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Archivos de: Junio 2006, 17

SOBRE EL RETRASO DE LOS VUELOS

por joseleon71 @ Sábado, 17. Jun, 2006 - 12:33:35 am

La Vida puede llegar ahora, no sabemos
puede estar en Nebraska, en Estambul,
ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.

Eugenio Montejo. Tiempo Transfigurado.

La salud de la espera está concentrada en la nada.
César Chirinos. Mezclaje

¡Qué cantidad de muertos pululan en las salas de espera! Un vuelo retrasado se traduce en una cantidad variable de horas muertas, horas que en conjunto son una sola hora, un solo tiempo, sin pasado ni futuro, presente inextenso, profundo e inabarcable.
El que espera ¿sabe lo que espera? Veamos: espera la llegada siempre inminente del vuelo. Contempla los relojes de la sala, su propio reloj, compara las horas, rectifica la suya atendiendo a la que se ha erigido parcialmente en la hora oficial (¡nada más parcial que las horas!), con atención distraída alza y baja la cabeza, mira a su alrededor quizá para descubrir a un viejo conocido, o bien, a los viejos desconocidos, el mismo rostro invariable de la indiferencia, su propio rostro multiplicado. Los idiomas se confunden; mira su boleto una y otra vez, aprende y olvida vertiginosamente los datos, no se fija en nada, acaso en una persona atractiva, acaso en las pantallas de la televisión que parpadean en la vacua luminosidad de la sala. Espera. ¿Qué espera? La inminente salida del vuelo. La situación le pregunta y él responde: «espero la salida del avión».
Pero remontémonos a un momento antes, cuando aún no responde, antes de que suba hasta lo que sería su conciencia la respuesta, el momento antes en que no sabe exactamente qué es lo que hace en ese momento y en ese lugar extraño que las horas han hecho familiar, pero con esa familiaridad que no le confiere ninguna garantía. Se encuentra -su cuerpo lo sabe- en una zona de interferencia. Un paso transfigurado de la realidad. Un espacio no cotidiano, que se sugiere familiar pero cuya frialdad lo aleja y lo extraña. Es un extraño en un espacio que no le es propio. No se trata de un espacio hostil, pero no logra familiarizarse con él. Es un espacio cerrado y abierto. Frío y metálico. Nos hemos remontado a ese momento en que no espera nada ni sabe lo que hace en ese momento y en ese lugar. Todos los que recorren un itinerario habitual conocen ese momento en que detienen el auto en el estacionamiento de su residencia y descubren que lo hicieron de tal modo distraídos que serían incapaces de reconstruir los pormenores del viaje. En ese espacio y tiempo de la dilación se puede colar, por qué no, la locura, el sueño, la muerte. Se puede no regresar. El que espera en la sala de un aeropuerto la salida del vuelo retrasado, goza de la oportunidad de sentir conscientemente los estragos de la dilación. Digo conscientemente, aunque no estoy tan seguro de ello. En todo caso, la conciencia proviene de la extraña situación: extrañeza que irradia extrañeza. (La conciencia de la extrañeza se traduce en la frase: “esta situación es irreal”). La situación que comentamos ha sido elaborada por un azar sistemático que ordena los adelantos y los atrasos, que organiza los elementos tantos exteriores como interiores, que dispone, en fin, de las cosas y de los hombres. La situación es “consciente” porque ha sido elaborada previamente aunque el paciente no haya participado en su elaboración. (El azar es la memoria del mundo). El paciente es un extraño en la maquinaria anónima. Anonimia que provoca anonimia.
La sala de espera es un vientre, el feto –el paciente- no sabe que espera, su vuelo llegará tarde o temprano pero no sabe cuándo. Con este ejemplo bastante gráfico queda localizado nuestro punto de reflexión. El paciente interpelado por lo absoluto no sabe de dónde vino ni a dónde va ni qué hace en ese momento y en ese lugar. Es un extraño en un lugar extraño. Como desconoce el momento exacto de su partida, el tiempo interior se expande, se dilata. Un segundo es una hora, todas las horas. Su estar ahí es un instante que no pasa. Ve las horas desfilar detrás de los grandes ventanales, siente hambre, concurre periódicamente al sanitario. Pero todas estas operaciones, por estar encerradas, transcurren en un tiempo que no pasa. Lo cierto es que no puede romper el tiempo muerto... –perdería el vuelo. El paciente es el centro desorbitado de una esfera rígida. Puede perder la paciencia, pero su impaciencia no rompe los cristales, las horas no irrumpen en la sala. En el tiempo de la espera no hay horas, sabrá cuánto ha esperado cuando el vuelo se anuncie y sea despedido, mientras tanto, permanecerá impaciente pero contenido, intranquilo pero mucho menos hermoso que el tigre del zoo que frota su cuerpo en los barrotes de la jaula. Su única salida es la locura cuando la desesperación deja extendidos los amorosos brazos de la razón; o bien, el sueño plácido, vagamente agitado sobre el equipaje; o la muerte, la muerte súbita. El paciente que duerme o muere en la sala de espera simplemente desaparece; el loco, en cambio, es atado y expulsado ante la mirada atónita de los presentes que lo olvidarán con aletargada rapidez, como se olvida el airecillo que nos desordena el cabello. (La escena del loco será vertida en forma de “anécdota”, breve historia arrancada de cuajo del continuo -como lo fue el loco mismo-, y que no pide, para ser restituida, ningún enlace causal; basta la irrupción fortuita, la alegría del habla.) El tiempo y el espacio del loco es el mismo de la sala. El loco sólo transparentó de tal manera su constitución que permeó su entrada abrupta. La sala invadió su cuerpo, se hizo uno con la sala. La sala no es un lugar transitorio, no es un lugar de paso. Lo mismo el tiempo. El loco vive en un espacio-tiempo absoluto. El loco es el mejor amigo de una sala de espera. El loco es la espera misma. No viene de ninguna parte y va a ninguna parte. Se desplaza pero no sale de sí; camina con su espacio y su tiempo propios, a cuestas. El loco es el centro de una esfera íntima. Cuando las fuerzas del orden lo arrastran fuera de la sala, se la lleva consigo. Por un momento el espacio de la sala queda absolutamente vacío. Del que duerme y del que muere no hace falta dar más explicaciones: simplemente desaparecen. El sueño y la muerte son la espera sin salida. El dormido y el muerto arriban a una sala de espera remota, semejante a esa donde reposan, incluso puede ser la misma: el dormido puede soñar con la misma sala de espera donde espera en una sala de espera donde... (quizás la sala del muerto tenga menos cristales.) El loco, el dormido o el muerto son los nombres concretos de los pacientes que pueblan las salas de espera. Son nombres intercambiables, no están fijos. En las salas de espera, operan secretos milagros: el muerto enloquece, el dormido muere, el loco duerme. Variaciones nominales, el murmullo del batir de las alas de los ángeles. Las salas de espera son espacios extáticos. Además, todo el que espera tiene algo de santo o de virgen. Espacio de retiro y concentración, la sala de espera de los aeropuertos es una moderna imagen conventual; sólo que su rara eternidad es efímera.


 
 

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