En cierto modo, el usuario del no lugar
siempre está obligado a probar su inocencia.
Marc Augé. Los no lugares
Al entrar en la habitación de un hotel encontraremos detrás de la puerta un cartelito con indicaciones y normas. He observado que ofrecen muy pocas variantes, podría no leerlas, pero me mueve la curiosidad. En realidad, lo hago para comparar luego, la calidad del servicio con la severidad implícita en las normas. El mejor hotel es aquel donde las normas, el servicio y la calidad concuerdan.
Atenerse a las normas procura no pocas satisfacciones. Apenas se retiran las llaves, por un ascensor misterioso ha subido una invisible camarera a nuestra habitación. Le agradecemos silenciosamente el gesto. Ha traído las toallas, el jabón, los vasos en sus estuches plásticos. La habitación es todo esto más el imperceptible rumor del aire acondicionado. La ventana recorta un fragmento de la ciudad, abro la pequeña nevera y enciendo el televisor para apagarlo desde la cama vencido por el sueño: somera descripción rutinaria. Agradecemos que la camarera, al volver del restaurante al día siguiente tras un desayuno reparador, haya compuesto nuevamente la cama, cambiado las sábanas y las toallas, reintegrado el jabón, el papel sanitario.
En una habitación de hotel es fácil perder el nombre. Nos sostiene el enrarecido aire de familia que se desprende de los objetos, el libro de la cabecera, la camisa triste que cuelga del ropero vacío, las sandalias de baño, el vago aroma del desodorante. Nunca como en un hotel nos sentimos tan fugaces; sólo la habitación es real.
Ahora bien, la calma de esta escena proviene del tácito acatamiento de las normas. No cumplirlas desvanece la invisibilidad de los seres que hacen posible nuestra ligera condición imaginaria. Aparecen, pero no la camarera que acaso sorprendimos saliendo de la habitación vecina, silenciosa, lejana; no, de las paredes mudas comienzan a salir personas nunca conocidas, contundentes, rotundas. La relación con estas personas que viven literalmente dentro de los muros del hotel, es provocada por la desatención de las normas, por demás sencillas y reducidas a un mínimo de expresión, enunciados tomados prácticamente al dictado del sentido común, el silencio normativo formulado a lo sumo en diez frases limpias y desmitificadas. El inquilino debe hacer sin duda un gran esfuerzo para toparse con estos habitantes de las sombras, no resulta sencillo romper las reglas, salvo si se tiene la necesidad de hacer el ridículo o se está en la perentoriedad de llamar la atención a toda costa. Todos los problemas debían resolverse con una simple llamada a recepción (de más está decir que la calidad de un hotel se mide por la cantidad de veces que se haga necesario llamar a recepción), nada obliga a recurrir incluso como última instancia a la Administración.
La relación del inquilino con el Administrador queda establecida (y debiera ser de una vez y para siempre) a través del desafectado cartel detrás de la puerta, sitio muy a propósito porque nos detiene justo antes de abandonar la habitación, de modo que podemos dar la vuelta y reparar a tiempo alguna pequeña falta. El inquilino modelo, ciertamente no desea ver el rostro del administrador, realmente no le interesa, le basta que el hotel cubra sus expectativas, garantice y proporcione un sueño confortable. Este inquilino siente un desprecio profundo, un miedo atávico por aquellos seres de ultratumba capaces de colocarlo en una situación incómoda. Este inquilino realiza sin duda enormes esfuerzos para no ver en la cara del recepcionista e incluso en las camareras y demás personal anónimo, la sombra que arrojan las paredes encristaladas, y en sus sonrisas, la sonrisa macabra del administrador. Los quiere ver y sentir como a seres sencillos y amables, pero no deja de percibir ciertos gestos, rictus y medias sonrisas que no corresponden a la naturaleza humana, antes bien, a alguna caracterización imprecisa, tal vez producto de atender a los clientes mientras escuchan por medio de disimulados audífonos implantados -que los años han cubierto de piel y pelo- la voz del Administrador.
Derecho inalienable de todo inquilino: no ver el rostro del Administrador, salvo, claro está, que transgreda las normas. Nada debe obligarlo a un trato indeseable. Ningún régimen, incluso en el peor de los hoteles, tiene entre sus normas visitar sin consentimiento ni falta mediante la oficina del Administrador. El paso por el hotel ha de ser liviano y sin consecuencias, y el mejor hotel es aquel que no nos deja sentir ni el peso de las maletas. (Nada más ligero que los actuales moteles, sitios de ensueño donde la presencia humana ha sido reducida al mínimo, salvo por la presencia de uno que otro vigilante somnoliento, rodeado por el aura de estupidez que, como una sombra líquida, desfigura su rostro; o bien, si todavía alude a una presencia humana, la mano que recibe dinero y provee de preservativos, tragos, cigarrillos. El resto lo compone la mágica soledad donde el amor se reviste de artificio y carnal confort.)
Más que una indelicadeza es una falta absoluta de respeto al inquilino el hecho de que las normas formuladas detrás de la puerta no se correspondan con el silencio domesticado que debe reinar en un hotel; que el inquilino lea aunque tácitamente las normas y, por alguna arbitrariedad se vea obligado a dirigir penosos pasos a la oficina del Administrador para reparar una falta no cometida. Situación definitivamente amarga si luego de ser apresado, logra zafarse y alcanzar -pese a los perros y a la inquina- el anverso de la puerta y descubrir la arbitrariedad en letra pequeña, algo así como la norma onceava que no existe en ninguna parte, sólo ahí y justo ahora. Muchísimo peor si revisa una y otra vez la lista de normas y no descubre el lugar de su falta, y no obstante se ve arrastrado de nuevo a la oficina del Administrador para ser reconvenido por una falta cometida que desborda el sentido común, mas no escrita y por eso de una arbitrariedad obscena, lo cual abandona al inquilino en la situación de ganar a fuerza de injusticia su extraviada persona, obligándolo a dar cuenta de sí mismo cuando sólo quería ser nadie, obligándolo a asentar su nombre real en los papeles de registro, a dar cuenta pormenorizada de sus sueños y vacilaciones.
El reglamento no debe exceder el sentido común, antes bien debe ser holgado, flexible. Ningún Administrador, a no ser que se erija en un déspota, debe pretender y arrogarse derechos inconmensurables, ajenos a su mortal constitución. La humildad del Administrador reside en saber atender y saber traducir en un lenguaje prístino, en bien formuladas frases sin equívocos, las vastas prerrogativas del sentido común; en localizar y al mismo tiempo dejar invisible la oficina de la Administración que, como una flor que se abre en la noche desde una maceta olvidada, desde un jardín secreto, impregna con su delicado olor todo el hotel.











