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Archivos de: Octubre 2006, 30

CUERPO, FANTASMAS Y ENIGMAS EN LA POESÍA MODERNISTA

por joseleon71 @ Lunes, 30. Oct, 2006 - 06:50:54 am

Elías David Curiel y Ramón López Velarde

V Bienal Internacional de Literatura
Elías David Curiel
Del 26 al 28 de octubre de 2006
Santa Ana de Coro

En el comercio de trasmundo los cuerpos no son como los conocemos, las sensaciones son otras, muy distintas. Los cuerpos sufren metamorfosis, variaciones, aun hasta lo monstruoso, esa forma acre, bizarra de nombrar la santidad. El poeta contacta lo parecido a él, lo semejante, en un ambiente donde las aversiones desaparecen (el silencio donde las contradicciones se borran) o, como ocurre en los casos que vamos a comparar, verbigracia en la poesía de Elías David Curiel y en las del poeta mexicano Ramón López Velarde (1888-1921), se debaten entre la aceptación y la culpa, entre el deseo y la angustia, entre el sí del abandono y la renuncia (vida que se desliza dando tumbos hacia la muerte) y el no que cierra las puertas del paraíso y del infierno.
En el caso de Curiel acaso sea la mujer el único objeto que rutila (que lo atrae y repele, como un astro fascinante pero inalcanzable o imposible) en el más allá social, acaso la única esperanza de un mundo distinto, cordial, que él no conoce ni puede conocer pero que quizá guarde para él, escondido, un “talismán”, una “égida/ contra el tedio y el numen”. De un modo u otro este recurso –única posibilidad de salvación, “acción suprema contra la Adversidad”- no llega a cumplirse, la Bella del Bosque Azul dio, como escribe en el poema “Póstuma”, en el “alar vecino” su arrullo, pues a “un hombre culto ama” y “ciñó en su frente nupcial el níveo tul”. La Virgen “no comprendió tu alma” (extraña, como de otro mundo) ni tu amor “casi fraterno” (místico). Rechazado, el romántico “sopla en armoniosa furia”/ en los siete carrizos su insaciada lujuria” o “mira la albicante psicopsia del Edén”, esto es, escribe poemas (es la página en blanco el único lugar donde puede realizar el amor) y/o contempla, extático, el mundo.
En Curiel, desamor y decepción en “las luchas del arte” están unidos, y es probable que sea la mujer el centro, el pivote, el imán de ambas actividades cuyas sustancias, líquidos y esencias se comunican, se trasvasan. La decepción amorosa conlleva –como escribe en el poema “Eros” a “lírico silencio”, tanto como el “Medio ambiente impropicio” le impide crear una obra “de perfecta hermosura”. La adolescencia tímida y orgullosa lo alejó de los otros, permitiéndole a su psiquis errar “por los sellados jardines del Edén”. Con el apartamiento advino una “llama negra” reveladora de la “estética virtud”. El arte aparece entonces como “Apocalipsis de la Naturaleza”, “Porvenir”, revelación definitiva de los enigmas del Universo, “Evangelio del Cosmos”, y le descubre que si algo ha de ser amado es el Amor. No la carne sino el alma. No el cuerpo sino su transfiguración. Por lo demás, las mujeres en Curiel están recubiertas por retazos de mitología griega (Venus, Cipres), romana, oriental, pero a decir verdad sin la compleja arquitectura que suponen cada mitología en particular y mucho menos la problematización que supone su mezcla o hibridación, recurriendo a los auxilios del saber cultural acumulado del símbolo. No creo que estemos diciendo nada distinto a lo conseguido en este ámbito por el grueso de los poetas modernistas, pero interesa aquí y es lo decisivo (porque de la producción de mitos en Curiel, como fabulador de enigmas, cabe hablar en otro momento), que las mujeres como el yo poético carecen de cuerpo (referentes de carne y hueso, para decirlo prosaicamente) y funcionan como entidades abstractas y abstraídas, y que los sentimientos corresponden a esta condición fantasmática, desencarnada, propicia a los ambientes y escenarios supranormales en que transcurre la poesía de Curiel, a diferencia, hay que decirlo, de las mujeres y el amor poético de Ramón López Velarde.
Acaso en los dos poetas se verifique el mismo recorrido y tal vez ambos llegan a similares revelaciones, pero la dirección es distinta y antípoda. En el mexicano la mujer es menos abstracta, más carnal y los rasgos mitológicos, de la mitología judeocristiana y especialmente católica (salvo algunos casos aisladísimos de las griega y romana) en él sí ostensiblemente como sistema integrado a un cuerpo de experiencias, le dan peso y consistencia real, histórica. En todo caso, sus mujeres y sus amores tienen nombre y apellido, aunque su fondo y su imán sea el símbolo y su derrotero esté trazado por una vasta y honda tradición.
“Su estética –afirma Octavio Paz- es inseparable de su búsqueda vital. Verla como algo aislado, separado de su vida real y espiritual, es mutilarla. La identificación entre alma y amada, constante en López Velarde, es el rasgo esencial de la concepción del amor entre los provenzales y, a partir de ellos, lo que distingue nuestra idea del amor de las que han tenido otras civilizaciones”.

La mujer de López Velarde tiene cuerpo, más que cuerpo carne, olor, textura, tibieza. Pero al contacto con el amor del poeta inicia un proceso de transfiguración que lo suspende progresivamente, lo eleva por sobre la realidad y la acerca a una suerte de cielo propio, con su santoral, sus ritos, sus salmodias. Como en Curiel, la mujer es atracción y repulsión, flujo y reflujo, aceptación y renuncia. “¿Cómo será –pregunta Velarde- esta sed constante de veneros/ femeninos, de agua que huye y que regresa?” (63). Como en Curiel, la mujer de López Velarde abandona su corporeidad (ciertamente en Curiel nunca la tuvo), el lastre mundano del cuerpo, para adquirir el aire y la levedad de las cosas celestes, y el poeta, reverente, hincado, no puede sino anteponer su fervor, su miedo y su culpa a la gracia y el pudor del cuerpo transfigurado:
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros

(…)
¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros…

Sin duda, la experiencia amorosa parte del cuerpo, del constatar la rotundidad de una presencia de mujer en el mundo y sobre todo, en la vida, en los días del poeta. Desde las niñas que alborotaban con sus voces la alegría de la “Plaza de Armas” y “le dieron el gusto de la voz de mujer”, pasando por la turbadora prima Águeda, “luto, pupilas verdes y mejillas/ rubicundas”, hasta Fuensanta, fuente de santidad: “Tú fuiste, Amada, mi primer amor,/ y serás el postrero”. Pero el cuerpo está rodeado de un rumor constante de minuciosa vida, del inquieto parloteo de las cosas del mundo: resuena el almidón de los vestidos, “hay un escándalo de nidos” en los fresnos, violines, pianos, fru frú de sedas, risas, cohetes. Voces de Ángelus y crujidos de puertas, el pico del zenzontle que “repasa el cuerpo de la noche, como el de una/ amante”. La lista no quiere ser exhaustiva sino abundar en esta característica fundamental en la poesía de López Velarde que contrasta, con la distancia que va del cuerpo y el esqueleto al alma, el fantasma y la sombra, con la poesía de Elías David Curiel. El mundo de López Velarde es sonámbulo y picante, el de Curiel tiene el silencio del mutismo. Sin olor, sin sabor, un mundo carente de perspectivas, plano y blanco, sin matices, sin brumas. Nócteo, blanco y marmóreo. Curiel nombra las cosas del mundo pero quien las ve y siente, ni ve ni siente, como esos dobles del cuerpo que se levantan en los sueños y caminan por una habitación familiarmente desconocida.
El cuerpo trae (y es la conciencia de) la enfermedad, y por ende de la corrupción. La descomposición del cuerpo llega hasta la calavera monda. En Curiel no aparece el cuerpo ni la carne (aunque asome necesariamente cuando irrumpen el sexo y la lujuria), por ende, la enfermedad y la corrupción son momentos demasiado humanos, estrictamente corporales, que suponen la presencia de la vida y sus humores. En Curiel la muerte es un estado de cosas absoluto, se está muerto desde antes y el horizonte del cuerpo y sus enfermedades (le) es ajeno. Si se introduce la enfermedad, entra el tiempo “real” en el poema, el tiempo humano, el que pasa y el que pide los auxilios del reloj, ese tic tac que ritma la vida y las relaciones humanas.
La imagen de un cuerpo real con vicisitudes, tristezas, alegrías, en fin con días y vida cotidiana, supone y exige la construcción o representación de un espacio tiempo que posibilite su realidad. El cuerpo que se escribe y se nombra como si respirara nuestra propia y familiar atmósfera adquiere espesor cuando es rodeado, cubierto, sitiado por las noticias y las apariencias del mundo, cuando su condición de fantasma o “ente de papel” se viste con la imagen de un cuerpo que nos hace la promesa de morir y en ella comulgamos con nuestra aceptación y nuestros miedos:

Yo tuve en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio…

Con este cuerpo aparece la localidad, ciudad o campo donde la historia del cuerpo adquiere sentido y dimensión. Aparece, en el caso de López Velarde, la provincia y, claramente, el conflicto temprano entre el campo y la ciudad. En Curiel, que carece de cuerpo, no encontramos contexto real o histórico. Su ciudad es abstracta, blanca, como sumida en el mutismo o silencio de los astros, blanco espectral de luz lunar, sol hiriente que abate los muros y estalla los colores hasta la ceguera. En Curiel no nos encontraremos esa poesía reflexiva, moralizante incluso, que descubre para los lectores los encantos y los disturbios de vivir en el campo o la ciudad. En el cerebro de Curiel esas dimensiones del espacio social no existen; salvo su casa, tocada por la extrañeza hasta el punto que en la presencia de algunos objetos zumba la irrealidad como un moscón a las tres de la tarde de una canícula sin brisa, salvo su casa, ningún otro espacio aparece. Su poesía es interior y cerebral, sin cuerpo y sin carne, nada de humores y enfermedades, ni siquiera el esqueleto como memoria de un cuerpo que tuvo carne y músculo, sino el ánima, voz dolorida y monocorde que salmodia su ser o no ser. Difícilmente aparecerá un paisaje, el viento, la lluvia, un árbol, que no respondan a una imagen onírica, a un fragmento recortado de un sueño pertinaz. La casa, siempre es la casa oblonga cuyas paredes alojan vida de ultratumba, reminiscencias que de pronto se incorporan a una realidad vacilante, de vigilia insomne. Curiel no tiene afuera, todo ocurre en su interior y las palabras como un eco sordo reproducen su angustia y la ahogan en las paredes mudas, silenciosas. Una poesía concentrada en sus tremedales, que no tiene exterior ni quiere tenerlo, que se hunde en sí misma acerbamente y renuncia a la vida, no se ocupa entonces de (ni le interesa hasta el punto de caer rendida a sus pies) la música, aunque reconozca que es la fuente de toda gracia y hasta la forma final de su destino. Curiel lo supo. Supo que la poesía tampoco le permitiría ser otro, impunemente (peor: el otro fue él mismo, identidad sometida a un caos interior que era también el caos del mundo): la máscara se petrificó en su rostro y no pudo ajustarla y removerla de acuerdo a la ocasión. La poesía, ese resguardo de la “zona ambiente”, de la “ciudad hostil”, tampoco le permitió el saludable distanciamiento de sus obsesiones y sueños más tenaces, antes bien, lo hundió sin salida en su conciencia. En algunos momentos parece respira mejor, tomar otro aire, cuando tintinean algunos poemas de esos de ocasión donde revolotea la idea de belleza, pariente ilegítima de la que Rimbaud sentó en sus piernas y que despreció, pero que los poetas modernistas sentaron, irónicamente unas veces, las otras para intentar seducirla con ritmos y armonías; Curiel se ocupó de otros asuntos para él más urgentes: el poema y la poética, la Psique y el sueño, la vida ultra y sublunar, la memoria de la raza sidérea, el amor imposible, la muerte.
En pocos momentos sacó afuera su cabeza y cuando lo hizo fue para mirar el mundo complicadamente, para explorarlo con mirada “zahorí” y no con la que reconcilia sino al contrario, la que cuestiona la naturaleza y el orden de las cosas, la que revela la sobrenaturalaza y la potencial irrealidad de lo que vemos y sentimos. En la cita que sigue, el pensamiento geométrico de Curiel como el de un precubista deslíe la realidad; mirado demasiado cerca el objeto se deforma y sus límites se borran. Se trata del poema “Escorzo”, cuyo título ya anuncia la problematización de la mirada:

Pared iluminada. Sobre una
parduzaca sombra, que proyecta un banco,
extrema pata lígnea en bloc de luna
cincela un trunco pilarcito blanco

La mirada difícil guiada por la “loca psique” descubre una “sepulcral columna”, luego “Retrospectiva la mirada pierdo…/ Amórfico, acromático recuerdo/ queda embebido en la inconsciente infancia”. Con toda evidencia, el modo de evocar la infancia del poeta coriano amerita complejos recursos, pues no se trata como vemos del objeto que permite (tras una suerte de operación de magia simpática) la evocación, sino que estamos ante el efecto que provoca la mirada descentrada en un objeto tronchado que, siguiendo no la línea sino la espiral o la elipsis de las revelaciones sorprendentes, lo conduce superconsciente a la infancia inconsciente. A ese poema le sigue uno de similar contextura, “Esbozo” , donde una pared es observada con ojos “fijos” y, como en el poema citado anteriormente, la memoria del poeta se abre:

En la línea de cal el claro-obscuro.
Las grietas, que practica el descalabro,
en la pared esbozan al conjuro
de parpadeante luz, perfil macabro

En sólo dos de sus poemas, al momento de salir afuera –digamos al espacio “urbano” (por cierto, sólo emplea esta palabra una sola vez)- su mirada se centra en el reloj. En el poema “Caso”, escribe:

Plaza arbórea vecina.
De pie, junto a una esquina,
las manos en la testa,
los ojos al Levante,
veía en el cuadrante
del Reloj la hora sexta.

Y sin embargo, lo mira mentalmente:

(Vi el público cuadrante
mentalmente, distante
dos cuadras, cual zahorí;
pues yo estaba en la acera
de la izquierda, y la esfera
no se ve desde allí)

Obsérvese el adjetivo “público”, la única vez en todos sus poemas que distingue taxativamente entre lo privado y lo público, entre un espacio exterior, digamos “urbano” y uno interior “doméstico” o familiar. El poema describe un viaje hipnótico que condujo a un “viajero” por espacio de dos horas, pues lo despierta el doblar en ocho oportunidades de una campana, hasta una llanura distante:

Ocho veces mi oído
hirió con su sonido
de bronce una campana

En el poema “Cronocracia”, escribe:

Las doce horario y minutero junta,
y el urbano reloj abre en la esfera
su paulatina y anormal tijera
que, al promediar la hora, descoyunta

El reloj “urbano” y “público” es el único objeto suficientemente poderoso que ocupa la atención de nuestro poeta, obsedido por las experiencias de lo intemporal, la eternidad y el instante, experiencias interiores que, en el espacio exterior, encuentran paralelo justo en el desquicie, lo descoyuntado, lo anormal, vale decir en lo que de sueño o pesadilla tiene la realidad. En cualquier caso se puede afirmar que la realidad, o ese espacio tiempo que nos representamos y asumimos como real (además de referido por Curiel en escasísimos poemas) copia las anfractuosidades del propio sueño, espacio sobrenatural en el que el alma de nuestro poeta da sobradas muestras de encontrarse más cómodo, más distendido.
Finalmente, en un solo poema hace alusión –indirecta, es cierto, pero demasiado directa dadas las circunstancias (el poema data de 1904)- a la violencia política; se trata del poema “¡Oh las madres!”, en el que Curiel da muestras de encontrarse afectado por una emoción que golpea y ensordina las líneas aunque se mantiene todavía distante de la escena, ora en el plano moral (pues se llama “tonto” por reaccionar como lo hace, por sentir lo que siente y, a su madre, de quien heredó la tontería, califica de “tonta sublime”), ora en el físico (“Yo de un cuarto de alto piso dominaba la extensión):

Yo fui tonto. Yo te quiero confesar mi tontería,
¡oh la tonta más sublime, oh sublime madre mía!
Yo de un cuarto de alto piso dominaba la extensión,
cuando abajo, en una acera,
vi una anciana, desgraciada pordiosera,
cuyo hijo reclutaron los que violan la gran ley de la razón

Pero hay una forma del interior en Curiel que ya no corresponde al sueño, al alma o la psique sino a lo orgánico, y es cuando comprende que “El microbio es el rey del mundo”. Se interna en el cuerpo pero esta vez a través de la enfermedad, por cierto, el único momento en que incursiona en el interior orgánico, no subjetivo, el territorio donde el cuerpo se corrompe… Pero, ¿no es el mundo celular, microscópico también una forma de escorzo?

Ella sufre. Su vida el morbo bate
y ni radica la salud ni merma
su acción la tisis que en sus bronquios late,
los roe, intoxica, despedaza y yerma.
Voraz microbio sus pulmones mina…

Curiel sólo parece mirar con ojos desasosegados lo que no tiene cuerpo, mejor, las ideas, los conceptos. Además, en un poema donde debate entre estas dos opciones, y donde plantea sus dudas acerca de si el alma es o no es “la forma del movimiento celular” - aunque creyera que se trataba de “una forma sin forma real ni vida”, o bien, una “pura substancia intensa que en infinita/ reducción pierde sus dimensiones dentro su plano” -, descubre para él que no tiene futuro ni sentido “pensar que vivas células somos” porque el velo de los “porqués y cómos” no sería descorrido por Isis. Entendemos entonces la necesidad de nuestro poeta de deshacerse del cuerpo, de sus células, de su materia orgánica, para acceder a la Verdad y al Santuario de la Diosa. De ahí la reducción de todas las noticias del mundo (hacia adentro y hacia fuera) que establecerían contacto con su cuerpo:

-Las cosas contempladas y escuchadas
son aparentemente evanescidas.
Por inconsciente evocación tocadas
despiertan las imágenes dormidas

Latentes realidades del ensueño,
en las que amorfias en la emoción exilia…
De verdades anímica diseño….
Claro-obscuro de sueño y de vigilia.

De ahí su poesía mental (“Existir es pensar”, afirma en “Psicogonía”), poesía interior, menos saga personal –y por eso no es la de Curiel una poesía intimista ni confesional- que lugar de una conciencia, lugar desde donde un alma consciente canta al mismo tiempo que ausculta el mundo, objetivación tensa, máxima, de lo subjetivo, ciencia e investigación de lo interior:

Los ojos que se cierran, retromiran;
involuciona a la raíz la rama;
y, como el ícor en el dios, circula
en el cerebro ensoñador el alma

Y el cálculo geométrico y el numen
creador coherido por la eterna pauta,
como tiorbas angélicas, traducen
el timbre, el gesto y el color del alma

Y si es la vida sólo la materia y si “de la célula nerviosa herida/ sólo es el alma la vibración”, la psiquis, sin embargo, no es ilusoria “porque es santuario de su memoria/ tu corazón”. Y enfatiza:

No es ilusoria. No. Desherido
átomo en fuerza se ha convertido;
y se trasmuta la fuerza en alma...

Estamos ante una poética cuyos materiales de construcción son la argamasa sutil, etérea, órfica del alma y los sueños, incluida la propia realidad sólo que vista en escorzo. Poética cuyo afán consiste en modular (y pendular entre) lo visible y lo invisible, lo orgánico y lo inorgánico, la psique y el cuerpo, el tiempo y la eternidad, la vida y la muerte. De ahí el apartamiento, la retracción, la soledad, el progresivo afantasmarse, el deslizamiento hasta los bordes de la ciudad que fue su cuna y “en donde emparedada, como en una/ bóveda ardiente, se asfixia el alma”.
La diferencia con respecto a la realidad o el exterior, con Ramón López Velarde es total. El mexicano está volcado con todo su cuerpo hacia afuera (un afuera, hay que decirlo, tibio y murmurante como un seno y una matriz), todos sus sentidos tocan, palpan, huelen el espacio, las superficies, las texturas de las cosas del mundo y su “desdén manso” con una “emoción sutil y contrita que reza”:

Los muebles están bien en la suprema
vetustez elegante del poema.
Las arcas se conservan olorosas
a las frutas guardadas;
el sofá tiene huellas de los muslos
salomónicos de las desposadas...

O bien, este otro:

En el encanto de la humilde calle
sois a un tiempo, asomadas a la reja,
el son de esquilas, la alternada queja
de las palomas, y el olor del valle

Abundar en citas no haría sino confirmar una constante, de modo que lo esencial aquí es señalar el contraste con la poesía de Curiel, interior, que no íntima, sino ahincada en la especulación de un universo que acontece “ultra la sombra y el silencio”. En Curiel “Las cosas contempladas y escuchadas/ son aparentemente evanescidas”. Realidades de sueño y vigilia, fijadas “en la placa sensible de la mente”.
El afuera de López Velarde diseña una forma de esperanza. En efecto, quien tiene afuera, vida exterior y comercia y dialoga con el mundo, cifra esperanzas, anhelos, y su deseo adquiere el cuerpo, la rotundidad de las presencias:

Y bajo la impostura virginal de la noche
que cobija al amor con un tenue derroche
de luceros, un mito saludable me afianza
y alabo al confesor de la santa Esperanza
y a la doncella verde en la misma alabanza

Afuera y esperanza se conjugan para construir el cuerpo de la realidad; lo contrario, la vida interior, construye la desesperanza y le confieren a la vida un sentido trágico. La poesía de López Velarde, como él mismo lo dice, resulta “sentimental y cómica”. Ciertamente, allí está la mujer como ausencia sagrada, virgen, hermana, la casta doncella de su “espíritu feudal”, pero no es menos cierto que las ventanas que se abren a esta visión mística descubren fragmentos, rasgos, dorsos de mujeres que colman las ansias del poeta y dan corporeidad a sus deseos:

y el casto lecho que pudiera ser
para las almas núbiles un nido,
nos invita a las nupcias incruentas
y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron
las parejas eróticas de ayer

Tanto como la esperanza (no lo irrealizable sino lo posible saturado de imposibles), que es una suerte de proyección o anticipación de la vida –“¿Existirá? –se pregunta en un poema- ¡Quién sabe!/ Mi instinto la presiente;/ dejad que yo la alabe/ previamente” y por lo tanto una de las formas que adquiere el futuro, la nostalgia es, entre otras, una de las formas del recuerdo. En López Velarde, la nostalgia por el campo, la provincia, la vida rural crece en oposición a la ausencia total de nostalgia de Curiel, como es total en su caso la ausencia de futuro, y borroso y fugaz el presente. Espíritu saludable, López Velarde cuestiona la vida de la ciudad (desconocida por Curiel al menos en sus poemas) y ansía amores y atmósferas pueblerinas. La vida se refugia y concentra en estas formas tradicionales, desplazadas por la expansión del mercado y el capitalismo a las márgenes de la conciencia. Insurge una nostalgia rebelde que comienza a interrogarse sobre el sentido de la existencia, apenas asoma el liberalismo y su cuerpo de creencias y valores:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades –flores de pecado.
Esta hambre de amores y de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

El diálogo entre ciudad y provincia, o entre Centro y Provincia se verifica en el poeta mexicano con una intensidad desconocida por Curiel, cuyo hundimiento en la ciudad de Coro, y mucho más en sí mismo, le depara una poesía que no interroga el exterior ni cuestiona, salvo algunas esporádicas incursiones en un afuera que, por la forma en que aparece, resulta demasiado lejano e incapaz de perturbar y arrastrar consigo el cuerpo de su obra poética. En López Velarde este diálogo entre el afuera y el interior, representado por la ciudad y la vida citadina y el interior o vida de provincia, asoma en muchos poemas y en todos, la provincia se convierte en el vaso de la pasión, el fervor, la serenidad:

Mi vida enferma de fastidio, gusta
de irse a guarecer año por año
a la casa vetusta
de los nobles abuelos,
como a refugio en que en la paz divina
de las cosas de antaño
sólo se oye la voz de la madrina
que se repone del acceso de asma
para seguir hablando de sus muertos...

Acaso sólo en uno, donde califica al pueblo natal de “edén subvertido”, se refiera menos con violencia que con tristeza profunda a la pasión política que habría de trastocar en los tiempos del porfiriato los modos de vida parroquiales, tierra adentro:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla…

Sólo entonces, ante la destrucción grabada en las paredes “de la aldea espectral”, se deshace la esperanza… pero en el mismo poema la “sed de amar será como una argolla/ empotrada en la losa de una tumba”, de modo que “el amor amoroso/ de las parejas pares” y ciertas formas lánguidas y bucólicas del pasado comenzarán a desperezarse a la tibia luz de una “intima tristeza reaccionaria. Ante el mundo que huye opone la detención aldeana, la quietud, las formas consagradas del pasado. La ciudad nuevamente como representación de la violencia dirigida contra el poeta, que lo lleva a comprenderla hasta corresponder a su ritmo, a su violencia, al cariz de las demoliciones que inaugura con su canto de futuro y, por supuesto, a rechazarla íntimamente:

Si yo jamás hubiera salido de mi villa,
con una santa esposa tendría el refrigerio
de conocer el mundo por un solo hemisferio.

Conocer el otro hemisferio es lidiar con los cambios que trae aparejados la época. El López Velarde que se recibe de abogado y viaja a la capital, aunque su alma salmodie y sienta honda nostalgia por la provincia y sus amores, en el que las mujeres y todas las cosas están tocadas por la santidad. López Velarde, que no ocultó ni obliteró la provincia como se pudiera deducir de la poesía y el pensamiento de Rubén Darío, observa el tráfago citadino con ojos de turista, o de residente a disgusto, en todo caso, como alguien que está afuera y no pertenece sino como extranjero a esa dinámica extraña. La densidad de su poesía se asienta en el espacio y el paisaje familiares, en la “lúcida neblina del valle”, en “la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento” en “la familiaridad de las montañas” y el “cacerío de estallante cal”; y en la mujer de la provincia, del pequeño pueblo, fuente de santidad:

Vasos de devoción, arcas piadosas
en que el amor jamás se contamina;
jarras cuyas paredes olorosas
dan al agua frescura campesina…

(….)
Noble señora de provincia: unidos
en el viejo balcón que va al poniente,
hablamos tristemente, largamente,
de dichas muertas y de tiempos idos

Pero el discurso de la ciudad, que se torna imperativo, lo obliga a reevaluar su mirada, sus sentimientos y comienza a transformarse para hacerse de un cuerpo acordado con la realidad agresiva, dinámica, móvil. En cualquier caso, la provincia está vista a través de la mirada que prepara y dispone el escenario de la tensión entre la modernidad y las formas de la tradición. Así, cuando López Velarde recrea la lentitud y la paz neblinosa de la provincia, pone a contraluz la acedía de los espacios citadinos. Es en este momento cuando las formas de la ciudad, su diálogo cosmopolita, ingresa, desacomoda y repliega las formas, el ritmo, la textura de un lenguaje lúcido y somnoliento, que observa desde el remanso provinciano y con sus ojos, el deslizamiento del hombre y la realidad a un mundo de relaciones distintas, antípodas, violentas. El poeta asiste a una fractura en el ser y su discurso la resiente. Los ojos habituados a la sombra y al crepúsculo de las formas se sacuden el sueño, disipan la niebla, y sin párpados comienzan a mirar con un interés que poco a poco pierde el brillo y su fascinación para tornarse en melopea trágica. Mientras tanto, con López Velarde estamos en un momento de transición, justo cuando la Provincia es el tibio corazón de todas las renuncias y todos los anhelos, la única realidad posible, y, la ciudad, testigo y testimonio de la irracionalidad y el sin sentido:

Se distraen las penas en los cuartos de hoteles
con el etéreo concurso divertido
de yanquis, sacerdotes, quincalleros infieles,
niñas recién casadas y mozas del partido
(…)
Lejos quedó el terruño, la familia distante….

Debemos recordar dos cosas sumamente importantes, el México de López Velarde es el de la crisis de la dictadura de Porfirio Díaz y el inicio de la revolución, luego de 36 años de gobierno tiránico. En Venezuela se encuentra en el poder Juan Vicente Gómez, quien durará en el poder hasta su muerte en 1935, nueve años después de la desaparición de Curiel. Luego la provincia de Velarde se encuentra agitada por la guerra y la de Curiel, bosteza en la duermevela de la historia.
La provincia, como categoría, nace precisamente de la observancia del tráfago citadino; sus penumbras se recuerdan porque fatiga la luz; la calma, en fin, se desea tanto como se repele la agitación, la multitud:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades – flore de pecado.
Esta hambre de amores y esta sed de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

Aparece entonces la Provincia como la forma mejor acabada del recuerdo, del pasado. La memoria personal, aliada naturalmente a la historia misma del pueblo, personifica, pone nombre y apellido a una experiencia que, de lo contrario, queda reducida a meros datos generales en la historiografía oficial. La provincia será el lugar de la infancia, de los primeros ardores y dolores, lo enfrentará a la muerte y a las sombras de sus familiares; también a la guerra, la regurgitación intestina de una nación pariéndose a sí misma y cuyas arcadas sacuden todos los rincones del país:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la multiplicación de la metralla

Los familiares idos, y por extensión la generación de sus abuelos muertos preservan además el tiempo primordial, el que no pasa, el preñado de tumba y santidad. De unas “suaves” antepasadas, dice: “heredé de ellas el afán temerario/ de mezclar tierra y cielo”. Sus cuerpos acabados conservan fresca la memoria de los días de lluvia y sus sombras, puntualmente, en la neblina del entresueño, sostienen la casa y la protegen de la caída, del olvido. Con gestos definitivos se oponen a la fugacidad del tiempo citadino: “Hoy cuentan que mi tía –escribe en un poema donde el abismo es un pozo- se aparece a las once”.
En los propios fantasmas la diferencia entre López Velarde y Curiel es relevante. En el mexicano el fantasma es una forma de la nostalgia, presencia y representación del pasado que se incorpora al presente para derogarlo. En Curiel, carente de pasado y por ende de futuro –“negro el pasado, el porvenir incierto,/ y entre esas tinieblas, el Destino/ mudo como la esfinge en el desierto”-, y por ello mismo, sin presente salvo una suerte de eternidad mal avenida con su cuerpo y un alma en fuga, los fantasmas son presencias, cosas del mundo, visiones presentificadas que ocupan zonas o planos de la realidad a los que una actitud oblicua, una posición sesgada, un torcimiento de los sentidos, revela:

Derrumbada miro por la cerradura
la casa de enfrente que aun firme perdura
y entre sus escombros ancilas que han muerto…

Lo importante ahora es que tales visiones no están vinculadas al pasado, no hablan de familiares o seres queridos o cercanos, sino que forman parte de ese mismo presente fantasmático o continuo donde se desarrollan y del que da cuenta la generalidad de los poemas de Curiel. No obstante, para solucionar el problema de su ascendencia y referir las fuentes de su pasado, algo lógico y que no podía escapársele, elige dos opciones: una, ser descendiente de la raza judaica, propia y natural, acaso irrenunciable; la otra, descender de Sirio.
Las zonas de luna y oscuridad en los poetas que estudiamos también se tocan. Es obvio que una corriente de ocultismo, de orfismo, de teosofías y noticias del trasmundo circulaban en el continente en alas del modernismo, rezagos de las correntías europeas simbolistas, parnasianas, decadentistas. También es cierto que en lo psicológico se encontraron muchos poetas, volcados a ensimismarse en una época donde el yo individual comenzaba a perfilarse y a deslindarse del mundo circundante. Iniciaron los poetas un decidido viaje interior, oscuro o luminoso, entre la luna y la ceguera, un hundimiento en sí mismos: cerebro y espectro. Esta capacidad de introspección y de auscultarse, fueron drama y trama de Curiel, de López Velarde. Pero en el venezolano, sin afuera y sin esperanza, el paisaje lunar, el mármol, esa suerte de suspensión de la materia en una atmósfera blanca y vibrante como de sueño cuya representación más cercana acaso la tengamos en la pintura de Darío Lunar, es radical, obsesiva, tal vez su única realidad. En ese aspecto, el comentario que hacía el crítico Saúl Yurkievich sobre la poesía de López Velarde - “pocos poetas lo superan en esta espectografía o espeleologías psíquicas” - acaso pudiera ser modificado toda vez que el epos de Curiel estuvo atravesado por esa sola y obsesiva experiencia de indagación en las regiones de Psiquis, páramos mentales donde abrevó hasta la muerte lampos de Selene. La poesía de Curiel no se asomó a estos abismos para regresar –salvo bruscamente y sin verdadero acomodo- al comercio de todos los días, antes bien habitó en ellos sin más opción que la noche. Por otra parte, su poesía no es íntima, Curiel no intima consigo ni con la realidad o las cosas del mundo. En Curiel son imposibles los versos: “En mi pecho feliz no hubo cosa/ de cristal, terracota o madera,/ que abrazada por mí no tuviera/ movimientos humanos de esposa”. Curiel objetivizó la inconsciencia, el sueño, la pesadilla, las visiones de trasmundo, lo otro. La realidad invisible era el objeto de su poesía. Se ofreció voluntariamente a inspeccionar lo que se aloja al interior de la materia y al interior de esa otra materia, el pensamiento. No es sólo una poesía cerebral sino una poesía del cerebro, una poética del pensamiento (si éste, claro está, lo fincamos exclusivamente en el cerebro) en el acto de devenir idea. Como el alma en el cuerpo, prisión raquítica, así la idea ante el pensamiento, o mejor, ante el Silencio, esa pascaliana música de los astros:

La realidad es lo invisible. El velo
de Isis la ciencia cerebral descorre.
Da en la Esfinge y rebota su escalpelo.

Y sólo el vate a quien el deus acorre,
domina a plena luz todo el Santuario
desde su negra y estrellada torre.

Torre que del Futuro es campanario
y del silencio sideral asilo…
Allí, de estrella a estrella, el visionario
tiende toda su alma como un hilo!


 
 

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