Sostuvo Úslar Pietri que la raíz de la guerra era el hambre, la escasez. Con esta idea del hambre invita a reescribir la historia de Venezuela: "La guerra y la miseria andan juntas en la Venezuela del siglo XIX. Tienen los mismos territorios, las mismas horas, los mismos caminos y los mismos hombres".
Hay un camino de la guerra venezolana en el siglo XIX que no es otro que el camino que recorre el mapa de la escasez. Pasa de Falcón y Lara a los llanos. De las tierras más yermas y secas de Coro y Barquisimeto a la llanura seca y despoblada. De las tierras del chivo a las tierras de la carne salada. En el llano, la guerra se detiene y se prolonga. La correría llanera baja al Orinoco y sale a Oriente por Maturín y Barcelona. Poco se aventura a la cordillera inaccesible. A los valles centrales se entra por Tocuyito y por La Puerta. Ese es el camino que recorre la Independencia y que recorren las revueltas armadas del siglo XIX. El camino de los caudillos.
A poca producción, muchas guerras. Además, afirma que nunca fue Venezuela un país con abundancia de alimentos: "Apenas en tiempos del rey Carlos III abundaron la comida y los productos de la tierra en ciertas regiones y para ciertas clases sociales". Está clara la relación entre la guerra y la escasez, pero falta el nexo que permita comprender a qué se debía la poca producción. Úslar responde: se debe a la tierra, la tierra es pobre:
Vinieron entonces los técnicos extranjeros y venezolanos a examinar aquellas tierras de pan y de oro de Cecilio Acosta, y las encontraron deficientes, pobres y de malas condiciones. Eran escasas las tierras feraces, planas y de primera clase. Las más carecían de posibilidades de riego o estaban condenadas a desaparecer por la erosión. Los informes de Bennet y Vogt sobre los suelos venezolanos y el porvenir de su agricultura suenan como una trompeta apocalíptica.
Tenemos así, una secuencia más o menos lógica que explicaría la continuidad de "la guerra": hay guerra porque hay hambre, hay hambre porque hay poca producción, hay poca producción porque la tierra es pobre. El problema de la tierra y los campesinos no aparece en esta lógica un tanto fatalista. Incluso afirma que la enorme riqueza petrolera se sembró en escuelas de agricultura, en importación de semillas, en sementales y maquinarias modernas, en créditos a los cultivadores, "Y sin embargo la producción no ha aumentado". Según este parecer y razonar, de no ocurrir el milagro agrícola consistente en "modificar las condiciones adversas del medio físico y hacer que por medio del trabajo, los conocimientos y los capitales adecuados, [la tierra] produzca en remuneradora cosecha los alimentos que el pueblo venezolano necesita para no depender de nadie" no habrá paz en Venezuela. Por cierto, Úslar habló de soslayo de una época de abundancia, fue cuando la producción venezolana se articuló al mercado internacional a través de la Compañía Guipuzcoana. La guerra de independencia fracturaría el comercio internacional que no vino a restablecerse plenamente sino con la producción petrolera, luego de varios intentos fallidos durante el siglo XIX. Pero la producción petrolera y su riqueza súbita significaron un impacto muy fuerte para la endeble economía venezolana que, no acostumbrada a la vida productiva, prefirió vivir de las regalías, y en vez de sembrar el petróleo, pondría los cimientos de la Venezuela "fingida" que colapsaría en la década de los 80. Úslar coincide en este caso plenamente con Germán Carrera Damas y su tesis de la crisis de la sociedad implantada, cuando así explica el drama de los criollos para articularse al mercado mundial e ingresar con "voz propia" al Capitalismo internacional como parte de su proyecto político y económico Liberal y, a una escala mayor, para cumplir su parte en el proyecto de expansión imperial de los centros hegemónicos de Poder.
La tierra y el Poder
Poseer la tierra equivale a tener el Poder. Carrera Damas habla de "signos reales de desigualdad", "derivados de la función desempeñada por cada grupo social en el proceso económico de la Colonia", lo cual origina "la división en clases y se muestra con nitidez en la distribución de la propiedad de la riqueza fundamental de la sociedad colonial venezolana: la tierra". Olivier Delahaye lo dice también:
Estas propuestas [las democráticas liberales] se referían en particular, a la política de tierras, lo que puede ser considerado como normal en una sociedad donde el poder quedaba basado en la propiedad de la tierra (por ejemplo, esta fue una condición necesaria para participar en la elección del Presidente de la República, desde 1830 hasta la Guerra Federal.)
Los Valles de Aragua fueron ocupados por terratenientes que destruyeron a la población indígena y redujeron a los sobrevivientes a la producción conjunta con mano de obra esclava. Por su parte, los descendientes de los encomenderos monopolizaron las mejores tierras; la familia Bolívar era propietaria de las Vegas de San Mateo; El Conde Tovar y los Mier y Terán poseían tierras que se alargaban hasta donde llegaban la «vista y la imaginación»; en la Victoria, los terratenientes despojaron de sus tierras a los comunidades indígenas: Tucua, Tiquire, Guacamaya, La Curía y La Cumaca.
La independencia no modifica -afirma Brito Figueroa- la estructura de la propiedad territorial (…): los caudillos militares comparten el monopolio de la guerra con sus antiguos amos, y entre aquellos, José Antonio Páez deviene en uno de los más ricos terratenientes de la región, adquiriendo mediante la especulación con los «haberes de guerra», las propiedades del marqués de Casa León codiciadas por el mantuanaje caraqueño por la fertilidad del suelo y por la facilidades de riego.
Cuando Arturo Úslar Pietri trata el problema de la tenencia de la tierra afirma que, aunque se halla pensado en repartir la tierra entre los campesinos, aquello no habría de redundar en beneficios porque el problema no era solamente de propiedad "sino de mentalidad y actitud del campesino".
"No se reproduce la mentalidad del granjero de la Nueva Inglaterra con el mero hecho de darle la propiedad de una tierra al campesino latinoamericano y dotarlo de créditos, semillas y maquinarias. Con todo ello se ha fracasado muchas veces. El granjero de la Nueva Inglaterra, con su sentido laborioso y ahorrativo, con su individualismo celoso, es el producto de una herencia cultural distinta. De la tradición secular de la encomienda, de la mita, de la esclavitud y del sistema de la peonada. Su concepción del ahorro, del trabajo, de la riqueza y de la individualidad es diferente."
Nuevamente afirma Úslar que el sistema de injusticia social en el campo venezolano no tiene solución porque somos un país culturalmente aluvional, e incapaces por esta falla de nacimiento (incorregible, por demás) para el trabajo organizado y de altas miras. Nada más y nada menos que incapaces de alcanzar el desarrollo y progreso de, por ejemplo, los granjeros de Nueva Inglaterra, siguiendo aquí los consejos de un asesor norteamericano que proponía que "el Ministerio debería aspirar a una versión en pequeña escala de la finca familiar típica del Oeste Medio de los Estados Unidos" Afirma Úslar, por si fuera poco, que estamos acostumbrados culturalmente a los sistemas de explotación agraria, y que nuestra es la esclavitud. Por demás, cierto es que no se deben copiar modelos europeos, que es lo que critica en el ensayo citado, comentando el modelo de desarrollo "Alianza para el Progreso", pero una cosa es la copia de modelos y soluciones, en lo que estamos de acuerdo, y otra negar el fondo del problema, la tenencia desigual de la tierra y la lamentable situación del campesino, arguyendo que "el problema es más complejo" y que formas más justas y productivas de trabajo en el campo, no pueden darse porque no somos individualistas celosos, ni nos gusta ahorrar, y sobre todo, porque nuestra contextura cultural nos prepara para la esclavitud. En ese mismo ensayo llama a crear estrategias acordes con nuestras "verdaderas realidades", pero no es nuestra realidad la esclavitud, y es de un psicologismo tendencioso (no creo ni quiero creer que tenga alguna relación con las tesis de los que programan y planifican limpiezas étnicas) afirmar que la mezcla de sangres es una suerte de traba congénita, algo así como nuestro pecado de nacimiento, sino que lejos de ello, son nuestras las luchas contra la esclavitud y la discriminación, y en general, por ese ideal un poco abstracto y difícil de manejar que se llama libertad. Como el mismo Úslar lo refirió
Cualquiera que conozca suficientemente la historia de esa vasta comunidad de pueblos sabe que en muy pocos lugares se ha luchado tanto y desde tan temprano por la libertad y la justicia (…) Desde la época misma de la independencia, en muchos países latinoamericanos, surgieron de la guerra para ocupar las más elevadas posiciones políticas y sociales hombres de más humilde origen, hijos de peones y de esclavos.
Pero afirmar esto es sólo una parte de la verdad, lo cual equivale a escamotear la historia, porque si bien a sangre y fuego ascendieron y se igualaron social y económicamente a las castas coloniales que sobrevivieron al odio desatado contra los blancos, los ricos y los que sabían leer, las nuevas élites (el caso de Páez es ejemplar) reprodujeron domésticamente el sistema colonial de tenencia de la tierra, convirtiéndose en nuevos poderosos e indiscutidos terratenientes.











