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Archivos de: Octubre 2006

CUERPO, FANTASMAS Y ENIGMAS EN LA POESÍA MODERNISTA

por joseleon71 @ Lunes, 30. Oct, 2006 - 06:50:54 am

Elías David Curiel y Ramón López Velarde

V Bienal Internacional de Literatura
Elías David Curiel
Del 26 al 28 de octubre de 2006
Santa Ana de Coro

En el comercio de trasmundo los cuerpos no son como los conocemos, las sensaciones son otras, muy distintas. Los cuerpos sufren metamorfosis, variaciones, aun hasta lo monstruoso, esa forma acre, bizarra de nombrar la santidad. El poeta contacta lo parecido a él, lo semejante, en un ambiente donde las aversiones desaparecen (el silencio donde las contradicciones se borran) o, como ocurre en los casos que vamos a comparar, verbigracia en la poesía de Elías David Curiel y en las del poeta mexicano Ramón López Velarde (1888-1921), se debaten entre la aceptación y la culpa, entre el deseo y la angustia, entre el sí del abandono y la renuncia (vida que se desliza dando tumbos hacia la muerte) y el no que cierra las puertas del paraíso y del infierno.
En el caso de Curiel acaso sea la mujer el único objeto que rutila (que lo atrae y repele, como un astro fascinante pero inalcanzable o imposible) en el más allá social, acaso la única esperanza de un mundo distinto, cordial, que él no conoce ni puede conocer pero que quizá guarde para él, escondido, un “talismán”, una “égida/ contra el tedio y el numen”. De un modo u otro este recurso –única posibilidad de salvación, “acción suprema contra la Adversidad”- no llega a cumplirse, la Bella del Bosque Azul dio, como escribe en el poema “Póstuma”, en el “alar vecino” su arrullo, pues a “un hombre culto ama” y “ciñó en su frente nupcial el níveo tul”. La Virgen “no comprendió tu alma” (extraña, como de otro mundo) ni tu amor “casi fraterno” (místico). Rechazado, el romántico “sopla en armoniosa furia”/ en los siete carrizos su insaciada lujuria” o “mira la albicante psicopsia del Edén”, esto es, escribe poemas (es la página en blanco el único lugar donde puede realizar el amor) y/o contempla, extático, el mundo.
En Curiel, desamor y decepción en “las luchas del arte” están unidos, y es probable que sea la mujer el centro, el pivote, el imán de ambas actividades cuyas sustancias, líquidos y esencias se comunican, se trasvasan. La decepción amorosa conlleva –como escribe en el poema “Eros” a “lírico silencio”, tanto como el “Medio ambiente impropicio” le impide crear una obra “de perfecta hermosura”. La adolescencia tímida y orgullosa lo alejó de los otros, permitiéndole a su psiquis errar “por los sellados jardines del Edén”. Con el apartamiento advino una “llama negra” reveladora de la “estética virtud”. El arte aparece entonces como “Apocalipsis de la Naturaleza”, “Porvenir”, revelación definitiva de los enigmas del Universo, “Evangelio del Cosmos”, y le descubre que si algo ha de ser amado es el Amor. No la carne sino el alma. No el cuerpo sino su transfiguración. Por lo demás, las mujeres en Curiel están recubiertas por retazos de mitología griega (Venus, Cipres), romana, oriental, pero a decir verdad sin la compleja arquitectura que suponen cada mitología en particular y mucho menos la problematización que supone su mezcla o hibridación, recurriendo a los auxilios del saber cultural acumulado del símbolo. No creo que estemos diciendo nada distinto a lo conseguido en este ámbito por el grueso de los poetas modernistas, pero interesa aquí y es lo decisivo (porque de la producción de mitos en Curiel, como fabulador de enigmas, cabe hablar en otro momento), que las mujeres como el yo poético carecen de cuerpo (referentes de carne y hueso, para decirlo prosaicamente) y funcionan como entidades abstractas y abstraídas, y que los sentimientos corresponden a esta condición fantasmática, desencarnada, propicia a los ambientes y escenarios supranormales en que transcurre la poesía de Curiel, a diferencia, hay que decirlo, de las mujeres y el amor poético de Ramón López Velarde.
Acaso en los dos poetas se verifique el mismo recorrido y tal vez ambos llegan a similares revelaciones, pero la dirección es distinta y antípoda. En el mexicano la mujer es menos abstracta, más carnal y los rasgos mitológicos, de la mitología judeocristiana y especialmente católica (salvo algunos casos aisladísimos de las griega y romana) en él sí ostensiblemente como sistema integrado a un cuerpo de experiencias, le dan peso y consistencia real, histórica. En todo caso, sus mujeres y sus amores tienen nombre y apellido, aunque su fondo y su imán sea el símbolo y su derrotero esté trazado por una vasta y honda tradición.
“Su estética –afirma Octavio Paz- es inseparable de su búsqueda vital. Verla como algo aislado, separado de su vida real y espiritual, es mutilarla. La identificación entre alma y amada, constante en López Velarde, es el rasgo esencial de la concepción del amor entre los provenzales y, a partir de ellos, lo que distingue nuestra idea del amor de las que han tenido otras civilizaciones”.

La mujer de López Velarde tiene cuerpo, más que cuerpo carne, olor, textura, tibieza. Pero al contacto con el amor del poeta inicia un proceso de transfiguración que lo suspende progresivamente, lo eleva por sobre la realidad y la acerca a una suerte de cielo propio, con su santoral, sus ritos, sus salmodias. Como en Curiel, la mujer es atracción y repulsión, flujo y reflujo, aceptación y renuncia. “¿Cómo será –pregunta Velarde- esta sed constante de veneros/ femeninos, de agua que huye y que regresa?” (63). Como en Curiel, la mujer de López Velarde abandona su corporeidad (ciertamente en Curiel nunca la tuvo), el lastre mundano del cuerpo, para adquirir el aire y la levedad de las cosas celestes, y el poeta, reverente, hincado, no puede sino anteponer su fervor, su miedo y su culpa a la gracia y el pudor del cuerpo transfigurado:
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros

(…)
¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros…

Sin duda, la experiencia amorosa parte del cuerpo, del constatar la rotundidad de una presencia de mujer en el mundo y sobre todo, en la vida, en los días del poeta. Desde las niñas que alborotaban con sus voces la alegría de la “Plaza de Armas” y “le dieron el gusto de la voz de mujer”, pasando por la turbadora prima Águeda, “luto, pupilas verdes y mejillas/ rubicundas”, hasta Fuensanta, fuente de santidad: “Tú fuiste, Amada, mi primer amor,/ y serás el postrero”. Pero el cuerpo está rodeado de un rumor constante de minuciosa vida, del inquieto parloteo de las cosas del mundo: resuena el almidón de los vestidos, “hay un escándalo de nidos” en los fresnos, violines, pianos, fru frú de sedas, risas, cohetes. Voces de Ángelus y crujidos de puertas, el pico del zenzontle que “repasa el cuerpo de la noche, como el de una/ amante”. La lista no quiere ser exhaustiva sino abundar en esta característica fundamental en la poesía de López Velarde que contrasta, con la distancia que va del cuerpo y el esqueleto al alma, el fantasma y la sombra, con la poesía de Elías David Curiel. El mundo de López Velarde es sonámbulo y picante, el de Curiel tiene el silencio del mutismo. Sin olor, sin sabor, un mundo carente de perspectivas, plano y blanco, sin matices, sin brumas. Nócteo, blanco y marmóreo. Curiel nombra las cosas del mundo pero quien las ve y siente, ni ve ni siente, como esos dobles del cuerpo que se levantan en los sueños y caminan por una habitación familiarmente desconocida.
El cuerpo trae (y es la conciencia de) la enfermedad, y por ende de la corrupción. La descomposición del cuerpo llega hasta la calavera monda. En Curiel no aparece el cuerpo ni la carne (aunque asome necesariamente cuando irrumpen el sexo y la lujuria), por ende, la enfermedad y la corrupción son momentos demasiado humanos, estrictamente corporales, que suponen la presencia de la vida y sus humores. En Curiel la muerte es un estado de cosas absoluto, se está muerto desde antes y el horizonte del cuerpo y sus enfermedades (le) es ajeno. Si se introduce la enfermedad, entra el tiempo “real” en el poema, el tiempo humano, el que pasa y el que pide los auxilios del reloj, ese tic tac que ritma la vida y las relaciones humanas.
La imagen de un cuerpo real con vicisitudes, tristezas, alegrías, en fin con días y vida cotidiana, supone y exige la construcción o representación de un espacio tiempo que posibilite su realidad. El cuerpo que se escribe y se nombra como si respirara nuestra propia y familiar atmósfera adquiere espesor cuando es rodeado, cubierto, sitiado por las noticias y las apariencias del mundo, cuando su condición de fantasma o “ente de papel” se viste con la imagen de un cuerpo que nos hace la promesa de morir y en ella comulgamos con nuestra aceptación y nuestros miedos:

Yo tuve en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio…

Con este cuerpo aparece la localidad, ciudad o campo donde la historia del cuerpo adquiere sentido y dimensión. Aparece, en el caso de López Velarde, la provincia y, claramente, el conflicto temprano entre el campo y la ciudad. En Curiel, que carece de cuerpo, no encontramos contexto real o histórico. Su ciudad es abstracta, blanca, como sumida en el mutismo o silencio de los astros, blanco espectral de luz lunar, sol hiriente que abate los muros y estalla los colores hasta la ceguera. En Curiel no nos encontraremos esa poesía reflexiva, moralizante incluso, que descubre para los lectores los encantos y los disturbios de vivir en el campo o la ciudad. En el cerebro de Curiel esas dimensiones del espacio social no existen; salvo su casa, tocada por la extrañeza hasta el punto que en la presencia de algunos objetos zumba la irrealidad como un moscón a las tres de la tarde de una canícula sin brisa, salvo su casa, ningún otro espacio aparece. Su poesía es interior y cerebral, sin cuerpo y sin carne, nada de humores y enfermedades, ni siquiera el esqueleto como memoria de un cuerpo que tuvo carne y músculo, sino el ánima, voz dolorida y monocorde que salmodia su ser o no ser. Difícilmente aparecerá un paisaje, el viento, la lluvia, un árbol, que no respondan a una imagen onírica, a un fragmento recortado de un sueño pertinaz. La casa, siempre es la casa oblonga cuyas paredes alojan vida de ultratumba, reminiscencias que de pronto se incorporan a una realidad vacilante, de vigilia insomne. Curiel no tiene afuera, todo ocurre en su interior y las palabras como un eco sordo reproducen su angustia y la ahogan en las paredes mudas, silenciosas. Una poesía concentrada en sus tremedales, que no tiene exterior ni quiere tenerlo, que se hunde en sí misma acerbamente y renuncia a la vida, no se ocupa entonces de (ni le interesa hasta el punto de caer rendida a sus pies) la música, aunque reconozca que es la fuente de toda gracia y hasta la forma final de su destino. Curiel lo supo. Supo que la poesía tampoco le permitiría ser otro, impunemente (peor: el otro fue él mismo, identidad sometida a un caos interior que era también el caos del mundo): la máscara se petrificó en su rostro y no pudo ajustarla y removerla de acuerdo a la ocasión. La poesía, ese resguardo de la “zona ambiente”, de la “ciudad hostil”, tampoco le permitió el saludable distanciamiento de sus obsesiones y sueños más tenaces, antes bien, lo hundió sin salida en su conciencia. En algunos momentos parece respira mejor, tomar otro aire, cuando tintinean algunos poemas de esos de ocasión donde revolotea la idea de belleza, pariente ilegítima de la que Rimbaud sentó en sus piernas y que despreció, pero que los poetas modernistas sentaron, irónicamente unas veces, las otras para intentar seducirla con ritmos y armonías; Curiel se ocupó de otros asuntos para él más urgentes: el poema y la poética, la Psique y el sueño, la vida ultra y sublunar, la memoria de la raza sidérea, el amor imposible, la muerte.
En pocos momentos sacó afuera su cabeza y cuando lo hizo fue para mirar el mundo complicadamente, para explorarlo con mirada “zahorí” y no con la que reconcilia sino al contrario, la que cuestiona la naturaleza y el orden de las cosas, la que revela la sobrenaturalaza y la potencial irrealidad de lo que vemos y sentimos. En la cita que sigue, el pensamiento geométrico de Curiel como el de un precubista deslíe la realidad; mirado demasiado cerca el objeto se deforma y sus límites se borran. Se trata del poema “Escorzo”, cuyo título ya anuncia la problematización de la mirada:

Pared iluminada. Sobre una
parduzaca sombra, que proyecta un banco,
extrema pata lígnea en bloc de luna
cincela un trunco pilarcito blanco

La mirada difícil guiada por la “loca psique” descubre una “sepulcral columna”, luego “Retrospectiva la mirada pierdo…/ Amórfico, acromático recuerdo/ queda embebido en la inconsciente infancia”. Con toda evidencia, el modo de evocar la infancia del poeta coriano amerita complejos recursos, pues no se trata como vemos del objeto que permite (tras una suerte de operación de magia simpática) la evocación, sino que estamos ante el efecto que provoca la mirada descentrada en un objeto tronchado que, siguiendo no la línea sino la espiral o la elipsis de las revelaciones sorprendentes, lo conduce superconsciente a la infancia inconsciente. A ese poema le sigue uno de similar contextura, “Esbozo” , donde una pared es observada con ojos “fijos” y, como en el poema citado anteriormente, la memoria del poeta se abre:

En la línea de cal el claro-obscuro.
Las grietas, que practica el descalabro,
en la pared esbozan al conjuro
de parpadeante luz, perfil macabro

En sólo dos de sus poemas, al momento de salir afuera –digamos al espacio “urbano” (por cierto, sólo emplea esta palabra una sola vez)- su mirada se centra en el reloj. En el poema “Caso”, escribe:

Plaza arbórea vecina.
De pie, junto a una esquina,
las manos en la testa,
los ojos al Levante,
veía en el cuadrante
del Reloj la hora sexta.

Y sin embargo, lo mira mentalmente:

(Vi el público cuadrante
mentalmente, distante
dos cuadras, cual zahorí;
pues yo estaba en la acera
de la izquierda, y la esfera
no se ve desde allí)

Obsérvese el adjetivo “público”, la única vez en todos sus poemas que distingue taxativamente entre lo privado y lo público, entre un espacio exterior, digamos “urbano” y uno interior “doméstico” o familiar. El poema describe un viaje hipnótico que condujo a un “viajero” por espacio de dos horas, pues lo despierta el doblar en ocho oportunidades de una campana, hasta una llanura distante:

Ocho veces mi oído
hirió con su sonido
de bronce una campana

En el poema “Cronocracia”, escribe:

Las doce horario y minutero junta,
y el urbano reloj abre en la esfera
su paulatina y anormal tijera
que, al promediar la hora, descoyunta

El reloj “urbano” y “público” es el único objeto suficientemente poderoso que ocupa la atención de nuestro poeta, obsedido por las experiencias de lo intemporal, la eternidad y el instante, experiencias interiores que, en el espacio exterior, encuentran paralelo justo en el desquicie, lo descoyuntado, lo anormal, vale decir en lo que de sueño o pesadilla tiene la realidad. En cualquier caso se puede afirmar que la realidad, o ese espacio tiempo que nos representamos y asumimos como real (además de referido por Curiel en escasísimos poemas) copia las anfractuosidades del propio sueño, espacio sobrenatural en el que el alma de nuestro poeta da sobradas muestras de encontrarse más cómodo, más distendido.
Finalmente, en un solo poema hace alusión –indirecta, es cierto, pero demasiado directa dadas las circunstancias (el poema data de 1904)- a la violencia política; se trata del poema “¡Oh las madres!”, en el que Curiel da muestras de encontrarse afectado por una emoción que golpea y ensordina las líneas aunque se mantiene todavía distante de la escena, ora en el plano moral (pues se llama “tonto” por reaccionar como lo hace, por sentir lo que siente y, a su madre, de quien heredó la tontería, califica de “tonta sublime”), ora en el físico (“Yo de un cuarto de alto piso dominaba la extensión):

Yo fui tonto. Yo te quiero confesar mi tontería,
¡oh la tonta más sublime, oh sublime madre mía!
Yo de un cuarto de alto piso dominaba la extensión,
cuando abajo, en una acera,
vi una anciana, desgraciada pordiosera,
cuyo hijo reclutaron los que violan la gran ley de la razón

Pero hay una forma del interior en Curiel que ya no corresponde al sueño, al alma o la psique sino a lo orgánico, y es cuando comprende que “El microbio es el rey del mundo”. Se interna en el cuerpo pero esta vez a través de la enfermedad, por cierto, el único momento en que incursiona en el interior orgánico, no subjetivo, el territorio donde el cuerpo se corrompe… Pero, ¿no es el mundo celular, microscópico también una forma de escorzo?

Ella sufre. Su vida el morbo bate
y ni radica la salud ni merma
su acción la tisis que en sus bronquios late,
los roe, intoxica, despedaza y yerma.
Voraz microbio sus pulmones mina…

Curiel sólo parece mirar con ojos desasosegados lo que no tiene cuerpo, mejor, las ideas, los conceptos. Además, en un poema donde debate entre estas dos opciones, y donde plantea sus dudas acerca de si el alma es o no es “la forma del movimiento celular” - aunque creyera que se trataba de “una forma sin forma real ni vida”, o bien, una “pura substancia intensa que en infinita/ reducción pierde sus dimensiones dentro su plano” -, descubre para él que no tiene futuro ni sentido “pensar que vivas células somos” porque el velo de los “porqués y cómos” no sería descorrido por Isis. Entendemos entonces la necesidad de nuestro poeta de deshacerse del cuerpo, de sus células, de su materia orgánica, para acceder a la Verdad y al Santuario de la Diosa. De ahí la reducción de todas las noticias del mundo (hacia adentro y hacia fuera) que establecerían contacto con su cuerpo:

-Las cosas contempladas y escuchadas
son aparentemente evanescidas.
Por inconsciente evocación tocadas
despiertan las imágenes dormidas

Latentes realidades del ensueño,
en las que amorfias en la emoción exilia…
De verdades anímica diseño….
Claro-obscuro de sueño y de vigilia.

De ahí su poesía mental (“Existir es pensar”, afirma en “Psicogonía”), poesía interior, menos saga personal –y por eso no es la de Curiel una poesía intimista ni confesional- que lugar de una conciencia, lugar desde donde un alma consciente canta al mismo tiempo que ausculta el mundo, objetivación tensa, máxima, de lo subjetivo, ciencia e investigación de lo interior:

Los ojos que se cierran, retromiran;
involuciona a la raíz la rama;
y, como el ícor en el dios, circula
en el cerebro ensoñador el alma

Y el cálculo geométrico y el numen
creador coherido por la eterna pauta,
como tiorbas angélicas, traducen
el timbre, el gesto y el color del alma

Y si es la vida sólo la materia y si “de la célula nerviosa herida/ sólo es el alma la vibración”, la psiquis, sin embargo, no es ilusoria “porque es santuario de su memoria/ tu corazón”. Y enfatiza:

No es ilusoria. No. Desherido
átomo en fuerza se ha convertido;
y se trasmuta la fuerza en alma...

Estamos ante una poética cuyos materiales de construcción son la argamasa sutil, etérea, órfica del alma y los sueños, incluida la propia realidad sólo que vista en escorzo. Poética cuyo afán consiste en modular (y pendular entre) lo visible y lo invisible, lo orgánico y lo inorgánico, la psique y el cuerpo, el tiempo y la eternidad, la vida y la muerte. De ahí el apartamiento, la retracción, la soledad, el progresivo afantasmarse, el deslizamiento hasta los bordes de la ciudad que fue su cuna y “en donde emparedada, como en una/ bóveda ardiente, se asfixia el alma”.
La diferencia con respecto a la realidad o el exterior, con Ramón López Velarde es total. El mexicano está volcado con todo su cuerpo hacia afuera (un afuera, hay que decirlo, tibio y murmurante como un seno y una matriz), todos sus sentidos tocan, palpan, huelen el espacio, las superficies, las texturas de las cosas del mundo y su “desdén manso” con una “emoción sutil y contrita que reza”:

Los muebles están bien en la suprema
vetustez elegante del poema.
Las arcas se conservan olorosas
a las frutas guardadas;
el sofá tiene huellas de los muslos
salomónicos de las desposadas...

O bien, este otro:

En el encanto de la humilde calle
sois a un tiempo, asomadas a la reja,
el son de esquilas, la alternada queja
de las palomas, y el olor del valle

Abundar en citas no haría sino confirmar una constante, de modo que lo esencial aquí es señalar el contraste con la poesía de Curiel, interior, que no íntima, sino ahincada en la especulación de un universo que acontece “ultra la sombra y el silencio”. En Curiel “Las cosas contempladas y escuchadas/ son aparentemente evanescidas”. Realidades de sueño y vigilia, fijadas “en la placa sensible de la mente”.
El afuera de López Velarde diseña una forma de esperanza. En efecto, quien tiene afuera, vida exterior y comercia y dialoga con el mundo, cifra esperanzas, anhelos, y su deseo adquiere el cuerpo, la rotundidad de las presencias:

Y bajo la impostura virginal de la noche
que cobija al amor con un tenue derroche
de luceros, un mito saludable me afianza
y alabo al confesor de la santa Esperanza
y a la doncella verde en la misma alabanza

Afuera y esperanza se conjugan para construir el cuerpo de la realidad; lo contrario, la vida interior, construye la desesperanza y le confieren a la vida un sentido trágico. La poesía de López Velarde, como él mismo lo dice, resulta “sentimental y cómica”. Ciertamente, allí está la mujer como ausencia sagrada, virgen, hermana, la casta doncella de su “espíritu feudal”, pero no es menos cierto que las ventanas que se abren a esta visión mística descubren fragmentos, rasgos, dorsos de mujeres que colman las ansias del poeta y dan corporeidad a sus deseos:

y el casto lecho que pudiera ser
para las almas núbiles un nido,
nos invita a las nupcias incruentas
y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron
las parejas eróticas de ayer

Tanto como la esperanza (no lo irrealizable sino lo posible saturado de imposibles), que es una suerte de proyección o anticipación de la vida –“¿Existirá? –se pregunta en un poema- ¡Quién sabe!/ Mi instinto la presiente;/ dejad que yo la alabe/ previamente” y por lo tanto una de las formas que adquiere el futuro, la nostalgia es, entre otras, una de las formas del recuerdo. En López Velarde, la nostalgia por el campo, la provincia, la vida rural crece en oposición a la ausencia total de nostalgia de Curiel, como es total en su caso la ausencia de futuro, y borroso y fugaz el presente. Espíritu saludable, López Velarde cuestiona la vida de la ciudad (desconocida por Curiel al menos en sus poemas) y ansía amores y atmósferas pueblerinas. La vida se refugia y concentra en estas formas tradicionales, desplazadas por la expansión del mercado y el capitalismo a las márgenes de la conciencia. Insurge una nostalgia rebelde que comienza a interrogarse sobre el sentido de la existencia, apenas asoma el liberalismo y su cuerpo de creencias y valores:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades –flores de pecado.
Esta hambre de amores y de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

El diálogo entre ciudad y provincia, o entre Centro y Provincia se verifica en el poeta mexicano con una intensidad desconocida por Curiel, cuyo hundimiento en la ciudad de Coro, y mucho más en sí mismo, le depara una poesía que no interroga el exterior ni cuestiona, salvo algunas esporádicas incursiones en un afuera que, por la forma en que aparece, resulta demasiado lejano e incapaz de perturbar y arrastrar consigo el cuerpo de su obra poética. En López Velarde este diálogo entre el afuera y el interior, representado por la ciudad y la vida citadina y el interior o vida de provincia, asoma en muchos poemas y en todos, la provincia se convierte en el vaso de la pasión, el fervor, la serenidad:

Mi vida enferma de fastidio, gusta
de irse a guarecer año por año
a la casa vetusta
de los nobles abuelos,
como a refugio en que en la paz divina
de las cosas de antaño
sólo se oye la voz de la madrina
que se repone del acceso de asma
para seguir hablando de sus muertos...

Acaso sólo en uno, donde califica al pueblo natal de “edén subvertido”, se refiera menos con violencia que con tristeza profunda a la pasión política que habría de trastocar en los tiempos del porfiriato los modos de vida parroquiales, tierra adentro:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla…

Sólo entonces, ante la destrucción grabada en las paredes “de la aldea espectral”, se deshace la esperanza… pero en el mismo poema la “sed de amar será como una argolla/ empotrada en la losa de una tumba”, de modo que “el amor amoroso/ de las parejas pares” y ciertas formas lánguidas y bucólicas del pasado comenzarán a desperezarse a la tibia luz de una “intima tristeza reaccionaria. Ante el mundo que huye opone la detención aldeana, la quietud, las formas consagradas del pasado. La ciudad nuevamente como representación de la violencia dirigida contra el poeta, que lo lleva a comprenderla hasta corresponder a su ritmo, a su violencia, al cariz de las demoliciones que inaugura con su canto de futuro y, por supuesto, a rechazarla íntimamente:

Si yo jamás hubiera salido de mi villa,
con una santa esposa tendría el refrigerio
de conocer el mundo por un solo hemisferio.

Conocer el otro hemisferio es lidiar con los cambios que trae aparejados la época. El López Velarde que se recibe de abogado y viaja a la capital, aunque su alma salmodie y sienta honda nostalgia por la provincia y sus amores, en el que las mujeres y todas las cosas están tocadas por la santidad. López Velarde, que no ocultó ni obliteró la provincia como se pudiera deducir de la poesía y el pensamiento de Rubén Darío, observa el tráfago citadino con ojos de turista, o de residente a disgusto, en todo caso, como alguien que está afuera y no pertenece sino como extranjero a esa dinámica extraña. La densidad de su poesía se asienta en el espacio y el paisaje familiares, en la “lúcida neblina del valle”, en “la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento” en “la familiaridad de las montañas” y el “cacerío de estallante cal”; y en la mujer de la provincia, del pequeño pueblo, fuente de santidad:

Vasos de devoción, arcas piadosas
en que el amor jamás se contamina;
jarras cuyas paredes olorosas
dan al agua frescura campesina…

(….)
Noble señora de provincia: unidos
en el viejo balcón que va al poniente,
hablamos tristemente, largamente,
de dichas muertas y de tiempos idos

Pero el discurso de la ciudad, que se torna imperativo, lo obliga a reevaluar su mirada, sus sentimientos y comienza a transformarse para hacerse de un cuerpo acordado con la realidad agresiva, dinámica, móvil. En cualquier caso, la provincia está vista a través de la mirada que prepara y dispone el escenario de la tensión entre la modernidad y las formas de la tradición. Así, cuando López Velarde recrea la lentitud y la paz neblinosa de la provincia, pone a contraluz la acedía de los espacios citadinos. Es en este momento cuando las formas de la ciudad, su diálogo cosmopolita, ingresa, desacomoda y repliega las formas, el ritmo, la textura de un lenguaje lúcido y somnoliento, que observa desde el remanso provinciano y con sus ojos, el deslizamiento del hombre y la realidad a un mundo de relaciones distintas, antípodas, violentas. El poeta asiste a una fractura en el ser y su discurso la resiente. Los ojos habituados a la sombra y al crepúsculo de las formas se sacuden el sueño, disipan la niebla, y sin párpados comienzan a mirar con un interés que poco a poco pierde el brillo y su fascinación para tornarse en melopea trágica. Mientras tanto, con López Velarde estamos en un momento de transición, justo cuando la Provincia es el tibio corazón de todas las renuncias y todos los anhelos, la única realidad posible, y, la ciudad, testigo y testimonio de la irracionalidad y el sin sentido:

Se distraen las penas en los cuartos de hoteles
con el etéreo concurso divertido
de yanquis, sacerdotes, quincalleros infieles,
niñas recién casadas y mozas del partido
(…)
Lejos quedó el terruño, la familia distante….

Debemos recordar dos cosas sumamente importantes, el México de López Velarde es el de la crisis de la dictadura de Porfirio Díaz y el inicio de la revolución, luego de 36 años de gobierno tiránico. En Venezuela se encuentra en el poder Juan Vicente Gómez, quien durará en el poder hasta su muerte en 1935, nueve años después de la desaparición de Curiel. Luego la provincia de Velarde se encuentra agitada por la guerra y la de Curiel, bosteza en la duermevela de la historia.
La provincia, como categoría, nace precisamente de la observancia del tráfago citadino; sus penumbras se recuerdan porque fatiga la luz; la calma, en fin, se desea tanto como se repele la agitación, la multitud:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades – flore de pecado.
Esta hambre de amores y esta sed de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

Aparece entonces la Provincia como la forma mejor acabada del recuerdo, del pasado. La memoria personal, aliada naturalmente a la historia misma del pueblo, personifica, pone nombre y apellido a una experiencia que, de lo contrario, queda reducida a meros datos generales en la historiografía oficial. La provincia será el lugar de la infancia, de los primeros ardores y dolores, lo enfrentará a la muerte y a las sombras de sus familiares; también a la guerra, la regurgitación intestina de una nación pariéndose a sí misma y cuyas arcadas sacuden todos los rincones del país:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la multiplicación de la metralla

Los familiares idos, y por extensión la generación de sus abuelos muertos preservan además el tiempo primordial, el que no pasa, el preñado de tumba y santidad. De unas “suaves” antepasadas, dice: “heredé de ellas el afán temerario/ de mezclar tierra y cielo”. Sus cuerpos acabados conservan fresca la memoria de los días de lluvia y sus sombras, puntualmente, en la neblina del entresueño, sostienen la casa y la protegen de la caída, del olvido. Con gestos definitivos se oponen a la fugacidad del tiempo citadino: “Hoy cuentan que mi tía –escribe en un poema donde el abismo es un pozo- se aparece a las once”.
En los propios fantasmas la diferencia entre López Velarde y Curiel es relevante. En el mexicano el fantasma es una forma de la nostalgia, presencia y representación del pasado que se incorpora al presente para derogarlo. En Curiel, carente de pasado y por ende de futuro –“negro el pasado, el porvenir incierto,/ y entre esas tinieblas, el Destino/ mudo como la esfinge en el desierto”-, y por ello mismo, sin presente salvo una suerte de eternidad mal avenida con su cuerpo y un alma en fuga, los fantasmas son presencias, cosas del mundo, visiones presentificadas que ocupan zonas o planos de la realidad a los que una actitud oblicua, una posición sesgada, un torcimiento de los sentidos, revela:

Derrumbada miro por la cerradura
la casa de enfrente que aun firme perdura
y entre sus escombros ancilas que han muerto…

Lo importante ahora es que tales visiones no están vinculadas al pasado, no hablan de familiares o seres queridos o cercanos, sino que forman parte de ese mismo presente fantasmático o continuo donde se desarrollan y del que da cuenta la generalidad de los poemas de Curiel. No obstante, para solucionar el problema de su ascendencia y referir las fuentes de su pasado, algo lógico y que no podía escapársele, elige dos opciones: una, ser descendiente de la raza judaica, propia y natural, acaso irrenunciable; la otra, descender de Sirio.
Las zonas de luna y oscuridad en los poetas que estudiamos también se tocan. Es obvio que una corriente de ocultismo, de orfismo, de teosofías y noticias del trasmundo circulaban en el continente en alas del modernismo, rezagos de las correntías europeas simbolistas, parnasianas, decadentistas. También es cierto que en lo psicológico se encontraron muchos poetas, volcados a ensimismarse en una época donde el yo individual comenzaba a perfilarse y a deslindarse del mundo circundante. Iniciaron los poetas un decidido viaje interior, oscuro o luminoso, entre la luna y la ceguera, un hundimiento en sí mismos: cerebro y espectro. Esta capacidad de introspección y de auscultarse, fueron drama y trama de Curiel, de López Velarde. Pero en el venezolano, sin afuera y sin esperanza, el paisaje lunar, el mármol, esa suerte de suspensión de la materia en una atmósfera blanca y vibrante como de sueño cuya representación más cercana acaso la tengamos en la pintura de Darío Lunar, es radical, obsesiva, tal vez su única realidad. En ese aspecto, el comentario que hacía el crítico Saúl Yurkievich sobre la poesía de López Velarde - “pocos poetas lo superan en esta espectografía o espeleologías psíquicas” - acaso pudiera ser modificado toda vez que el epos de Curiel estuvo atravesado por esa sola y obsesiva experiencia de indagación en las regiones de Psiquis, páramos mentales donde abrevó hasta la muerte lampos de Selene. La poesía de Curiel no se asomó a estos abismos para regresar –salvo bruscamente y sin verdadero acomodo- al comercio de todos los días, antes bien habitó en ellos sin más opción que la noche. Por otra parte, su poesía no es íntima, Curiel no intima consigo ni con la realidad o las cosas del mundo. En Curiel son imposibles los versos: “En mi pecho feliz no hubo cosa/ de cristal, terracota o madera,/ que abrazada por mí no tuviera/ movimientos humanos de esposa”. Curiel objetivizó la inconsciencia, el sueño, la pesadilla, las visiones de trasmundo, lo otro. La realidad invisible era el objeto de su poesía. Se ofreció voluntariamente a inspeccionar lo que se aloja al interior de la materia y al interior de esa otra materia, el pensamiento. No es sólo una poesía cerebral sino una poesía del cerebro, una poética del pensamiento (si éste, claro está, lo fincamos exclusivamente en el cerebro) en el acto de devenir idea. Como el alma en el cuerpo, prisión raquítica, así la idea ante el pensamiento, o mejor, ante el Silencio, esa pascaliana música de los astros:

La realidad es lo invisible. El velo
de Isis la ciencia cerebral descorre.
Da en la Esfinge y rebota su escalpelo.

Y sólo el vate a quien el deus acorre,
domina a plena luz todo el Santuario
desde su negra y estrellada torre.

Torre que del Futuro es campanario
y del silencio sideral asilo…
Allí, de estrella a estrella, el visionario
tiende toda su alma como un hilo!


 
 

ESTETICA Y PODER

por joseleon71 @ Viernes, 27. Oct, 2006 - 03:44:22 am

(Ponencia leída en el encuentro de comunicación comunitaria y alternativa ANDOCOMUNICANDO en el CENTRO DE ARTE LA ESTANCIA, en la ciudad de Caracas el día JUEVES 26 DE OCTUBRE

La noción de arte que conocemos descansa sobre unas bases que el devenir histórico ha naturalizado. Esto es, primero nos parece natural que el arte mismo exista. Nos parece inconcebible un mundo sin arte, o bien, sin obras de arte. A partir de esta naturalización, calificamos como obras de arte las manos y los bisontes en las Cuevas de Altamira, las Venus y las máscaras de obsidiana. Podemos afirmar que es la mirada moderna la que los califica como tales, lo que hunde en el misterio la razón de ser de tales objetos, toda vez que sin duda no se les consideraba “obras de arte”. Estamos con toda evidencia ante un proceso de apropiación o colonización por parte de Occidente del pasado de la humanidad, del presente y del futuro. Según Eduardo Subirats “unificación violenta del mundo bajo una palabra única y un único logos, bajo un solo principio racional y un único poder igualador”.
Por otra parte, nos parece natural la historia universal contada por Occidente. La división de prehistoria e historia, la Grecia clásica, el Imperio Romano, el Medioevo, el Renacimiento, la Revolución francesa, la Industrial, la Colonia, la Independencia, la República, etc., son procesos que ofrecen una concatenación natural. Hemos aceptado sin muchos remilgos esa historicidad y en los textos de nuestros hijos es fácil advertir que no existe cuestionamiento alguno.
A esa naturalidad responden las nociones que hoy interrogamos, como lo son el arte y lo estético. Nos parece pues natural el arte. Para que este exista se requiere de un cuerpo de artistas, porque una obra de arte tiene naturalmente su autor, conocido o desconocido. Del anónimo del Mio Cid al anónimo del Lazarillo de Tormes, ha habido sin duda un cambio sustancial. El del Cid claramente responde a la memoria del pueblo español y su gesta, pero el del Lazarillo reclama un autor que escamoteó su nombre pero no su yo, sus cuitas personales. Fue un cambio decisivo, como el del Viejo Testamento al Nuevo, con sus evangelistas escritores. De la Ilíada y la Odisea al Trabajo y las Horas de Hesíodo. De las Musas al hombre y sus días; del dedo de Dios, a la mano del hombre en su situación y contexto. Del Dios anónimo y plural, al individuo. Del dedo de Dios, a la mano del hombre en su situación y contexto. Del Dios anónimo y plural, al individuo.
Cuando ello ocurre, cuando el individuo aparece en las lindes de la historia, aparece también la ley. La ley actúa sobre un pueblo pero es la mano del concreto ladrón la que es cortada como es apedreada una infiel muy concreta. La ley existe entonces porque existe el individuo, esto es, la ley sólo actúa sobre el individuo, es por ello que la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna, con su todos a una, destroza la individualidad de la ley. La ley nada puede contra el Todos del Pueblo Anónimo y Unido en una Una Sola Voz.
La ley actúa sobre el individuo como actúa Dios sobre la conciencia, el corazón, la fe, del creyente. Pero así también actúa el Mercado. El momento culminante del Mercado ocurre cuando el comprador adquiere un producto. Allí culmina el proceso. La palabra consumo no implica cómo habrá de consumirlo ni siquiera si habrá efectivamente de consumirlo, consumir es casi exclusivamente “comprar”. Adquisición, no consumo. De hecho, ¿cuántas cosas compramos que no consumimos? Así el ciclo se cierra cuando el comprador –él y sólo él- compra. La tendencia, por otra parte, como sabemos es a la personalización de los productos. Un producto por cada comprador, un producto para cada quien (al menos esa es la oferta con la que nos seduce y embauca el mercado.) Nos parece pues natural el procesador personal o el teléfono móvil. En tanto que consumidores somos hijos del Mercado, esto es, somos individuos gracias al mercado, porque es esta y no otra forma social la que requiere, persigue y construye. El mercado nos necesita a cada uno de nosotros en particular y establece relaciones personales y directas –aunque abstractas y contractuales- con cada uno de nosotros. Si en términos borgianos hemos sido soñados por el mercado, despertar significa interrogar el estado de cosas, la naturalización de una serie de procesos en los que nos encontramos implicados.
El arte que conocemos se consume de acuerdo a leyes que lo validan y lo mercadean. El mercado del arte necesita compradores y establecer la relación ya comentada, esto es, a cada producto artístico un comprador, el cual hará – “consumirá”- su pieza artística como le venga en gana. Esta relación unidireccional acontece visiblemente con los libros. El libro del mercado postula un consumidor y reclama la existencia de una biblioteca personal, además el proceso bien puede culminar con la lectura en voz baja. El mercado es sin duda el creador de esta práctica que reduce la lectura a un acto individual, en oposición a la lectura en voz alta, colectiva o plural.
El momento civilizatorio que vivimos ha hecho sin duda de la soledad una apoteosis. Los llamados medios de comunicación, la televisión o la radio, están diseñados para establecer una relación unipersonal con el consumidor. Cuando vemos televisión lo hacemos en voz baja y sólo para nosotros; aunque acompañados, en realidad estamos solos frente al televisor. Comentar con alguien o en grupo lo que trasmite la TV es un acto de soberanía, de crítica, casi de rebelión, lo común es el silencio, la contemplación pasiva y extática (recordemos, por cierto, el silencio sacramental en las salas de cine.) Con la radio y los audífonos móviles el mercado crea el consumidor único e individual que requieren los niveles de producción y ventas. El mercado necesita perfilar a su consumidor (se entiende que no es a una persona sino a segmentos poblacionales), moldear sus gustos y tendencias, reducir la incertidumbre, esto es, lograr que le guste lo que está en el mercado. Muchos artistas, por cierto, producen para el mercado del arte, y por ende, para públicos moldeados por la propaganda.
La relación medios y estética resulta sumamente interesante, toda vez que lo que era propio de los filósofos se acomodó a los recursos de la prensa escrita y más recientemente a los tips de la radio y la televisión, por supuesto con una reducción conceptual que deja sin significado a la obra y al artista. La estética como sabemos era un asunto que competía a una determinada clase social, la que podía acceder a determinados bienes culturales, leer y escribir entre ellos. Luego, con la televisión y su acceso masivo la población accedió a versiones deprimidas de estos bienes. La tv masificó y trivializó la experiencia estética, el contacto con las obras de arte. Entendemos en el contexto del mercado y la televisión una obra como la de Andy Warhol, pero también la inclusión de piezas de música clásica en comics y películas. De modo que sigue siendo una minoría la que accede a las obras originales, la que escucha a Mozart, la que va al teatro, etc., y lee la crítica de arte producida por expertos; mientras, la mayoría recibe adulteraciones y comentarios superficiales. Esto podemos explicarlo como protección, cerco cultural, devaluación de la experiencia para que las mayorías no tengan acceso real. Las ciudades y los países mismos responden a estas premisas, si no atendamos a la relación Capital – Provincia o Centro – Periferia. Con todo, el modelo cultural que conocemos poco podrá ser modificado si trasladamos el mismo esquema centro – periferia, a la periferia. El presidente, por cierto, habló en un momento no de descentralizar sino de multicentrar, idea que sin duda introduciría un nuevo dinamismo en lo que se conoce como el interior del país. Pero siempre habrá zonas de difícil acceso, pueblos alejados de las capitales o centros del interior, porque el problema está en el modelo de desarrollo, en los paradigmas y la forma de producir y consumir. El problema, insisto, está en lo que llamamos arte, en su naturaleza, en la forma en que se produce y consume.
Mientras el arte sea una experiencia del sujeto solitario y desterrado, difícilmente habrá comunión social. ¿No es la tragedia la condición propia del artista?, ¿no ocurre con frecuencia que su palabra no es comprendida? ¿no parece que nos habla en otro idioma? Ciertamente, el artista es el primer expulsado, el gran negador, pero tal vez sólo sea porque reniega profundamente de la soledad a que ha sido condenando, él y la sociedad. ¿O no es la obra de buena parte de los artistas una forma de reclamar con violencia y valentía la comunión con los demás hombres? ¿Su obra, generalmente, no es acaso un canto en la soledad pero en procura de los otros? Buena parte de la crítica de arte define e indaga en la obra de los artistas lo que no es sino lo natural y esencial al hombre y a la vida. Reconoce valores que en la dinámica social se encuentran destrozados, pero la crítica los encuentra en el arte y, claro está, como inalcanzables e imposibles de experimentar. Algo así como que los sentimientos de los poetas sólo caben en la poesía. Luego se afirma que la realidad es así, que lo normal es precisamente lo contrario. De modo que el arte, que indaga en la naturaleza de la vida, nos afirma que no tenemos acceso sino extraordinariamente a la vida, esto es cuando leemos un libro, visitamos una galería, un museo, o vamos al teatro o a un concierto. De resto, nos toca la llamada realidad, un escenario donde prevalece la no vida, la desnaturalización.
La noción de arte que conocemos nace en el Renacimiento, con la noción de autor, de individuo y mercado. Estos conceptos no vieron la luz entonces, es sólo que a partir del siglo XV adquieren ese aire que nos parece tan familiar. Hay una forma del ser social, o del ser en sociedad que se delinea y reconocemos, precisamente cuando el mercado actúa y talla su perfil. Reconocemos al individuo, aparece su rostro, su dolor, su felicidad, cuando el mercado lo ilumina. Esto es, cuando actúa individualizando los procesos. Esto lo digo estableciendo un contraste con aquellos momentos en los que el individuo forma parte de un cuerpo trascendente o “místico” como acotencía en la Edad Media, y su capacidad de elección y de establecer autónomamente relaciones contractualísticas con los demás hombres en base a un acuerdo o consenso social son nulas. No quiere decir esto que el mercado establezca una relación personal y distinta con todos y cada uno. Establece una relación individual con un individuo uniforme, más bien uniformado, esto es con una noción, una idea de individuo. El mercado no trabaja con individuos estrictamente, sino con tipos. Aunque el retrato, para nombrar un género esencialmente moderno, supone un individuo, la aspiración del artista es que el espectador reconozca el tipo social que está representado en el modelo, no la persona, ese sólo sujeto particular, sino el todo social que está contenido en ese rostro, en esa expresión. Ya lo decía Carlos Monsiváis hablando de la fotografía: “Como recurso clasista, la fotografía aprovecha figuras del pueblo para encerrarlas en las tarjetas postales, “pequeñas vitrinas” que le dan a lo captado algo de feria de horrores o de museo de seres cuyo rostro nunca es “individual”. El mercado entonces individualiza al mismo tiempo que subsume esa individualidad en algo abstracto, ámbito en el que la persona como tal desaparece. Así opera la ley sobre la base moderna de la “igualdad”. Y ante el mercado, como ante Dios, como ante la ley, todos somos iguales.
Desde esta perspectiva el éxito más visible de Dios, del mercado y la ley fue habernos declarado iguales ante sus esencias abstractas. Los tres son hechura humana e histórica, pero un minucioso y vastísimo proceso de naturalización ha logrado hacerlos ver como intemporales, sobrehumanos, ahistóricos. En efecto, las luchas por la igualdad o la justicia, suponen una igualdad y una justicia abstractas, de modo que tales luchas no desbordan el marco civilizatorio en el que fueron concebidas dichas nociones, de ahí la palabra reivindicación, esto es, recuperar lo perdido, acaso la igualdad y la justicia originales, las que tuvimos alguna vez y que perdimos por una serie continuada de actos despóticos, tiránicos, desiguales e injustos. La misma idea de revolución, como una vuelta a los orígenes, como utopía que busca su lugar en la tierra, es también iluminada por esta luz en extremo recelosa, porque se trataría en todo caso de confirmar la igualdad abstracta, irreal y extraña que ya se da de hecho ante el mercado, la ley y Dios. Recuerdo aquí unas consideraciones en torno al premio Nóbel entregado a Yunus, el “banquero de los pobres”, en el que se advertía que si bien los microcréditos beneficiaban a los pobres el asunto suponer que dentro del Capitalismo son posible formas más humanas de bienestar económico, lo que supone un golpe bajo al socialismo y otras formas de entender la actividad económica. Es decir, si se es capitalista pero de buen corazón entonces la cosa sí –o también- funciona. No es raro por demás ese premio en el debate mundial que el tema venezolano y latinoamericano ha introducido, pues Yunus sería la bandera del capitalismo con rostro humano, pero capitalismo al fin.
El problema entonces hay que situarlo en esas entidades abstractas (Dios, Ley, Mercado) cuyos productos generan en nosotros, en términos generales, atracción, temor sagrado, fetichismo. Los productos del mercado, de la ley y de Dios, no admiten profanación y toda herejía dirigida contra ellos es perseguida. Recuerden el temor sagrado ante la sola idea de romper un billete aun fuera de circulación. Tirar el pan, jugar con la comida, delinquir, son acciones que desatan el furor de Dios, del mercado, de la ley. A esa sujeción la hemos llamado orden, y a ese estado de cosas se opone la noción de caos. Todos hemos escuchado alguna vez, y cuando no lo escuchamos se supone, que al faltar Dios, Ley o Mercado, cundirá el caos. En general, no parecemos confiar demasiado en nosotros y en nuestra capacidad de conducirnos de manera independiente y autónoma. No pocas veces exigimos “mano dura”, la actuación, la regulación de la ley. Recomiendo aquí la lectura de Ensayo de la lucidez de José Saramago.
Dios es Dios cuando uniformiza nuestra relación con él, cuando crea un protocolo. Ley es Ley cuando uniformiza nuestra relación con ella, lo mismo Mercado es Mercado cuando establece los protocolos para su funcionamiento. Sabemos lo estricto que resulta un protocolo, sabemos lo improfanable que son las formas, las maneras, los modos prefijados de hacer las cosas. Recientemente nuestro presidente puso una bomba en la diplomacia internacional, y no fueron pocos los que aun acompañando este proceso se inquietaron ante el enorme desacato de las formas protocolares de la diplomacia internacional, esa escuela de la impostura y la hipocresía. Molesta pues el delincuente, el santero, el contrabandista, precisamente porque se saltan, eluden, profanan el protocolo. Llamar al orden significa retornar al redil, al rebaño, a la uniformalidad. Reducir el caos, pasa pues por ordenar. El orden desprecia, está claro, el desorden. No admite la ruptura del protocolo, la deformación de las formas. Necesita uniformar y reconoce en lo deformado al enemigo que hay que reducir, reconducir al orden, ordenar. Si el poder ordena, ya conoce. La orden acontece en un campo reducidísimo de acción. Toda orden presupone su cumplimiento y nada agrega el hecho de ordenar la ejecución de algo imposible. Quien ordena sabe lo que quiere. Puede no saberlo el sujeto de la orden, pero eso es lo que menos le importa al ordenador. El poder cuando ordena no ofrece opción ni alternativa.
Por otra parte, como el Orden es intemporal, se eleva sobre lo contingente y desde su atalaya observa el pasado, el presente y el futuro. Se puede decir que el orden deplora el devenir y, por ende, la historia. El orden necesita salir del curso de la historia -¡recordemos la famosa frase de Fukuyama!-, necesita paralizar los procesos, extirpar el tiempo, más bien, el paso del tiempo. El orden ama la planificación –sobre todo lo que llama planificación a largo plazo- porque le parece que así controla el devenir, más bien lo omite, lo hurta de la historia. El orden desprecia lo contingente, lo accidental, lo que no está programado, lo que desbarata los planes. El orden, la ley, Dios y el mercado, se entienden y necesitan del llamado control social. Todo lo que desafíe el orden, vale decir, el estado de cosas, es acusado de caótico, vale decir, de herético. Y como vamos viendo, llaman caos a las situaciones no controladas, las que suceden fuera del protocolo. El orden es miope, pero al mismo tiempo muy arrogante. El orden ama el panóptico. Pero está claro que el único panóptico que todo lo ve es Dios, a ese aspira pero no puede, y la realidad se le escapa. Porque una aporía es connatural al orden: al tratar de controlar la realidad, la realidad como tal se le escapa. Recordemos la frase de Pessoa: Unos gobiernan el mundo, pero nosotros somos el mundo. La realidad es insujetable, inaprensible, pero el orden requiere controlarla, luego no controla la realidad que fabrica sino sucedáneos, representaciones de la realidad, éstas sí perfectamente controlables. He aquí otro de sus grandes logros, convencernos de que sus representaciones, sus sucedáneos son la realidad. Para el Poder la realidad es lo que perciben sus aparatos de control, sucede lo que captan las cámaras, lo que dice el periódico, lo que ven sus microscopios y sus brazos teledirigidos. ¿De dónde le viene si no el actual affaire con los reality shows? El orden crea una realidad a su medida, esto es, el mercado, la ley y Dios, crean realidades a su medida, controlables, fácilmente observables, y de acceso y deceso controlados. Mientras esto sucede, la realidad real –no ordenada, no planificada, a la buena de Dios- sucede, en su caos. Estas formas del caos –así visto desde el orden, por supuesto- son nuestra pasión, y es aquí donde comulgamos cuando eludimos el orden, el mercado y a Dios. Recomiendo aquí leer las tesis del venezolano José Manuel Briceño Guerrero, y sobre todo su libro El laberinto de los tres minotauros.
Resulta interesante descubrir los protocolos, las formas del orden, el mercado y dios, que ahora las voy a resumir en la palabra Poder, es decir, en las formas del Poder, porque se trata de desentrañar sus procesos de ficcionalización. El Poder crear la ficción de ciudad, de escuela, de universidad, de familia, de Poder. El Poder construido desde sí mismo, y de ahí la inercialidad inherente que se refleja en la burocracia, construye una idea de tales cosas y establece las formas de vivir (en) esas ficciones. Esa es su manera de controlar, y es exitoso cuando el individuo no reconoce los límites de la ficción, momento en el cual se torna ficción, es decir individuo fabricado por el Poder. Y el Poder como sabemos, fabrica en serie. Esta ficción de individuo comulga con el Poder: es un buen ciudadano, respeta las leyes, cree en Dios y consume. Su individualidad, mejor, su realidad, su ser, desaparece sustituida por la ficción de su ser. Resulta convencido de que él es el sujeto del Poder, de la ley, de Dios y del mercado. Es un producto de los medios y sujeto de la moda. Cree que elige en qué creer, cree que tiene albedrío y cree que tiene opción en el supermercado. Ha sido abducido por el Poder, pero en su ficción, cree que es libre.
A todas estas, la noción de arte que conocemos nació con el mercado, la ley y Dios, es decir, nació con el Poder. Fue el Poder quien dictó qué cosa era lo bello y qué era lo feo. Creó para ello una ficción -las obras de arte- en las que controla las esquivas, insujetables, inaprensibles formas de la belleza indefinible. Creó pues ficciones donde mantenerla controlada. Resulta obvio lo que piensa de lo que no entra en el marco de esa ficción. Lo feo, lo desagradable, lo bajo, es todo aquello que ocurre fuera de su área de control, de su espacio tiempo conquistado, usurpado a la contingencia y lo accidental, elevado a lo intemporal. Luego, la belleza no puede ser sino eterna. Y no se nos puede escapar que cuando el arte buscó y busca ex profeso lo feo, el Poder lo reabsorbe como tendencia estética, embelleciendo lo feo y despojándolo de su poder originario, devastador del orden.
Ahora bien, el Poder que crea ficciones requiere de discursos validadores de esas ficciones. Así, la Teología, la Economía, el Derecho son hermanos de la Estética. Está claro que no es en la realidad adonde hay que ir a buscar la validación de esos discursos, pues en tanto que ficciones su validación se encuentra en las ficciones mismas. Así, Dios existe en y para la Teología, el dinero en y para la economía, la ley en y para el Derecho, el arte en y para la Estética. Cada uno de estos productos no tiene realidad, no tiene asiento ni cobra sentido sino en la ficción que lo acoge. De ahí la distancia abismal que existe de Dios, el Mercado, la Ley y el arte a los hombres, vale decir, a sus contingencias y accidentes, a sus vidas. Para creer en tales ficciones se requiere ser iniciado, educado, cultivado en tales ficciones.
Cada uno de esos productos amerita una suspensión del descreimiento, esto es, un acto de fe. La sociedad que conocemos crea ficciones prolongadas, continuas, casi obsesivas; es su manera de controlar los desvíos, los descreimientos prolongados. Por eso el Poder necesita desterrar la duda. Obsérvese que los preguntones gustan, porque toda respuesta es una promesa de reducción de la incertidumbre, porque siempre responde el que sabe, y hemos sido educados para preguntar lo que ya se sabe, ¡ay de aquel que pregunte lo que no tiene respuesta! Su soledad es el comienzo de la tragedia.
Pero sólo es real lo incontrolable, esto es, lo que escapa o no toca la Teología, la Economía, el Derecho, la Estética; en otras palabras, lo que escapa al Poder. Dios existe pero no en la ficción de la Iglesias, la ley existe pero no en la ficción del Derecho, el comercio existe pero no en la ficción del Mercado, el arte, existe, pero no en la ficción de la Estética. El Poder controla con mano de hierro pero sólo lo que tiene entre manos. En su arrogancia nos hace creer que lo controla todo, es parte de la ficción, pero no son pocos los que se la creen. Tal vez la utopía no sea más que abrir los ojos a la realidad, darnos cuenta de la ficción intrínseca, inherente al Poder y del poder de la ficción, de cómo actúa sobre nosotros, borrándonos, al tiempo que nos hace creer que existimos, que tenemos una vida particular, única, individual. “La historia de la civilización occidental –afirma Enzo Del Búfalo- es la historia del alumbramiento del individuo, de su grandeza productiva y de su angustia profunda frente a sus propios límites, siempre presto a ceder a los encantos de la utopía que le prometa superar esos límites.” El poder existe porque creemos que existe y esa ficción nos arroba y borra nuestros nombres, nuestro rostro, nuestra voz. El Poder nos necesita para existir, somos su sueño y se fortalece y crece cuando soñamos con Él. Tomar el Poder se torna así en una fiesta ritual, un volver a los orígenes del Poder.
Pienso que la poesía, la economía, la ley, el Dios de la realidad –no de la ficción-, ama la contigencia, lo insujetable, lo inclasificable. Se dirá que esto atenta contra la posibilidad de nombrar, de fijar, de categorizar, y es cuando pienso que tales fijaciones, que postulan y desean la detención última de las cosas, son por decir lo menos irreales, porque tales detenciones no existen en la realidad. El nombre que ahora le damos a una cosa se mueve con la cosa, cambia con el tiempo. Es lo que sucede en la realidad, cada instante es único e irrepetible y sin embargo ¿somos acaso incapaces de leer (en) ese vértigo? Tenemos fe en el nombre de las cosas, pero no se trata en ningún caso de la fijeza categórica de la ciencia. ¿No nos han dicho que conocer es abstraer de lo particular a lo general? ¿El conocimiento moderno no sucumbió acaso a la abstracción matemática, que reduce la bulla de la realidad a una fría y despojada ecuación? ¿No ha sido la cambiante oralidad perseguida y despreciada desde siempre por la fija gramática de la escritura? Nuestra civilización amante de la fijeza, no ha sabido por ello mismo resolver la muerte. Otorgándole a la vida el más alto valor reduce la muerte a un accidente sin sentido; luego, las formas de prolongar la vida conducen a prácticas irracionales, entre ellas nuestra medicina, que obvia la muerte, pero también todas aquellas prácticas de transformación del cuerpo que sucumben al mito de la juventud y desafían la vejez. Vivimos en una sociedad que privilegia lo virtual, el plástico, la silicona. Que suplanta lo que es con lo que no es. Y sobre este no es construye la vida, más bien un remedo. La nanotecnología, para citar un ejemplo, es la forma más reciente de manipulación de la materia a nivel molecular, tecnología con la cual se produce lana que no es lana pero con la que se fabrican abrigos de lana.
El arte que conocemos nos permite a lo sumo tener un referente de lo que puede ser la vida si decidimos vivir y no morir en un devenir absurdo y completamente irracional. La poesía, la pintura, el teatro son una posibilidad incierta, remota, nostálgica de lo humano. Mientras, el odio y la violencia, es lo normal, la vida de todos los días. Aceptación de la muerte, sin más. Nuestra crítica, para decirlo con Subirats, “nace como una defensa de un concepto ampliado de oralidad y, por consiguiente, como desmitificación de la dialéctica de escritura, muerte y conversión que define el proceso colonizador americano –y que define la conciencia moderna, es decir, cristiana e ilustrada, como sujeto colonizador…”
El arte para nosotros no puede seguir siendo una frontera conquistable sólo si salimos del mundanal ruido, en la asepsia de la contemplación estética, ni la Estética misma el discurso que valide semejante contradicción y eleve el arte a una esfera inalcanzable por el común de los hombres. Encontrar el arte en la vida y no fuera de ella, abate los límites del arte, ya no harían falta museos ni galerías, nada donde ir a buscarlo como si pagáramos boletos para un breve viaje a la eternidad. El mercado del arte no tendría sentido ni lo tendría la propaganda, hecha por expertos y para expertos, o hecha por los medios y para las mayorías. Lo mismo pudiera decirse de la educación y del propio conocimiento, pues no se encontraría éste en lugares reservados, excluyentes y de difícil acceso, conocimiento archivado y manejado sólo por expertos y especialistas, esencialmente descontextualizado y alejado de la realidad.
Pertenecemos a una civilización que celebra la memoria muerta y de paso, la muerte de la memoria. Archivo y olvido se funden para crear individuos desarraigados, desterritorializados, sin pasado ni futuro, en un presente incomprensible pero sensacionalmente actual. A esta situación se la llama alegremente “vida moderna”. La obra de muchos artistas acompaña esta abolición de la vida y el discurso estético la convalida y certifica. El proceso moderno de secularización libró al arte de sus contenidos profundos y lo preparó para tolerar temporalidades industriales y burocráticas, así la relación del arte con la vida y la muerte, sus ritos, fiestas y mitos, se traduce con la mirada moderna en producción para el mercado, según los dictados o los caprichos del gusto y la moda.
El Mercado, la Ley, Dios, como la Estética son las instancias donde lo paralizado, lo estático, lo inerme, se explica y justifica. El Estado moderno como sabemos, subsume y concentra todas estas manifestaciones. Y aunque el Mercado en su invisibilidad dice chocar con el Estado-Nación no significa que el Estado como tal desaparezca, sólo está pujando por la aparición del Estado planetario que ya tiene, como sabemos, su policía. Ni hay que rasgarse las vestiduras defendiendo las formas del Estado conocidas ante los embates del Mercado y su mano invisible, pues ambos, Mercado y Estado comparten naturaleza, derivan del mismo proyecto civilizador, respiran el mismo aire estancado y se rebelan sistemáticamente contra las formas de la vida. Es aquí donde el arte se manifiesta en más y mejor, cuando le dice no a la muerte, momento en el cual, naturalmente, desencaja, desequilibra a la propia Estética y a sus aparatos culturales, vale decir, a la burocracia del Arte.
Finalmente, si el arte es poderosa afirmación de la vida, entonces el artista, no solo, aislado, y solitario, como una voz desagarrada en un desierto de incomprensiones, sino consciente de sí y de su pueblo, el pueblo mismo más bien, memoria individual y colectiva y su voz la voz de todos y para todos, debe acompañarnos en la destrucción del Poder y en particular de esas instituciones de la opresión y la muerte naturalizadas, donde Razón, Verdad y Belleza permanecen intocadas e improfanables, protegidas y custodiadas por filósofos, economistas, políticos, intelectuales, en fin por una gama variopinta de emisarios del más allá, y construir como afirma Eduardo Subirats un “concepto de cultura que no se deja reducir a una estructura formal de representaciones segregadas de la comunidad humana, de sus prácticas políticas, o de sus medios de producción y supervivencia”. Un concepto, sigue, “que integra los aspectos productivos y reproductivos de la vida cotidiana, con los cultos religiosos y los lenguajes metafóricos, y une los conocimientos técnicos y productivos con los valores expresivos, como un todo integrado e indisoluble”. Finalmente, un concepto cultural que “permita insertar la creación artística como elemento central e inseparable de los saberes, técnicas y formas de vida de una comunidad histórica determinada”.

Cena para dos

por joseleon71 @ Viernes, 20. Oct, 2006 - 10:29:29 pm

Del poeta norteamericano
Jim Sagel (1947)

Solo, preparé dos platos para la cena.

Los dos filetes de pescado pudiera haber pensado comer

pero el par de papas asadas no.

Una era tuya -desde el principio era tuya

y se quedó en la mesa

ese terrón luminoso de luna

papa tuya que con ansias pasó la noche esperando

la caricia de tu quijada

el arrobamiento de tu lengua-

papa que quería empaparse

con la saliva enloquecedora de tu boca.

Allí se quedó en el plato mi corazón arrancado

papa solitaria y vulnerable.

ROMANZA DE UNA ESCUELA A OTRA

por joseleon71 @ Miércoles, 11. Oct, 2006 - 07:19:00 am

A Nicanor Cifuentes
a los dos

Cuántas veces hemos escuchado la expresión: “estudia, para que seas alguien en la vida”. Ser en la vida pasa entonces, según eso, por estudiar, y claro está el estudio aparece fundamental, esencial para la vida. De aquí estamos a un paso de considerar que las personas sin estudio no tienen o se están perdiendo la vida. Que sin estudio no son, es lo que desprendemos de la frase de marras. Y si la educación la unimos a las luces se entiende que el estudioso o el que ha estudiado sea un iluminado o viva en la luz, mientras que el que no, viva en la oscuridad y sea, por ende, un ser oscuro. Naturalmente sigue que estudiar es un privilegio y que a nadie le guste permanecer a oscuras. Ahora bien, estudiar como lo conocemos hoy y desde hace un buen tiempo, es un asunto de ciudadanos, es decir, de individuos que viven en la ciudad o bajo la influencia de una ciudad. La educación, vinculada a la escuela, es un asunto citadino. Debería ello llamarnos a reflexión, supongo. La escuela además, forma para la ciudad; su concepción del tiempo y del espacio es citadina, y el campo o lo rural aparece allá lejos, abstracto. La escuela era y es el centro validador de los principios y valores de la vida ciudadana. En teoría, debe enseñar a vivir en y por la ciudad. Insisto en que debemos pensar en ello porque a todas luces se trata de un asunto de poder. La ciudad devino centro de poder y la escuela era, es una parte fundamental de ese centro. Si se aprendía y aprende a vivir en la ciudad es natural que lo demás, lo que permanece o queda afuera, se borre. Lo demás es lo que no es ciudad. La ciudad adquiere la máxima valoración, atrae con fuerza a los sujetos, mientras que el campo, lo rural, lo apartado, pasa a ser nostalgia, eso que alguna vez fuimos, ille tempore. Todo lo que vive fuera de la ciudad pasa entonces a ser como si no existiera. No existen los campesinos, los que viven en el campo. O sí existen, pero los desconozco. Están ahí, pero nos separa un abismo. O bien, arriban a la ciudad no como campesinos o indígenas, sino como estereotipos. En efecto, el campesino o el indígena en la ciudad son esencialmente tres cosas: advenedizos, a veces intrusos, en todo caso seres indeseables, que no calzan en la dinámica de la ciudad (si vienen en carne y hueso), una forma de la nostalgia (si vienen en alguna foto turístico-antropológica), un resabio, un remanente de la historia (si exigen tierras, es decir, si exigen lo necesario para ser y no parecer.) Algunos han visto que la distancia también es letrada: yo leo y necesito leer, él no lee y, si sabe, pues no le es vital, no le es necesario, puede pasarla –la pasa, de hecho- sin leer. Está claro que los valores de la ciudad me harán considerar que el otro está en minusvalía con respecto a mi saber, a mi entender las cosas vía escuela, vía escritura. Por cierto, en la ciudad, dentro, no se produce lo que como y visto, sino fuera. Eso me extraña, me enajena, de lo que como y visto. En la ciudad lo adquiero pero no sé de dónde viene. (“Maracucho, coméis el pan pero no conocéis el trigo”, me dijo para siempre un campesino de los Andes.) Acaso eso me preocupe, pero no es vital ni esencial preocuparme por ello. Los países desarrollados depredan los bosques y secan ríos fuera de la ciudad, más bien fuera de sus países. El desarrollo material está construido sobre la destrucción de la naturaleza, pero como no veo el árbol derribado ni la mina ni el petróleo, sino el cuaderno, el metal y el plástico, sucede como si no existieran la mina, el árbol, el petróleo. Como he privilegiado el saber de la escuela y la escritura, es comprensible que vea disminuidos a los campesinos, a los iletrados, a los que no privilegian –en su vida cotidiana- la escuela. Es natural que eleve mi cultura letrada por sobre la cultura del no cultivado en las letras. ¡Cómo perderse a Cervantes, a Góngora, a Platón! Puede verse claro que lo que está predominando es la idea de escuela, una escuela además calificada de “formal”, en oposición a otras formas o instituciones educativas calificadas de “informales”. Los abuelos, un talabartero, una cocinera, etc., enseñan su saber a quien quiera o tenga necesidad de aprender. Pero esto no ocurre en una institución ajena, extraña, apartada de lo que se enseña. Yo aprendo a cazar en el monte, a cocinar en la cocina, a tejer en el telar, a escribir en la escritura, etc. No puedo aprender sino ejerciendo el saber en el lugar del oficio, en su espacio y tiempo. En la escuela formal no ocurre de este modo, pues ha establecido que se aprende lejos, aparte, en un lugar extraño, cerrado, hermético. (Y lo que llega a la escuela lo hace envasado, preparado, listo para ser consumido.) Se aprende lo de afuera, sólo que codificado; no el árbol, la mina, el petróleo, sino sus cifras, sus entidades abstractas; de ahí que los hombres, los sujetos vinculados de alguna manera a esos elementos en la realidad, dígase el indígena, el lago, el bosque, no existan. Para el citadino existen en teoría el petróleo, el carbón, el árbol talado, de facto existen el cuaderno, el plástico, la computadora. Existen los productos, no lo anterior. Existe lo hecho, no el deshecho. (Percatémonos de la invisibilidad de la basura: la vemos amontonada, sí, pero nunca como nuestra, así la tengamos todavía en casa. Tal cual nuestro excremento. Ocupa un espacio físico, huele y molesta, pero en términos estrictos no existe. Hay personas que viven haciendo efectivo ese no existir, de modo que nos les importa la basura y literalmente viven sobre, entre, con esta.) Otra vez, no la realidad sino la cifra de la realidad: cuánto carbón, cuántos dólares, cuánto petróleo, cuántos árboles. No la realidad sino la interpretación, la codificación, la cifra de la realidad. Sucede que las cifras se amontonan hasta que la segunda realidad se convierte en una realidad en sí misma y adquiere vida propia. Las teorías sobre las cosas son las diversas interpretaciones de y sobre la realidad, que llegan a las aulas o salones de clase de la escuela para ser discutidas, rebatidas, aceptadas, desechadas, etc., y a este debatir -en el mejor de los casos, porque lo que más acontece es la mera repetición- de las ideas se le llama, educación. Pero debe estar claro que la realidad ha quedado atrás, lejana, desconocida, como si no existiera. Porque sucede que la teoría es asumida como la realidad, así, para aquellos que creyeron que la historia había llegado a su fin pues, ello ocurrió de hecho; como creyeron muchos que el hombre es el lobo del hombre, o que pienso y luego existo, o que sólo sé que no se nada, o que el big ban explica el origen del Universo. En su momento una y cada una fueron realidad y no una visión, una interpretación de la realidad. Ahora bien, todas estas teorías son asumidas como adelantos del hombre en su comprensión de la realidad, cuando en realidad han ocurrido lejos de la realidad, cuando no son la realidad sino cifras, fórmulas, interpretaciones de la “realidad” en el campo especioso de las ideas, vale decir, se asume como realidad –sin serlo pero ni de cerca- lo que no es sino producto del lenguaje, cuando se le emplea de una muy particularísima manera. Para decirlo de otro modo: la palabra mesa no es la mesa, y decir la mesa se quebró no necesita de la mesa, del estruendo, de las astillas ni de mí ni de la mesa. Pienso que podemos afirmar incluso que la realidad de las teorías es una realidad aparte, realidad otra, con la que se juega de un modo muy particular, un modo que las escuelas y los mejores maestros enseñan jugando, porque aprender ideas sin jugar, con el ceño fruncido, ásperos, tristes, como si la vida dependiera de eso, como si fuera importante, es un absurdo que reniega de las ideas mismas. Pero de ahí a la realidad hay un salto enorme, ciertamente un abismo. Ese abismo se ha llenado de lenguaje, es propiamente el lenguaje humano. Puente y tránsito de la realidad a la realidad segunda. Pero dos lenguajes existen y son antagónicos: el que nos permite tocar las cosas, y el que nos aleja. Un lenguaje que cifra y descifra, que teje y desteje en(cerrado) en su realidad segunda, y otro que nombra y, que cuando uso para nombrar las cosas y nombro, me nombra. Un lenguaje que me descubre, que me revela, que dice mi nombre. El otro, en cambio, me niega porque yo no importo, importa el número, mis números, importa el abstracto, el susceptible a la estadística, al bit de información; es el susceptible al mercado: yo sólo sé que soy un consumidor. No importa yo sino el estereotipo, la idea, la teoría de mí (que no soy yo, sino ese yo segundo, abstracto, irreal, susceptible al archivo, a los diccionarios, al catálogo, al currículum.) El lenguaje que precisamos para la realidad ha de decirme, ha de nombrarme. Serán mis palabras y mi cifra, ignorada y revelada, descubierta y oculta, como una ráfaga de lucidez, como una ráfaga de tiniebla. Un oscurecimiento y un alumbramiento repentinos. (¿Dónde aprender la poesía? digo no más, para poner un ejemplo somero.) No existe escuela formal para este lenguaje, sencillamente porque no está fijo y la escuela formal es la fijeza, la institución, la iglesia. La escuela formal abomina de la fuga, del escape, ama por eso las reglas y las rejas. Como necesita cifrar necesita detener, aunque sea momentáneamente. Luego necesita que la cifra dure, que se mantenga, añora la eternidad de la cifra, el nombre inmutable, inmarcesible, pétreo. Adora el mármol, las especies duraderas, lo que no se corrompe, ni pudre, el plástico, la silicona. Odia la transformación, el cambio, y más si éste es vertiginoso, una ráfaga, de pronto. La escuela formal ama la quietud, la modorra, lo estéril. La burocracia y la inercia. Nada que la sacuda es de su agrado. Pierde la concentración. Por ello se encierra, que nada perturbe su paz faraónica, piramidal, claustral. Rigor, exactitud, formas, maneras, protocolo, sus opimos frutos. Por eso la ciencia es sobre todo método, lo que garantiza que nada nuevo, extraño, insólito, pueda ser descubierto. Si hay un método para ver algo entonces ya fue visto, y por eso se ha llamado descubrir a redescubrir. Investigar es sinónimo de volver a hacer lo que ya está hecho cuando se trata de avanzar por el camino del método. Descubrir un tesoro con un mapa del tesoro no debería asombrarnos de nuestra perspicacia. Descubrir lo nuevo supone, al contrario, la ausencia de método, nombrar lo nuevo supone nuevas palabras, nuevos lenguajes. Podemos elegir entre los dos modos de hacer ciencia, de estudiar, de investigar, el que nombra la realidad como asombro cotidiano, o el que requiere de una realidad segunda y allí habita y se debate, como en un salón de espejos. Su mejor teoría de la realidad: la que más tiempo detenga la vibración incesante de la cifra. La cifra más y mejor detenida, la mariposa reina alfileteada (non plus ultra de la entomología), la cifra mejor conservada, la mejor enfrascada al vacío -sabido es que el oxígeno oxida-; en fin, la que mejor semeje la eternidad (una eternidad, claro está, pedestre, obsolescente, transitoria.) La cifra per-fecta: la que no respire, ni tiemble, ni lata. La muerta, pues. Placer máximo de esta ciencia en su deliquio arqueológico: descubrir una momia.

EL DISCURSO DE ROSALES

por joseleon71 @ Sábado, 07. Oct, 2006 - 06:41:43 pm

No me parece poco afirmar que Rosales dirige su discurso casi exclusivamente a los disociados, una gruesa cantidad de compatriotas condicionados por la propaganda de los medios, hasta el punto de que la realidad sencillamente se les escapa. Esos micros de VTV “Contacto con la realidad”, por cierto, no pueden tener un mejor nombre.
A muchos compatriotas teledirigidos en su odio contra Chávez les bastaría un leve contacto con la realidad para, si no apoyarlo, al menos no enfermarse de rabia e impotencia. Hace algunos meses se hablaba de los niveles de frustración a que eran conducidos los oposicionistas por la inflación de optimismo que la realidad no refrendaba, frustración acumulada que debía conducir, según sus cálculos, a la violencia. A pesar de los intentos casi desesperados de los medios (recuerdo imágenes fijas de Globovisión enfocando las llamas de un solitario y adrede encendido contenedor de basura, imagen que la joven del micrófono hacía extensiva a TODA Caracas), en la masa opositora no logró cuajar la violencia y el alud esperado, apetecido, no apareció. Pero nuevamente la violencia acecha, en algunos lugares públicos se comienzan a percibir las marcas del chavismo y antichavismo, por ahora sólo se trata de casos aislados, pero que sin duda se harán más y más frecuentes.
Chávez ha advertido que no es el mismo, pero los medios sin duda sí. No han cesado en sus ataques, nunca, y saben que esta es una oportunidad, un escenario perfecto para desencadenar un proceso imprevisible, un caos que se ajuste a esas nuevas formas de hacer política y geopolítica de la derecha mediática, financiera y militar. No dejarán pasar el momento, saben que no ganarán las elecciones, pero no cesarán de decir que ya las tienen ganadas, que atrás quedó el empate técnico y la popularidad de Chávez, no cesarán de alimentar la frustración de sus afectos, ligando que ahora y entonces salgan a la calle a protagonizar, más bien servir de cortina con su presencia en las calles a los verdaderos actores de la violencia. Los medios necesitan hacer creer a sus adictos que la avalancha de Rosales es cierta, que millones salen a las calles, que esto es indetenible, embriagarlos de triunfalismo para que la palabra “fraude” tenga un nicho en su conciencia disociada y sirva de máscara para la violencia profesional vía mercenarios, cabilleros, grupos de choque, guarimberos, que los medios sacarán al mundo –con bombos y platillos, no alarmados sino satisfechos- para exigir la llegada salvadora de los “organismos internacionales”.
Ese esquema ha sido puesto en acción en varias oportunidades pero no lo han podido ejecutar en todas sus fases. Todavía recuerdo las ganas de Gaviria y del Centro Carter de leer al mundo un comunicado en el que sería declarada la dictadura de Chávez, su ilegitimidad. No pudieron, Gaviria se mudó a Venezuela pero no pudo cumplir su papel y desapareció. El Centro Carter husmeó aquí y allá buscando argumentos pero nada encontró y se fue, y ahora regresa exigiendo imposibles. Repito que ese esquema no les ha funcionado pero insistirán. Siguen en componenda con los medios y aupando la disociación, la desconexión con la realidad. Y Rosales con su discurso se enfila en esa y sólo esa dirección.
Tal vez él solito piensa y habla así, tal vez no. Eso no importa. Lo que sí, es que su discurso está prefabricado y predigerido por los medios. En términos de debate y discusión, con ese discurso y sus argumentos no se puede razonar. Plantear a secas que la tarjeta “Mi Negra”, ella misma imposible de sostener, resolverá la pobreza apela a un momento sumamente superficial de esa problemática. (Esto me sugiere tres cosas: que sus asesores y él mismo son unos ignorantes, que el disparate tiene ganas de ser disparate porque de lo que se trata es de ir llevando a rastras una farsa, una caricatura de campaña electoral, que encaja perfectamente con la farsa o caricatura de candidato presidencial, tanto que a estas alturas compite con quien debía realizar este papel de suyo natural: “Er Conde del Guácharo”; que se trata de una exageración, de un momento hiperbólico del candidato, propio de su idiosincrasia, o en su defecto, que carece de “sentido del humor” y no sabe distinguir entre lo que debe entenderse metafóricamente o bien, literalmente.)
Que el albañil será albañil pero que, como él pueda, utilizará la tarjeta para salir de la pobreza es algo más que un disparate, se trata de la forma de razonar que propia de los medios, condenados –pero no excusados- por su manejo del tiempo y el espacio a una inmediatez, a una superficialidad que, a fuerza de simplificación, reduce los discursos a meros efectos. Para salir de la pobreza nada mejor que una tarjeta de débito. Ya tendrás con qué comprar, como compran todos. Esa linealidad superficial y en realidad falsa es propia de los discursos televisivos. Cuantas veces hemos escuchado una frase como “no me interesa la política, lo mío es trabajar, si no trabajo no como”, que aunque parezca verdadera es falsa, porque postula a un individuo solo cuando en verdad de trata de un individuo relacionado, que se beneficia o no de leyes laborales, contractuales, de mercado, de modo que, aunque diga que la política no le interesa, ciertamente la política, en su acepción verdadera, influye y determina las condiciones de su trabajo. Pero la frase en cuestión responde a ese modo de razonar que, en su afán de ser directo, elude la realidad y privilegia los efectos, el sensacionalismo.

El programa de Gobierno de Rosales, si se le puede decir así, está construido con elementos discursivos de ese tipo. Qué más efecto que el acto de ofrecer dinero, dinero fácil (5 millones por armas de fuego, por ejemplo, disparate consumado y oferta peligrosamente populista, no por el hecho de que ocurra una verdadera carrera armamentista entre los choros escuálidos que se la crean y además crean que Rosales va a ganar, sino porque exista gente como Teodoro Petkoff –aunque en realidad eso no quiere decir ya nada- que se la crea.)
Qué más efectista que decir que el gobierno regala nuestro dinero. Frases como esas sólo persiguen el enervamiento, apuntan a la disociación. Son menos falsas que superficiales, dichas ligeramente y en absoluto con ganas de ahondar, penetrar un poco en las razones de los convenios y las nuevas formas de establecer relaciones comerciales y diplomáticas con otros países. En general se trata de un proceder discursivo irracional, que nos tiene que llevar a pensar que estamos ante un laboratorio mediático o ante el uso y abuso por parte de los medios y los capitales financieros de un perfecto estúpido.
A la vista está lo que han hecho los medios en Perú, en México, y recientemente en Brasil, como ya fue denunciado. Los medios construyen a sus candidatos y orientan la psique de los electores, directa o indirectamente, subliminalmente o no. No obstante, se puede advertir que las cosas no les están saliendo del todo bien, su accionar en las sociedades está quedando cada vez más y más al descubierto, y aunque en realidad no han ganado las elecciones, han logrado sin muchos aspavientos (nada en Perú, movilizaciones y unos cuantos días de plantón en México, todo muy interesante pero pasajero, más alarde que fuerza social) poner en la presidencia a sus candidatos. En Venezuela, donde prácticamente se inició la crítica colectiva a los medios con acciones y conciencia, difícilmente podrán ejecutar esa parte del plan. No obstante, por eso Chávez insiste en la cantidad de votos que hagan incuestionable mediáticamente su triunfo. Chávez no puede ganar como Calderón o García –que aunque no ganaron los elevaron a la presidencia los medios-, porque Chávez tiene los medios en contra y una diferencia de 1 millón de votos sólo alimentará la matriz del fraude. Necesita aplastar a Rosales y silenciar a los medios, como ocurrió el 11A, o bien cuando el sabotaje petrolero con aquella guinda que puso Ortega cuando confesó ante los medios “el paro se nos fue de las manos”, o bien cuando los gritos de los militares de Altamira murieron de mengua en el silencio de los noticieros aburridos de que nada pasara a pesar de Gouveia.
Los medios callan ante los golpes de la realidad, algunos como los mencionados -(el más reciente y en el que cayeron todos, menos la BBC que tuvo el valor de rectificar, tuvo que ver con la supuesta muerte de Chomsky, declarada por un Chávez ignorante)- han sido muy fuertes pero sería iluso creer que cambiarán, que recapacitan y rectifican. Eso es substancialmente imposible. Están diseñados para mentir, para construir (i)realidad(es). Democracia y medios han ido siempre de la mano, la crisis de una es la crisis de los otros, y los candidatos a la presidencia se reconocen como productos del mercado y los medios son sus publicistas. Pero Chávez es un dolor de cabeza para los medios porque su discurso es extenso y hondo, requiere de tiempo para hacerse (se ha hecho en el tiempo y con tiempo), desprecia la inmediatez, la salida superficial, de ahí la extensión de su programa dominical, sus interminables ruedas de prensa, de ahí que cada comentario requiera de un argumento tras otro y que todos a la vez se interconecten, dibujando una tupida red de pensamiento. Esta espesura y espesor es intolerable para los medios, prefieren la bagatela, el comentario fútil y efectista, el epíteto, la descalificación, la frase hecha, el lugar común, el estereotipo. Una suerte de antidiscurso, no lo que fluye sino lo interrumpido, recortado, fileteado, fácil de servir, empaquetado, discurso de microondas, rápido, lo que llaman erradamente directo.

Estamos ante un nuevo momento del conflicto entre la memoria y el olvido mediático, más bien una suerte de amnesia ciertamente estupidizante. Entre el razonamiento, el análisis y la reflexión, y el efectismo, el lugar común y la frase hecha. El discurso de Chávez convoca a la unión, el de Rosales, el de los medios, le habla al individuo aislado, solitario, estrictamente al consumidor. Y si no consume, pues se le promete que consumirá -como los otros, los que sí (¡y después acusan a Chávez de promover la violencia de clase!-, con una tarjeta de débito que, por cierto, se sostendrá con ingreso petrolero (habría que preguntarle a Rosales –seguro Daniel Castellanos lo ha pensado o ya se lo preguntó y Rosales no pudo contestar y se escabulló- ¿qué piensa de una eventual privatización de PDVSA?, si recordamos lo que reclamaban entre líneas los líderes del sabotaje petrolero que él apoyó y lideró en el Zulia), sólo que Rosales afirma sin gaguear esta burusa: que los precios del petróleo bajan porque disminuye la producción y que a mayor producción más ganancia y, por ende, más dinero para las tarjetas. ¿A quién está dirigida semejante ingenuidad o ignorancia de las más elementales recetas económicas? Pero en fin, es esa la “lógica”, el modo, la forma del discurso de los medios, y Rosales encontró en ellos la horma de sus zapatos. O bien, quien quita, fue al contrario. En todo caso, una mano lava la otra…