Mi hijo aprenderá el arte de la caza. A manejar los cuchillos, las
trampas, a moverse en el monte, a trepar a los árboles, a subir a pico de montaña, a encender un fuego que no se apague, a guardar silencio, a escuchar los ruidos, a reconocer animales por la sola respiración y el crujido de las ramas, a cuidarse del veneno, de las hojas peligrosas, de los frutos que despiertan el sueño. A nadar, a preparar animales para el asado, a beber licores de alambique y fermentos, a fumar yerbas alígeras. Mi hijo probará de pequeño la oscuridad del monte, solo y con una sola luz, luego deberá regresar guiado por el sol hasta el lugar de su maestro, un viejo cazador hirsuto y elástico, que desconocerá el orgullo y las felicitaciones, que lo despedirá con violencia cuando crea que ya le enseñó lo que sabía. No será muy alto, pero tendrá los miembros fuertes, el cuello, las piernas, los brazos. Aprenderá a danzar con los árboles. De niño cruzará a nado los ríos. La pesca y la contemplación de las estrellas desafiarán su mirada extática, su paciencia infinita. Gozará de buen apetito. El mismo pondrá la mesa y mi esposa atenderá a sus suaves directrices con disposiciones mínimas y silenciosas. El barro de las fuentes, las frutas, las nueces y los dátiles, el vino y los demás licores, recordarán al vuelo una escena campestre del siglo XII. La ornitología será su primera ciencia. Conocerá el mar para siempre en las sagas nórdicas. La niebla y el humo le nacerán con los sueños y los hai kus. Conocerá las virtudes de la madera, los rudimentos de la escritura, el manejo del buril. Será iniciado en los misterios de la geometría y la alquimia. Antes de agravársele la voz, disfrutará imitando el canto de los pájaros, luego, el rumor del río y el de su voz serán la cosa misma, y también el grueso de la lluvia, y los truenos en la tempestad. Lavará sus cabellos con yerbas aromáticas, cuidados que aprenderá de mi esposa, y de los míos propios, que amo la tela cruda y el fique. Haremos por pintar animales con los colores de la tierra. Tierra y yerbas y resinas, mezclados en escudillas con paletas o huesos de animales. A los sonidos del monte Stravinski. John Donne para el crespúsculo. Así sus primeras letras: Rabelais, Cervantes, Boccaccio. Mediada la adolescencia hará por callarme el nombre de alguna muchacha, advertiré en su reserva un silencio a deshora. De pronto le miraré a los ojos y la veré, morena y sonriendo, atravensándole el pecho. Hablaremos de eso luego, como quien habla de los elementos. Lentamente se alejará de mi esposa y a la fascinación le sobrevendrá el respeto. Simples movimientos celestes, una cosa por la otra. Así su educación, sus primeras heridas, sus primeros silencios al borde del desequilibrio. Privaciones y excesos roerán las sutiles telarañas de sus cosmos. Para bien de su abismo conocerá las estepas siberianas, las auroras boreales, el océano ártico. El régimen de los vientos aliviará en él los estragos de la melancolía. Superada la adolescencia, vigoroso y febril, recogerá mis días, acariciará mi cabeza, me besará en las mejillas. Mi esposa lo verá guardar sus cosas, inclinada y sonriente en el vano de la puerta. Vendrá mi hijo a levantarla en sus brazos, justo mediodía, y un leve sabor a barro le sentirá en la boca.
Calendario
Archivos
- Julio 2008 (2)
- Junio 2008 (10)
- May 2008 (17)
- Abríl 2008 (25)
- Marzo 2008 (25)
- Febrero 2008 (7)
- Enero 2008 (11)
- Diciembre 2007 (15)
- Noviembre 2007 (13)
- Octubre 2007 (17)
- Septiembre 2007 (13)
- Agosto 2007 (8)
- Julio 2007 (15)
- Junio 2007 (14)
- May 2007 (10)
- Abríl 2007 (13)
- Marzo 2007 (14)
- Febrero 2007 (3)
- Enero 2007 (4)
- Diciembre 2006 (7)
- Noviembre 2006 (5)
- Octubre 2006 (7)
- Septiembre 2006 (6)
- Agosto 2006 (9)
- Julio 2006 (4)
- Junio 2006 (12)
- May 2006 (10)
- Abríl 2006 (12)
- Marzo 2006 (2)
- Febrero 2006 (4)
- Enero 2006 (6)
- Diciembre 2005 (2)
- Noviembre 2005 (10)
- más...
Amigos (20)
Últimos comentarios
- joseleon71 en: ...poema inconcluso que no será premiado
- alexis cabezas en: ...poema inconcluso que no será premiado
- ylich en: A (des)Tiempo
- joseleon71 en: Conocimiento(s) y realidad (irreal)
- jose en: Conocimiento(s) y realidad (irreal)
- jose en: Conocimiento(s) y realidad (irreal)
- jose en: Conocimiento(s) y realidad (irreal)
- xander bravo en: A un día después
- francisco en: Centros de Comunicación Integral (Segunda Parte)
- xander bravo en: Conversación con Víctor Alvarado
- Mostrar más
Búsqueda
Subscribirse por correo
Puedes recibir los posts de este blog por correo.
Archivos de: Agosto 2006
Sebastián
...A UN CIELO MAHOMETANO ME CONDUCES
Elegía: Antes de acostarse
John Donne
Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía.
Reposar es mi fuerza pues tendido me esfuerzo:
No es enemigo el enemigo
Hasta que no lo ciñe nuestro mortal abrazo.
Tu ceñidor desciñe, meridiano
Que un mundo más hermoso que el del cielo
Aprisiona es su luz; desprende
El prendedor de estrellas que llevas en el pecho
Por detener ojos entrometidos;
Desenlaza tu ser, campanas armoniosas
Nos dicen, sin decirlo, que es hora de acostarse.
Ese feliz corpiño que yo envidio,
pegado a ti como si fuese vivo:
¡Fuera! Fuera el vestido, surjan valles salvajes
Entre las sombras de tus montes, fuera el tocado,
Caiga tu pelo, tu diadema,
Descálzate y camina sin miedo hasta la cama.
También de blancas ropas revestidos los ángeles
El cielo al hombre muestra, mas tú, blanca, contigo
A un cielo mahometano me conduces.
Verdad que los espectros van de blanco
Pero por ti distingo al buen del más espíritu:
Uno hiela la sangre, tú la enciendes.
Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.
Goces, descubrimiento,
Mi libertad alcanzo entre tus lazos:
Lo que todo, mis manos lo han sellado.
La plena desnudez es goce entero:
Para gozar la gloria las almas desencarnan,
Los cuerpos se desvisten.
Las joyas que te cubren
Son como las pelotas de Atalanta:
Brillan, roban la vista de los tontos.
La mujer es secreta:
Apariencia pintada,
Como libro de estampas para indoctos
Que esconde un texto místico, tan sólo
Revelado a los ojos que traspasan
Adornos y atavíos.
Quiero saber quién eres tú: descúbrete,
sé natural como en el parto,
más allá de la pena y la inocencia
deja caer esa camisa blanca,
mírame, ven, ¿qué mejor manta
para tu desnudez, que yo, desnudo?
Traducido por Octavio Paz
México 1958. Delhi, 1965.
SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA EN VENEZUELA
Tal vez nadie dude del neoclasicismo de Andrés Bello o del romanticismo de Juan Vicente González, del modernismo de Ramos Sucre o los rasgos vanguardistas de Julio Garmendia. Como si resultara claro que en efecto existe (aunque en muchos casos dispersa) una lectura crítica general de nuestra literatura, capaz a todas luces de haber creado un corpus de lo literario nacional, ad usum de investigadores y constructores de nuevas y actualizadas visiones de conjunto. De ser así, tendríamos que reconocer la existencia de una crítica literaria venezolana (ceñida a la historia), atenta al devenir de la creación y en correspondencia con visiones críticas latinoamericanas, europeas, norteamericanas (es indudable que la influencia de Ángel Rama le dio una dimensión más continental a la labor crítica, al tiempo que salimos beneficiados a este respecto por la llegada y vida nacional de García Bacca, Ángel Rosemblat o Edoardo Crema, entre otros.)
Si existe, como lo evidencia el hecho de que con solo atender a la lectura de la gran mayoría de nuestros escritores, incluso de aquellos más refractarios a las escuelas y estéticas contemporáneas, logramos situarlos en marcos generales de tendencias y rasgos estéticos, incluso sin mayores problemas cronológicos, entonces, ¿qué reclamamos a la hora de los cuestionamientos e inquisiciones en torno a los problemáticos asuntos de la crítica literaria, incluso ante el infaltable comentario de si existe o no crítica literaria en Venezuela, a la que la mayoría de enterados responde con un resonante ¡no!? Porque si las exigencias reclaman que la literatura sea definida única y exclusivamente desde la literatura, si se busca con afán lo específico literario, ¿acaso no se pone el acento en lo inmanente?
Por otra parte, si se cuestiona la inherencia de lo sociológico o histórico en el análisis literario, valdría preguntarse de dónde proviene la necesidad de un sistema categórico exclusivamente literario, sin híbridos ni migraciones. ¿Quién exige pureza? ¿De dónde proviene esta suerte de purismo categorial? Lo orgánico de finales del siglo XIX, lo psicológico de comienzos del XX, lo histórico marxista, el estructuralismo de posguerra, el postmodernismo de finales del siglo XX, y hasta esa suerte de tierra de nadie de los estudios culturales o críticos, nos demuestran la participación, la circulación trasversal, el imbricamiento, la yuxtaposición de categorías ascendidas a metáforas, siempre móviles, nómadas, itinerantes.
Cada época (y las obras que en ella se producen) genera sus propios espejos, y por ende, diseña su propia imagen. Lo cual torna problemático cualquier estudio actual de Andrés Bello según Derrida, o la lectura de Las lanzas coloradas según Deleuze. De donde se desprende que toda lectura crítica acontece en el presente; así entonces lo histórico desaparece y la obra (Ilíada, Divina Comedia, Los mártires o Mene) surge de pronto a-histórica y desprendida del continuum. Sólo así se podría leer con categorías igualmente a-históricas (liberadas de la historicidad, como si estuviéramos ante un nuevo platonismo) todas las obras literarias. El absurdo salta a la vista; no obstante, se reincide en él a la hora de pensar en una posible ciencia literaria -positiva y universal-, que arroje inevitablemente una crítica normativa estabilizada y esencialmente atemporal. ¿No fue lo que intentó Northop Frye con su Anatomía de la crítica? ¿No es lo que sugiere Domingo Miliani cuando dice que la “universalidad” es aspiración y necesidad de toda ciencia? Ironizó de paso en torno a la imposibilidad de una crítica literaria venezolana distinta de una colombiana o mexicana al referirse a lo que llamó “autoctonismo metodológico” “según el cual tendríamos que inventar un método latinoamericano o nacional para hacer crítica literaria”. Evidentemente el relativismo cultural no es una idea que él comparta, y en consecuencia, tanto como se ríe de quien piense en una medicina colombiana o en unas matemáticas brasileras, debe suponer que existe una ciencia y un conocimiento universales a los que se aspira y los cuales forman parte de los proyectos de la humanidad entendida como comunidad de aprendizaje. Afirma Miliani:
…lo colombiano, venezolano, argentino o mexicano de la crítica, será cuanto el discurso crítico producido en cada país, aporte al desarrollo internacional de esta disciplina.
Aunque rechaza el autoctonismo crítico no descubre, empero, la contradicción en la autoconciencia crítica del autor que vigila los procesos de creación de su obra y construye, obra tras obra, su propio sistema crítico. Acompañando en esta reflexión a Guillermo Sucre afirma que: “Una nueva literatura impuso una autocrítica metodológica”. Cabe preguntarse, si el sistema crítico intuido por Sucre, por ejemplo, en la obra de López Velarde, es pasible de convertirse en modelo y norma de una particular escuela literaria, o es sólo un conjunto coherente de rasgos cuya unidad entrevista permanece aislada de un contexto mayor y del cual en principio, no necesitó para existir. Si esto último, pienso que un libro como La máscara, la transparencia no podría existir, ni presumir de unidad o coherencia alguna, deviniendo la crítica un habitante más del Tlön borgeano.
¿Por qué es más fácil pensar en un sistema propio pero compartido por otros según algunos criterios cronológicos subyacentes o implícitos? ¿No se llega a la escuela o a la tendencia estética por una vía que asciende y se inicia en el sujeto creador? ¿No es propio de la modernidad el sujeto escindido, solo, aislado en una multitud de semejantes? ¿Lo pretendidamente ahistórico no se recarga de historicidad? Se cierra el círculo y la pregunta sigue.
Por lo pronto, se puede adelantar en términos más sencillos que existe en nuestro ámbito una actividad crítica que opone “la investigación rigurosa, la valoración analítica más penetrante” al “reseñismo impresionista”. Y que aunque carecemos de un sistema crítico total (que explique las obras que existen y las que vendrán), logramos sin embargo visiones de conjunto que nos permiten clasificar obras y autores en campos más o menos estables y variablemente resistentes a las preguntas sobre su estatus y condición. En ello ha contribuido más la prensa y el periodismo literario que la crítica especializada que se practica en las academias, en rigor espacios de discusión en donde el sentido común suele ser controvertido.
En otras palabras, ¿se puede redefinir la situación de un Guillermo Meneses o de un Salvador Garmendia? ¿La categoría “intertextualidad” o aquella otra “hipertextualidad” son más -o menos- resistentes que “criollismo”, o más que aquella dupla insistente y sin duda vertebral “Civilización y Barbarie”? A pesar de la abundancia de detalles que ponen en entredicho académicamente hablando el hilo histórico de nuestro quehacer literario, ¿no terminamos apelando al sentido común que nos regala una visión de conjunto, tranquilizadora por demás, de Rómulo Gallegos o Vicente Gerbasi?
La academia venezolana no tiene, es sabido, una capacidad ampliada, flexible y dinámica de incorporación de obras a su canon. En efecto, una revisión somera descubre la repetición de autores, temas y tópicos, actitud que parece salvaguardar principios tácitos o al menos, que alejan la complicación y la disipan. Por otro lado, ¿no ofrece el canon y el cuerpo de las obras de nuestra literatura, una imagen ya definida y estable? No creo que se pueda dudar de la calidad novelística de Arturo Úslar Pietri y salir indemne. La experiencia me confirma que hay cosas que no se deben decir porque el “sentido común” (académico universitario) ha echado sus bases sobre un terreno que no admite rezongos. En nuestra academia no abundan las preguntas sino las aserciones, y el gusto por la polémica, sana y generadora de audaces preguntas, ha sido olvidada. Un intento poco prolífico acaso por fugaz, y que provocó en su momento ciertas sacudidas fue el practicado por el poeta Luis Moreno Villamediana, quien rozó con una prosa cáustica –nada común, por cierto- a ese tótem del espectro poético venezolano que es Rafael Cadenas. Nuestra academia, en definitiva, se solaza en el mito, en verdades solidificadas por un silencio inercial.
Crisis del Proyecto Nacional (QUINTA Y ÚLTIMA PARTE)
Germán Carrera Damas habla de un único momento -fuera de los anteriores al período llamado republicano- en el que se enunció una alternativa al Proyecto Nacional:
Me refiero al manifiesto del Partido Comunista de Venezuela, en 1931. El documento se denomina: "La lucha por el pan y la tierra". En él se comienza por advertir que existe una unidad básica de la clase dominante (…)"
El 27 de febrero se conmovió nuevamente el reposo general, y la farsa de la estabilidad política, ejemplo y modelo para América Latina, se destruyó. Ocurrió una imprevisible e indeseada "irrupción popular", la plebe:
…tan en extremo plebe -escribió Carlos Sigüenza y Góngora-, que sólo ella lo puede ser de la que se reputare la más infame, y lo es de todas las plebes, por componerse de indios, de negros, criollos y bozales de diferentes naciones, de chinos, de mulatos, de moriscos, de mestizos, de zambaigos, de lobos y también de españoles que, en declarándose zaramullos (que es lo mismo que pícaros, chulos y arrebatacapas) y degenerando de sus obligaciones, son los peores entre tan ruin canalla.
La plebe, decíamos, disturbando el sueño intelectual de los Baralt, de los Pietri, la misma plebe, compuesta por desdentados con su bollito de pan y su carterita de ron, reclamando pan y tierras. El mismo grito popular y la misma esperanza.
Estos acontecimientos [explica Fernando Coronil sobre los hechos del 27 de febrero] marcaron una crisis del proyecto populista que había definido la relación entre pueblo y Estado desde 1936. Con el giro hacia las políticas de libre mercado y el desmantelamiento del desarrollismo populista, el discurso dominante comenzó a presentar al pueblo no ya como el virtuoso cimiento de la democracia, sino como una masa turbulenta y parásita a la que el Estado tenía que disciplinar y el mercado tornar productiva.
A la par de un proyecto nacional de los letrados, discurre y de pronto salta al escenario, se hace visible, con lo que tiene, a lo plebeyo, el grito de los hambrientos y los desposeídos, gritando en consignas lo que apenas si alcanza al papel, soporte y medio, y a veces único fin, monopolizado por los letrados. "Al hojear la historia colonial -escribe Úslar- de Venezuela el personaje con quien se tropieza con más frecuencia es el insurgente". Una insurgencia soterrada o activa, la de los negros contra gobernadores, encomenderos y misioneros, la de los caciques -"los primeros insurgentes" -, la de los criollos de la clase alta que será "revolución y tendrá una ideología que será republicana, racionalista, igualitaria y enciclopedista" en fin, una insurgencia que, venga de donde venga, "nutrirá el caudal de la identidad criolla y de la voluntad de independencia" y a la que debemos sumar, en honor a la verdad, la identidad de las culturas no letradas e históricamente fuera del reparto de tierras y sin voz ni voto en la construcción de un país que creció sin reconocerlos, y cuyos intelectuales más preclaros, han construido esencialmente como incapaces de acciones responsables, debido a una suerte de falla de nacimiento que los condiciona para vivir bajo la dominación aunque ansíen una libertad simbólica representada en una gesta de independencia que, a ciencia cierta, no pueden sentir suya porque sencillamente no lo era.
La suya, su propia guerra, les ha sido escamoteada y negada, amén de menospreciada y tergiversada. En esa visión intervino denodadamente y sin lugar a dudas, Arturo Úslar Pietri, en cuyo libro acaso más conocido, Las Lanzas Coloradas, se afirman buena parte de las conclusiones aquí sostenidas con respecto a la falla de origen del latinoamericano, un ser aluvional y sin destino concreto, amante de una libertad abstracta, envuelto en una guerra absurda, enfrentado a una "máquina guerrera", Boves, surgido como un torrencial de muerte de las estepas de la nada. Finalmente, nace muerta una nación sobre las cenizas de un error histórico, que no cesa de reclamar acciones heroicas, mesiánicas, en pos de una igualdad irreal e imposible. La nación imposible y un destino incierto, se suman a la "angustia ontológica del criollo", que al ser tantas cosas a nada se parece y a ninguna parte se dirige.
En varias oportunidades Úslar invoca un destino promisorio, sólo que eso acaecerá cuando tal angustia se haya convertido en afirmación, vale decir, cuando el mestizaje se haya concretado (fraguado) hasta el punto de haber borrado los vestigios de la mescolanza, y cuando cumplido un largo proceso de combinaciones, la mezcla sea homogénea y no manifieste visible e interiormente la memoria de la diversidad que le dio origen. Mientras esta memoria de la diversidad continúe, persistirán las gestas libertarias de indios, negros y criollos. Por demás, intenta Úslar reescribir la gesta independentista de los criollos como la única, además que sería la que fusionó (más bien, integró) en un solo proyecto histórico las peleas separadas de pardos, esclavos e indios. Varias corrientes de insurgencia existieron y se encontraron, como amigos y como enemigos, en un vasto escenario guerrero, pero la historia de la fusión se torna sospechosa porque se trata, en definitiva, de la versión de los letrados que han construido la historia oficial de Venezuela. Otra cosa sería, y otra cosa pensáramos, amén que otras investigaciones y respuestas se encontraran, si estudiásemos por separado pero necesariamente en relación y de acuerdo a intereses propios y particulares, las distintas guerras: la de los negros, la de los indios, la de los pardos y, por qué no, la de los criollos, despojada ésta última de su carácter mesiánico e integrador y en conflicto -como de hecho lo estaba- con los otros factores en pugna. Esto sin lugar a dudas incidiría en la nomenclatura, en la periodificación, en la lectura tradicionalista de la historia de Venezuela, e iría mucho más allá de las tentativas de Úslar Pietri y de Rafael Fauquié de escribir una historia menos militar (menos ruidosa) y más civil, acaso más humana.
Sin desmerecer estas inquietudes, por demás válidas, sería mucho más exigente, más difícil y más estimulante, la escritura de la historia de Venezuela desde ópticas no controladas por la historiografía oficial, vale decir, desde la mirada de los desposeídos, de los marginados, de los excluidos, la construcción de la gesta emancipadora (que no ha concluido y que nada pide de la sentencia de Fukuyama) de los sin historia, sin héroes y sin memoria escrita de Venezuela. Y no sólo escribir la historia desde esa mirada resulta exigente, sino mirar desde ahí, desde esas zonas sin poder, desde las márgenes del sentido oficial, casi desde las fronteras de lo irreal o irrazonable, también desde las fronteras del discurso escrito, desde la crítica, pues, de la escritura, es decir, desde la escritura fuera del poder.
Sería estimulante también acompañar a Úslar cuando escribió que "Valdría la pena estudiar la suerte del concepto de razón en el mundo de "la gana". Un "racionalismo a la hispanoamericana" que se "convierte en una actitud crítica y agresiva contra el viejo orden", y tendríamos que decir, contra todo orden impuesto, del color que sea; además, que también iríamos más allá porque no tendría el matiz que él le dio en su obra al concepto hispanoamericano, heredero díscolo de la escolástica y del romanticismo español, del pensamiento Occidental vía España, sino que se ampliaría con los modos de conocer y comprender el mundo de las culturas originales sobrevivientes, y de las formas de conocimiento que también han sobrevivido al mestizaje y al sincretismo entendidos como tabla rasa, formas más o menos uniformes de la cultura latinoamericana integradas al saber occidental. Iríamos, también, más allá, en tanto estas formas de conocer el mundo que entran en contradicción con el saber convencional, y que han intentado desplazar, relegar y restringir al inane campo de la tradición, se ofrecerían como formas alternas a ese saber controlado por el poder, amén que se intentaría la gesta heroica e histórica de subvertir el orden del conocimiento occidental para oponerle en igualdad de condiciones una cosmovisión otra, distinta, enfrentada incluso a la del propio Úslar, porque esta raíz para una nueva episteme no reconocería en la expansión de Occidente a (lo que es hoy) América uno de sus tantos avatares, sino precisamente la continuación aquende los mares de un modelo de civilización que ha entendido como bárbaros e infieles a los otros, vale decir, a todos aquellos pueblos y naciones no occidentales y que de una u otra manera han resistido el avance de la occidentalización.
Es también ir más allá de la concepción de barbarie que Úslar, con apreciable audacia, afirmaba que era "la tradición del alma criolla": "Una muy caracterizada manera de entender la religión, el gobierno, la moral, la vida, la riqueza, el trato social y la felicidad". Entendía Úslar perfectamente que había que encontrar en la barbarie americana virtudes e ideales "para construir sobre ellos las condiciones de la estabilidad social y del progreso político". Sabía, pues, que en esa comprensión se fundaba la paz, pero si bien hacía suya, como criollo, la frase pedagógica del gaucho "Hacete duro, muchacho", y reconocía en ella un modo de resistencia, no veía nada clara la raíz del problema. Un yo claro y meridiano veía, un poco turbado pero sin duda en estado de fascinación, el despliegue del bárbaro, pero era allí justamente donde estaba el error: seguía viendo al bárbaro afuera, externo al yo. De algún modo el intelectual estaba a salvo de las arremetidas furiosas de las sombras. En un momento de arrebato escribió: "El hombre que sabe colocarse detrás de [la muralla de libros] sabe que las flechas del mundo no lo pueden alcanzar. Es entonces cuando la biblioteca se torna torre y refugio…". Se sabía dividido, que en su ser había otro, que era ingobernable, haciendo de su cuerpo una metáfora del país. Un país criollo asaeteado por huestes de violencia y muerte, que antes de la destrucción total debían ser encauzadas y dirigidas por una elite comprensiva, sabia, dueña y señora del destino de todos. Un país criollo, a la cabeza una elite madura y segura de sí misma, consciente de su pasado histórico, afirmada en su singularidad, domeñadora satisfecha del brioso caballo de la barbarie.
No era sólo, como bien lo entendió, la pugna entre "Civilización y Barbarie", entendía que se trataba de la inserción del problemático ser del criollo en el modelo de civilización producto del implante de la cultura española en "el nuevo mundo", en circunstancias y realidades propias, que exigían una suerte de reingeniería del modelo de civilización occidental. Úslar asumía que las dificultades en el proyecto se derivaban de las taras que arrastraba el ser criollo, el que de pronto, sin orden ni concierto, aparecía trasmutado en un ser inestable, antojadizo, impredecible. Se quejaba entonces del carácter aluvional del criollo, y lo que en algunos ensayos era un privilegio en otros no lo era tanto, hasta el punto de que podemos afirmar que el ser criollo en Úslar opera como una suerte de fármaco: cura y mata.
Si la historia la escribe desde la gesta íntima y externa del criollo, le faltará una buena parte de la ecuación que podría develar el alma de los pueblos y naciones que conforman lo que se llama América Latina. Es una visión unilateral y parcial la suya, que sólo capta los pormenores y accidentes del criollo, faltan el indio y el negro. Faltan además, todos los excluidos, todos los anónimos, la plebe, la canalla. Falta, sobre todo, escribir desde ese otro lugar donde hablan los que no han tenido voz, y dejar de afirmar como si se tratara de un mantra que no nos comprendemos y que nuestra tragedia es esta irresoluta angustia del criollo, que se debate entre el ser y el no ser.
Una Historia más comprensiva se hiciera eco de todas las voces, incluso las del criollo que ha tenido, como el pardo, el indio y el esclavo, su participación en la historia. Esta, por demás, sería más comprensible, muchos momentos se despejarían, ciertas zonas aparecerían más claras si en el concierto de los hechos se precisara la actuación de todos los actores y si dejaran de importar sólo aquellos hechos y actores que contribuyen o atrasan la conformación indetenible e irreversible (de "trampa sin salida", habló Carrera Damas) del Estado Liberal. Qué piensa el campesino, el indígena, el que vive lejos de la ciudad y de los centros de poder, qué representaciones e ideas se hace del país y del mundo. Cómo habla y qué ve cuando no hablan ni ven por él los aparatos de poder. Esa historia, creo yo, está por escribirse. De una "historia sumergida" nos habló Arturo Úslar Pietri que "no pocas veces es más poderosa y activa que la visible y que permite conocer muchas de las peculiaridades de la vida venezolana…"
Tomar el papel (protagónico) viene de tomar la palabra. Pero cuando el "pueblo" toma la palabra (oral y escrita), entonces los detentadores de siempre de la palabra, los letrados, acometen en improperios, en descalificaciones, en visiones pesimistas que promueven e invitan a la lamentación colectiva.
Acaso la más sostenida representación del país como de un completo desastre (totalmente suya -aunque la repitió de una y mil maneras- podría haber sido la frase de Miranda "Bochinche, este país es puro bochinche"-) la tuvo hasta el final Arturo Úslar Pietri, quien incluso afirma con miopía supina que no nos podemos comparar, en punto a orden y visión de futuro, con un país como Colombia. Fue un desastre la Guerra de Independencia, la Guerra Federal, la llegada del petróleo, la caída de Medina Angarita. Desde entonces no ha cesado, y antes que amainar entró en una suerte de paroxismo del desastre con la llegada al poder de Hugo Chávez Frías:
Yo no soy optimista, soy muy pesimista, es que uno no ve qué puede pasar en Venezuela (…) No hay partidos políticos, los aparentes dirigentes que hay son una gente de muy segundo orden, estamos muy corrompidos (…) La educación es un desastre, la política espantosa, no hay debate, el país está sin rumbo, sin destino, ni clase dirigente, hay aventurero, pícaros, gente que tira la parada (…) Lo trágico es el nivel de la gente que nos gobierna. Yo oía a Chávez el domingo, qué cantidad de disparates dijo y con qué autosuficiencia, con qué arrogancia. Este es un país muy infortunado. Era muy difícil que aquí las cosas hubieran pasado de otra manera, porque este fue siempre un país muy pobre y muy atrasado, aislado, lleno de inestabilidad, de golpes de Estado, de eso que llaman revoluciones (…)
Hubiese sido necesario preguntarle, como lo hizo hablando de Andrés Bello, de Baralt, de Fermín Toro, lamentando sus suertes de desterrados: "¿Por qué no hallaban patria estos hombres de pensamiento?". Aproximándose a una respuesta, se dijo: "…Sin duda muchos de esos intelectuales pecaban de demasiado intelectuales", y más adelante, con más acierto, afirmó: "Hubiera sido menester que el hombre de pensamiento hubiera tratado de hacer adecuado su pensar a las necesidades del país". Finalmente, condescendiente, afirma, errando de nuevo el camino:
"Cuando se mira desde este ángulo la cuestión, comienza a parecer que no toda la culpa fue del país como conjunto bárbaro, sino que gran parte de ella recae sobre los hombres de pensamiento. No supieron ponerse a hacer todo lo que podían en el campo que les correspondía."
Para Úslar, las necesidades del país están estrechamente vinculadas a la distancia que hay de éstas a las satisfacciones que ofrece, más bien promete, el modelo de desarrollo occidental. Y el drama se inicia, precisamente, cuando el modelo que busca llevarse a cabo choca y se enfrenta a circunstancias adversas (alzamientos, revueltas, revoluciones), que se atraviesan en el camino. A menos que, como lo asomó Carrera Damas en su análisis de los programas de Zamora y Falcón, no haya contradicción substancial con respecto al patrón o modelo liberal, como lo confirma el programa electoral, aunque con diferencias fundamentales en lo que se refiere a la democratización del voto.
Pero volviendo al Úslar pesimista, puede resultar extraño que se asumiera así alguien que, hacía diez años atrás escribiera, tal vez con más mesura y no con el tono trágico del criollo que aró en el mar: "La verdad es que la visión pesimista es reciente" ó, "Sería un craso error pensar que la tentativa de los jóvenes oficiales (del 4 de febrero del 92) se ha producido en el vacío y, menos aún, que en alguna forma corresponda a una inclinación generalizada a favor de un gobierno autoritario" o esta otra, más vieja y más conmovedora: "La revolución, en el fondo es una nostalgia". Y como si a sí mismo se replicara, retrospectivamente, dijo:
También vinieron los positivistas con su diagnóstico pesimista a señalar las invencibles fatalidades de clima, raza y momento que nos condenaban a la barbarie o la impotencia para la vida civilizada. Pero un pueblo que por tanto tiempo y con tanta pasión se da a luchar en busca de promesas de justicia, de libertad y de igualdad, revela una fibra moral extraordinaria. Hubiera sido ciertamente más útil y productivo resignarse a lo posible, trabajar dentro de lo dado y renunciar a buscar las formas superiores de la dignidad humana, pero se escogió tenaz y mayoritariamente el riesgoso y difícil camino de lo absoluto.
Pero nuevamente se contradice, diez años después, cuando apuesta por lo práctico, siguiendo los perfiles del hombre sometido a las leyes del Mercado:
No es el momento para la proclamación de grandes principios hueros ni, muchos menos, de caudillismos mesiánicos. Estamos, afortunadamente, en los tiempos del hombre común y del sentido práctico y por lo tanto las soluciones que se propongan y los sacrificios que se tengan que hacer no han de tener ningún carácter heroico ni excepcional…
Pueblo y escritura: las paradojas del Poder Popular
El programa de gobierno popular no está hecho, no calza en horma de papel, en la ley y la legitimidad que propugna y promueve el proyecto liberal. No son los letrados -tal como los conocemos- los llamados a redactar el papel de trabajo. La voz y la acción del poder popular están haciendo, hacen, su historia.
Esos que piensan -escribió D. Hellinger- que los seguidores de Hugo Chávez lo abandonarán enteramente, pueden estar subestimando las profundas venas del resentimiento popular hacia la oligarquía. Si Chávez cayera, cualquier régimen subsiguiente encontrará difícil gobernar sin ejercer considerable represión, y alguna forma de guerra de guerrilla o civil, es casi inevitable. Sin embargo, las masas venezolanas no entregan al Presidente Chávez un cheque en blanco: "Si él no lo hace bien, nosotros lo reemplazaremos, igual que nosotros lo pusimos, dice uno de los vecinos del Padre Moreno en el barrio. La palabra clave en esta cita es "nosotros".
Como lo explica Carrera Damas, comentando los textos constitucionales redactados a partir de 1830: aunque la ley promulgara la libertad, ésta no se hacía efectiva porque de lo que se trataba era de apaciguar las verdaderas luchas por la libertad, por la igualdad y la justicia social: "la libertad es limitada -afirma-, es restringida por el ejercicio real del poder, pero desde el punto de vista de la formulación doctrinaria ya no hay por qué luchar". Pero acaso sea peor incluso, porque se trata más bien de una idea de libertad manejada y monopolizada a su antojo y real criterio por la clase dominante, esto es, que se establece de manera unilateral lo que se entenderá como libertad, y quien no lo entendiere así, pues atenta contra la "estabilidad" del régimen que dispone y reglamenta dicha libertad. Así lo explica Carrera Damas, cuando trata sobre las medidas y acuerdos de los letrados para garantizar el orden y el poder a raíz de la caída de la Primera República, al fundar "la necesidad de un poder fuerte y centralizado, calificado de dictatorial o no, capaz de asegurar la dirección uniforme de la guerra al mismo tiempo que de apartar cualquier influencia de los sectores populares en las cuestiones del Estado". Dicho más claramente: "Las formas provisionales de gobierno, propuestas por los letrados, entendían garantizar la libertad en sentido jurídico-constitucional, respondiendo de esta manera a los intereses de las clases usufructuarias del Estado", y con respecto a la lucha por la libertad de los esclavos, reaccionaron en contra de lo que consideraban "extralimitaciones en el ejercicio de la libertad".
Comenzaba la creación del "Estado del disimulo", como lo llamó acertadamente José Ignacio Cabrujas. Un edificio retórico (que "al carecer de torrentes de dinero proveniente del petróleo sólo podía disimilar su disimulo”, que no aguantó más y se vino abajo en 1989: "Después de 30 años de estabilidad gracias a los ingresos petroleros y el control de los sectores populares a través de los partidos, creían que el pueblo era incapaz de realizar acciones independientes". Vale decir, acciones fuera de la letra, al margen y en contra corriente del discurso oficial, del proyecto liberal, de la Democracia Representativa -exáctamente hoy- en franca expansión imperialista con el rótulo de "Soberanía Democrática"; al margen, en fin, de las mil y una formas del Poder.
Bibliografía
Arráiz L. Rafael. Arturo Úslar Pietri. Ajuste de cuentas. Los Libros de El Nacional, 2001
Briceño G., José M. América Latina en el Mundo. Ediciones del Gobierno del Estado Lara. Fundacultura. 1995
Brito F. Figueroa. Tiempo de Ezequiel Zamora. cuba Tomos I y II. Biblioteca Familiar.
Britto G., Luis. La máscara del Poder. Alfadil/Trópicos. Caracas, 1988
______El poder sin la máscara. Alfadil/Trópicos. Caracas, 1989
Carrera D., Germán. Una nación llamada Venezuela. Monte Ávila, 1997
______Historia contemporánea de Venezuela. UCV. Ediciones de la Biblioteca. Caracas, 1977
______Tres temas de historia. UCV. Ediciones de la Biblioteca, 1978
Coronil, Fernando. El Estado mágico. S/F [material fotocopiado
Delahaye, Olivier. Políticas de tierras de Venezuela en el siglo XX. Fondo Editorial Trópicos. Caracas, 2001
Fauquié, Rafael. El silencio, el ruido, la memoria. Alfadil, 1991
Ferraroti, Franco. La historia y lo cotidiano. Península, Barcelona. 1991
Hellinger, Daniel. "Tercer mundismo y chavismo". En: Espacio Abierto. Vol. 12- Nº 1. Enero-marzo 2003 / pp 9-30
Lander, Edgardo. "Ciencias Sociales: saberes coloniales y eurocéntricos". En: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Editor: Edgardo Lander. UNESCO-FACES-UCV. 2000
Lezama L., José. La expresión americana y otros ensayos. Arca, Montevideo. 1969
Montaldo, Graciela. Ficciones culturales y fábulas de identidad en América Latina. Beatriz Viterbo Editora. Argentina, Rosario. 1999
Ortega, Julio. Una poética del cambio. Biblioteca Ayacucho, 1991
Ortiz, Orlando. La violencia en México. Diógenes, S. A. México, 1971
Parra, Teresa de la. Ifigenia. (Tomo I y II). Monte Ávila, 1986
Rama, Ángel. La crítica de la cultura en América Latina. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1985
Rescher, Nicholas. Los límites de la ciencia. Tecnos. Madrid, 1994
Saavedra, Guillermo. Cuentos de historia argentina. Alfaguara. Argentina, 1998.
Sotelo, Clara. "El testimonio: alternativa de narrar y de hacer historia". En: Texto y contexto 28. Septiembre - diciembre, 1995. 67-97
Polanco A., Tomás. Francisco de Miranda ¿Don Juan o Don Quijote? Hurope, S. L., España. Caracas, 1996
Úslar Pietri, Arturo. Pizarrón. Caracas-Madrid, Edime, 1955.
______Obras selectas. Caracas-Madrid, Edime, 1956.
______Fachas, Fechas y Fichas. Caracas, Editorial Ateneo de Caracas, 1982.
______Medio milenio de Venezuela. Monte Ávila, 1992a
______Golpe y Estado en Venezuela. Norma, 1992b
______Del Cerro de Plata a los caminos extraviados. Norma. Colombia, 1994
Vallenilla L., Laureano. Cesarismo democrático. Caracas, Los Libros de El Nacional, 1999.
EL CURRÍCULUM DE ROSALES
Hay que advertir, dado que muchos se afincan en la precariedad del currículum de Manuel Rosales, que su incapacidad e imposibilidad para gobernar a los venezolanos no reside ahí. Al insistir en su analfabetismo universitario estamos dando a entender por defecto que existe una preparación académica necesaria y suficiente para gobernar un país. Al reclamar con vehemencia su escasez en Manuel, afirmamos de paso estar de acuerdo con el status quo que creó para sí las universidades, que diseñó sus pensum y su impertinencia, su fábrica de prestigio y de desempleo. Si es por ahí, Benjamín Rausseo es Licenciado.
Las universidades no sólo de nuestro país sino del mundo adolecen de una desconexión cuasi absoluta de la realidad sociohistórica y cultural de los países donde su racional irracionalidad funciona. Son entes abstractos desasidos de contextos y sujetos sociales. En ellas se “ha formado”, sin embargo, la élite, que ha construido su poder precisamente haciendo suyo un conocimiento descontextualizado (las llamadas estrategias macroeconómicas son un buen ejemplo, como lo son también el fin de la historia, la globalización o el sofisma de la “sociedad de la información”), que se impone a las mayorías, casi siempre –o siempre- de manera violenta –quiero decir no sólo por las armas, sino a través y fundamentalmente de los medios, la publicidad, la moda.
¿Dónde –si no en las Universidades y en los ambientes académicos más “prestigisos”- aprendieron unos que las fórmulas del FMI o los TLC son beneficiosas para los intereses de las corporaciones y dónde aprendieron otros que había que convencer al pueblo de que eran un mal necesario, con frases como aquella de “estamos mal pero vamos bien”?
Poco importa entonces la formación académica de nuestros políticos si responden a pies juntillas a intereses siempre elitescos, consagradores de la desigualdad y justificadores de la injusticia. Además, si no fueran estos los intereses universitarios y fueran otras las universidades, tampoco sus egresados quedarían autorizados para ejercer dirección, poder alguno. Personalmente pienso que lo menos que podemos hacer por nuestras universidades es mirarlas con un profundo recelo.
Así las cosas, me parece desafortunado dedicarnos a criticar la indigencia académica de Rosales, toda vez que eso supone que si fuera un profesional postgraduado en LUZ, UCV o Harvard tal vez fuera otra cosa. Nada más falso. El analfabetismo de Rosales nada tiene que ver con su formación académica, sino con el cinismo de quien no le importa vender a la Patria y poner en peligro la paz de nuestros hijos mientras ríe y diseña golpes más arteros.
Ese señor no merece ni puede gobernar porque sencillamente está aliado a los intereses más antipatrióticos de los que podamos tener noticias. Es un aliado contumaz del gobierno de los Estados Unidos y en su gestión y con su beneplácito y beneficio (de lo que dan cuentas sus haciendas particulares –el descaro y el disfraz lo llevó a levantar banderas contra el latifundio en el Zulia-) las redes de paramilitares y delitos fronterizos se han arraigado. Es un enemigo además de un impostor y un demagogo.
Lo más reciente, su primera y más ruidosa promesa –la misma de Borges y pre-anunciada por Petkof- es una bofetada a la dignidad del pueblo venezolano. Supone Manuel algo perverso: votarán por él porque a nadie le gusta trabajar; además le creerán cuando les diga que les va a pagar la vagancia.
Apela Manuel al análisis inmediatista de quienes creen que la riqueza petrolera se sostendrá indefinidamente. Se hace eco de la guerra mediática que plantea que las alianzas petroleras latinoamericanas y mundiales que ha propiciado Chávez se reflejan en la pobreza de muchos venezolanos (cifras, por cierto, que los opositores torturan sobre la base de una realidad que niegan porque no aparece en sus medios). Apela a la individualidad y al egoísmo del primero yo y los demás que se jodan.
Pero en torno a su promesa hay otra perversidad: promete de antemano una mentira porque se la creerán los desesperados y los hambrientos, que son muchos, según sus cuentas, y porque no habrá medio de comunicación nacional –salvo VIVE, RNV, VTV- donde se advierta tamaña inmoralidad.
Manuel Rosales es una fabricación lenta y sostenida.
Muchos mitos se han venido tejiendo acerca y en torno de él y el tema Zulia.
Rosales es una buena carta de la CIA, una pieza dócil en el escenario electoral (y post-electoral, el que más les interesa). Le operó la nariz (el mismo bisturí retoca cada tanto su currículum, para tranquilidad de la llamada clase media, por cierto desclasada por el neoliberalismo) y le viene financiando un laborioso marketing.
Pero no debemos olvidar el final del juego: la acariciada balcanización de la zona. El juego que le gusta jugar al Imperio.
Por lo pronto Rosales será derrotado, pero su capital político crecerá y la CIA, quién lo duda, juega a futuro.
La guerra y el hambre: análisis falaz de la historia venezolana
Sostuvo Úslar Pietri que la raíz de la guerra era el hambre, la escasez. Con esta idea del hambre invita a reescribir la historia de Venezuela: "La guerra y la miseria andan juntas en la Venezuela del siglo XIX. Tienen los mismos territorios, las mismas horas, los mismos caminos y los mismos hombres".
Hay un camino de la guerra venezolana en el siglo XIX que no es otro que el camino que recorre el mapa de la escasez. Pasa de Falcón y Lara a los llanos. De las tierras más yermas y secas de Coro y Barquisimeto a la llanura seca y despoblada. De las tierras del chivo a las tierras de la carne salada. En el llano, la guerra se detiene y se prolonga. La correría llanera baja al Orinoco y sale a Oriente por Maturín y Barcelona. Poco se aventura a la cordillera inaccesible. A los valles centrales se entra por Tocuyito y por La Puerta. Ese es el camino que recorre la Independencia y que recorren las revueltas armadas del siglo XIX. El camino de los caudillos.
A poca producción, muchas guerras. Además, afirma que nunca fue Venezuela un país con abundancia de alimentos: "Apenas en tiempos del rey Carlos III abundaron la comida y los productos de la tierra en ciertas regiones y para ciertas clases sociales". Está clara la relación entre la guerra y la escasez, pero falta el nexo que permita comprender a qué se debía la poca producción. Úslar responde: se debe a la tierra, la tierra es pobre:
Vinieron entonces los técnicos extranjeros y venezolanos a examinar aquellas tierras de pan y de oro de Cecilio Acosta, y las encontraron deficientes, pobres y de malas condiciones. Eran escasas las tierras feraces, planas y de primera clase. Las más carecían de posibilidades de riego o estaban condenadas a desaparecer por la erosión. Los informes de Bennet y Vogt sobre los suelos venezolanos y el porvenir de su agricultura suenan como una trompeta apocalíptica.
Tenemos así, una secuencia más o menos lógica que explicaría la continuidad de "la guerra": hay guerra porque hay hambre, hay hambre porque hay poca producción, hay poca producción porque la tierra es pobre. El problema de la tierra y los campesinos no aparece en esta lógica un tanto fatalista. Incluso afirma que la enorme riqueza petrolera se sembró en escuelas de agricultura, en importación de semillas, en sementales y maquinarias modernas, en créditos a los cultivadores, "Y sin embargo la producción no ha aumentado". Según este parecer y razonar, de no ocurrir el milagro agrícola consistente en "modificar las condiciones adversas del medio físico y hacer que por medio del trabajo, los conocimientos y los capitales adecuados, [la tierra] produzca en remuneradora cosecha los alimentos que el pueblo venezolano necesita para no depender de nadie" no habrá paz en Venezuela. Por cierto, Úslar habló de soslayo de una época de abundancia, fue cuando la producción venezolana se articuló al mercado internacional a través de la Compañía Guipuzcoana. La guerra de independencia fracturaría el comercio internacional que no vino a restablecerse plenamente sino con la producción petrolera, luego de varios intentos fallidos durante el siglo XIX. Pero la producción petrolera y su riqueza súbita significaron un impacto muy fuerte para la endeble economía venezolana que, no acostumbrada a la vida productiva, prefirió vivir de las regalías, y en vez de sembrar el petróleo, pondría los cimientos de la Venezuela "fingida" que colapsaría en la década de los 80. Úslar coincide en este caso plenamente con Germán Carrera Damas y su tesis de la crisis de la sociedad implantada, cuando así explica el drama de los criollos para articularse al mercado mundial e ingresar con "voz propia" al Capitalismo internacional como parte de su proyecto político y económico Liberal y, a una escala mayor, para cumplir su parte en el proyecto de expansión imperial de los centros hegemónicos de Poder.
La tierra y el Poder
Poseer la tierra equivale a tener el Poder. Carrera Damas habla de "signos reales de desigualdad", "derivados de la función desempeñada por cada grupo social en el proceso económico de la Colonia", lo cual origina "la división en clases y se muestra con nitidez en la distribución de la propiedad de la riqueza fundamental de la sociedad colonial venezolana: la tierra". Olivier Delahaye lo dice también:
Estas propuestas [las democráticas liberales] se referían en particular, a la política de tierras, lo que puede ser considerado como normal en una sociedad donde el poder quedaba basado en la propiedad de la tierra (por ejemplo, esta fue una condición necesaria para participar en la elección del Presidente de la República, desde 1830 hasta la Guerra Federal.)
Los Valles de Aragua fueron ocupados por terratenientes que destruyeron a la población indígena y redujeron a los sobrevivientes a la producción conjunta con mano de obra esclava. Por su parte, los descendientes de los encomenderos monopolizaron las mejores tierras; la familia Bolívar era propietaria de las Vegas de San Mateo; El Conde Tovar y los Mier y Terán poseían tierras que se alargaban hasta donde llegaban la «vista y la imaginación»; en la Victoria, los terratenientes despojaron de sus tierras a los comunidades indígenas: Tucua, Tiquire, Guacamaya, La Curía y La Cumaca.
La independencia no modifica -afirma Brito Figueroa- la estructura de la propiedad territorial (…): los caudillos militares comparten el monopolio de la guerra con sus antiguos amos, y entre aquellos, José Antonio Páez deviene en uno de los más ricos terratenientes de la región, adquiriendo mediante la especulación con los «haberes de guerra», las propiedades del marqués de Casa León codiciadas por el mantuanaje caraqueño por la fertilidad del suelo y por la facilidades de riego.
Cuando Arturo Úslar Pietri trata el problema de la tenencia de la tierra afirma que, aunque se halla pensado en repartir la tierra entre los campesinos, aquello no habría de redundar en beneficios porque el problema no era solamente de propiedad "sino de mentalidad y actitud del campesino".
"No se reproduce la mentalidad del granjero de la Nueva Inglaterra con el mero hecho de darle la propiedad de una tierra al campesino latinoamericano y dotarlo de créditos, semillas y maquinarias. Con todo ello se ha fracasado muchas veces. El granjero de la Nueva Inglaterra, con su sentido laborioso y ahorrativo, con su individualismo celoso, es el producto de una herencia cultural distinta. De la tradición secular de la encomienda, de la mita, de la esclavitud y del sistema de la peonada. Su concepción del ahorro, del trabajo, de la riqueza y de la individualidad es diferente."
Nuevamente afirma Úslar que el sistema de injusticia social en el campo venezolano no tiene solución porque somos un país culturalmente aluvional, e incapaces por esta falla de nacimiento (incorregible, por demás) para el trabajo organizado y de altas miras. Nada más y nada menos que incapaces de alcanzar el desarrollo y progreso de, por ejemplo, los granjeros de Nueva Inglaterra, siguiendo aquí los consejos de un asesor norteamericano que proponía que "el Ministerio debería aspirar a una versión en pequeña escala de la finca familiar típica del Oeste Medio de los Estados Unidos" Afirma Úslar, por si fuera poco, que estamos acostumbrados culturalmente a los sistemas de explotación agraria, y que nuestra es la esclavitud. Por demás, cierto es que no se deben copiar modelos europeos, que es lo que critica en el ensayo citado, comentando el modelo de desarrollo "Alianza para el Progreso", pero una cosa es la copia de modelos y soluciones, en lo que estamos de acuerdo, y otra negar el fondo del problema, la tenencia desigual de la tierra y la lamentable situación del campesino, arguyendo que "el problema es más complejo" y que formas más justas y productivas de trabajo en el campo, no pueden darse porque no somos individualistas celosos, ni nos gusta ahorrar, y sobre todo, porque nuestra contextura cultural nos prepara para la esclavitud. En ese mismo ensayo llama a crear estrategias acordes con nuestras "verdaderas realidades", pero no es nuestra realidad la esclavitud, y es de un psicologismo tendencioso (no creo ni quiero creer que tenga alguna relación con las tesis de los que programan y planifican limpiezas étnicas) afirmar que la mezcla de sangres es una suerte de traba congénita, algo así como nuestro pecado de nacimiento, sino que lejos de ello, son nuestras las luchas contra la esclavitud y la discriminación, y en general, por ese ideal un poco abstracto y difícil de manejar que se llama libertad. Como el mismo Úslar lo refirió
Cualquiera que conozca suficientemente la historia de esa vasta comunidad de pueblos sabe que en muy pocos lugares se ha luchado tanto y desde tan temprano por la libertad y la justicia (…) Desde la época misma de la independencia, en muchos países latinoamericanos, surgieron de la guerra para ocupar las más elevadas posiciones políticas y sociales hombres de más humilde origen, hijos de peones y de esclavos.
Pero afirmar esto es sólo una parte de la verdad, lo cual equivale a escamotear la historia, porque si bien a sangre y fuego ascendieron y se igualaron social y económicamente a las castas coloniales que sobrevivieron al odio desatado contra los blancos, los ricos y los que sabían leer, las nuevas élites (el caso de Páez es ejemplar) reprodujeron domésticamente el sistema colonial de tenencia de la tierra, convirtiéndose en nuevos poderosos e indiscutidos terratenientes.
A Fidel Castro de Aquiles Nazoa
CUBA DE MARTI A FIDEL CASTRO
1961
FIDEL CASTRO EN EL DIA
(Regalo de cumpleaños,
19 de agosto de 1961)
Despierto frente al alba y su alegría
que a cuatro voces canta en cuatro mares
capitán de sinsontes y palmeras,
Fidel Castro inaugura el nuevo día.
Dejando va rumores de herrerí~
por campos, vegas y cañamelares
y levantando pueblos escolares
que lo saludan en la lejanía.
Con el atardecer, Fidel regresa
al libro digno y a la digna mesa
de quien ganó su estrella cotidiana.
y al volverse el crepúsculo amarillo,
Fidel se mete el sol en el bolsillo
y le dice a su pueblo: hasta mañana.
Aquiles Nazoa (Poeta venezolano)
El origen de la violencia: las Constituciones aéreas (TERCERA PARTE)
El pueblo y la política
La crisis actual que precede al nacimiento de nuevas formas de entender la política, tuvo su punto de inflexión a finales de la década de los ochenta, cuando precisamente el enmascaramiento cedió, y no pudo sostenerse por más tiempo la Venezuela "fingida" que denunció, y nadie escuchó, Arturo Úslar Pietri. Las bases del teatro se desplomaron. Distintas versiones de aquellos días nos muestran un estado de cosas donde lo primero que aparece es la fractura y el desbordamiento de lo que el imperio de la letra había contenido, domesticado, durante décadas:
"Hay una desconfianza total por el sistema judicial y la representación política. Para el país los cogollos no representan más que a ellos mismos" (Fausto Masó)
"Rebasamiento de partidos e instituciones (…) Nunca se había visto una separación tan clara entre el mundo de la política y el resto" (Carlos Blanco)
"La lección 27-Dos no es la explosión ni la violencia, sino la voluntad de participación. (…) Así como el pueblo sacudido en violencias ha hecho reflexionar mucho en estos treinta años a quienes tendrían ganas de volver a un régimen autoritario, de igual manera el recuerdo de la violencia de estos días puede hacer reflexionar a quienes creían que todo iba a resolverse en un combate teórico entre el estado omnipotente y la libre empresa salvadora. El 27-Dos recordó que hay un tercer hombre en el ring. Y su papel no es precisamente el de árbitro. (…) A lo plebeyo, a lo pobre, con gritos, palos y piedras, la sociedad civil mostró su presencia" (Manuel Caballero)
[Citas tomadas de El poder sin la máscara (1989), de Luis Britto García]
De que el pueblo cuando despierta del letargo "turba el reposo general" se quejó Rafael María Baralt, nostálgico de la Colonia:
"En medio de la severidad y opresión del sistema colonial, jamás se vieron las turbas hambrientas levantarse pidiendo pan a la sociedad, convertida en patrimonio de los poderosos: allí la ambiciones contenidas por el férreo valladar de un despotismo único, no se disputaron un poder vacilante y efímero, turbando el reposo general" (Rafael Fauquié)
El reposo general (que ahora lo traduce el letrado como gobernabilidad) es la estabilidad política aunque el régimen sea injusto, lo que pasa por ocultar la injusticia y utilizar los aparatos de producción ideológica para hacer más llevadera su condición al oprimido. Cuando Arturo Úslar Pietri se lamenta de la guerra de Independencia, lo hace porque suponía posible un tranquilo, político y consensuado disenso y finalmente una especie de ruptura y acuerdo diplomático con la casa metropolitana. Suponía posible un entendimiento civilizado en aras de la construcción de una moderna República. La guerra es un accidente, tal vez esperado, pero nunca deseado. A la guerra, es preferible la paz de la Colonia, período donde la nación venezolana se coció a fuego lento, y no con el arrebatamiento de la guerra. La continuidad real se lee y debe trazarse entonces, de la Colonia a la República, porque la Independencia fue tan sólo un relámpago, acaso el momento más alto y culminante de la historia patria, pero tan sólo un rayo, un momento casi suspendido del decurso histórico, que dejó sólo destrucción y muerte, un nostálgico esplendor. Los alzamientos, la irrupción popular contra los regímenes instituidos, son momentáneos sacudimientos en la dinámica del Poder, que se continúa y alimenta a sí mismo.
Bolívar y la Ciudad letrada
Hay una continuidad que no expone claramente Úslar Pietri, y es la que podemos llamar continuidad de la crisis de implantación de la cultura Occidental en América Latina especialmente, y en Venezuela, específicamente. De ella habla desde una sola perspectiva, esto es, hay crisis porque el proyecto occidentalizador se ve interrumpido por "transitorios" momentos de violencia. Sin embargo, no aparecen en el escenario, sino de manera dispersa y sin apuntar al objetivo, las causas de los levantamientos, que siguen siendo mutatis mutandi las mismas desde la Conquista hasta hoy. Es más, incluso sus móviles, su naturaleza y situación concretas, ralean en las páginas de la historia oficial, acaso porque sólo importa a la clase dominante, en función de su proyecto ideológico, el "ruido" de la gesta emancipadora y no, por ejemplo, los de la Guerra Federal, conflicto que precisamente en algunos momentos cruciales fue contra sus intereses.
Simón Bolívar entendió la complejidad del conflicto, y "orquestó" (Germán Carrera Damas) en la misma lucha, para hacer frente a un mismo enemigo, los intereses de los mantuanos, de los pardos y los esclavos. Pero ni Carrera Damas, ni Arturo Úslar Pietri, refieren con exactitud uno de los puntos donde los intereses convergían y en donde se daba un equilibrio en extremo frágil.
Es Laureano Vallenilla Lanz quien habla extensamente de "La Ley de Repartos" de 1817. "Convencido se hallaba Bolívar -explica- de los móviles que habían impulsado a los llaneros a pasarse a las banderas de la Independencia, después de la muerte de Boves…" La Ley no fue cumplida y "Más tarde el Congreso, compuesto por hombres que desconocían por completo el espíritu de los nómadas, adoptó el sistema de distribuirles certificados o vales, que los llaneros vieron con la mayor desconfianza." . Un simple papel no tenía significado alguno pues las tierras literalmente hablando no estaban en el papel, por lo que se debía hacer su entrega "en las propiedades mismas" como lo había ordenado el Libertador.
Libertada Venezuela definitivamente en Carabobo, los llaneros reclamaban perentoriamente sus haberes. Los vales se ofrecían al 10 por cierto sin compradores y el Libertador pedía que el Congreso se ocupara preferentemente de un asunto "cuyo aplazamiento podía causar graves trastornos…."
A la violación de la ley sucedió lo previsto por Bolívar:
Los llaneros se dieron de nuevo al robo y al pillaje, como lo venían practicando desde los tiempos coloniales, con la diferencia de que ahora podían disfrazar sus bárbaros impulsos proclamando principios políticos y "reformas" constitucionales. Ya nuestros nómadas habían entrado en la historia”
La Historia de Carrera Damas, como la de Arturo Úslar Pietri, es la de cómo la clase dominante se hizo del Poder, es la historia de sus angustias, derrotas y triunfos en un largo y accidentado devenir, plagado de crisis, desaciertos, futuros truncos. Es esa la gesta que les interesa, la que les vale la pena historiar. De los autores leídos, sólo Vallenilla Lanz atisba en esa grieta del poder de la clase dominante y describe a los pardos y esclavos enfrentados al imperio de la letra, nos refiere su impotencia, recelo y rebeldía ante los miembros de la ciudad letrada.
Es posible entender mejor la dimensión de la Ley de Repartos y la pertinencia histórica de ese gesto de Bolívar, acaso inspirado por una irrefrenable sed de justicia en beneficio de los desposeídos o bien, como afirman sus críticos, movido por el "terror a los pardos". Bolívar, en cualquier caso, enfrentando también a los letrados, exige les sean satisfechas a aquéllos sus prerrogativas, éstas sí concretas, las de tierras, y no las "aéreas", retóricas, afrancesadas, legalistas y en definitiva falsas, de libertad, fraternidad e igualdad.
Aunque la guerra sirvió de crisol para la igualación, para el ascenso y la conquista del poder de hombres de extracción popular, una vez ocurrida la emancipación, y en contubernio con la clase dominante heredera de la división de clases, los jefes militares y caudillos victoriosos convirtieron la República en un escenario de reacomodos y negociaciones que condujeron, por un lado, a la instauración del Estado liberal "como la única forma de organización política de la sociedad capaz de responder a las expectativas y aspiraciones de todos los sectores de esa sociedad" (Germán Carrera D.)Por otro, a la inestabilidad política producto del desencadenamiento incontrolado, de revueltas campesinas, levantamientos populares, en buena medida el producto de la imposibilidad de hacer real la libertad y la igualdad que ofrecían las leyes:
A la condición genérica de vasallos del Rey, suerte de rasero teórico de la sociedad colonial, la va a suceder la de ciudadano, una categoría liberal cuyo significado verdadero será el reducir la desigualdad a su fundamento real: la propiedad [o sea, la tierra], y como tal se expresará en la consagración del principio igualitario en el orden constitucional republicano.
Vemos de esta manera cómo fue posible que el sector más radical de la naciente burguesía comercial y agraria empuñara la bandera de la igualdad, en el sentido de la abolición de los privilegios nominales, dando con ello cauce a la lucha prolongada de los pardos, manifestada en las conspiraciones previas a la declaración de independencia. Hizo papel de retrógrada y de retardataria la escasa nobleza y el sector de terratenientes esclavistas que reaccionaron durante la guerra ante los inesperados desarrollos de una igualación social teórica cuya implantación no impidió, sine embargo, el estallido violento aunque transitorio de la vieja luchas de los pardos por la igualdad. A esta lucha le tomará todavía mucho tiempo el destruir radicalmente las reliquias de los privilegios coloniales, actuando como fuerza definitiva en la implantación de la igualdad liberal burguesa. (Germán Carrera D)
Pero se equivoca Carrera Damas en dos cosas, primero, que el estallido no fue transitorio (de un "largo estado de guerra activa o latente, que predominará desde 1812 hasta 1903" habló Úslar Pietri. Segundo, y causa de la situación anterior, porque las "reliquias de los privilegios coloniales" no han sido borrados por la "implantación de la igualdad liberal burguesa" como ingenuamente lo afirma.
La tenencia de la tierra producto del latifundio, el poder de los viejos y nuevos terrófagos, la injusticia social y el enfeudamiento de las condiciones y relaciones de trabajo en el campo, amén del asesinato selectivo y sistemático de líderes campesinos, mas la apropiación grosera de las tierras "del Estado", a pesar de la bandera antilatifundio asumida hoy por latifundistas de vieja y nueva data, nos dicen de la continuidad histórica de un problema no resuelto, que no resolvió La Ley de Repartos de 1817, ni la de Manumisión de 1821, ni la libertad de Monagas, ni la Guerra Federal ni la Reforma Agraria. (Veremos, por cierto, qué sucede con la Ley de Tierras en vigencia, que ya dio para un golpe de estado en abril de 2002 y para una guerra antilatifundio a veces "encabezada" por reconocidos latifundistas en un clima de relativa calma política fruto de las victorias electorales del 15 de agosto de 2004 y las de alcaldes y gobernadores de noviembre del mismo año.)
Después de la referida ley de repartos y del contenido agrarista de la Revolución Federal -"Quienes, a comienzo de la Guerra Federal en 1858, siguen a Zamora creen en la posibilidad de un reparto equitativo de tierras…" (Rafael Fauquié), será en el año 1947 cuando aparecerá una nueva tentativa de justicia en el campo con la Reforma Agraria, "término que tenía un esencial contenido subversivo", y que de pronto "sin transición… pasa de los manifiestos y de los programas de acción política a un texto constitucional." (Germán Carrera D)
El Caudillo y la Ciudad letrada (SEGUNDA PARTE)
Arturo Úslar Pietri habla del caudillo como de un producto cultural latinoamericano, y al hacerlo repite las ideas de Laureano Vallenilla Lanz, cuando el autor del Cesarismo democrático afirma:
"En pueblos colocados en las primeras etapas de su desarrollo hay que tomar en cuenta, antes que todo, la influencia del medio físico y telúrico, y no puede ser igual la evolución en países de llanuras como Argentina, Uruguay y Venezuela, que en regiones montañosas como Colombia, Ecuador y Bolivia. Ya Sarmiento, sociólogo genial, sentó el principio, comprobado hasta la saciedad por la historia, de que "el caudillismo surgió de las patas de los caballos en los países de llanuras como Venezuela y la República Argentina; donde no hubo llanuras y caballos no hubo caudillos y las indiadas conservan su carácter y su secular fisonomía, como en Bolivia y Ecuador"
Pero el caudillo latinoamericano supone, también, el enfrentamiento radical con la ciudad letrada: «Mueran los blancos, los ricos y los que saben leer» era el grito de las hordas de Boves. Rafael Fauquié y Germán Carrera Damas, incitados por la curiosidad de la historia condicional, se preguntan sobre el destino de la causa de Boves de haber vivido más tiempo. Ambos concluyen que no hubiera prosperado, bien porque las condiciones en la metrópoli le eran adversas, bien, porque su particular modo de asumir la causa del Rey lo hubiese llevado -afirma Fauquié- "tarde o temprano -seguramente más temprano que tarde- a irreconciliables enfrentamientos con la Corona española". Sin embargo,
"El fantasma de Boves se proyecta a lo largo del futuro devenir de nuestra historia política. Periódicamente formas de desbandada social y de aventurerismo político o militar, recuerdan aquel momento de 1814, el año de Boves. Lo recordará, por ejemplo, la Guerra Federal, con sus inmensos contingentes de masas desorientadas que recorren el país tras el desgarrado ideal de utopía igualitaria que predica Ezequiel Zamora. El odio de clases desatado por Boves era el desvirtuado espejismo de una justicia social que parecía llegar en medio de un caos sangriento. Ese espejismo se ha repetido a lo largo de persistentes identificaciones entre las masas y algunos hombres que han hecho comprensibles para ellas irrenunciables ofertas de definitiva igualdad social" (Fauquié)
Lo cito extensamente por la conexiones que podemos trazar a partir de la idea del enfrentamiento oralidad-escritura, más exactamente oralidad-ciudad letrada, y la importancia que este enfrentamiento reviste a la hora de escribir la historia de Venezuela, plagada como lo dice Fauquié desde el título de su libro, de ruidos y silencios.
Son precisamente estos silencios los que hay que poblar de memoria, y es aquí cuando la oralidad (exactamente, la cosmovisión oral y, por otro lado, la escritura como crítica de la escritura, vale decir, como crítica al Poder) se convierte en su vehículo. Sostengo en este ensayo que la memoria oral, específicamente la memoria popular, abriga en su seno ansias de justicia y equidad, calificados a veces negativamente por Úslar Pietri de mesianismo e igualdad, aunque en un ensayo llegó a escribir que lo que provocó guerras tan largas y cruentas "no era sólo la proclamación de un dogma político sino una sed de justicia que en las formas más variadas y a veces ingenuas alcanzaba a todas las clases sociales". Sostengo que ha sido el pueblo -pardo, esclavo, mestizo- quien se ha opuesto una y otra vez al proyecto de nación de los criollos cuando se ha visto excluido y marginado, sin tierras y sin futuro.
El Caudillo y las Constituciones aéreas
La pugna del mestizo, el pardo, el indio y el negro, contra la ciudad letrada y sus funcionarios, es también el enfrentamiento nunca resuelto y la distancia nunca superada que hay de la realidad a las leyes, de la Constitución a la práctica cotidiana. Esta distancia entre la realidad y la ley la analizó con indudable perspicacia Laureano Vallenilla Lanz, y si bien en la caracterización de los fenómenos por él estudiados aparecen categorías y análisis que integran infelizmente las teorías de la biología con las de la sociología, salvando el escollo metodológico, que es también histórico, tenemos en su texto fundamental el desarrollo apasionado de un problema: la relación -distante y jerárquica- del Poder con el Pueblo. En esta distancia han participado los letrados, la han sabido necesaria para llevar a cabo sus proyectos de grupo, la han ocultado diciendo al pueblo que es libre. Con las leyes escritas garantizan y legitiman su poder y se curan en salud de la intromisión de elementos no deseados, entre otros: los provenientes de la oralidad; a saber: la polifonía y el diálogo, la carnavalización de los signos, la incontrolada producción simbólica. Todo ello dirigido a corroer la imagen hierática del Poder. El Poder se esconde tras la supuesta e impuesta legitimidad de las leyes; conduce al borde de la deslegitimación el "sentido común", impide la desregulación de las prácticas vindicativas, fomenta el orden escrito, la paz de papel:
En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el discurso aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático (…) dicho término [carisma] abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba 'legitimidad jurídica' (…) (Luis Britto García)
Pero la respuesta que dio Arturo Úslar Pietri a la tesis de la constitución efectiva estuvo llena de encono y fue propia de su condición de letrado y criollo, menos defensor a ultranza de las leyes escritas que de la constitucionalidad republicana y liberal. Los argumentos intentan ser lapidarios pero apelan a un algo fantasmal "la consciencia nacional" y a un algo todavía más irreal: "el ininterrumpido respeto y veneración a los principios políticos de libertad e igualdad". Es cierto que los caudillos al llegar al poder no arrojaban estos principios "de la letra de la ley", pero ello no ocurre porque constituyeran una suerte de base fundamental de la humanidad o de la civilización, sino debido en buena parte a un proyecto de nación frustrado por alianzas que reconfiguraban el escenario de la república liberal constitucionalista. Además, no era por el caudillo que las leyes no se cumplían, sino precisamente la irrupción del poder popular -desfigurado por la noción letrada del caudillo- la que reclamaba el cumplimiento no de la ley sino de la justicia.
Si el caudillo se erigía en jefe de una montonera, ésta era animada no por el carisma del caudillo sino insuflada por una sed de justicia que, circunstancialmente, podía ser mejor encauzada por el caudillo, el líder, el estratega. Por cierto, el caudillo Boves es representado en Las Lanzas Coloradas como una tormenta de muerte sin otro orden que el impulso y la ferocidad, y esa representación se ha querido acomodar a todos los otros. Más allá del hecho de que Boves arremetiera sin estrategia contra las filas enemigas (como los indios de los westerns del cine norteamericano), cosa que dudo, es comprensible que los letrados supongan que el caudillo sea incapaz de crear estrategias militares, propias éstas de generales alfabetas. Si el letrado articula palabras moduladas, el caudillo y sus huestes gritan. No obstante, las montoneras, como nunca lo pudo reconocer Úslar Pietri, no nacen de la nada ni el caudillo precede a la sed de justicia. Son las circunstancias, oscuras para el letrado, las que provocan la revuelta y generan el caudillo. Que su nombre sea el que permanezca es un problema de la cultura letrada, como también lo es que los individuos agrupados bajo el rótulo de montonera se borren hasta ser reconocidos con el populista nombre de "pueblo".
Reclamaba Úslar que nunca fueran enunciados los principios de esa "turbia constitución efectiva", y que fuera sentida y no escrita, mas es aquí precisamente donde aparece la noción de letrado enfrentada a lo oral, a una cosmovisión, a un modo de vida y de entender la cultura, la economía, la industria, la técnica, la escritura, la civilización y el Estado, la nación y sus gentes, pero también los valores, el arte, la literatura, el amor, la música, en fin, el mundo todo, de otra forma, distinta (irreducible a la mera noción psicologicista de "instinto" (1956: 1319) y en guerra siempre contra todo proyecto liberal constitucional, escrito y excluyente, discriminatorio y racista:
Pero frente al orden del instinto, tratando de gobernarlo y de superarlo, se levanta lo que podríamos llamar un orden de la reflexión. Que es precisamente el esfuerzo de la civilización.
Ese orden del instinto es universal. Si lo tomáramos como la única base para la organización de un orden humano tendríamos que borrar de la historia todas las civilizaciones. Sobre los instintos y el refranero universal podríamos levantar la más abyecta y degradante constitución efectiva para la Humanidad.
Caudillo y pueblo
Por un lado la distancia crea jerarquía y prestigio, pero también, permite la inversión de los signos. El pueblo en la cotidianidad destruye las formas -mejor, las formalidades- del Poder, de ahí que el Caudillo represente, finja y funja como destructor de las formas del Poder. Si un líder carismático destruye las formas entonces se asimila al pueblo que naturalmente las desprecia. Pero la historia una y otra vez ha demostrado que la alianza líder caudillesco-pueblo no es sólo "natural" y simbólica, ni mucho menos permanente. La historia insiste en revelar que el seguimiento al líder no ocurre sólo en virtud de su enmascaramiento, sino que depende del tenor de la máscara. El pueblo (en la cotidianidad, en el día a día) es directo y personal, necesita, pues, una máscara a la altura de esa condición. Y si no hay máscara de por medio, pues mejor. (Pienso que la máscara del líder zapatista es un buen ejemplo de enmascarado que intenta recuperar y mostrarse con su rostro verdadero.)











