Lo que era cuerpo queda atrás apenas entramos en un consultorio, digo, «queda atrás» lo que de nosotros conocemos como “cuerpo”, porque ¿de qué cuerpo tenemos conciencia? Sólo cuando nos duele sabemos del cuerpo, tenemos una versión de él, claro está que transfigurada por el do¬lor. Pero si no hay dolor nada sabemos del cuerpo, porque caminar, sentir, ver, hablar, sólo podemos hacerlo con el cuerpo en el momento en que olvi¬damos en que es el cuerpo el que nos permite hacerlo (de donde se desprende que pensamos en el cuerpo porque nos duele). Hay quienes lo olvidan absolutamente, hay quienes sólo lo olvidan parcialmente y andan gran parte del tiempo encima de sí, consigo, dentro de sí. A estos los vemos tropezando, hablando solos, desorientados aun en calles comunes, deteniéndose de pronto sin motivo alguno, mirando alrededor como en un día de principio de mundo.
Para lo que sigue, ni los unos ni los otros, sino aquel que va al consultorio sin que el cuerpo le duela, salvo esta vez recubierto por una segunda piel de cascarillas rosa viejo. Va, pues, al médico sin sentir dolor, sólo las molestias de una comezón persistente pero lejos de ser inso¬portable. Va al médico porque la visión del cuerpo en el espejo fue -cómo decirlo- aterradora. Por el número, por la intensidad de la visión, por el repoblamiento, por la ignorancia desvelada. Muchos días acometiendo tratamientos inútiles y el cuerpo revistiéndose, mutando, transformán¬dose. Al médico entonces, al consultorio.
Primera habitación: recortada del tiempo, paralizada hace ya unas cuantas décadas. Las paredes sobrecargadas de títulos honoríficos. Aparatos, muestras de microscopios en sus pequeñísimas urnas de cristal, enormes lupas, y una cama-escritorio que, por la posición y la dimensión del área acolchada, no vale para sentarse ni para tenderse. Luego, el cuestionario brevísimo: una pregunta del médico, un balbuceo del pa¬ciente y... ya estamos en otra habitación donde sí aparece la verdadera camilla y el monóculo con un enorme brazo blanco. El médico se hunde en una silla que cruje hasta detenerse muy abajo. El cuerpo del médico desentendido de la altura cae incómodo, hundiéndose sin proponérselo, pero eso sí, sin alarma, con suma tranquilidad, con el tranquilo fastidio de quien ha visto y tiene muchos cuerpos aún por delante: «Desvístase».
He aquí cuando comienza el corazón de estas líneas.
Luego de la orden, de una imperiosidad amodorrada pero dura como un cuchillo, se abrió la realidad.
Asombro, ahora, el del paciente sacándose la ropa una vez e inmediatamente emitida la orden, con la rapidez y la impetuosidad del que supo oscuramente lo que debía hacer, tanto que bastó escuchar la primera sílaba de la frase que contuvo la orden para arrancar con el obedecimiento, tan rápido que el médico no termina de pronunciar como un soplo la frase entera cuando ya las manos buscan los objetos personales en los bolsillos de la camisa, con una calma nerviosa que da y no da con los botones, sólo con los botones, porque el resto, la camisa, los pantalones, las medias, salen con violencia suspendida y triunfal.
Ya en ropa interior es observado lentamente por un ojo triplicado. Este cuerpo recibe las órdenes de girar, de bajar, de presentar al ojo deformado por el triple juego de lentes sus partes abscónditas, con resolución irrefle¬xiva y sin alteración del pulso.
En esos momentos, ciertamente, dudo por el pulso del cuerpo; toda la apa¬riencia -y trato de describir sólo la apariencia- es la de un cuerpo que ha suspendido toda su acti¬vidad interna, por eso puede girar, voltear, hacerle caso en todo a un desconocido absoluto, que ordena con una calma irrebatible e irreprochable, hablando desde la distancia que impone su co¬nocimiento de la especie humana, la misma que acontece ante sus ojos torturados por la paciencia. El cuerpo se convierte súbitamente en un mecanismo sordo, sin pudor, sin conciencia de sí, se trata en cualquier caso de un cuerpo deformado, un cuerpo que no es un cuerpo, un monstruo, un cuerpo irreconocible, suspendido en una pausa de la materia. Un cuerpo arrancado de lo social, pero de cuajo, limpiamente, sin sangre. Allí, el cuerpo del pa¬ciente se encuentra desnudo, pero el del médico no está vestido, porque el médico apenas si existe como cuerpo. El médico se transmuta en una presencia ni siquiera inteligente, un cuerpo opaco donde madura la ausencia. La confianza súbita del paciente en el médico (si es que se trata de confianza, porque estoy más cerca de creer que lo que ocurre es un abandono total, provocado por la caída esta vez sí súbita de toda resistencia, de la llegada inadvertida al desierto de la invalidez, a ese estado de la razón en la que no se produce ni puede llegar a producirse juicio alguno) destruye el menor resquicio de desconfianza, no está el paciente delante del médico, está expuesto a lo que desconoce absolutamente, está parado y desnudo frente a su ignorancia. El médico se borra, ya no es un hombre, menos una máquina, en el consultorio estamos desnudos y solos, y como si no estuviéramos enfermos; de hecho nos ponemos ante los ojos de una nada que ordena movimientos y gestos con un lenguaje apenas articulado, hecho de gestos levísimos, de minúsculas inclinaciones que se transforman en órdenes sin derecho a réplica, e incluso nuestro mal ha pasado a un segundo y remotísimo plano. Estamos solos, dando vueltas, girando, contorsionándonos, abriéndonos, manipulando los secretos de nuestra piel, desprovistos de ter¬nura, sin sentimientos, sin muestras de agrado o descontento, a una temperatura invariable, en una habitación enteramente envuelta por un silencio amortiguado. Expuestos a una nada inescrutable, con la que no tuvimos nunca ni tenemos aun relación alguna, que nos impele oscura y severa a hacer lo que sea, a la que no podemos dirigirnos porque no habla en absoluto nuestro idioma ni ningún otro. Estamos solos y desnudos frente a lo inexpugnable, y el miedo ha desaparecido, y con él, todo lo demás.
Puede durar hasta cinco minutos, un poco más o un poco menos, pero de más está decir que mientras duró fue eterno.
El silencio se rompe cuando el médico ordena, levantándose, ya de espaldas, «vístase». Se dirige a una tercera habitación en donde se entra con los zapatos en la mano, otra sala como la primera, detenida en el tiempo, pero en esta abundan las maderas oscuras y los libros. Sólo entonces habla el médico. De un salto entro de su mano al mundo, sabe lo que tengo y no lo calla, un asalto de piedad y conmiseración sacude mi alma. (Ojo: ¡cuando estuve en el consultorio yo no tenía nada!). Al expedirme la lista de medicamentos y recomendaciones, abre una puerta que, al cerrarse a mis espaldas, se borra.
La cara de la recepcionista ya es, de nuevo, ¡por fin!, una cara del mundo, de todos los días, como cualquier otra, pero es ella, sin embargo, la que en su tranquila humildad de carne y hueso pone en mis manos el carné que administra y autoriza mis futuros ingresos al pabellón de la inmortalidad.
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REVISTA AL CUERPO
SOBRE LA RUTINA
No poca sabiduría exige la rutina. No quiero hablar de los maestros zen, ni de los que viven en religión, cualquiera que esta sea. Hablaré de aquellos que han alcanzado en las ciudades, en el ajetreo de las ciudades, el desligamiento por la rutina. ¿Quiénes? ¿Quién? Pues aquel que, firme, atenazado a un horario, conduce y administra su vida desde la A hasta la Z. Aquel que sale de su casa exactamente a la hora en punto menos cuarto, que conoce al dedillo las calles que rodean los embotellamientos, que llega a la hora menos diez minutos al embotellamiento pico inevitable, que consulta el reloj al tiempo que la luz se pone en verde, que estaciona justo siempre en el lugar que conoce su imperceptible mancha de aceite, que asciende, se detiene y abre la puerta de su oficina a la hora en punto menos dos minutos, a tiempo para decirle -sin palabras, con el breve gesto de la mansa costumbre- a la recepcionista que por favor le haga llegar la taza de café con el azúcar aproximado más el periódico y los reportes de último minuto. Aquel que abre la puerta de la oficina y, todo en orden, penetra en ella sin desplazar el aire. (Todo aquel que furtivamente entrara en dicha oficina y ocupara el sitio equivocado, podría morir de asfixia.)
Ciertamente, los espacios por donde se desplaza el sujeto rutinario no pueden ser ocupados por ningún otro, le pueden quedar estrechos o muy grandes. El rutinario traza un modesto laberinto geométrico, túneles invisibles alejados de los choques impertinentes, en los que sólo penetra una bala o la presencia de un hombre o una mujer sin pasado ni futuro. No quiere esto decir que no puedan ser atravesados, y sólo una persona sumamente sensible percibiría el enrarecimiento del aire que sólo respira el rutinario. Demás está decir que estos espacios sólo pueden ser atravesados, y acaso, pero sería demasiado azar, seguidos en un tramo aunque sea mínimo de su trayectoria. Es por ello que el rutinario, enamorado de su construida vida, desea que sólo la carne de su carne transmigre y recorra los espacios que ocupa su presencia actual, y con un celo simpático, conmovedor sin duda, anhela que su sucesor los aprehenda, reproduzca y expanda.
Otros más humildes se contentan con idas programadas al gimnasio, con caminatas, con paseos a los centros comerciales. Cuentan también los domingos en el club, la iglesia, los vermissage. Pero para todo, una hora y un espacio, una atmósfera reconocida que se abre a los ojos cerrados.
El rutinario prevé los asaltos de la sorpresa. Ha dispuesto de una minuciosa red que salvaguarda su tiempo y espacio conquistados. El teléfono, que ahora carga encima, no lo distrae ni saca de sí (y sacarlo de sí significa estrictamente descarrilarlo), tiene suficiente con disponer en el menú, del número que lo coloca en cuerpo y alma virtuales, tarjeta y flores mediante -si es el caso-, en el sitio a donde está siendo requerida su presencia, es decir, aquello que, viniendo de él, ya es él. Estas son las personas de las que decimos no sin cierto orgullo: es una persona muy ocupada.
A los rutinarios es difícil y, al mismo tiempo, muy fácil ver. No están donde uno menos se los espera, sino allí donde uno va a buscarlos si es que se conoce en parte su claro y transparente plan de vida. Con los rutinarios no existen los encuentros imprevistos. Si empezamos a verlos con frecuencia, es porque nos estamos haciendo parte de su vida. Porque la vida de un rutinario es a fin de cuentas una vida exquisitamente común, al alcance de todos, su vida no es íntima ni secreta ni especial, su vida en fin, no es extraña. Si empezamos pues, a frecuentar su presencia, es porque estamos entrando en la atmósfera de la rutina salvada de la realidad, que es un imperio somnoliento y gigantesco que no nos pide nada salvo nuestra entrega sin preguntas y sin respuestas. Si comenzamos a frecuentarlo es porque nos estamos transformando no en él, sino en un rutinario más, en alguien que comparte con aquél un tiempo y un espacio. Está claro que no repetiremos exactamente su itinerario, no es a eso a lo que me refiero, digo que compartimos la rutina como se comparte una porción de espacio y tiempo que abraza en su interior multitud de intereses, sólo que dominados por un mismo rigor que seca el alma y la limpia de impurezas. Un espacio y un tiempo que no admite contactos exteriores que no sean los permitidos por él, el rutinario, que lo convierten en un cuerpo cautivo, en rehén incapaz absolutamente de admitir que ha sido arrancado a los accidentes de la vida y entregado a una paz inconmovible. De hecho, el rutinario sólo descuida la rutina -habitual- cuando su cuerpo no puede más, entonces se entrega a otra más estricta: la impuesta por la larga vejez.
El rutinario es un bastión inexpugnable de la sabiduría, sin dolor transita los espacios que ha ganado a fuerza de no ofrecer resistencia, dejándose llevar no como una veleta, sino por el peso gracioso de la necesidad ligada a su cuerpo y a sus apetencias. El rutinario, sensu estricto, no da para más. Llega a un estado de depuración que le impide crecer pero también disminuir, a menos que una desgracia exterior sacuda los fundamentos de la rutina, de la que forma parte junto a millones de seres. La rutina los subsume a todos, no es que alguien sea rutinario porque tiene su rutina, no, alguien es rutinario porque participa de la rutina, que es el todo. La rutina es una versión de la vida, no una forma de ser, es una forma que contiene variables formas de ser. La rutina es una entelequia y una aspiración. El rutinario es, bien vistas las cosas, un aprendiz, y mientras más rutinario, mientras más esquivo y duro consigo mismo (con lo propio de sí, porque lo rutinario es una adquisición, algo que se persigue y puede o no alcanzarse) y con los otros, más cerca está de comprender sin comprender los secretos de un vivir sin accidentes, sin dolor, sin aprensiones, sin desvíos ni equívocos, sin esquinas ni tormentas adventicias, sin desarrollos ni apresuramientos, sin quejas, sin tormentos, atemperados el pulso y la respiración, siempre acordes con el paisaje interior que dormita inalterable en el seno mullido de su alma artificial. El rutinario no muere, se apaga como una vela, en una habitación oscura, con los ojos abiertos, hundidos, más negros que toda la oscuridad.
SOBRE EL AMOR
Para Ana, el amor de todos mis días
Se ha dicho con insistencia abundante que la pasión amorosa es pasajera, que el ardor con el tiempo disminuye, que la costumbre y la rutina desilusionan. Que el tiempo le abre los ojos al otrora enamorado y le (de)muestra cruelmente que su amor era obnubilación y ceguera. Al contrario, el amor se alimenta y robustece, se afirma en el amor. La costumbre y la rutina lo abonan, lo nutren.
La ilusión del enamorado jamás cede a la desilusión; la desilusión misma, para el enamorado, no existe, no tiene sentido, no tiene cuerpo donde encarnar, hecho donde manifestarse. La desilusión amorosa le habla al enamorado en un idioma desconocido que él no quiere ni necesita conocer.
Una retórica en definitiva mortal se ha levantado sobre el deseo. Por objeto del deseo se toma lo que se desvanece, dejando en las manos del deseante ceniza y lágrimas; el objeto del deseo es siempre una presencia fantasmal. Las palabras “inalcanzable”, “imposible”, “lejano”, se convierten en propiedades del objeto del deseo, y, cuando ocurre que deseo y deseante se encuentran en un cruce del camino dominado por fuertes corrientes aleatorias, cuando han sido puestos cara a cara, virtualmente abandonados al abrazo que abole todas las contradicciones, entonces comienza el principio del fin. La costumbre, se ha dicho con insistencia, acaba con el deseo, lo mata. Lo maravilloso, lo único, nada pueden ante la costumbre y la rutina. Así las cosas, ¿cómo es que persiste en nuestros labios la palabra amor? Decimos estar enamorados, pero la rutina y lo cotidiano arrastran el ímpetu de los primeros días hasta las aguas estancadas del aburrimiento y el tedio. Tengo para mí, como cosa muy querida, que nunca hemos estado enamorados si así pensamos, si así nos ocurre. El amor se alimenta del amor; el deseo del deseo. Sólo el amor nos abre los ojos a la realidad. Sí, todo cambia, pero el enamorado, el que vive en (el) amor ama precisamente lo infirme, precisamente ama porque todo está -él mismo, incluso- sujeto al cambio. ¿Cómo puede esperar el que se dice enamorado amar por siempre al ser que una vez conoció? El ser conocido ha quedado atrás, y el presente, como sigue visto con los ojos del pasado, se descoloca y descentra, se borronea, tiende a desaparecer, a desfigurarse. El ser del presente se convierte paradójicamente en un extraño, y digo paradójicamente, porque la retórica del desamor repite sin cesar que se desama lo demasiado conocido. (El amor depende del extrañamiento como dependemos del aire. Hablo, por ejemplo, de la extrañeza que provoca el mirar continuamente nuestro propio -y discontinuo- rostro en el espejo. La extrañeza que nace de mirar con los ojos llenos de presente el presente enrarecido por los efluvios, la evaporación de un tiempo móvil, dinámico, que registra en sus texturas, bordes y siluetas, la materia insólita, inatrapable, pero sensual, sensible y sensitiva como la caricia de un ángel, del tiempo todo. Sólo los enamorados propenden a borrarse, sólo ellos se encuentran cuando más se pierden. La rutina los borra y los pierde -los extraña y extravía-; entonces el amor inicia su fiesta. El extrañamiento, la rareza, el encuentro siempre renovado es la tierra de gracia, la salvación, el día de Pentecostés de los amantes.)
Sólo se puede amar con amor desesperado lo conocido (¿Conoce a Dios el santo? Urge recordar a San Agustín cuando dice, inquirido sobre el tiempo: si me preguntan no lo sé, si no me preguntan lo sé). El amor se hace de a poco, se construye lentamente. En la primera y contundente escena inicial, los amantes se acercan no para conocerse sino para confirmar la primera impresión. No inician, estrictamente hablando, el conocerse mutuo; antes bien, comienzan a confirmar sus sospechas, lo que han atrapado al vuelo en unos ojos, en el aire, en el vapor, en una palabra. Los amantes ya se conocen antes de conocerse, están hechos tal para cual. Cuando se topan, se enlazan para siempre. El conocimiento de los amantes es vertiginoso: de la confirmación a la sorpresa, de la sorpresa a la confirmación, movimientos que no dan tregua a sus almas agitadas. El conocimiento en los amantes deviene sabiduría, saber tranquilo y paciente que no desdeña los fulgores de la revelación. Lo que aprenden de cada uno, lo atesoran para ser empleado en aquellos momentos en que una palabra basta para demoler un imperio. Los amantes se conocen demasiado para herirse. Tienen en sus manos las manos del otro y sus ojos reflejan sus pupilas. Los amantes han hecho a un lado la retórica del desamor por espuria. Aman la rutina, porque el movimiento concentrado les garantiza no perderse la respiración, las vacilaciones, los temores, los sueños agitados, los quebrantos y los dolores de cabeza, de la persona amada. Aman la costumbre porque nunca han visto demasiado -y lo demasiado es el diocesillo incandescente de sus desafueros- el cuerpo desnudo del placer, las contorsiones del espíritu, las angustias respiratorias del alma que va hacia Dios. Aman lo cotidiano porque es lo más parecido a vivir.
A los amantes no los seduce la soberbia que se encuentra en la frase: “conozco todo de ti”. Esa frase, por demás mentirosa, inaugura el desastre. Los amantes se repiten, más intensamente con el andar de los años, con inocencia conmovedora “te desconozco”. Han hecho de la costumbre el territorio de la extrañeza, del deseo, un trastorno dulce de la sangre, un desequilibrio que se compensa con niebla murmurante, llama que se alimenta de llama, como Dios de Dios. Los amantes se extrañan sin saberlo (porque el amor es el ángel de los olvidos, un Leteo de aguas rumorosas) para que sus sombras sean disipadas con una mirada, mientras las manos recorren, ciegas, cuerpos temblorosos. Les basta el amanecer para encontrarse, tanto como la noche para ocultarse.
Cuando yacen en el mar, encallan en un arrecife; náufragos, se dejan llevar por las olas a la isla del deseo consumado. En el sosiego que sobreviene sus figuras desconocidas en el torbellino comienzan a reconstituirse, las partículas estalladas comienzan a juntarse, a recomponerse. Con el corazón cabalgando al reposo vuelven a ser lo que eran, sonríen y duermen el sueño plácido de la libertad conquistada.
Luego del asedio, de la ciudad en llamas, de los gritos y el espanto, se reencuentran en el seno del sueño, en la esperanza del despertar para un nuevo día. Los amantes se buscan en las sombras como animales heridos, buscan sus nombres en el recuerdo y se llaman desde la distancia. Saborean sus nombres como frutos del amanecer. Los amantes destruyen en la práctica la monotonía de lo cotidiano, porque ven lo mismo de todos los días (un “lo mismo”, sin embargo, plagado de transformaciones secretas que sólo los amantes pueden y saben contemplar, que sólo existe para ellos, para su contento, abandono y extravío), con ojos nuevos y sorprendidos. Lo nuevo es lo viejo porque viven un sueño íntimo. Y más se aman cuando el amor arropa los límites del tiempo. Todos los días de los amantes tienen un sol, un perro, el vago aroma que destila la muerte. Los amantes se detienen a contemplar la mansedumbre de la lluvia en la ventana de la dicha, y con las cabezas mutuamente apoyadas, lloran de permanecer juntos y eternamente vivos.











