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Archivos de: Junio 2006, 14

SOBRE LOS REGLAMENTOS

por joseleon71 @ Miércoles, 14. Jun, 2006 - 08:59:50 am

En cierto modo, el usuario del no lugar
siempre está obligado a probar su inocencia.
Marc Augé. Los no lugares

Al entrar en la habitación de un hotel encontraremos detrás de la puerta un cartelito con indicaciones y normas. He observado que ofrecen muy pocas variantes, podría no leerlas, pero me mueve la curiosidad. En realidad, lo hago para comparar luego, la calidad del servicio con la severidad implícita en las normas. El mejor hotel es aquel donde las normas, el servicio y la calidad concuerdan.
Atenerse a las normas procura no pocas satisfacciones. Apenas se retiran las llaves, por un ascensor misterioso ha subido una invisible camarera a nuestra habitación. Le agradecemos silenciosamente el gesto. Ha traído las toallas, el jabón, los vasos en sus estuches plásticos. La habitación es todo esto más el imperceptible rumor del aire acondicionado. La ventana recorta un fragmento de la ciudad, abro la pequeña nevera y enciendo el televisor para apagarlo desde la cama vencido por el sueño: somera descripción rutinaria. Agradecemos que la camarera, al volver del restaurante al día siguiente tras un desayuno reparador, haya compuesto nuevamente la cama, cambiado las sábanas y las toallas, reintegrado el jabón, el papel sanitario.
En una habitación de hotel es fácil perder el nombre. Nos sostiene el enrarecido aire de familia que se desprende de los objetos, el libro de la cabecera, la camisa triste que cuelga del ropero vacío, las sandalias de baño, el vago aroma del desodorante. Nunca como en un hotel nos sentimos tan fugaces; sólo la habitación es real.
Ahora bien, la calma de esta escena proviene del tácito acatamiento de las normas. No cumplirlas desvanece la invisibilidad de los seres que hacen posible nuestra ligera condición imaginaria. Aparecen, pero no la camarera que acaso sorprendimos saliendo de la habitación vecina, silenciosa, lejana; no, de las paredes mudas comienzan a salir personas nunca conocidas, contundentes, rotundas. La relación con estas personas que viven literalmente dentro de los muros del hotel, es provocada por la desatención de las normas, por demás sencillas y reducidas a un mínimo de expresión, enunciados tomados prácticamente al dictado del sentido común, el silencio normativo formulado a lo sumo en diez frases limpias y desmitificadas. El inquilino debe hacer sin duda un gran esfuerzo para toparse con estos habitantes de las sombras, no resulta sencillo romper las reglas, salvo si se tiene la necesidad de hacer el ridículo o se está en la perentoriedad de llamar la atención a toda costa. Todos los problemas debían resolverse con una simple llamada a recepción (de más está decir que la calidad de un hotel se mide por la cantidad de veces que se haga necesario llamar a recepción), nada obliga a recurrir incluso como última instancia a la Administración.
La relación del inquilino con el Administrador queda establecida (y debiera ser de una vez y para siempre) a través del desafectado cartel detrás de la puerta, sitio muy a propósito porque nos detiene justo antes de abandonar la habitación, de modo que podemos dar la vuelta y reparar a tiempo alguna pequeña falta. El inquilino modelo, ciertamente no desea ver el rostro del administrador, realmente no le interesa, le basta que el hotel cubra sus expectativas, garantice y proporcione un sueño confortable. Este inquilino siente un desprecio profundo, un miedo atávico por aquellos seres de ultratumba capaces de colocarlo en una situación incómoda. Este inquilino realiza sin duda enormes esfuerzos para no ver en la cara del recepcionista e incluso en las camareras y demás personal anónimo, la sombra que arrojan las paredes encristaladas, y en sus sonrisas, la sonrisa macabra del administrador. Los quiere ver y sentir como a seres sencillos y amables, pero no deja de percibir ciertos gestos, rictus y medias sonrisas que no corresponden a la naturaleza humana, antes bien, a alguna caracterización imprecisa, tal vez producto de atender a los clientes mientras escuchan por medio de disimulados audífonos implantados -que los años han cubierto de piel y pelo- la voz del Administrador.
Derecho inalienable de todo inquilino: no ver el rostro del Administrador, salvo, claro está, que transgreda las normas. Nada debe obligarlo a un trato indeseable. Ningún régimen, incluso en el peor de los hoteles, tiene entre sus normas visitar sin consentimiento ni falta mediante la oficina del Administrador. El paso por el hotel ha de ser liviano y sin consecuencias, y el mejor hotel es aquel que no nos deja sentir ni el peso de las maletas. (Nada más ligero que los actuales moteles, sitios de ensueño donde la presencia humana ha sido reducida al mínimo, salvo por la presencia de uno que otro vigilante somnoliento, rodeado por el aura de estupidez que, como una sombra líquida, desfigura su rostro; o bien, si todavía alude a una presencia humana, la mano que recibe dinero y provee de preservativos, tragos, cigarrillos. El resto lo compone la mágica soledad donde el amor se reviste de artificio y carnal confort.)
Más que una indelicadeza es una falta absoluta de respeto al inquilino el hecho de que las normas formuladas detrás de la puerta no se correspondan con el silencio domesticado que debe reinar en un hotel; que el inquilino lea aunque tácitamente las normas y, por alguna arbitrariedad se vea obligado a dirigir penosos pasos a la oficina del Administrador para reparar una falta no cometida. Situación definitivamente amarga si luego de ser apresado, logra zafarse y alcanzar -pese a los perros y a la inquina- el anverso de la puerta y descubrir la arbitrariedad en letra pequeña, algo así como la norma onceava que no existe en ninguna parte, sólo ahí y justo ahora. Muchísimo peor si revisa una y otra vez la lista de normas y no descubre el lugar de su falta, y no obstante se ve arrastrado de nuevo a la oficina del Administrador para ser reconvenido por una falta cometida que desborda el sentido común, mas no escrita y por eso de una arbitrariedad obscena, lo cual abandona al inquilino en la situación de ganar a fuerza de injusticia su extraviada persona, obligándolo a dar cuenta de sí mismo cuando sólo quería ser nadie, obligándolo a asentar su nombre real en los papeles de registro, a dar cuenta pormenorizada de sus sueños y vacilaciones.
El reglamento no debe exceder el sentido común, antes bien debe ser holgado, flexible. Ningún Administrador, a no ser que se erija en un déspota, debe pretender y arrogarse derechos inconmensurables, ajenos a su mortal constitución. La humildad del Administrador reside en saber atender y saber traducir en un lenguaje prístino, en bien formuladas frases sin equívocos, las vastas prerrogativas del sentido común; en localizar y al mismo tiempo dejar invisible la oficina de la Administración que, como una flor que se abre en la noche desde una maceta olvidada, desde un jardín secreto, impregna con su delicado olor todo el hotel.


 
 

LA MUERTE DE LOS PÁJAROS

por joseleon71 @ Miércoles, 14. Jun, 2006 - 08:58:48 am

Para Hesnor, en lugar de su muerte.

“un pájaro antes de morir
vuela por dentro
hasta la rama
de su propio destello”
Antonio Trujillo. Taller de Cedro

“No llega allí la muerte: un día un pájaro
sorberá el corazón de nuestra casa,
mas no conoceremos el olvido:
Seremos la sustancia de su vuelo”
Aquiles Nazoa. Los poemas

Desde hace algún tiempo una pregunta me ronda el corazón: ¿adónde van a morir los pájaros? Mientras no sepa la respuesta poseeré en la vida y la desaparición de los pájaros una hermosa metáfora: existe un lugar ex urbis adonde se retiran a morir, lejos de las miradas humanas, un lugar no tocado ni visto por hombre alguno, un lugar virgen, un lugar desconocido.
¿Tiene lugar este sitio? Debe tenerlo, porque en él se pudren sus cuerpos, en él pasan naturalmente a la tierra, al agua, al aire, a los elementos. Ese cementerio innominado (todas las ciudades deben tener alguno cerca), desconocido por los hombres, existe sólo por sus cuerpos, mas ninguna palabra humana lo nombra. Si no lo nombra palabra humana, ¿existe?: Existirá hasta que uno de nosotros se tope con él y vuelva a la ciudad con la noticia de que hay un lugar cerca o lejos de aquí lleno de pájaros muertos. De suceder, dejaría de hacerme la pregunta.
Sostengamos, sin embargo, la incertidumbre: ese lugar no lo ha visto ningún hombre, no tiene nombre, no existe para nosotros, sólo para los cuerpos de los pájaros que se van a morir en él. Ahora bien, ¿queda algún sitio sobre la faz de la tierra, virgen? ¿Y precisamente en ese sitio van a morir todos los pájaros de todas las ciudades que sienten llegada la hora de la muerte? Soy de la idea de que cada ciudad tiene su ignoto cementerio de pájaros, pero ¿dónde? Una ciudad es el centro de una tupida red de cosas humanas, ninguna está rodeada por un río impracticable de miasmas. Los pájaros, al salir fuera de la ciudad, topan con otra. No hay un sitio afuera que no haya sido tocado o visto por al menos un hombre una vez al menos. Los pájaros, en efecto, no se van a morir afuera. Se quedan a morir dentro de la ciudad en un sitio no tocado ni visto por hombre alguno. Los pájaros se van a morir en un sitio no nombrado, desconocido, más allá del lenguaje.

Los pájaros, incluso en cautiverio, no existen. Se sostienen precariamente, duran el tiempo que los vemos. Cuando desaparecen de nuestra vista, mueren. Ver dos veces el mismo pájaro es imposible. El pájaro que vimos, al dejarlo de ver, aun en una fracción de segundo, muere y es sustituido por otro jamás idéntico. Si el mundo cerrara al unísono los ojos todos los pájaros desaparecerían. Existen por deseo, tienen la forma y el colorido de un deseo que no tiene lugar en las palabras, de un deseo desconocido; algo impronunciable se pronuncia en ellos. Cada uno es una palabra que tiene su forma. Al dejar de desearlos, mueren. El mundo se puebla con imágenes del deseo. No sabemos qué las produce, sólo sabemos que deseamos algo aleteante, de colores, suave al tacto, frágil, porque vemos a los pájaros. Tuve un deseo: vi un pájaro; es todo cuanto podemos decir. Hablamos de los pájaros siempre en pasado. Aparecen, pero no sabemos cómo; magia en la que no tenemos participación. Algo en nosotros los desea, pero no sabemos cuándo. Ese algo los necesita, y tampoco sabemos para qué. Nos alegran o les disparamos. Placer, necesidad, ¿son razones necesarias y suficientes?, tal vez; sin embargo, lo más importante es que sentimos placer o tenemos necesidad de esos vistosos deseos. Nos alegramos y alimentamos con palabras pronunciadas por un algo en nosotros recóndito, algo que pronunció la forma y el colorido de los pájaros para saciar el hambre de infinito y el hambre del cuerpo. En un sentido estricto, nos alimentamos de palabras.

En cautiverio no siempre son los mismos a los que cada mañana alimentamos y cubrimos por las noches. Nos dan, sí, la sensación de mismidad que nos detiene a un paso de la locura; su mismidad nos salva. Además, mueren en sus jaulas, a no ser que logren escapar y desaparecer, luego de revolotear un rato, cerca de nuestro alcance, aturdidos por el aire nuevo. Al morir, tomamos sus cuerpos y los enterramos. Pero ¿qué enterramos? No nuestro deseo, enterramos un cuerpo sin vida, algo que no puede modificar su constitución aunque se pudra; siempre será un pájaro muerto. No enterramos la palabra pájaro, la palabra seguirá revoloteando, cerca, aturdida por el aire nuevo. La palabra pájaro, el pájaro mismo, no existe sino en libertad, existe por el deseo. El cautiverio es una ilusión, nuestra humana forma de detener imaginariamente el vuelo de la palabra. En una jaula encerramos una incesante metamorfosis. Si nos sentamos ante una pajarera, contemplaremos las eras geológicas, los devaneos del tiempo, los multiplicados segundos, nuestra vertiginosa vida. La muerte del pájaro es desaparecer más allá del lenguaje; el que cae desplomado al fondo de la jaula es un cuerpo desanimado donde alguna vez bulló nuestro deseo. No enterramos al pájaro, sino la materia orgánica que silabea su propio alfabeto, el dictado de la corrupción. Decir “pájaro muerto”, incluso “el pájaro ha muerto” es un anacronismo; condición de pájaro es la libertad, el deseo, la vida; la muerte corresponde a lo desocupado por la palabra pájaro. Ese cuerpo al fondo de la jaula ya no es un pájaro, es un cuerpo inerte indeseado. De ahí que muy pocos se alimenten con pájaros, regularmente comen materia muerta que alguna vez fue sede del deseo; el que se alimenta con pájaros los siente dentro, se aligera, come su gracia nominal.

Si existir es permanecer en el ser, ¿qué existe de los pájaros? Lo anterior nos conmina a decir que existe su gracia nominal, el deseo momentáneo, pasajero, raudo que les da vida. Existe el pájaro al ser nombrado, cuando el verbo lo despliega ante nosotros. Existe lo que vemos con los ojos del deseo, lo que ve nuestro deseo. Sólo existe el deseo. En alguna parte se retiran a morir, y sólo resucitan cuando nuestro deseo los convoca. Sólo se extingue un pájaro cuando muere la palabra que lo nombra. Pero una palabra sola no hace el verano y un hombre desolado no es todos los hombres. Un pájaro existe porque en el deseo de al menos uno de los hombres late el deseo distraído de todos. Existe porque hay un hombre al menos que los desea, y en él late al unísono el deseo de todos. Si en este último hombre desaparece el deseo, todos los pájaros morirán. En un poeta viven todos los pájaros.

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