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Archivos de: Agosto 2006, 19

SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA EN VENEZUELA

por joseleon71 @ Sábado, 19. Ago, 2006 - 11:27:41 am

Tal vez nadie dude del neoclasicismo de Andrés Bello o del romanticismo de Juan Vicente González, del modernismo de Ramos Sucre o los rasgos vanguardistas de Julio Garmendia. Como si resultara claro que en efecto existe (aunque en muchos casos dispersa) una lectura crítica general de nuestra literatura, capaz a todas luces de haber creado un corpus de lo literario nacional, ad usum de investigadores y constructores de nuevas y actualizadas visiones de conjunto. De ser así, tendríamos que reconocer la existencia de una crítica literaria venezolana (ceñida a la historia), atenta al devenir de la creación y en correspondencia con visiones críticas latinoamericanas, europeas, norteamericanas (es indudable que la influencia de Ángel Rama le dio una dimensión más continental a la labor crítica, al tiempo que salimos beneficiados a este respecto por la llegada y vida nacional de García Bacca, Ángel Rosemblat o Edoardo Crema, entre otros.)
Si existe, como lo evidencia el hecho de que con solo atender a la lectura de la gran mayoría de nuestros escritores, incluso de aquellos más refractarios a las escuelas y estéticas contemporáneas, logramos situarlos en marcos generales de tendencias y rasgos estéticos, incluso sin mayores problemas cronológicos, entonces, ¿qué reclamamos a la hora de los cuestionamientos e inquisiciones en torno a los problemáticos asuntos de la crítica literaria, incluso ante el infaltable comentario de si existe o no crítica literaria en Venezuela, a la que la mayoría de enterados responde con un resonante ¡no!? Porque si las exigencias reclaman que la literatura sea definida única y exclusivamente desde la literatura, si se busca con afán lo específico literario, ¿acaso no se pone el acento en lo inmanente?
Por otra parte, si se cuestiona la inherencia de lo sociológico o histórico en el análisis literario, valdría preguntarse de dónde proviene la necesidad de un sistema categórico exclusivamente literario, sin híbridos ni migraciones. ¿Quién exige pureza? ¿De dónde proviene esta suerte de purismo categorial? Lo orgánico de finales del siglo XIX, lo psicológico de comienzos del XX, lo histórico marxista, el estructuralismo de posguerra, el postmodernismo de finales del siglo XX, y hasta esa suerte de tierra de nadie de los estudios culturales o críticos, nos demuestran la participación, la circulación trasversal, el imbricamiento, la yuxtaposición de categorías ascendidas a metáforas, siempre móviles, nómadas, itinerantes.
Cada época (y las obras que en ella se producen) genera sus propios espejos, y por ende, diseña su propia imagen. Lo cual torna problemático cualquier estudio actual de Andrés Bello según Derrida, o la lectura de Las lanzas coloradas según Deleuze. De donde se desprende que toda lectura crítica acontece en el presente; así entonces lo histórico desaparece y la obra (Ilíada, Divina Comedia, Los mártires o Mene) surge de pronto a-histórica y desprendida del continuum. Sólo así se podría leer con categorías igualmente a-históricas (liberadas de la historicidad, como si estuviéramos ante un nuevo platonismo) todas las obras literarias. El absurdo salta a la vista; no obstante, se reincide en él a la hora de pensar en una posible ciencia literaria -positiva y universal-, que arroje inevitablemente una crítica normativa estabilizada y esencialmente atemporal. ¿No fue lo que intentó Northop Frye con su Anatomía de la crítica? ¿No es lo que sugiere Domingo Miliani cuando dice que la “universalidad” es aspiración y necesidad de toda ciencia? Ironizó de paso en torno a la imposibilidad de una crítica literaria venezolana distinta de una colombiana o mexicana al referirse a lo que llamó “autoctonismo metodológico” “según el cual tendríamos que inventar un método latinoamericano o nacional para hacer crítica literaria”. Evidentemente el relativismo cultural no es una idea que él comparta, y en consecuencia, tanto como se ríe de quien piense en una medicina colombiana o en unas matemáticas brasileras, debe suponer que existe una ciencia y un conocimiento universales a los que se aspira y los cuales forman parte de los proyectos de la humanidad entendida como comunidad de aprendizaje. Afirma Miliani:

…lo colombiano, venezolano, argentino o mexicano de la crítica, será cuanto el discurso crítico producido en cada país, aporte al desarrollo internacional de esta disciplina.

Aunque rechaza el autoctonismo crítico no descubre, empero, la contradicción en la autoconciencia crítica del autor que vigila los procesos de creación de su obra y construye, obra tras obra, su propio sistema crítico. Acompañando en esta reflexión a Guillermo Sucre afirma que: “Una nueva literatura impuso una autocrítica metodológica”. Cabe preguntarse, si el sistema crítico intuido por Sucre, por ejemplo, en la obra de López Velarde, es pasible de convertirse en modelo y norma de una particular escuela literaria, o es sólo un conjunto coherente de rasgos cuya unidad entrevista permanece aislada de un contexto mayor y del cual en principio, no necesitó para existir. Si esto último, pienso que un libro como La máscara, la transparencia no podría existir, ni presumir de unidad o coherencia alguna, deviniendo la crítica un habitante más del Tlön borgeano.
¿Por qué es más fácil pensar en un sistema propio pero compartido por otros según algunos criterios cronológicos subyacentes o implícitos? ¿No se llega a la escuela o a la tendencia estética por una vía que asciende y se inicia en el sujeto creador? ¿No es propio de la modernidad el sujeto escindido, solo, aislado en una multitud de semejantes? ¿Lo pretendidamente ahistórico no se recarga de historicidad? Se cierra el círculo y la pregunta sigue.

Por lo pronto, se puede adelantar en términos más sencillos que existe en nuestro ámbito una actividad crítica que opone “la investigación rigurosa, la valoración analítica más penetrante” al “reseñismo impresionista”. Y que aunque carecemos de un sistema crítico total (que explique las obras que existen y las que vendrán), logramos sin embargo visiones de conjunto que nos permiten clasificar obras y autores en campos más o menos estables y variablemente resistentes a las preguntas sobre su estatus y condición. En ello ha contribuido más la prensa y el periodismo literario que la crítica especializada que se practica en las academias, en rigor espacios de discusión en donde el sentido común suele ser controvertido.
En otras palabras, ¿se puede redefinir la situación de un Guillermo Meneses o de un Salvador Garmendia? ¿La categoría “intertextualidad” o aquella otra “hipertextualidad” son más -o menos- resistentes que “criollismo”, o más que aquella dupla insistente y sin duda vertebral “Civilización y Barbarie”? A pesar de la abundancia de detalles que ponen en entredicho académicamente hablando el hilo histórico de nuestro quehacer literario, ¿no terminamos apelando al sentido común que nos regala una visión de conjunto, tranquilizadora por demás, de Rómulo Gallegos o Vicente Gerbasi?
La academia venezolana no tiene, es sabido, una capacidad ampliada, flexible y dinámica de incorporación de obras a su canon. En efecto, una revisión somera descubre la repetición de autores, temas y tópicos, actitud que parece salvaguardar principios tácitos o al menos, que alejan la complicación y la disipan. Por otro lado, ¿no ofrece el canon y el cuerpo de las obras de nuestra literatura, una imagen ya definida y estable? No creo que se pueda dudar de la calidad novelística de Arturo Úslar Pietri y salir indemne. La experiencia me confirma que hay cosas que no se deben decir porque el “sentido común” (académico universitario) ha echado sus bases sobre un terreno que no admite rezongos. En nuestra academia no abundan las preguntas sino las aserciones, y el gusto por la polémica, sana y generadora de audaces preguntas, ha sido olvidada. Un intento poco prolífico acaso por fugaz, y que provocó en su momento ciertas sacudidas fue el practicado por el poeta Luis Moreno Villamediana, quien rozó con una prosa cáustica –nada común, por cierto- a ese tótem del espectro poético venezolano que es Rafael Cadenas. Nuestra academia, en definitiva, se solaza en el mito, en verdades solidificadas por un silencio inercial.


 
 

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