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Archivos de: Agosto 2006, 15

Crisis del Proyecto Nacional (QUINTA Y ÚLTIMA PARTE)

por joseleon71 @ Martes, 15. Ago, 2006 - 08:25:08 am

Germán Carrera Damas habla de un único momento -fuera de los anteriores al período llamado republicano- en el que se enunció una alternativa al Proyecto Nacional:

Me refiero al manifiesto del Partido Comunista de Venezuela, en 1931. El documento se denomina: "La lucha por el pan y la tierra". En él se comienza por advertir que existe una unidad básica de la clase dominante (…)"

El 27 de febrero se conmovió nuevamente el reposo general, y la farsa de la estabilidad política, ejemplo y modelo para América Latina, se destruyó. Ocurrió una imprevisible e indeseada "irrupción popular", la plebe:

…tan en extremo plebe -escribió Carlos Sigüenza y Góngora-, que sólo ella lo puede ser de la que se reputare la más infame, y lo es de todas las plebes, por componerse de indios, de negros, criollos y bozales de diferentes naciones, de chinos, de mulatos, de moriscos, de mestizos, de zambaigos, de lobos y también de españoles que, en declarándose zaramullos (que es lo mismo que pícaros, chulos y arrebatacapas) y degenerando de sus obligaciones, son los peores entre tan ruin canalla.

La plebe, decíamos, disturbando el sueño intelectual de los Baralt, de los Pietri, la misma plebe, compuesta por desdentados con su bollito de pan y su carterita de ron, reclamando pan y tierras. El mismo grito popular y la misma esperanza.

Estos acontecimientos [explica Fernando Coronil sobre los hechos del 27 de febrero] marcaron una crisis del proyecto populista que había definido la relación entre pueblo y Estado desde 1936. Con el giro hacia las políticas de libre mercado y el desmantelamiento del desarrollismo populista, el discurso dominante comenzó a presentar al pueblo no ya como el virtuoso cimiento de la democracia, sino como una masa turbulenta y parásita a la que el Estado tenía que disciplinar y el mercado tornar productiva.

A la par de un proyecto nacional de los letrados, discurre y de pronto salta al escenario, se hace visible, con lo que tiene, a lo plebeyo, el grito de los hambrientos y los desposeídos, gritando en consignas lo que apenas si alcanza al papel, soporte y medio, y a veces único fin, monopolizado por los letrados. "Al hojear la historia colonial -escribe Úslar- de Venezuela el personaje con quien se tropieza con más frecuencia es el insurgente". Una insurgencia soterrada o activa, la de los negros contra gobernadores, encomenderos y misioneros, la de los caciques -"los primeros insurgentes" -, la de los criollos de la clase alta que será "revolución y tendrá una ideología que será republicana, racionalista, igualitaria y enciclopedista" en fin, una insurgencia que, venga de donde venga, "nutrirá el caudal de la identidad criolla y de la voluntad de independencia" y a la que debemos sumar, en honor a la verdad, la identidad de las culturas no letradas e históricamente fuera del reparto de tierras y sin voz ni voto en la construcción de un país que creció sin reconocerlos, y cuyos intelectuales más preclaros, han construido esencialmente como incapaces de acciones responsables, debido a una suerte de falla de nacimiento que los condiciona para vivir bajo la dominación aunque ansíen una libertad simbólica representada en una gesta de independencia que, a ciencia cierta, no pueden sentir suya porque sencillamente no lo era.
La suya, su propia guerra, les ha sido escamoteada y negada, amén de menospreciada y tergiversada. En esa visión intervino denodadamente y sin lugar a dudas, Arturo Úslar Pietri, en cuyo libro acaso más conocido, Las Lanzas Coloradas, se afirman buena parte de las conclusiones aquí sostenidas con respecto a la falla de origen del latinoamericano, un ser aluvional y sin destino concreto, amante de una libertad abstracta, envuelto en una guerra absurda, enfrentado a una "máquina guerrera", Boves, surgido como un torrencial de muerte de las estepas de la nada. Finalmente, nace muerta una nación sobre las cenizas de un error histórico, que no cesa de reclamar acciones heroicas, mesiánicas, en pos de una igualdad irreal e imposible. La nación imposible y un destino incierto, se suman a la "angustia ontológica del criollo", que al ser tantas cosas a nada se parece y a ninguna parte se dirige.
En varias oportunidades Úslar invoca un destino promisorio, sólo que eso acaecerá cuando tal angustia se haya convertido en afirmación, vale decir, cuando el mestizaje se haya concretado (fraguado) hasta el punto de haber borrado los vestigios de la mescolanza, y cuando cumplido un largo proceso de combinaciones, la mezcla sea homogénea y no manifieste visible e interiormente la memoria de la diversidad que le dio origen. Mientras esta memoria de la diversidad continúe, persistirán las gestas libertarias de indios, negros y criollos. Por demás, intenta Úslar reescribir la gesta independentista de los criollos como la única, además que sería la que fusionó (más bien, integró) en un solo proyecto histórico las peleas separadas de pardos, esclavos e indios. Varias corrientes de insurgencia existieron y se encontraron, como amigos y como enemigos, en un vasto escenario guerrero, pero la historia de la fusión se torna sospechosa porque se trata, en definitiva, de la versión de los letrados que han construido la historia oficial de Venezuela. Otra cosa sería, y otra cosa pensáramos, amén que otras investigaciones y respuestas se encontraran, si estudiásemos por separado pero necesariamente en relación y de acuerdo a intereses propios y particulares, las distintas guerras: la de los negros, la de los indios, la de los pardos y, por qué no, la de los criollos, despojada ésta última de su carácter mesiánico e integrador y en conflicto -como de hecho lo estaba- con los otros factores en pugna. Esto sin lugar a dudas incidiría en la nomenclatura, en la periodificación, en la lectura tradicionalista de la historia de Venezuela, e iría mucho más allá de las tentativas de Úslar Pietri y de Rafael Fauquié de escribir una historia menos militar (menos ruidosa) y más civil, acaso más humana.
Sin desmerecer estas inquietudes, por demás válidas, sería mucho más exigente, más difícil y más estimulante, la escritura de la historia de Venezuela desde ópticas no controladas por la historiografía oficial, vale decir, desde la mirada de los desposeídos, de los marginados, de los excluidos, la construcción de la gesta emancipadora (que no ha concluido y que nada pide de la sentencia de Fukuyama) de los sin historia, sin héroes y sin memoria escrita de Venezuela. Y no sólo escribir la historia desde esa mirada resulta exigente, sino mirar desde ahí, desde esas zonas sin poder, desde las márgenes del sentido oficial, casi desde las fronteras de lo irreal o irrazonable, también desde las fronteras del discurso escrito, desde la crítica, pues, de la escritura, es decir, desde la escritura fuera del poder.
Sería estimulante también acompañar a Úslar cuando escribió que "Valdría la pena estudiar la suerte del concepto de razón en el mundo de "la gana". Un "racionalismo a la hispanoamericana" que se "convierte en una actitud crítica y agresiva contra el viejo orden", y tendríamos que decir, contra todo orden impuesto, del color que sea; además, que también iríamos más allá porque no tendría el matiz que él le dio en su obra al concepto hispanoamericano, heredero díscolo de la escolástica y del romanticismo español, del pensamiento Occidental vía España, sino que se ampliaría con los modos de conocer y comprender el mundo de las culturas originales sobrevivientes, y de las formas de conocimiento que también han sobrevivido al mestizaje y al sincretismo entendidos como tabla rasa, formas más o menos uniformes de la cultura latinoamericana integradas al saber occidental. Iríamos, también, más allá, en tanto estas formas de conocer el mundo que entran en contradicción con el saber convencional, y que han intentado desplazar, relegar y restringir al inane campo de la tradición, se ofrecerían como formas alternas a ese saber controlado por el poder, amén que se intentaría la gesta heroica e histórica de subvertir el orden del conocimiento occidental para oponerle en igualdad de condiciones una cosmovisión otra, distinta, enfrentada incluso a la del propio Úslar, porque esta raíz para una nueva episteme no reconocería en la expansión de Occidente a (lo que es hoy) América uno de sus tantos avatares, sino precisamente la continuación aquende los mares de un modelo de civilización que ha entendido como bárbaros e infieles a los otros, vale decir, a todos aquellos pueblos y naciones no occidentales y que de una u otra manera han resistido el avance de la occidentalización.
Es también ir más allá de la concepción de barbarie que Úslar, con apreciable audacia, afirmaba que era "la tradición del alma criolla": "Una muy caracterizada manera de entender la religión, el gobierno, la moral, la vida, la riqueza, el trato social y la felicidad". Entendía Úslar perfectamente que había que encontrar en la barbarie americana virtudes e ideales "para construir sobre ellos las condiciones de la estabilidad social y del progreso político". Sabía, pues, que en esa comprensión se fundaba la paz, pero si bien hacía suya, como criollo, la frase pedagógica del gaucho "Hacete duro, muchacho", y reconocía en ella un modo de resistencia, no veía nada clara la raíz del problema. Un yo claro y meridiano veía, un poco turbado pero sin duda en estado de fascinación, el despliegue del bárbaro, pero era allí justamente donde estaba el error: seguía viendo al bárbaro afuera, externo al yo. De algún modo el intelectual estaba a salvo de las arremetidas furiosas de las sombras. En un momento de arrebato escribió: "El hombre que sabe colocarse detrás de [la muralla de libros] sabe que las flechas del mundo no lo pueden alcanzar. Es entonces cuando la biblioteca se torna torre y refugio…". Se sabía dividido, que en su ser había otro, que era ingobernable, haciendo de su cuerpo una metáfora del país. Un país criollo asaeteado por huestes de violencia y muerte, que antes de la destrucción total debían ser encauzadas y dirigidas por una elite comprensiva, sabia, dueña y señora del destino de todos. Un país criollo, a la cabeza una elite madura y segura de sí misma, consciente de su pasado histórico, afirmada en su singularidad, domeñadora satisfecha del brioso caballo de la barbarie.
No era sólo, como bien lo entendió, la pugna entre "Civilización y Barbarie", entendía que se trataba de la inserción del problemático ser del criollo en el modelo de civilización producto del implante de la cultura española en "el nuevo mundo", en circunstancias y realidades propias, que exigían una suerte de reingeniería del modelo de civilización occidental. Úslar asumía que las dificultades en el proyecto se derivaban de las taras que arrastraba el ser criollo, el que de pronto, sin orden ni concierto, aparecía trasmutado en un ser inestable, antojadizo, impredecible. Se quejaba entonces del carácter aluvional del criollo, y lo que en algunos ensayos era un privilegio en otros no lo era tanto, hasta el punto de que podemos afirmar que el ser criollo en Úslar opera como una suerte de fármaco: cura y mata.
Si la historia la escribe desde la gesta íntima y externa del criollo, le faltará una buena parte de la ecuación que podría develar el alma de los pueblos y naciones que conforman lo que se llama América Latina. Es una visión unilateral y parcial la suya, que sólo capta los pormenores y accidentes del criollo, faltan el indio y el negro. Faltan además, todos los excluidos, todos los anónimos, la plebe, la canalla. Falta, sobre todo, escribir desde ese otro lugar donde hablan los que no han tenido voz, y dejar de afirmar como si se tratara de un mantra que no nos comprendemos y que nuestra tragedia es esta irresoluta angustia del criollo, que se debate entre el ser y el no ser.
Una Historia más comprensiva se hiciera eco de todas las voces, incluso las del criollo que ha tenido, como el pardo, el indio y el esclavo, su participación en la historia. Esta, por demás, sería más comprensible, muchos momentos se despejarían, ciertas zonas aparecerían más claras si en el concierto de los hechos se precisara la actuación de todos los actores y si dejaran de importar sólo aquellos hechos y actores que contribuyen o atrasan la conformación indetenible e irreversible (de "trampa sin salida", habló Carrera Damas) del Estado Liberal. Qué piensa el campesino, el indígena, el que vive lejos de la ciudad y de los centros de poder, qué representaciones e ideas se hace del país y del mundo. Cómo habla y qué ve cuando no hablan ni ven por él los aparatos de poder. Esa historia, creo yo, está por escribirse. De una "historia sumergida" nos habló Arturo Úslar Pietri que "no pocas veces es más poderosa y activa que la visible y que permite conocer muchas de las peculiaridades de la vida venezolana…"
Tomar el papel (protagónico) viene de tomar la palabra. Pero cuando el "pueblo" toma la palabra (oral y escrita), entonces los detentadores de siempre de la palabra, los letrados, acometen en improperios, en descalificaciones, en visiones pesimistas que promueven e invitan a la lamentación colectiva.
Acaso la más sostenida representación del país como de un completo desastre (totalmente suya -aunque la repitió de una y mil maneras- podría haber sido la frase de Miranda "Bochinche, este país es puro bochinche"-) la tuvo hasta el final Arturo Úslar Pietri, quien incluso afirma con miopía supina que no nos podemos comparar, en punto a orden y visión de futuro, con un país como Colombia. Fue un desastre la Guerra de Independencia, la Guerra Federal, la llegada del petróleo, la caída de Medina Angarita. Desde entonces no ha cesado, y antes que amainar entró en una suerte de paroxismo del desastre con la llegada al poder de Hugo Chávez Frías:

Yo no soy optimista, soy muy pesimista, es que uno no ve qué puede pasar en Venezuela (…) No hay partidos políticos, los aparentes dirigentes que hay son una gente de muy segundo orden, estamos muy corrompidos (…) La educación es un desastre, la política espantosa, no hay debate, el país está sin rumbo, sin destino, ni clase dirigente, hay aventurero, pícaros, gente que tira la parada (…) Lo trágico es el nivel de la gente que nos gobierna. Yo oía a Chávez el domingo, qué cantidad de disparates dijo y con qué autosuficiencia, con qué arrogancia. Este es un país muy infortunado. Era muy difícil que aquí las cosas hubieran pasado de otra manera, porque este fue siempre un país muy pobre y muy atrasado, aislado, lleno de inestabilidad, de golpes de Estado, de eso que llaman revoluciones (…)

Hubiese sido necesario preguntarle, como lo hizo hablando de Andrés Bello, de Baralt, de Fermín Toro, lamentando sus suertes de desterrados: "¿Por qué no hallaban patria estos hombres de pensamiento?". Aproximándose a una respuesta, se dijo: "…Sin duda muchos de esos intelectuales pecaban de demasiado intelectuales", y más adelante, con más acierto, afirmó: "Hubiera sido menester que el hombre de pensamiento hubiera tratado de hacer adecuado su pensar a las necesidades del país". Finalmente, condescendiente, afirma, errando de nuevo el camino:

"Cuando se mira desde este ángulo la cuestión, comienza a parecer que no toda la culpa fue del país como conjunto bárbaro, sino que gran parte de ella recae sobre los hombres de pensamiento. No supieron ponerse a hacer todo lo que podían en el campo que les correspondía."

Para Úslar, las necesidades del país están estrechamente vinculadas a la distancia que hay de éstas a las satisfacciones que ofrece, más bien promete, el modelo de desarrollo occidental. Y el drama se inicia, precisamente, cuando el modelo que busca llevarse a cabo choca y se enfrenta a circunstancias adversas (alzamientos, revueltas, revoluciones), que se atraviesan en el camino. A menos que, como lo asomó Carrera Damas en su análisis de los programas de Zamora y Falcón, no haya contradicción substancial con respecto al patrón o modelo liberal, como lo confirma el programa electoral, aunque con diferencias fundamentales en lo que se refiere a la democratización del voto.
Pero volviendo al Úslar pesimista, puede resultar extraño que se asumiera así alguien que, hacía diez años atrás escribiera, tal vez con más mesura y no con el tono trágico del criollo que aró en el mar: "La verdad es que la visión pesimista es reciente" ó, "Sería un craso error pensar que la tentativa de los jóvenes oficiales (del 4 de febrero del 92) se ha producido en el vacío y, menos aún, que en alguna forma corresponda a una inclinación generalizada a favor de un gobierno autoritario" o esta otra, más vieja y más conmovedora: "La revolución, en el fondo es una nostalgia". Y como si a sí mismo se replicara, retrospectivamente, dijo:

También vinieron los positivistas con su diagnóstico pesimista a señalar las invencibles fatalidades de clima, raza y momento que nos condenaban a la barbarie o la impotencia para la vida civilizada. Pero un pueblo que por tanto tiempo y con tanta pasión se da a luchar en busca de promesas de justicia, de libertad y de igualdad, revela una fibra moral extraordinaria. Hubiera sido ciertamente más útil y productivo resignarse a lo posible, trabajar dentro de lo dado y renunciar a buscar las formas superiores de la dignidad humana, pero se escogió tenaz y mayoritariamente el riesgoso y difícil camino de lo absoluto.

Pero nuevamente se contradice, diez años después, cuando apuesta por lo práctico, siguiendo los perfiles del hombre sometido a las leyes del Mercado:

No es el momento para la proclamación de grandes principios hueros ni, muchos menos, de caudillismos mesiánicos. Estamos, afortunadamente, en los tiempos del hombre común y del sentido práctico y por lo tanto las soluciones que se propongan y los sacrificios que se tengan que hacer no han de tener ningún carácter heroico ni excepcional…

Pueblo y escritura: las paradojas del Poder Popular

El programa de gobierno popular no está hecho, no calza en horma de papel, en la ley y la legitimidad que propugna y promueve el proyecto liberal. No son los letrados -tal como los conocemos- los llamados a redactar el papel de trabajo. La voz y la acción del poder popular están haciendo, hacen, su historia.

Esos que piensan -escribió D. Hellinger- que los seguidores de Hugo Chávez lo abandonarán enteramente, pueden estar subestimando las profundas venas del resentimiento popular hacia la oligarquía. Si Chávez cayera, cualquier régimen subsiguiente encontrará difícil gobernar sin ejercer considerable represión, y alguna forma de guerra de guerrilla o civil, es casi inevitable. Sin embargo, las masas venezolanas no entregan al Presidente Chávez un cheque en blanco: "Si él no lo hace bien, nosotros lo reemplazaremos, igual que nosotros lo pusimos, dice uno de los vecinos del Padre Moreno en el barrio. La palabra clave en esta cita es "nosotros".

Como lo explica Carrera Damas, comentando los textos constitucionales redactados a partir de 1830: aunque la ley promulgara la libertad, ésta no se hacía efectiva porque de lo que se trataba era de apaciguar las verdaderas luchas por la libertad, por la igualdad y la justicia social: "la libertad es limitada -afirma-, es restringida por el ejercicio real del poder, pero desde el punto de vista de la formulación doctrinaria ya no hay por qué luchar". Pero acaso sea peor incluso, porque se trata más bien de una idea de libertad manejada y monopolizada a su antojo y real criterio por la clase dominante, esto es, que se establece de manera unilateral lo que se entenderá como libertad, y quien no lo entendiere así, pues atenta contra la "estabilidad" del régimen que dispone y reglamenta dicha libertad. Así lo explica Carrera Damas, cuando trata sobre las medidas y acuerdos de los letrados para garantizar el orden y el poder a raíz de la caída de la Primera República, al fundar "la necesidad de un poder fuerte y centralizado, calificado de dictatorial o no, capaz de asegurar la dirección uniforme de la guerra al mismo tiempo que de apartar cualquier influencia de los sectores populares en las cuestiones del Estado". Dicho más claramente: "Las formas provisionales de gobierno, propuestas por los letrados, entendían garantizar la libertad en sentido jurídico-constitucional, respondiendo de esta manera a los intereses de las clases usufructuarias del Estado", y con respecto a la lucha por la libertad de los esclavos, reaccionaron en contra de lo que consideraban "extralimitaciones en el ejercicio de la libertad".
Comenzaba la creación del "Estado del disimulo", como lo llamó acertadamente José Ignacio Cabrujas. Un edificio retórico (que "al carecer de torrentes de dinero proveniente del petróleo sólo podía disimilar su disimulo”, que no aguantó más y se vino abajo en 1989: "Después de 30 años de estabilidad gracias a los ingresos petroleros y el control de los sectores populares a través de los partidos, creían que el pueblo era incapaz de realizar acciones independientes". Vale decir, acciones fuera de la letra, al margen y en contra corriente del discurso oficial, del proyecto liberal, de la Democracia Representativa -exáctamente hoy- en franca expansión imperialista con el rótulo de "Soberanía Democrática"; al margen, en fin, de las mil y una formas del Poder.

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