I
Si partimos del diálogo socrático encontramos que el conocimiento nace de la relación dialógica que dos o más establecen en torno a un tema, del cual, en principio, nada se sabía, y del que se tenían nociones básicas, y propias del sentido común que todos manejaban en tanto que comunidad de sentido. La mayéutica es el proceso por medio del cual la verdad nace, y el filósofo es pues, un partero. Así el conocimiento, la verdad, no existe, sino que nace –no precisamente de la nada- sino de la relación establecida entre dialogantes que se equiparan en una condición fundamental: la ignorancia (no otra cosa sino el “yo sólo sé que no se nada” socrático.) La verdad se encuentra así relacionada con el consenso, con el acuerdo. No preexiste, pero sin duda requiere de unas condiciones, un silabario disperso que, en un momento crucial, vale decir, en un cruce de nociones, opiniones, certezas y certidumbres, cuaja en una apreciación, en una formulación que para la comunidad de sentido adquiere la dimensión de verdad. Luego, la verdad no existe pero ciertamente algo existe –tal vez informulado- que permite su nacimiento, su posibilidad. Y será parcial toda vez que tales condiciones dejarán de existir, en tanto que la realidad es cambiante y las formas de acceder a eso informulado también cambian. Demás está decir que la verdad que ha cuajado reordena y puede tornar aún más difusas aquellas condiciones previas, y será la verdad y el universo que ella reordena la que comenzará a brindar aspectos a lo nuevo informulado que generará a la postre nuevas verdades. Evidentemente, se trata de un ciclo, incesante.
Se requiere para el diálogo una horizontalidad, una llaneza, un ras, que supone además entrega desinteresada (el único interés, en todo caso, la verdad.) También, es fundamental dejar apuntado que el diálogo no conoce medida temporal fija o previsible, vale decir, no se puede determinar. Nada garantiza que dos citados a conversar dialoguen sobre un tema cualquiera y lo desarrollen hasta instancias para ambos desconocidas. Como no se puede determinar ni prever el diálogo ocurre por la convergencia de una serie de factores desconocidos e imprevisibles. El diálogo ocurrirá cuando tenga a bien ocurrir. Se requiere que los dialogantes quieran, pero aunque quisieran, no sería esta la única condición que pueda garantizar la existencia del diálogo. Se pueden quedar fácilmente con las ganas, y, de pronto, sin pensarlo ni premeditarlo, verse envueltos en cualquier momento por la energía del diálogo, entonces acaecido como de súbito. Cuando hablo de que deben querer, hablo de una disposición previa a cualquier diálogo, una suerte de estado de potencialidad. Esta potencialidad se encuentra con la otra potencialidad arriba aludida, eso que hemos llamado informulado. Ambas potencialidades se encuentran, entonces se produce el diálogo, esta vez constructor de verdad y conocimiento.
Esta dimensión de la verdad y el conocimiento exige necesariamente la participación y la existencia del hombre, así debemos recordar las frases “todo lo humano me compete”, o “el hombre es la medida de todas las cosas”. Que éste exista no es a su vez la única condición, o bien la necesaria y suficiente, antes bien se requiere un estado de cosas que posibilite o potencie la aparición del diálogo, hablo pues, de circunstancias, un tiempo y un espacio que posibiliten su aparición.
El diálogo como se ha visto requiere de una serie de factores concomitantes, entrelazados y cruzados de tal manera que configuran una red sumamente compleja. Pero pese a todos los elementos necesarios y concurrentes que lo posibilitan, aquel no es más que la punta de un iceberg, la parte más visible, graciosa y fugaz, de un enorme y oscuro proceso.
Es importante destacar la impretensión del diálogo. Podemos pretenderlo, sí, pero su propia naturaleza rehuye toda sujeción. Como aparece cuando quiere siempre y cuando el tiempo y el espacio y las circunstancias necesarias concurren, cuando simplemente ocurre, no podemos pretenderlo del todo, no podemos sujetarlo previamente, ni saber por donde viene ni por donde se irá. Nos necesita, pero nos ignora, no sabe de nosotros. Tiene casi una existencia autónoma, aunque no podría existir sin nosotros. (Nosotros sin él sí.)
Se pudiera decir que el diálogo no tiene existencia como transformador del mundo, del estado de cosas. Nada menos cierto. Su ser es ciertamente lo más apropiado al ser del mundo, siempre en transformación. El diálogo hace una lectura del momento, de las circunstancias, de la realidad, y por esa lectura ajustada a la realidad es que existe. Si ello no fuera así, el diálogo sería imposible. Y es esta condición de realidad la que garantiza que las creaciones del diálogo se inserten en la realidad (de más está decir que son parte fundamental de ella) y la transformen. Ahora bien, el diálogo es, como lo venimos definiendo, trascendente. Necesita de los hombres y su circunstancia pero va más allá de ellos. El hombre se pliega -nació de él y con él pero sin embargo se pliega- a su discurrir, a su pasar. En el encuentro se produce el conocimiento, y hasta el diálogo mismo ya es un objeto precioso en el concierto de las cosas del mundo, pero sin duda que la silla que nos descansa y la mesa que nos sirve, fueron nacidas de un diálogo. El diálogo le da forma y sustancia a las cosas del mundo cuando éstas son (a) la medida del hombre. El diálogo les da sentido y estrictamente, nacen del sentido, esto es del acuerdo del hombre y las circunstancias de su espacio y tiempo. Como estas circunstancias cambian, así el diálogo, así las cosas que nacen de él y con él, que sólo si él existe, existen.
No es poco decir que el diálogo y la vida son uno para la otra y viceversa, si recordamos aquí una frase sencilla y demoledora: “sólo ocurre lo inesperado” . Si la vida y el diálogo se fundan en lo inesperado, todo programa, todo proyecto, todo plan, ha de ser trazado teniendo como alta premisa esta condición de inesperado, de indeterminado, de sorpresa, que acompaña naturalmente toda actividad humana. Qué aprendimos o qué sucedió pasan a ser frases con una misma respuesta básica: lo inesperado. Eso justifica buena parte de las preguntas que pedagogos y educadores se vienen haciendo sobre las ventajas y los frutos de la educación, y sobre si es posible educar . El planteamiento lo hacen ante la evidencia de que sus planes de educación desembocan en lo “inesperado”. Ya hemos visto, sin embargo, que acaso lo único que podemos esperar es lo inesperado y en un terreno tan movedizo como éste del aprendizaje y la educación no podemos esperar menos. Nos falta educarnos en lo inesperado, en realidad, darnos cuenta de que esa es nuestra condición natural, y que vivimos el día a día sorteando los avatares que nos dispone en el camino lo inesperado. Educarnos en la sorpresa, y en el conocimiento mismo como sorpresa, supone revisar profundamente nuestra situación epistemológica. Aprender a manejar nociones, conceptos, ideas que se borran, que permutan, que cambian. Que no se sostienen ante lo inesperado ni le hacen resistencia sino que lo acompañan en su aparecer y desaparecer, comprendiendo su evanescencia, su resonancia, su duración, su desaparición. Aceptamos así un conocimiento que no es acumulativo sino que funciona a semejanza de las olas en el mar. En efecto, las olas no se acumulan, no forman capas, una y otra vez llegan a la playa, algunas veces más adentro de la playa que otras, según la marea. No llegan siempre al mismo lugar porque el tiempo transcurre y obviamente no hay dos olas idénticas y, con cada llegada, cambia el perfil sinuoso de la playa. Si comparamos este proceso con el conocimiento y el conocer, el primero sería la playa y el segundo, las olas.
Permanecen entonces las olas y la playa, aunque las primeras no sean las mismas y la segunda cambie constante, permanentemente. Se trata de una permanencia fundada sobre el cambio, sobre la transformación. Así la vida.
Con muchas dificultades podremos vivir ciñéndonos a un plan inmóvil o rígido.











