A lo largo del siglo XX pero sobre todo en las tres últimas décadas, Venezuela acumuló un explosivo nivel de exclusión. Resultó más cómodo («mientras me hago rico») obviar los problemas hasta el límite -el cual siempre coincidió con una fiera represión-, que responder a las necesidades de la población. Sólo para mencionar algunos casos emblemáticos: recordemos que el cupo a la educación superior se solucionaba, por un lado, con educación privada (de pronto hubo un enjambre de universidades y tecnológicos, alimentados con capital proveniente del presupuesto nacional, que convirtió la educación en un tremendo negocio y la necesidad de educación en pábulo para la estafa), por otro, con descalificación o condena al limbo. La expresión que describe la situación de miles de bachilleres resulta una cruda metáfora: "población flotante". El empleo, por no hablar del desempleo, derivaba en informalidad o flexibilidad: dos palabras que aseguran la incertidumbre, la inseguridad social. El sistema de salud cristalizó un enunciado: "si no pagas te mueres". Incluso las cárceles, hechas para la mayoría en un estado taxativamente policiaco, eran insuficientes, y el hacinamiento y la inhumanidad, son todavía hoy el doloroso pan cotidiano.
El hecho es que el grueso de la población, ese 80% de excluidos que abona las estadísticas latinoamericanas, sencillamente no cabe en las estructuras del viejo aparato público, construido para recibir y atender a un número tolerable, exiguo de personas. No precisamente de incluidos o afortunados, sino los que convirtieron la espera en una forma de inercia y la desesperación en una de las tantas formas de humillación. Las oficinas del país con sus secretarias y todo recibían diligentemente a los que aceptaban desprenderse como algo natural de una siempre variable suma de dinero, lenitivo que aceitaba los trámites de cualquier procedimiento (desde títulos universitarios hasta licencias de conducir, pasando por el inefable certificado de salud) sin necesidad incluso de acudir al sitio de expedición. Una red de gestores (por utilizar la palabra correcta que sin duda es un eufemismo) operaba con total impunidad, agilizando, moviendo… después del toquecito (palabra de reciente ingrata recordación) se obtenía como por arte de magia la cédula, el pasaporte, el registro.
Estábamos ante un mundo de papel doblemente ficticio. Pero como las tuberías viejas, por las que apenas si circula el agua, estallan al recibir el impacto de un chorro generoso, así el cambio de un esquema de exclusión a uno de inclusión hace estallar las desgastadas estructuras, tornándolas inútiles. Imaginemos el viejo edificio de la Onidex, recibiendo, como lo hizo por largos años, seres adormilados desde muy tempranas horas (nunca se era el primero, así se durmiera en el sitio), con funcionarios destilando el aguasucia del desprecio, entregando los "números" bien entrada la mañana (y dejando pasar primero, recién bañado, recién llegado, al que les mojaba la mano), dando inicio a un viacrucis patente en los peldaños carcomidos por una rumorosa romería de millones de pasos… Imaginemos en este edificio, el cual nada hacía pensar que alguna vez pudiera ser otro, recibiendo el impacto de un plan de cedulación masivo. (Porque además, en este país, si se quiere incluir, todo ha de ser masivo).
Pues bien, ¿por qué a estas alturas un plan masivo de cedulación, fuera del antiguo edificio, a cielo abierto y en todas partes? Sencillamente porque en la Onidex era imposible sacarse la cédula, porque en el sistema de cosas que formaban parte de este país, era como imprescindible -evidencia refrendada por la violencia del Estado- carecer de cédula porque el indocumentado nada puede exigir, a ninguna parte puede ir, y si lo hacía o exigía era a riesgo de caer en las manos de la ley, sentida siempre como injusticia.
Y algo esencial, el indocumentado no vota. Claro, los niveles de abstención no se deben únicamente a la falta de cédula. Aparte de los abstencionistas clásicos, en gran medida actúan la marginación deliberada y sistemática del registro electoral y la inmoral colocación a conveniencia de los centros de votación. Por otra parte, además de todo pero producto al fin de la crisis en todos los órdenes de la vida nacional, se tenía la sensación de que votar, elegir a alguien como representante, no tenía ningún sentido, amén del hecho verificable de que aunque se votara no se elegía.
Yo mismo nunca voté sino hasta después del sacudonazo del 11 de abril. Yo mismo anduve cinco años sin portar un solo documento; no lo necesitaba porque yo no existía en ninguna parte, no estudiaba, no trabajaba, sólo yo sabía dónde estaba y qué país quería. Entonces no vivía en Venezuela (se trata de una metáfora porque apenas si he rozado Cúcuta), sino en un lugar adonde arribaban las excepciones, la belleza, el amor y la amistad. Un país sencillo y alegre de indocumentados y proscritos y, hablando etimológicamente, de idiotas e imbéciles.
Sólo ahora, cuando el país ha dado un vuelco, cuando la mesa está patas arriba, ha comenzado a quedar aquél país al descubierto. No me cabe duda de que estamos ante una revolución y construyendo un país distinto, un país de incluidos. Y los distintos planes y misiones, y la hormigueante organización y movilización a espaldas y de frente contra cualquier intento de normalización partidista (porque en Venezuela aprendimos a despreciar a los partidos, dicho sea esto de paso pero con todas sus letras) han puesto en evidencia para quien lo quiera ver, que este país creció para unos pocos en perjuicio de las mayorías, que creció encogido, paraíso de unos pocos sin nacionalidad al mismo tiempo que hábitat ideal para los vivos, para los que hicieron de la trampa, la tramoya y la picardía, un modo de vida. En fin, creció -si la palabra cabe- para quienes siempre tuvieron como escurrirse de la larga, lechosa, aguada madrugada en las colas de emergencia, en las salas de espera, en las oficinas de paredes negras. Las innumerables colas de la necesidad, repletas de hombres sin futuro, de ancianos tristes, pero sobre todo de mujeres con ojos grandes y niños en brazos. Construir los espacios de la inclusión y la dignidad, los edificios del nuevo estado; la salud, la educación, el trabajo del nuevo país, pasa por imaginar casas, escaleras, pasillos, salas de espera plurales, abiertas, ventiladas, alegres, ligeras, donde la población, la mayoría, todos, ejerzamos con plenitud de derechos y en un clima de algarabía, fervor y júbilo, nuestra soberanía.
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por joseleon71
@ Martes, 20. Jun, 2006 - 06:15:40 pm











