El pueblo y la política
La crisis actual que precede al nacimiento de nuevas formas de entender la política, tuvo su punto de inflexión a finales de la década de los ochenta, cuando precisamente el enmascaramiento cedió, y no pudo sostenerse por más tiempo la Venezuela "fingida" que denunció, y nadie escuchó, Arturo Úslar Pietri. Las bases del teatro se desplomaron. Distintas versiones de aquellos días nos muestran un estado de cosas donde lo primero que aparece es la fractura y el desbordamiento de lo que el imperio de la letra había contenido, domesticado, durante décadas:
"Hay una desconfianza total por el sistema judicial y la representación política. Para el país los cogollos no representan más que a ellos mismos" (Fausto Masó)
"Rebasamiento de partidos e instituciones (…) Nunca se había visto una separación tan clara entre el mundo de la política y el resto" (Carlos Blanco)
"La lección 27-Dos no es la explosión ni la violencia, sino la voluntad de participación. (…) Así como el pueblo sacudido en violencias ha hecho reflexionar mucho en estos treinta años a quienes tendrían ganas de volver a un régimen autoritario, de igual manera el recuerdo de la violencia de estos días puede hacer reflexionar a quienes creían que todo iba a resolverse en un combate teórico entre el estado omnipotente y la libre empresa salvadora. El 27-Dos recordó que hay un tercer hombre en el ring. Y su papel no es precisamente el de árbitro. (…) A lo plebeyo, a lo pobre, con gritos, palos y piedras, la sociedad civil mostró su presencia" (Manuel Caballero)
[Citas tomadas de El poder sin la máscara (1989), de Luis Britto García]
De que el pueblo cuando despierta del letargo "turba el reposo general" se quejó Rafael María Baralt, nostálgico de la Colonia:
"En medio de la severidad y opresión del sistema colonial, jamás se vieron las turbas hambrientas levantarse pidiendo pan a la sociedad, convertida en patrimonio de los poderosos: allí la ambiciones contenidas por el férreo valladar de un despotismo único, no se disputaron un poder vacilante y efímero, turbando el reposo general" (Rafael Fauquié)
El reposo general (que ahora lo traduce el letrado como gobernabilidad) es la estabilidad política aunque el régimen sea injusto, lo que pasa por ocultar la injusticia y utilizar los aparatos de producción ideológica para hacer más llevadera su condición al oprimido. Cuando Arturo Úslar Pietri se lamenta de la guerra de Independencia, lo hace porque suponía posible un tranquilo, político y consensuado disenso y finalmente una especie de ruptura y acuerdo diplomático con la casa metropolitana. Suponía posible un entendimiento civilizado en aras de la construcción de una moderna República. La guerra es un accidente, tal vez esperado, pero nunca deseado. A la guerra, es preferible la paz de la Colonia, período donde la nación venezolana se coció a fuego lento, y no con el arrebatamiento de la guerra. La continuidad real se lee y debe trazarse entonces, de la Colonia a la República, porque la Independencia fue tan sólo un relámpago, acaso el momento más alto y culminante de la historia patria, pero tan sólo un rayo, un momento casi suspendido del decurso histórico, que dejó sólo destrucción y muerte, un nostálgico esplendor. Los alzamientos, la irrupción popular contra los regímenes instituidos, son momentáneos sacudimientos en la dinámica del Poder, que se continúa y alimenta a sí mismo.
Bolívar y la Ciudad letrada
Hay una continuidad que no expone claramente Úslar Pietri, y es la que podemos llamar continuidad de la crisis de implantación de la cultura Occidental en América Latina especialmente, y en Venezuela, específicamente. De ella habla desde una sola perspectiva, esto es, hay crisis porque el proyecto occidentalizador se ve interrumpido por "transitorios" momentos de violencia. Sin embargo, no aparecen en el escenario, sino de manera dispersa y sin apuntar al objetivo, las causas de los levantamientos, que siguen siendo mutatis mutandi las mismas desde la Conquista hasta hoy. Es más, incluso sus móviles, su naturaleza y situación concretas, ralean en las páginas de la historia oficial, acaso porque sólo importa a la clase dominante, en función de su proyecto ideológico, el "ruido" de la gesta emancipadora y no, por ejemplo, los de la Guerra Federal, conflicto que precisamente en algunos momentos cruciales fue contra sus intereses.
Simón Bolívar entendió la complejidad del conflicto, y "orquestó" (Germán Carrera Damas) en la misma lucha, para hacer frente a un mismo enemigo, los intereses de los mantuanos, de los pardos y los esclavos. Pero ni Carrera Damas, ni Arturo Úslar Pietri, refieren con exactitud uno de los puntos donde los intereses convergían y en donde se daba un equilibrio en extremo frágil.
Es Laureano Vallenilla Lanz quien habla extensamente de "La Ley de Repartos" de 1817. "Convencido se hallaba Bolívar -explica- de los móviles que habían impulsado a los llaneros a pasarse a las banderas de la Independencia, después de la muerte de Boves…" La Ley no fue cumplida y "Más tarde el Congreso, compuesto por hombres que desconocían por completo el espíritu de los nómadas, adoptó el sistema de distribuirles certificados o vales, que los llaneros vieron con la mayor desconfianza." . Un simple papel no tenía significado alguno pues las tierras literalmente hablando no estaban en el papel, por lo que se debía hacer su entrega "en las propiedades mismas" como lo había ordenado el Libertador.
Libertada Venezuela definitivamente en Carabobo, los llaneros reclamaban perentoriamente sus haberes. Los vales se ofrecían al 10 por cierto sin compradores y el Libertador pedía que el Congreso se ocupara preferentemente de un asunto "cuyo aplazamiento podía causar graves trastornos…."
A la violación de la ley sucedió lo previsto por Bolívar:
Los llaneros se dieron de nuevo al robo y al pillaje, como lo venían practicando desde los tiempos coloniales, con la diferencia de que ahora podían disfrazar sus bárbaros impulsos proclamando principios políticos y "reformas" constitucionales. Ya nuestros nómadas habían entrado en la historia”
La Historia de Carrera Damas, como la de Arturo Úslar Pietri, es la de cómo la clase dominante se hizo del Poder, es la historia de sus angustias, derrotas y triunfos en un largo y accidentado devenir, plagado de crisis, desaciertos, futuros truncos. Es esa la gesta que les interesa, la que les vale la pena historiar. De los autores leídos, sólo Vallenilla Lanz atisba en esa grieta del poder de la clase dominante y describe a los pardos y esclavos enfrentados al imperio de la letra, nos refiere su impotencia, recelo y rebeldía ante los miembros de la ciudad letrada.
Es posible entender mejor la dimensión de la Ley de Repartos y la pertinencia histórica de ese gesto de Bolívar, acaso inspirado por una irrefrenable sed de justicia en beneficio de los desposeídos o bien, como afirman sus críticos, movido por el "terror a los pardos". Bolívar, en cualquier caso, enfrentando también a los letrados, exige les sean satisfechas a aquéllos sus prerrogativas, éstas sí concretas, las de tierras, y no las "aéreas", retóricas, afrancesadas, legalistas y en definitiva falsas, de libertad, fraternidad e igualdad.
Aunque la guerra sirvió de crisol para la igualación, para el ascenso y la conquista del poder de hombres de extracción popular, una vez ocurrida la emancipación, y en contubernio con la clase dominante heredera de la división de clases, los jefes militares y caudillos victoriosos convirtieron la República en un escenario de reacomodos y negociaciones que condujeron, por un lado, a la instauración del Estado liberal "como la única forma de organización política de la sociedad capaz de responder a las expectativas y aspiraciones de todos los sectores de esa sociedad" (Germán Carrera D.)Por otro, a la inestabilidad política producto del desencadenamiento incontrolado, de revueltas campesinas, levantamientos populares, en buena medida el producto de la imposibilidad de hacer real la libertad y la igualdad que ofrecían las leyes:
A la condición genérica de vasallos del Rey, suerte de rasero teórico de la sociedad colonial, la va a suceder la de ciudadano, una categoría liberal cuyo significado verdadero será el reducir la desigualdad a su fundamento real: la propiedad [o sea, la tierra], y como tal se expresará en la consagración del principio igualitario en el orden constitucional republicano.
Vemos de esta manera cómo fue posible que el sector más radical de la naciente burguesía comercial y agraria empuñara la bandera de la igualdad, en el sentido de la abolición de los privilegios nominales, dando con ello cauce a la lucha prolongada de los pardos, manifestada en las conspiraciones previas a la declaración de independencia. Hizo papel de retrógrada y de retardataria la escasa nobleza y el sector de terratenientes esclavistas que reaccionaron durante la guerra ante los inesperados desarrollos de una igualación social teórica cuya implantación no impidió, sine embargo, el estallido violento aunque transitorio de la vieja luchas de los pardos por la igualdad. A esta lucha le tomará todavía mucho tiempo el destruir radicalmente las reliquias de los privilegios coloniales, actuando como fuerza definitiva en la implantación de la igualdad liberal burguesa. (Germán Carrera D)
Pero se equivoca Carrera Damas en dos cosas, primero, que el estallido no fue transitorio (de un "largo estado de guerra activa o latente, que predominará desde 1812 hasta 1903" habló Úslar Pietri. Segundo, y causa de la situación anterior, porque las "reliquias de los privilegios coloniales" no han sido borrados por la "implantación de la igualdad liberal burguesa" como ingenuamente lo afirma.
La tenencia de la tierra producto del latifundio, el poder de los viejos y nuevos terrófagos, la injusticia social y el enfeudamiento de las condiciones y relaciones de trabajo en el campo, amén del asesinato selectivo y sistemático de líderes campesinos, mas la apropiación grosera de las tierras "del Estado", a pesar de la bandera antilatifundio asumida hoy por latifundistas de vieja y nueva data, nos dicen de la continuidad histórica de un problema no resuelto, que no resolvió La Ley de Repartos de 1817, ni la de Manumisión de 1821, ni la libertad de Monagas, ni la Guerra Federal ni la Reforma Agraria. (Veremos, por cierto, qué sucede con la Ley de Tierras en vigencia, que ya dio para un golpe de estado en abril de 2002 y para una guerra antilatifundio a veces "encabezada" por reconocidos latifundistas en un clima de relativa calma política fruto de las victorias electorales del 15 de agosto de 2004 y las de alcaldes y gobernadores de noviembre del mismo año.)
Después de la referida ley de repartos y del contenido agrarista de la Revolución Federal -"Quienes, a comienzo de la Guerra Federal en 1858, siguen a Zamora creen en la posibilidad de un reparto equitativo de tierras…" (Rafael Fauquié), será en el año 1947 cuando aparecerá una nueva tentativa de justicia en el campo con la Reforma Agraria, "término que tenía un esencial contenido subversivo", y que de pronto "sin transición… pasa de los manifiestos y de los programas de acción política a un texto constitucional." (Germán Carrera D)











