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Archivos de: Agosto 2006, 02

El Caudillo y la Ciudad letrada (SEGUNDA PARTE)

por joseleon71 @ Miércoles, 02. Ago, 2006 - 10:29:00 pm

Arturo Úslar Pietri habla del caudillo como de un producto cultural latinoamericano, y al hacerlo repite las ideas de Laureano Vallenilla Lanz, cuando el autor del Cesarismo democrático afirma:

"En pueblos colocados en las primeras etapas de su desarrollo hay que tomar en cuenta, antes que todo, la influencia del medio físico y telúrico, y no puede ser igual la evolución en países de llanuras como Argentina, Uruguay y Venezuela, que en regiones montañosas como Colombia, Ecuador y Bolivia. Ya Sarmiento, sociólogo genial, sentó el principio, comprobado hasta la saciedad por la historia, de que "el caudillismo surgió de las patas de los caballos en los países de llanuras como Venezuela y la República Argentina; donde no hubo llanuras y caballos no hubo caudillos y las indiadas conservan su carácter y su secular fisonomía, como en Bolivia y Ecuador"

Pero el caudillo latinoamericano supone, también, el enfrentamiento radical con la ciudad letrada: «Mueran los blancos, los ricos y los que saben leer» era el grito de las hordas de Boves. Rafael Fauquié y Germán Carrera Damas, incitados por la curiosidad de la historia condicional, se preguntan sobre el destino de la causa de Boves de haber vivido más tiempo. Ambos concluyen que no hubiera prosperado, bien porque las condiciones en la metrópoli le eran adversas, bien, porque su particular modo de asumir la causa del Rey lo hubiese llevado -afirma Fauquié- "tarde o temprano -seguramente más temprano que tarde- a irreconciliables enfrentamientos con la Corona española". Sin embargo,

"El fantasma de Boves se proyecta a lo largo del futuro devenir de nuestra historia política. Periódicamente formas de desbandada social y de aventurerismo político o militar, recuerdan aquel momento de 1814, el año de Boves. Lo recordará, por ejemplo, la Guerra Federal, con sus inmensos contingentes de masas desorientadas que recorren el país tras el desgarrado ideal de utopía igualitaria que predica Ezequiel Zamora. El odio de clases desatado por Boves era el desvirtuado espejismo de una justicia social que parecía llegar en medio de un caos sangriento. Ese espejismo se ha repetido a lo largo de persistentes identificaciones entre las masas y algunos hombres que han hecho comprensibles para ellas irrenunciables ofertas de definitiva igualdad social" (Fauquié)

Lo cito extensamente por la conexiones que podemos trazar a partir de la idea del enfrentamiento oralidad-escritura, más exactamente oralidad-ciudad letrada, y la importancia que este enfrentamiento reviste a la hora de escribir la historia de Venezuela, plagada como lo dice Fauquié desde el título de su libro, de ruidos y silencios.
Son precisamente estos silencios los que hay que poblar de memoria, y es aquí cuando la oralidad (exactamente, la cosmovisión oral y, por otro lado, la escritura como crítica de la escritura, vale decir, como crítica al Poder) se convierte en su vehículo. Sostengo en este ensayo que la memoria oral, específicamente la memoria popular, abriga en su seno ansias de justicia y equidad, calificados a veces negativamente por Úslar Pietri de mesianismo e igualdad, aunque en un ensayo llegó a escribir que lo que provocó guerras tan largas y cruentas "no era sólo la proclamación de un dogma político sino una sed de justicia que en las formas más variadas y a veces ingenuas alcanzaba a todas las clases sociales". Sostengo que ha sido el pueblo -pardo, esclavo, mestizo- quien se ha opuesto una y otra vez al proyecto de nación de los criollos cuando se ha visto excluido y marginado, sin tierras y sin futuro.

El Caudillo y las Constituciones aéreas

La pugna del mestizo, el pardo, el indio y el negro, contra la ciudad letrada y sus funcionarios, es también el enfrentamiento nunca resuelto y la distancia nunca superada que hay de la realidad a las leyes, de la Constitución a la práctica cotidiana. Esta distancia entre la realidad y la ley la analizó con indudable perspicacia Laureano Vallenilla Lanz, y si bien en la caracterización de los fenómenos por él estudiados aparecen categorías y análisis que integran infelizmente las teorías de la biología con las de la sociología, salvando el escollo metodológico, que es también histórico, tenemos en su texto fundamental el desarrollo apasionado de un problema: la relación -distante y jerárquica- del Poder con el Pueblo. En esta distancia han participado los letrados, la han sabido necesaria para llevar a cabo sus proyectos de grupo, la han ocultado diciendo al pueblo que es libre. Con las leyes escritas garantizan y legitiman su poder y se curan en salud de la intromisión de elementos no deseados, entre otros: los provenientes de la oralidad; a saber: la polifonía y el diálogo, la carnavalización de los signos, la incontrolada producción simbólica. Todo ello dirigido a corroer la imagen hierática del Poder. El Poder se esconde tras la supuesta e impuesta legitimidad de las leyes; conduce al borde de la deslegitimación el "sentido común", impide la desregulación de las prácticas vindicativas, fomenta el orden escrito, la paz de papel:

En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el discurso aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático (…) dicho término [carisma] abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba 'legitimidad jurídica' (…) (Luis Britto García)

Pero la respuesta que dio Arturo Úslar Pietri a la tesis de la constitución efectiva estuvo llena de encono y fue propia de su condición de letrado y criollo, menos defensor a ultranza de las leyes escritas que de la constitucionalidad republicana y liberal. Los argumentos intentan ser lapidarios pero apelan a un algo fantasmal "la consciencia nacional" y a un algo todavía más irreal: "el ininterrumpido respeto y veneración a los principios políticos de libertad e igualdad". Es cierto que los caudillos al llegar al poder no arrojaban estos principios "de la letra de la ley", pero ello no ocurre porque constituyeran una suerte de base fundamental de la humanidad o de la civilización, sino debido en buena parte a un proyecto de nación frustrado por alianzas que reconfiguraban el escenario de la república liberal constitucionalista. Además, no era por el caudillo que las leyes no se cumplían, sino precisamente la irrupción del poder popular -desfigurado por la noción letrada del caudillo- la que reclamaba el cumplimiento no de la ley sino de la justicia.
Si el caudillo se erigía en jefe de una montonera, ésta era animada no por el carisma del caudillo sino insuflada por una sed de justicia que, circunstancialmente, podía ser mejor encauzada por el caudillo, el líder, el estratega. Por cierto, el caudillo Boves es representado en Las Lanzas Coloradas como una tormenta de muerte sin otro orden que el impulso y la ferocidad, y esa representación se ha querido acomodar a todos los otros. Más allá del hecho de que Boves arremetiera sin estrategia contra las filas enemigas (como los indios de los westerns del cine norteamericano), cosa que dudo, es comprensible que los letrados supongan que el caudillo sea incapaz de crear estrategias militares, propias éstas de generales alfabetas. Si el letrado articula palabras moduladas, el caudillo y sus huestes gritan. No obstante, las montoneras, como nunca lo pudo reconocer Úslar Pietri, no nacen de la nada ni el caudillo precede a la sed de justicia. Son las circunstancias, oscuras para el letrado, las que provocan la revuelta y generan el caudillo. Que su nombre sea el que permanezca es un problema de la cultura letrada, como también lo es que los individuos agrupados bajo el rótulo de montonera se borren hasta ser reconocidos con el populista nombre de "pueblo".
Reclamaba Úslar que nunca fueran enunciados los principios de esa "turbia constitución efectiva", y que fuera sentida y no escrita, mas es aquí precisamente donde aparece la noción de letrado enfrentada a lo oral, a una cosmovisión, a un modo de vida y de entender la cultura, la economía, la industria, la técnica, la escritura, la civilización y el Estado, la nación y sus gentes, pero también los valores, el arte, la literatura, el amor, la música, en fin, el mundo todo, de otra forma, distinta (irreducible a la mera noción psicologicista de "instinto" (1956: 1319) y en guerra siempre contra todo proyecto liberal constitucional, escrito y excluyente, discriminatorio y racista:

Pero frente al orden del instinto, tratando de gobernarlo y de superarlo, se levanta lo que podríamos llamar un orden de la reflexión. Que es precisamente el esfuerzo de la civilización.
Ese orden del instinto es universal. Si lo tomáramos como la única base para la organización de un orden humano tendríamos que borrar de la historia todas las civilizaciones. Sobre los instintos y el refranero universal podríamos levantar la más abyecta y degradante constitución efectiva para la Humanidad.

Caudillo y pueblo

Por un lado la distancia crea jerarquía y prestigio, pero también, permite la inversión de los signos. El pueblo en la cotidianidad destruye las formas -mejor, las formalidades- del Poder, de ahí que el Caudillo represente, finja y funja como destructor de las formas del Poder. Si un líder carismático destruye las formas entonces se asimila al pueblo que naturalmente las desprecia. Pero la historia una y otra vez ha demostrado que la alianza líder caudillesco-pueblo no es sólo "natural" y simbólica, ni mucho menos permanente. La historia insiste en revelar que el seguimiento al líder no ocurre sólo en virtud de su enmascaramiento, sino que depende del tenor de la máscara. El pueblo (en la cotidianidad, en el día a día) es directo y personal, necesita, pues, una máscara a la altura de esa condición. Y si no hay máscara de por medio, pues mejor. (Pienso que la máscara del líder zapatista es un buen ejemplo de enmascarado que intenta recuperar y mostrarse con su rostro verdadero.)


 
 

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