirmamos en la convicción de que ya estaba con nosotros desde la primera página (¡cómo decir que ya estaba con nosotros sin leer el libro, sin que éste existiera!) Sólo que para sentirlo así, debió existir, como de hecho.
Palabras más palabras menos, al arribar a la página 100 lamentamos su muerte. Sí, ha muerto, pero todo lo que sigue, que no es su resurrección, es la infinita elaboración de todos sus días. La obra, extensísima (abandoné su lectura para comunicar a todos su inacabamiento), demuestra cómo la vida se sumerge en sí misma. Como si un árbol, en vez de crecer, engordara en sus raíces hasta no ser más que raíz. La imagen es triste, pero ansío que el texto copie lo inenarrable; no lo increíble, lejos de mí el idealismo bizarro. Hasta la página 100 tenemos su presencia constatable, recuperada durante 80 páginas de sobresaltos, vértigos, humoradas.
En la 67 ¿nos abandona?, sí; le hace un quite a la narración. Sentimos de pronto que no está y es como si el viento se secara. No logré saber, a pesar de la sorpresa y la investigación, a pesar de volver atrás con pasmo y torpe filosofía, cuándo eludió incluso las letras. Por un momento, porque no sé cuantas páginas duró, porque de pronto apareció su nombre pero ya había aparecido antes y mucho antes, página tras página hacia atrás una y otra vez su nombre estaba entre las letras, verdaderamente entremezclado en las letras, como rodeado por una maleza… Más sin embargo, por un momento juro por Dios que no existió, contradiciendo lo que ya dije, que existía antes de leer el libro, antes de que el libro existiese. Pero hasta su ausencia, he aquí lo extraordinario, hasta esa ausencia radical, exhaustiva, era suya, sólo suya, de modo que por un momento en el universo él y sólo él dejó de existir. Pero esta aproximación la quiero para su presencia, y cito su vacío para dejar constancia de un hecho si no capital, sí curioso; si no pertinente, elemental.
Me reservo su nombre, como lo hizo el novelista. Pronto, espero, aparecerán las señas nominales que, lejos de agotarlo, arrojarán su presencia al límite. Baste saber, como si fuera necesario, que casó y tuvo dos hijos, y una esposa que correrá el albur de agigantarse y borrar, a la altura de la página 325 (cito con exactitud aunque de memoria) el bosque de los samanes. El lector avezado descubrirá -no creo que sea necesario que compartamos la misma edición- cuál es, aquí, la cita textual… sépase que las comillas adulteran, que los cortes mienten: y que nada existe sino en la prolongación y el borroneo de las fronteras.
Espero, y el autor tal vez busque agradecérmelo, confundir mis palabras con las suyas. Valga la explicación, pero sería imperdonable abandonar a la mujer, a su esposa, y, con ella, la dimensión del amor. Recurro, como se advierte, a palabras maduras, graves. Hablo de ella para tropezarme con su voz pausada.
En una sola página le habló a su hijo, al mayor, y lo que dijo sacudió el instante y lo devolvió al origen. No diré más. Tornemos a la página 443, justo cuando su hijo, siempre el mayor, el de la diatriba, respondió a las palabras de la madre: la noche -para usar una expresión que acecha- abre sus brazos y la muerte llega. A la luz inoportuna -tal vez el único momento en que la acción es acompañada por la irregularidad- nos sorprende el grito y el posterior fogonazo. Por primera vez el sonido precede, se adelanta. Mas la luz tardía corresponde al momento. Efectivamente, cae el cuerpo, el de ella, pero no muerto sino agonizante y feliz. Un momento liberador que queda suspendido de la rama más alta, a la luz -ahora sí novelesca- de un estanque. Muerte falsa, porque aparecerá siempre, necesariamente, en otras páginas, más o menos como la dejó aquella su hora magnífica, sostenida en el impulso.
En la página 504 quién si no ella adelanta en la esquina de la plaza, quién si no ella tropieza con el espectáculo, con la risa del señor de los cabellos blancos, quién si no él, la besa. El pronombre, los pronombres renunciarán de ahora en adelante al dedo, al mentón, a los ojos, a la espalda, a los pasos. Él comienza, ha dado unos pasos -en la 732- que se acercan a la historia de su vida; ella definitivamente lo abraza, y el viento sacude la deriva de los árboles. Almas, tal vez unos labios, acaso la fiebre que no lo abandona.
Duerme en pocas páginas, ese ruido no parece estar permitido; la complejidad de la madrugada, esos hilos que se creían tenues adelgazan la luz, pero el amor encuentra su sitio y su medida, y vuelve al abrazo, a las palabras que lo remedian todo.
Asistimos, como en tantas páginas, a la felicidad. Las risas de los chicos desorientan la hora de las migas y las palomas, él sabe que la paz de la tarde está en ese parque, en ese estanque, en ella. Y las migas, esa religión, abandonan el claustro y se asolean, salen a pasear. Sólo ahora siento aproximarme al corazón del libro; ella sacude el mantel y el rocío del pan desgranado tan parecido al tiempo, cae, imperceptible. La mira, la reconoce, pero cuando intenta abrazarla, las vanas sombras del poema la truecan en piedra, en ara. Vemos su cabeza desplomarse, el rito ha fallado. Su hijo mayor se aproxima y repite el gesto. El lector, yo al menos, supe que de esta página no pasaría. Todo se había precipitado pero el peso en la mano derecha -mayor- me aleja de la mentira con la furia de un latigazo. 1050. Estamos en el mes de octubre, a escasos días de su boda. La madre sonríe, constreñida a las fórmulas familiares. Ella, la joven de espaldas se ajusta el corsé. Ya no es ella, sino el espejo que las devuelve: una vieja, la otra joven. Miden ambas la distancia, el calor es intolerable, vacilan. Lo demás es consabido.
Cuando creemos que duerme, despierta.











