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Archivos de: Julio 2006, 09

Conversar es hacer historia fuera

por joseleon71 @ Domingo, 09. Jul, 2006 - 05:33:23 pm

(Apuntes para una reflexión sobre las Historias de Vida)

En acto reconstructor, la historia -la poética y total: la valedera- une al pasado con el presente, convierte a recuerdos colectivos y tradiciones en soporte del presente y en vitalidad para el porvenir. La memoria de la historia -crítica, lúcida, subjetiva- sería tal vez el más adecuado puente para cruzar por sobre el abismo del silencio. La vía que clausuraría para siempre el ruido ensordecedor de los rituales patrióticos y el mutismo del olvido. Conclusión, en fin, de un largo monólogo de ruidos y de silencios; apertura de una nueva expresividad: la del diálogo del tiempo.
Rafael Fauquié. El silencio, el ruido, la memoria

La historia o el relato de vida acaece en la memoria. No se trata sólo de recuerdos, o de un hilo más o menos coherente de recuerdos; la memoria implica otros procesos, más complejos. Hay quienes recuerdan muchas cosas, otros que poco o casi nada, sin embargo, todos podrían construir un relato, una historia de vida porque la memoria no está hecha sólo de recuerdos. Me explico: la memoria no contiene recuerdos, les da forma. Podemos manejar muchos o pocos recuerdos, insisto, pero sin memoria de poco o nada servirían. Al no tener memoria los recuerdos se suceden unos tras otros, pero sin conexión, como fragmentos, o algo menos, como virutas que saltan y desaparecen. Los recuerdos que así nos asaltan pueden llegar incluso a borrarse. Sin conexión, los recuerdos no podrán formar jamás una trama, un tejido. Trama o tejido son metáforas que intentan explicar que los recuerdos, a través del cuerpo que les brinda la memoria, construyen un texto, un entramado de hechos, de circunstancias, anécdotas, historias, que son en definitiva lo que somos, lo que creemos ser y lo que manifestamos ser en nuestro en nuestro trato con los demás, con los otros. Nuestra vida, pues, no es tanto lo que haya acumulado en imágenes o recuerdos, sino la forma en que la refiero, vale decir, la forma en que la cuento. No se trata, tampoco, de explicar nuestra vida, o de sólo referirla, hay algo más: hacerla. Una historia de vida es, ciertamente, una vida. Como la cuento, así mi vida. Y no se trata de que el contenido sea en sí mismo interesante, cargado de aventuras, de hechos asombrosos o tristes. La más gris de las vidas, la más intrascendente, puede conformarse, adquirir forma o cuerpo, en, por la memoria. Para decirlo de nuevo y acaso más claramente, la memoria es la forma que adopta la narración. Menos que un archivo de recuerdos, hablamos de una suerte de tejedora de recuerdos, los cuales teje con un fin sin lugar a dudas estético. El habla y la memoria son aliadas del aire y de la música; su norte es la belleza. Nadie habla y menos cuenta su vida sin intención estética, desapegado de la noción de belleza que maneje, conozca o articule, consciente o inconscientemente. Pero sucede que la noción de belleza es también ideológica. En efecto, lo feo y lo bonito están construidos sobre la base de concepciones ideológicas. Nadie afecta calificar de feo o bonito un objeto cualquiera sin antes apelar a su archivo de nociones ideológicas, transmitidas a través de muy diversos canales, y fijados desde niño. Igualmente, nuestras vidas, comprensibles y manifiestas sólo a través del relato o la Historia de Vida, adquieren la forma que han formado previamente los canales ideológicos, -como si "nuestra historia" no fuera nuestra. Pueden ser nuestros los recuerdos, pero a la hora de articularse en un discurso que depende de la memoria, dejan de pertenecernos, en tanto y en cuanto se ajustan y adecuan a un marco ideológico que, como hemos dicho, dispone lo bello y lo feo, prefigura y previamente conforma la conciencia estética. Pero si "nuestra historia" termina no siendo nuestra, entonces sucede, para decirlo más claramente, que perdemos la vida. Sin historia de vida, vale decir, sin memoria, nuestra vida deja de pertenecernos, dejamos su dirección en manos "desconocidas", quedamos como sujetos -más bien objetos- al garete. Los recuerdos son nuestros cuando adquieren forma, es decir, cuando están tramados, entrelazados, tejidos en el cuerpo de nuestra memoria. Volvamos a decirlo: la memoria no es sólo un tejido de recuerdos, la memoria es el telar. El núcleo del asunto es, pues, el telar. Y aquí aparece una pregunta que considero capital: ¿cuándo es nuestro el telar, la memoria? Es nuestra cuando escapa, elude, critica, cuestiona, se distancia de la acción de los aparatos ideológicos que construyen la des-memoria colectiva. Si no tengo historia no tengo yo, y sin yo ni historia, no tengo comunidad, no tengo otro(s). Yo tengo otro (prójimo) cuando tengo yo. Esto lo saben los que manipulan los aparatos de formación ideológica (los mass media, o simplemente "medios"). Saben que si mi yo se desdibuja o pierde, quedo incapacitado para construirme a mí mismo y al otro. Sin yo no puedo hacerme a mí mismo ni puedo hacer al otro, de ahí que el sentido de comunidad, atacado por la desmemoria, tienda a desaparecer. Ahora bien, mi comunidad no son sólo los vecinos, es también mi familia inmediata o no, pero sobre todo, mi comunidad son mis ancestros, mis padres, mis abuelos. Los Mayores. Sin yo no puedo advertir y me es desconocida la humanidad toda.
He aquí la importancia de desarrollar en nuestras comunidades historias de vida. Lograr que los nuestros se apropien de sus recuerdos, hablen de sí, se cuenten, se hagan, sean. Y cuando lo hacemos, cuando participamos con ellos en su hacerse, al mismo tiempo nos hacemos a nosotros mismos, porque ellos son de algún modo también nosotros, y sus dolores, sus sueños, sus alegrías, sus esperanzas, también son nuestras. Tuyas, mías. De todos. Por eso, también, es sumamente necesario escucharlos con atención para ayudarlos y ayudarnos a encontrar nuestras memorias dispersas, como también ayudarlos y ayudarnos a construir nuestra memoria. Ir atrás, remontarse, es de algún modo tomarle el pulso al tiempo. Pero no se trata del tiempo histórico o cronológico, sino de eso que algunos llaman el "tempo". Ya tenemos muchos siglos de historia cronológica, de fechas, de lugares. Necesitamos una historia temporal, hecha de tiempo; mejor, una historia hecha de memoria. Nuestra historia no puede ser sólo documental, de archivo, de papel, necesitamos otra (oral), que logre iluminar los hilos, los nudos, la trama de nuestras vidas. En esa labor (labor telar) nos podemos encontrar haciendo precisamente esto: historias de vida. No entrevistando, sino conversando. No extrayendo, sino profundizando. No buscando, sino recreando. Un trabajo lento demasiado parecido al tiempo y a la vida misma. Y no necesitamos otra historia por mero capricho, es que la historia que conocemos -y que jamás podremos sentir propia- nos alejará siempre de la verdad y de la libertad, porque está concebida para facilitar, como cabeza de playa y caballo de Troya, la dominación, la constante, la múltiple, la incesante invasión. Sólo podremos resistir su avasallamiento si construimos y nos encontramos con nuestra memoria, vale decir, una y otra vez, con el telar de nuestros sueños y esperanzas, donde la vida de nuestros ancestros se comunica, se hace voz, conversa con nos-otros, se hace cuerpo en la comunidad. Construir nuestra historia pero cuajada en una forma nuestra de sentir y vivir el tiempo y el espacio nuestros. Y para dar con la forma (la narración), asistamos con pasión a un acto sencillo y profundamente humano: la conversación. Conversemos pues, y el hilo de nuestras vidas discurrirá, tal un ojo de agua que se convierte en río. En un patio o en la cocina. Tumbados en una hamaca o rodeando una taza de café.


 
 

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