A Nicanor Cifuentes
a los dos
Cuántas veces hemos escuchado la expresión: “estudia, para que seas alguien en la vida”. Ser en la vida pasa entonces, según eso, por estudiar, y claro está el estudio aparece fundamental, esencial para la vida. De aquí estamos a un paso de considerar que las personas sin estudio no tienen o se están perdiendo la vida. Que sin estudio no son, es lo que desprendemos de la frase de marras. Y si la educación la unimos a las luces se entiende que el estudioso o el que ha estudiado sea un iluminado o viva en la luz, mientras que el que no, viva en la oscuridad y sea, por ende, un ser oscuro. Naturalmente sigue que estudiar es un privilegio y que a nadie le guste permanecer a oscuras. Ahora bien, estudiar como lo conocemos hoy y desde hace un buen tiempo, es un asunto de ciudadanos, es decir, de individuos que viven en la ciudad o bajo la influencia de una ciudad. La educación, vinculada a la escuela, es un asunto citadino. Debería ello llamarnos a reflexión, supongo. La escuela además, forma para la ciudad; su concepción del tiempo y del espacio es citadina, y el campo o lo rural aparece allá lejos, abstracto. La escuela era y es el centro validador de los principios y valores de la vida ciudadana. En teoría, debe enseñar a vivir en y por la ciudad. Insisto en que debemos pensar en ello porque a todas luces se trata de un asunto de poder. La ciudad devino centro de poder y la escuela era, es una parte fundamental de ese centro. Si se aprendía y aprende a vivir en la ciudad es natural que lo demás, lo que permanece o queda afuera, se borre. Lo demás es lo que no es ciudad. La ciudad adquiere la máxima valoración, atrae con fuerza a los sujetos, mientras que el campo, lo rural, lo apartado, pasa a ser nostalgia, eso que alguna vez fuimos, ille tempore. Todo lo que vive fuera de la ciudad pasa entonces a ser como si no existiera. No existen los campesinos, los que viven en el campo. O sí existen, pero los desconozco. Están ahí, pero nos separa un abismo. O bien, arriban a la ciudad no como campesinos o indígenas, sino como estereotipos. En efecto, el campesino o el indígena en la ciudad son esencialmente tres cosas: advenedizos, a veces intrusos, en todo caso seres indeseables, que no calzan en la dinámica de la ciudad (si vienen en carne y hueso), una forma de la nostalgia (si vienen en alguna foto turístico-antropológica), un resabio, un remanente de la historia (si exigen tierras, es decir, si exigen lo necesario para ser y no parecer.) Algunos han visto que la distancia también es letrada: yo leo y necesito leer, él no lee y, si sabe, pues no le es vital, no le es necesario, puede pasarla –la pasa, de hecho- sin leer. Está claro que los valores de la ciudad me harán considerar que el otro está en minusvalía con respecto a mi saber, a mi entender las cosas vía escuela, vía escritura. Por cierto, en la ciudad, dentro, no se produce lo que como y visto, sino fuera. Eso me extraña, me enajena, de lo que como y visto. En la ciudad lo adquiero pero no sé de dónde viene. (“Maracucho, coméis el pan pero no conocéis el trigo”, me dijo para siempre un campesino de los Andes.) Acaso eso me preocupe, pero no es vital ni esencial preocuparme por ello. Los países desarrollados depredan los bosques y secan ríos fuera de la ciudad, más bien fuera de sus países. El desarrollo material está construido sobre la destrucción de la naturaleza, pero como no veo el árbol derribado ni la mina ni el petróleo, sino el cuaderno, el metal y el plástico, sucede como si no existieran la mina, el árbol, el petróleo. Como he privilegiado el saber de la escuela y la escritura, es comprensible que vea disminuidos a los campesinos, a los iletrados, a los que no privilegian –en su vida cotidiana- la escuela. Es natural que eleve mi cultura letrada por sobre la cultura del no cultivado en las letras. ¡Cómo perderse a Cervantes, a Góngora, a Platón! Puede verse claro que lo que está predominando es la idea de escuela, una escuela además calificada de “formal”, en oposición a otras formas o instituciones educativas calificadas de “informales”. Los abuelos, un talabartero, una cocinera, etc., enseñan su saber a quien quiera o tenga necesidad de aprender. Pero esto no ocurre en una institución ajena, extraña, apartada de lo que se enseña. Yo aprendo a cazar en el monte, a cocinar en la cocina, a tejer en el telar, a escribir en la escritura, etc. No puedo aprender sino ejerciendo el saber en el lugar del oficio, en su espacio y tiempo. En la escuela formal no ocurre de este modo, pues ha establecido que se aprende lejos, aparte, en un lugar extraño, cerrado, hermético. (Y lo que llega a la escuela lo hace envasado, preparado, listo para ser consumido.) Se aprende lo de afuera, sólo que codificado; no el árbol, la mina, el petróleo, sino sus cifras, sus entidades abstractas; de ahí que los hombres, los sujetos vinculados de alguna manera a esos elementos en la realidad, dígase el indígena, el lago, el bosque, no existan. Para el citadino existen en teoría el petróleo, el carbón, el árbol talado, de facto existen el cuaderno, el plástico, la computadora. Existen los productos, no lo anterior. Existe lo hecho, no el deshecho. (Percatémonos de la invisibilidad de la basura: la vemos amontonada, sí, pero nunca como nuestra, así la tengamos todavía en casa. Tal cual nuestro excremento. Ocupa un espacio físico, huele y molesta, pero en términos estrictos no existe. Hay personas que viven haciendo efectivo ese no existir, de modo que nos les importa la basura y literalmente viven sobre, entre, con esta.) Otra vez, no la realidad sino la cifra de la realidad: cuánto carbón, cuántos dólares, cuánto petróleo, cuántos árboles. No la realidad sino la interpretación, la codificación, la cifra de la realidad. Sucede que las cifras se amontonan hasta que la segunda realidad se convierte en una realidad en sí misma y adquiere vida propia. Las teorías sobre las cosas son las diversas interpretaciones de y sobre la realidad, que llegan a las aulas o salones de clase de la escuela para ser discutidas, rebatidas, aceptadas, desechadas, etc., y a este debatir -en el mejor de los casos, porque lo que más acontece es la mera repetición- de las ideas se le llama, educación. Pero debe estar claro que la realidad ha quedado atrás, lejana, desconocida, como si no existiera. Porque sucede que la teoría es asumida como la realidad, así, para aquellos que creyeron que la historia había llegado a su fin pues, ello ocurrió de hecho; como creyeron muchos que el hombre es el lobo del hombre, o que pienso y luego existo, o que sólo sé que no se nada, o que el big ban explica el origen del Universo. En su momento una y cada una fueron realidad y no una visión, una interpretación de la realidad. Ahora bien, todas estas teorías son asumidas como adelantos del hombre en su comprensión de la realidad, cuando en realidad han ocurrido lejos de la realidad, cuando no son la realidad sino cifras, fórmulas, interpretaciones de la “realidad” en el campo especioso de las ideas, vale decir, se asume como realidad –sin serlo pero ni de cerca- lo que no es sino producto del lenguaje, cuando se le emplea de una muy particularísima manera. Para decirlo de otro modo: la palabra mesa no es la mesa, y decir la mesa se quebró no necesita de la mesa, del estruendo, de las astillas ni de mí ni de la mesa. Pienso que podemos afirmar incluso que la realidad de las teorías es una realidad aparte, realidad otra, con la que se juega de un modo muy particular, un modo que las escuelas y los mejores maestros enseñan jugando, porque aprender ideas sin jugar, con el ceño fruncido, ásperos, tristes, como si la vida dependiera de eso, como si fuera importante, es un absurdo que reniega de las ideas mismas. Pero de ahí a la realidad hay un salto enorme, ciertamente un abismo. Ese abismo se ha llenado de lenguaje, es propiamente el lenguaje humano. Puente y tránsito de la realidad a la realidad segunda. Pero dos lenguajes existen y son antagónicos: el que nos permite tocar las cosas, y el que nos aleja. Un lenguaje que cifra y descifra, que teje y desteje en(cerrado) en su realidad segunda, y otro que nombra y, que cuando uso para nombrar las cosas y nombro, me nombra. Un lenguaje que me descubre, que me revela, que dice mi nombre. El otro, en cambio, me niega porque yo no importo, importa el número, mis números, importa el abstracto, el susceptible a la estadística, al bit de información; es el susceptible al mercado: yo sólo sé que soy un consumidor. No importa yo sino el estereotipo, la idea, la teoría de mí (que no soy yo, sino ese yo segundo, abstracto, irreal, susceptible al archivo, a los diccionarios, al catálogo, al currículum.) El lenguaje que precisamos para la realidad ha de decirme, ha de nombrarme. Serán mis palabras y mi cifra, ignorada y revelada, descubierta y oculta, como una ráfaga de lucidez, como una ráfaga de tiniebla. Un oscurecimiento y un alumbramiento repentinos. (¿Dónde aprender la poesía? digo no más, para poner un ejemplo somero.) No existe escuela formal para este lenguaje, sencillamente porque no está fijo y la escuela formal es la fijeza, la institución, la iglesia. La escuela formal abomina de la fuga, del escape, ama por eso las reglas y las rejas. Como necesita cifrar necesita detener, aunque sea momentáneamente. Luego necesita que la cifra dure, que se mantenga, añora la eternidad de la cifra, el nombre inmutable, inmarcesible, pétreo. Adora el mármol, las especies duraderas, lo que no se corrompe, ni pudre, el plástico, la silicona. Odia la transformación, el cambio, y más si éste es vertiginoso, una ráfaga, de pronto. La escuela formal ama la quietud, la modorra, lo estéril. La burocracia y la inercia. Nada que la sacuda es de su agrado. Pierde la concentración. Por ello se encierra, que nada perturbe su paz faraónica, piramidal, claustral. Rigor, exactitud, formas, maneras, protocolo, sus opimos frutos. Por eso la ciencia es sobre todo método, lo que garantiza que nada nuevo, extraño, insólito, pueda ser descubierto. Si hay un método para ver algo entonces ya fue visto, y por eso se ha llamado descubrir a redescubrir. Investigar es sinónimo de volver a hacer lo que ya está hecho cuando se trata de avanzar por el camino del método. Descubrir un tesoro con un mapa del tesoro no debería asombrarnos de nuestra perspicacia. Descubrir lo nuevo supone, al contrario, la ausencia de método, nombrar lo nuevo supone nuevas palabras, nuevos lenguajes. Podemos elegir entre los dos modos de hacer ciencia, de estudiar, de investigar, el que nombra la realidad como asombro cotidiano, o el que requiere de una realidad segunda y allí habita y se debate, como en un salón de espejos. Su mejor teoría de la realidad: la que más tiempo detenga la vibración incesante de la cifra. La cifra más y mejor detenida, la mariposa reina alfileteada (non plus ultra de la entomología), la cifra mejor conservada, la mejor enfrascada al vacío -sabido es que el oxígeno oxida-; en fin, la que mejor semeje la eternidad (una eternidad, claro está, pedestre, obsolescente, transitoria.) La cifra per-fecta: la que no respire, ni tiemble, ni lata. La muerta, pues. Placer máximo de esta ciencia en su deliquio arqueológico: descubrir una momia.











