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Archivos de: Junio 2006

DESNATURALIZAR LO NATURAL NO ES ANTINATURA

por joseleon71 @ Miércoles, 28. Jun, 2006 - 06:55:22 pm

Reflexiones sobre el arte, lo popular y el Poder

Difícilmente podamos hablar de los temas que siguen sin considerar las relaciones de poder. Sin duda, cómo no reconocer estas relaciones en la clásica diferenciación entre bellas artes y cultura popular. Como recaemos en ello, muchas veces sin darnos cuenta, es porque retomo aquí, para empezar, dicha noción. Y no basta decir que es falsa, sino que, antes bien, se amerita de un esfuerzo de desentrañamiento de las operaciones que en ella se registran sin pretender agotar o esclarecer completamente.
Adelantemos con decir que esa clasificación proviene precisamente del Poder, porque es el Poder quien ordena y clasifica y crea la escala de valores, los criterios, con los cuales se mide o se considera que un objeto, una cosa, se sitúa como arte bello o como propio de lo popular. Para hacerlo, opera sobre la base del secuestro de la noción misma de lo bello. En efecto, el Poder conoce lo que es bello y lo que no lo es, o no lo es tanto. Y será bello, aquello que cumpla una serie de cualidades no siempre inherentes a la cosa en sí. En todo caso, estas cualidades han estado sometidas a procesos históricos, y lo que fue bello, en sí mismo, tal vez no lo sea después, aunque se revista por el mismo paso del tiempo y por haber contenido alguna vez las cantidades de lo bello, en un objeto o cosa bello clásico. Podemos decir que El Partenón griego es bello, como es bello un Picasso. Ciertamente, las cualidades han variado pero el Poder reconoce una “línea”, una continuidad, una naturaleza de lo bello, que le permite ordenar y clasificar. Igualmente, reconoce las fuentes de lo que llama arte popular, y su trabajo a lo largo de la historia ha sido absorber en su discursividad los productos del arte popular, trátese de vasijas, jarrones funerarios, armas de pernal, etc., y asimilarlos a su discursividad. El Poder actúa con suma prudencia histórica cuando se trata de asimilar estas producciones, y pocas veces consentirá que un objeto contemporáneo pase o ascienda a la categoría de bellas artes, a menos que entre en un renglón controlable, como sucedió con el arte popular de Bárbaro Rivas o “El Hombre del Anillo”. Ciertamente, aunque hayan entrado y colocado al lado de obras de arte “bellas” el Poder crea una frontera que no escapa a los observadores y contempladores del arte bello, amantes en estos casos de la “fuerza expresiva”, de lo “exótico”, de lo “natural”, valores que de tanto en tanto se ponen de moda, sobre todo en momentos de crisis en el sistema de valores del Poder. Esta dinámica de absorción y asimilación es incesante, y a partir de la definitiva mercantilización del arte ha pasado por momentos de auge excepcionales. Pero no debemos llamarnos a engaño, el Poder conserva su canon secreto, sus claves de lo clásico, de la belleza en sí, y a ella vuelve. En realidad, sus excursiones por el arte bárbaro han sido siempre un paseo al campo, un momento de extravío reparador, un aire fresco. Momentáneo, fugaz. Ya volverá, renovado, a su cuerpo canónico, a su clásica noción de arte.

Tenemos entonces, en primer lugar, planteado el siguiente problema: el Poder ha secuestrado, nombrado para sí, usufructuado las nociones de arte, belleza y sentido estético.

Pero eso no es todo el problema. Una vez que tiene el usufructo de la noción de lo bello, la reproduce a través de sus aparatos de producción de símbolos, nociones y conceptos culturales. En efecto, la familia, la escuela, las instituciones, todas, participan de esta concepción de lo bello. De modo que la noción tiene garantizada su expansión en la comunidad humana, su consolidación, su ser, su aceptación. Imposible comulgar con una noción distinta, a menos que nos evadamos de la escuela, la familia, la iglesia, y renunciemos a las instituciones.

Tener el usufructo de la noción de belleza pasa por la construcción de artes poéticas, estéticas, críticas de arte, etc., es decir, discursos de legitimación construidos por representantes del Poder, formados entre los mejores, en sus propias universidades y academias.

El Poder se ha guardado también de preparar al público de estos discursos para que acepte tales discursos, y para ello ha diseñado la noción de “experto en la materia” y la sensación de que sólo un experto puede dilucidar los secretos del arte y de lo bello. Esto sucede tanto en el arte como en las demás experiencias de conocimiento, incluso puede estar en desarrollo ahora mismo. (No me salva la falsa modestia de afirmar y jurar que no soy un experto)

Este proceso de ablandamiento de la criticidad que es necesario para que aceptemos el discurso y su procedencia, y para que aceptemos además como verdad y única verdad su verdad, es complicado, y parte de la construcción de las estructuras mismas del poder. Cómo negar la construcción de la figura de autoridad y su poder. Pues desde allí, desde esas nociones básicas de autoridad se comienza a allanar el terreno para el dicho ablandamiento y la final aceptación del discurso del “experto”. De más está decir que en este “experto” encarnan las virtudes del poderoso según las distintas representaciones que nos hagamos y en las que seguramente coincidiremos en más de un rasgo.

Diremos con razón que esto es así, que el poder es inherente a la condición humana, que si no fuera Dios fuera el padre o si no, la piedra, el tótem, lo que sea. Pero es aquí donde pienso que, sin resolver el problema, si no aceptando la situación como una fatalidad, renunciamos a reflexionar sobre el Poder, lo cual facilita enormemente que siga extendiendo su poder.

Y pienso de un modo tremendista que es preciso destruir los cimientos de estas formas de poder. Pienso que es preciso encontrar los puntos, los quiebres, las coyunturas del armazón o esqueleto del poder. Y uno es precisamente la “naturalización” de las estructuras del poder. Esto es, la naturalización que nos lleva a aceptar como natural que el poder es así, que hay una suerte de dios encarnado en cada una de sus representaciones, aun en las más vulgares o pedestres. A la naturalización es preciso responder con “desnaturalización”. El poder y sus representaciones tienen raíces históricas, sociales, muy concretas, muy específicas, que es preciso desmontar, una a una, aunque nos lleve la vida. Hay que acumular destrucciones para ver si llegamos al efecto dominó y nos ahorramos algunas demoliciones.

Lo cierto es que no hay nada natural en las representaciones del poder. Pero, cuantas veces no hemos pensado y dicho que el comercio, por ejemplo, comprar y vender, es una actividad “natural”, inherente a la condición humana. Con mucha dificultad podemos aceptar que el comercio no es natural, y nos parece imposible pensar una sociedad donde el comercio no exista al menos básicamente como lo concebimos hoy, que según nos dijeron los libros de historia escritos por el poder, existe más o menos así desde los fenicios. De hecho, la historia se escribe sobre dos procesos considerados integrales, la guerra y el comercio, siendo el comercio una forma de guerra a veces, sólo a veces, no cruenta. Quien no suele afirmar que en los negocios, la guerra, o el amor, todo se vale.

El ejemplo del comercio es muy valioso para darnos cuenta de la manera como hemos aceptado la naturalización de procesos no providenciales sino históricos, sociales, en fin, humanos. Y cómo nos cuesta pensar en una sociedad distinta donde el comercio sencillamente no exista. Claro, para ello es preciso modificar radicalmente, la noción de trabajo. ¿Alguien duda de la naturalidad del trabajo? Trabajar, ha dicho el poder, dignifica, le da sentido, hace al hombre y a la mujer. Trabajarás y ganarás el pan con el sudor de tu frente, apunta el dedo de Dios. Ergo, es natural trabajar. Sin embargo, sería sumamente saludable en aras de reinventar otro mundo, que el trabajo, tal como lo conocemos, al menos, dejara de ser considerado natural. No es natural, hay que decirlo, trabajar en una empresa, en una industria, para otros. El trabajo que conocemos es impersonal, no promueve a la persona sino al homo economicus. ¿Quién, cuando termina una jornada de trabajo, no se siente libre? Mientras estuvo en el trabajo, aunque lo haya disfrutado, no fue él exactamente, fue otra cosa. El trabajo sencillamente despersonaliza. A menos, se dice, que trabajemos en lo que nos gusta, y habrá quien diga que le gusta vender, soldar, arar y sembrar la tierra. No lo niego, pero deben ser muy pocos los que no acepten dejar de trabajar a cambio de un ocio respaldado por una buena cuenta bancaria. Hay que aceptarlo, trabajar no es natural, es un proceso sometido a dinámicas sociales, históricas, culturales; despersonaliza…

A menos que “personalice”. Pero, el trabajo personal no abunda, no hay muchos dispuestos a pagar lo que soy (la expresión de mi ser.) Una forma de ganar dinero por ser lo que se es, es precisamente el arte. De ahí el alto valor de la originalidad y lo novedoso. El artista más cotizado es el más “personal”, el que tiene un estilo propio. De más está decir que esa es la forma de originalidad que le encanta al Poder. Es controlable, localizable, y también ha dispuesto de mecanismos que promueven “originalidades”, a través de la apuntalación, a través de sus aparatos de producción simbólica, de tendencias y gustos. Hasta que el artista que más se cotiza es aquel que mejor reproduce la tendencia del mercado. Los ejemplos abundan.

Inmediatamente que la agudeza de la originalidad ha sido mellada a punta de (pro)mover el gusto colectivo con la estrategia de construir tendencias, la fuerza de la originalidad, su irrupción, su contra-poder, es desmantelado.

La originalidad tiene sentido si se logra insertar en la dinámica del mercado. Lo demasiado nuevo no vende, por eso, es preciso que lo nuevo sea sometido al baño lustral de los medios, que hablarán de él como de algo nuevo. Sólo que, entre nos, si los medios hablan de él, es porque ya no es nuevo, en todo caso, consienten considerarlo porque es inofensivo. Sólo lo inofensivo es atractivo para el mercado. Inofensivo, claro está, para las estructuras del poder. Y lo nuevo por naturaleza es ofensivo, ruptor, peligroso para el poder. Hasta que no conoce, hasta que no logra superficializarlo, traducirlo a sus claves de reproducción en masa de símbolos y relaciones, no saca al mercado aquello nuevo, entonces ya envejecido, inofensivo.

Estrategia: eludir la trampa de los medios, es decir, la trampa del mercado.

Se dirá que hoy, ¿cómo es posible eludir el panóptico de los medios? Y podemos responder que desafiando la naturalización de la realidad mediática y virtual, y el tsunami de la llamada sociedad de la información y la comunicación. Con suma naturalidad se afirma que vivimos en la sociedad de la información y en la globalización de la información. Dudarlo nos conduciría a la mirada recelosa de los conocidos que comenzarán a pensar que algo se nos aflojó en la cabeza. A lo que respondo, que debemos desafiar esta naturalización que despersonaliza y pone a la información y la comunicación por encima de las relaciones humanas básicas, convirtiendo en un absurdo hasta el mismo acto de conversar o hacer silencio. Los medios promueven el aislamiento, no la comunicación. Me puedo comunicar con alguien en Jamaica o Nueva York, pero con el simple y llano vecino no tengo ninguna relación salvo la impersonal de las molestias del condominio, vertical u horizontal, hoy en pleno auge.

Los medios naturalizan la soledad y el aislamiento, naturalizan el individuo solo y aislado, capaz de resolver sin nadie sus problemas. Además sonríe y se relaja a solas. ¿No han visto la sonrisa de satisfacción del que se ha quedado solo y se reclina con las manos en la cabeza en una poltrona o se hunde lentamente en el agua seguramente caliente de una bañera? Escapar de la soledad es escapar de la compañía de los medios. Donde hay dos conversando no hay televisión que valga. Tener televisor en la casa, y en los cuartos, y en todas partes, ¿no se considera acaso natural? Sin hablar de la lectura del periódico, del celular, del auto, del computador. Incluso, la necesidad de tales objetos y las prácticas que desencadenan son consideradas naturales.

Podemos abundar, pero es preciso llegar a las siguientes consideraciones. Para construir el poder popular es preciso desnaturalizar el poder. En otras palabras, destruir las nociones de poder conocidas, fundadas todas sobre la base de la despersonalización, y la individuación. Lo colectivo, la compañía, la pareja, incluso, desafían la naturalización de la despersonalización. Somos personas cuando nos juntamos, cuando somos en grupo. Trabajar juntos en la misma fábrica no nos junta. Se juntan las personalidades en su diversidad, haciendo a la vez, juntos, diversas cosas. Somos cuando somos diferentes y hacemos distintas cosas. Una actividad humana es exitosa cuando todos hacen diversas cosas en conjunto y cuando el consenso es la pluralidad y el encuentro de lo distinto. Somos en el conflicto.

El poder que hasta ahora hemos conocido ha levantado falso testimonio contra el conflicto y aboga por un consenso que, según él, anticipa la paz. El poder ha naturalizado el consenso. Propongo ir contra el consenso y, por ende, abogo por el disenso, por la controversia. El poder ha naturalizado el “acuerdo” democrático. Pienso que hay democracia sólo si diferimos, sin contradecimos, si nuestra vos, si nuestro rostro, si nuestra palabra asoma en la diversidad. La democracia cuando vota niega la democracia, sin embargo se ha naturalizado el voto y el discurso de la mayoría. Esta tergiversación de la democracia es muy cara al poder que conocemos, y naturalmente llama democracia –para su beneficio- a una forma del poder que en sus peores momentos colinda con el fascismo.

El poder teme a la diversidad porque esta es sencillamente incontrolable, porque no puede individualizar ni despersonalizar. La diversidad es la pluralidad. Nada puede el poder contra la diversidad porque no puede dictar, u ordenar. Por ello, ante la diversidad, y porque le teme, habla de desorden. Tenemos que decir, hoy, en tiempos de revolución, que el poder popular, en oposición al Poder de las élites, es profundamente desordenado.

El poder popular desafía, por este camino, todo protocolo, vale decir, no toda forma de poder sino más, precisamente su formalidad. El poder popular desafía, pues, las formalidades del poder.

El Poder nada puede contra lo informal. Por eso le importa tanto la apariencia, la superficie, lo visible, ámbitos donde el poder uniforma. El uniforme escolar que se remonta hasta la uniformidad de las ideas, es una muestra de la uniformalidad que crea el poder. Poder y uniforme van de la mano. No es necesario repetir que el uniforme es, en los atuendos, el signo de la despersonalización, ni necesario advertir que la moda es la uniformalización de las tendencias y los gustos que dicta el antojadizo mercado. No obstante, se repite con naturalidad que la moda es la expresión de lo nuevo, de lo novedoso. Es lo que dice el Poder, pero es, si la miramos de cerca, falso. La moda es la uniformalización del gusto, y para poder ser exitosa, la moda debe prender en el gusto de todos, en todo caso, hacerse “popular”, masiva.

Esta idea de lo masivo como popular es la naturalización de la masa, esto es, la aceptación sin protesta de la uniformalidad de una población, que por ello ha perdido toda personalidad, todo rasgo distintivo. Se dirá que todos juntos hacemos masa, mas he aquí la naturalización de lo impersonal. Somos juntos siempre y cuando somos personas, cuando somos grupos que no se borran en lo uniforme sino que nos reconocemos distintos en la diversidad. Al poder de las élites le agrada la masa, el poder popular necesita personas.

Lo que está en crisis y termina de poner en crisis el poder popular, son las formas de construcción y representación del poder. El poder popular desmantela la democracia construida a partir de la despersonalización, esto es, la construcción mediática de los gustos y modas electorales. ¿No explica esto la acción contemporánea de los medios de comunicación, que actúan simple y llanamente como partidos políticos y no sólo como sus aliados naturales?

El poder popular desafía, como se ve, el poder de los medios. Lo niega cuando afirma su pluralidad, su diversidad, pluralidad que no consiente una pantalla que necesita para extender su poder, la uniformalidad, la despersonalización, la masa, o bien, el individuo aislado, solo, triunfante.

Los medios del poder popular personalizan, muestran todas las voces, todos los rostros, esto es, los rostros y las palabras de todos, en su diversidad, en todo caso, diciendo al unísono de una y mil maneras, aquí estamos todos, distintos pero juntos, luchando por lo mismo, al mismo tiempo, pero de modo distinto.

El poder popular lucha por la libertad, pero la libertad es la pluralidad, la diversidad, lo distinto, la diferencia, el conflicto. No hay libertad en la masa ni en la moda, ni en el consenso mayoritario construido mediáticamente, que los medios aplauden. Al poder popular le huelen muy mal los medios y su discurso único y uniformador, su “matriz de opinión”. Se ha hecho natural aceptar como natural la mal llamada opinión pública, eso que todo el mundo repite siguiendo el dictado de los medios y su sistema de valores y su moral. El poder popular se construye a partir de la desnaturalización que introduce en la democracia verdadera la opinión privada, el parecer particular, la opinión desprendida de toda matriz de opinión. A partir de toda opinión que se reconoce una en la variedad y la diversidad y que no busca imponerse a la fuerza, borrando para su beneficio la diferencia.

Es cuando hablamos de diferencia, cuando el discurso artístico (desde el Poder de las élites) aparece para controlar precisamente la diferencia. Aparecen las escuelas, la aceptación de la crítica, la construcción del canon. Aparecen las clasificaciones, como aparece aquella por la cual comenzamos: la diferencia entre arte popular y bellas artes.

El poder popular se construye a partir de la diferencia y el conflicto, por ende, es profundamente artístico. Y como rechaza toda uniformalidad, no consiente la masificación, el discurso único. Pero reconoce igualmente la acción de los medios cuando convierte la diferencia en individualización a-política. El artista solo con su conciencia, pero aislado, vigilante de lo que pasa pero bien lejos y arriba en su torre de marfil. Conciencia lúcida pero sin posibilidad de acompañar a nadie en ninguna lucha. Conciencia crítica que recibe el eco de su voz encerrada en sí misma, vale decir en la caja de resonancia sustancialmente hueca de los medios, la prensa, los libros, su propia conciencia. Soliloquio que se apaga sin prender. Monólogo. El poder se felicita cuando el poeta y el poema se vuelven herméticos, cuando a nadie dicen nada sobre la falacia de la “inmensa minoría”.

El poema es el signo de la mayor diferencia, pero esta queda abolida cuando es absorbida en la individualización que construye el poder, en la radical diferencia de la individualidad extraña, exótica, prácticamente inhumana. De ahí la imagen del poeta o el artista en general, como alguien alado, sagrado, intocable, intangible. De ahí su poesía igualmente alada, sagrada, intocable, intangible.

La diferencia del poema se conserva y gana en rebelión y se vuelve contra el poder de las élites, cuando es leída (hecha) desde la diferencia. Pero la escuela, que nos enseña a leer, no nos enseña a leer poesía. Leer poesía es aprender a leer lo distinto, lo informe, lo desordenado.

Salir de la lectura y la construcción aristotélica de principio, desarrollo y final. Romper la linealidad del tiempo, construir en colectivo el tiempo. Reacomodar el espacio según experiencia disímiles, diferentes de tiempo. Construir la libertad es reorganizar en colectivo, personalmente, juntos, sin presiones ni coacciones de terceros abstractos, el tiempo y el espacio.

El mejor poema del poder popular es la revolución. El mejor poeta, el pueblo. Ya lo dijo Lautremont: “la poesía debe ser hecha por todos.”


 
 

SOBRE LOS HORARIOS DE TRABAJO

por joseleon71 @ Sábado, 24. Jun, 2006 - 03:18:40 pm

(Pequeño homenaje a la luz que declina)


A mis compañeros del IZEF

Haciendo el amor al sol, al sol de la mañana
en un cuarto de hotel
sobre el callejón
donde los pobres hurgan buscando botellas
Haciendo el amor al sol
Haciendo el amor sobre una alfombra tan roja
como nuestra sangre
Haciendo el amor mientras los niños venden titulares
y cadillacs
Haciendo el amor junto a una foto de París
y una caja abierta de chesterfield
Haciendo el amor mientras otros hombres –pobres
idiotas-
trabajan

Charles Bukowski.

Dando por descontado que debemos trabajar, deberíamos hacerlo en aquellas horas de sol pleno, vigoroso o, en su defecto, cuando éste se ha ocultado por completo. En las mañanas o las tardes, específicamente en horas crepusculares, trabajar es un crimen de lesa estética.
Lo he pensado tratando de vivir al máximo las primeras horas de la mañana, acaso porque mi ventana ofrece un amanecer de playa, suerte de amanecer que ocurre doblemente, puesto que no sólo amanece un nuevo día sino que amanece un mundo nuevo. Pero no quiero ser injusto sino hacer justicia: la mañana es la hora de la reconciliación: el mundo amanece, pero amanecemos con él, y en él.
La mañana despierta una intimidad laboriosa, lo sentimos cuando nos abocamos a la preparación del café y el desayuno. Renovados, volvemos al calor de la cocina, a la tibieza elemental que no consiente con agrado la luz eléctrica. Salir a la calle a esas horas comunica una amplitud que absorbe en una hora muchas horas: sentimos que la mañana no pasa. Cambian los tonos, es claro que ha amanecido y que el sol ha comenzado su viaje, pero la mañana permanece detenida. Nuestros movimientos y los de los otros son lentos y mesurados, sin excesos, suaves, firmes. Recordemos el murmullo del amanecer. Preparar el desayuno o dar una caminata, o una vez a la semana ir al mercado (no al supermercado), son actividades...

(..porque el problema definitivamente es la luz. En el supermercado como en la oficina las horas son invariables, en gran parte debido a la asepsia y el hermetismo de la luz blanca. Decimos entonces sin escapar a la verdad que las horas no pasan. Son en extremo necesarios los relojes. Si contamos con uno, y éste se descompone, es posible que el hambre caprichosa nos haga llegar a dudosas conclusiones.

La vida se manifiesta en horas crepusculares, cercanas a la oscuridad. La mañana ofrece la experiencia, en perspectiva, de salir de un túnel; y al revés: al atardecer nos hundimos en él. La luz, la ortogonal, la que viene de todas partes, la que no produce sombras, es la luz de la muerte.

Los amantes han adquirido todos los derechos de la media luz, de las velas, de la penumbra lunar que dibuja los contornos; en cambio, la luz de la pornografía es directa, como la de unos ojos sin párpados...)

...son actividades, decía, que van muy bien con las horas de la mañana, pues la mañana no se apega al ocio: es de una inconsecuencia lamentable plantarse con una silla a ver el crepúsculo matutino. Por otra parte, hemos sido conminados a disfrutar perentoriamente de este espectáculo, tanto como también de esos atardeceres en el campo o en la playa, un tanto prefabricados. No prefabricados en tanto que espectáculos ¡cómo habrían de estarlo!, sino nuestros ojos, nuestra forma de observarlos y desvivirlos, y por supuesto el conjunto de imágenes que suscitan el contemplarlos, no nacidas de alguna oscura región de nuestra intimidad sino que están allí al alcance de la mano, formando parte del repertorio de los lugares comunes que dan forma a nuestros sueños y deseos. Creemos, al amanecer en el campo o en la playa, que «nos llenamos», que algo en nosotros se colma, al menos es lo que vemos en la cara de actores y modelos que disfrutan -por nosotros- de tales espectáculos. Cuando hemos podido hacerlo, digo, ir al campo o la playa, en uno de esos fines de semana a que nos tiene acostumbrados la vida en la ciudad, persiguiendo a veces sin saberlo la cara de satisfacción advertida en la pantalla, copiamos el gesto pero siempre nos quedamos cortos, insatisfacción que atribuimos con mal disimulado desdén a la cantidad de dinero, al paisaje que en definitiva no es el mismo aunque se le parezca, e incluso -luego de un gran esfuerzo y de ahorros a la larga imperdonables- sea el mismo. Pese a todo, nos embriagamos (decimos embriagarnos, más aún cuando lo referimos) con esa plenitud que recibimos de un arquetipo moderno (fijado para siempre en una postal desechable pero reproducida hasta el infinito y ya dentro de nosotros como un edema en el alma) que incluye el sol rojo en el horizonte, el trasluz de alguna palmera, las aguas bermejas, una pareja que se abraza. Y nos sentimos colmados, vacíos de ciudad, pero me temo que no se trate más que de un vaciamiento, o lo que viene a ser lo mismo, de un estar llenos de nada.
Por eso abogo por un amanecer laborioso, animado por actividades que fortifican el alma y el cuerpo, que nos preparan no sólo para el día que comienza sino para la vida. Trabajar (en la ciudad), o ir al trabajo, o hacer lo que sería lo propio del amanecer con el apremio de no llegar tarde, es de una inconsecuencia lamentable para con el mundo y para con nosotros mismos. No obstante, ¿cuántas veces nos detenemos a observar la cualidad física, la textura de las primeras horas de la mañana, a través de la ventanilla del auto? Mínima suerte la de aquellos que deben caminar, o que deseen hacerlo algunas cuadras, reconcentrados en el ruido como de hojas secas o en el eco húmedo de sus pasos en las calles que despiertan, por las que atraviesa el primer perro somnoliento. Y no es sólo el silencio, sino un rocío indefinible perturbado por rachas de luz oblicua y líquida. Pero quien así va a su trabajo, no debe pensar que va a su trabajo, de lo contrario puede suceder, humanamente sucede, que el paisaje detenido se desvanezca, se oculte tras las aprensiones. Quisiera decir que se repliega, y que puede -peligrosamente en las horas de trabajo- colarse por alguna ventana, sorprender y dejarnos sin aliento para las tareas obligantes. (Es curioso, pero en la oficina, sin ninguna ventana cerca o a la vista, a una altura que amortigua los ruidos de la calle, sucede -me ha sucedido- que advierto que el cielo se encapota, incluso que llueve o ha comenzado a llover. El hecho me ha llamado la atención y no he tenido el valor suficiente para comentarlo, para hacerme explicar. ¿Cómo esas variaciones que ocurren tan lejos pueden llegar hasta nosotros?, ¿qué parte de nuestro cuerpo permanece conectado con el afuera?, ¿qué permanece en libertad? No es que el olor de la lluvia y el gris del cielo lleguen hasta nuestro lugar en el interior del edificio, siempre protegido con vidrios oscurecidos y persianas que evitan el calentamiento, siempre cerrado para impedir -por ejemplo- el escape del aire acondicionado. No. He percibido un oscurecimiento remoto semejante al que produciría una nube que pasara lenta pero sin detenerse, y se colocara entre la luz y yo.)

He dedicado ya muchas líneas al amanecer, pocas al atardecer. Pues bien, sucede que a las horas del crepúsculo vespertino muchos están ya de regreso de sus trabajos. El atardecer funciona como un gran vientre, acoge y protege. Nos regresa. Pero muchos hay también, que están a esas horas en sus lugares de trabajo o van a ellos. Pues lo mismo que pensamos sobre la mañana, lo podemos repetir de la tarde, con una variante: la animosidad que experimentamos en la mañana es de un orden completamente distinto: la relación simbólica que establecemos con la mañana es diametralmente opuesta: por la tarde enmudece el alma, se aquieta, dijimos que regresa. La tarde es el territorio de la nostalgia.

(¿Por qué no la mañana? La nostalgia reemplaza, sustituye, pero no a los recuerdos. Los recuerdos no fraguan en la nostalgia, quedan convertidos en retazos, hilachas, menudas hebras en estado caótico. Porque en la nostalgia importa el espíritu del recuerdo, no su carnalidad. Hay también, por cierto, algo de teatro sentimental. La nostalgia se apodera de nuestras fuerzas, nos enmudece, nos resta movimiento. Los ojos se pierden no en la lejanía sino en la ausencia. El recuerdo, en cambio, es presencia, puerta que se abre a las imágenes.

Pero la mañana tampoco es el territorio del recuerdo. La mañana, ya lo hemos dicho, es para vivir, no hay tiempo salvo para vencer el tiempo, embriagados de acción, ligeros pero rotundos. No la acción beligerante o aturdida, sino aquella que responde a los dictados de la amable necesidad, lo necesario -lo exigente- para sentirnos terrestres, parte del mundo, reconciliados con el cuerpo, olvidados de todo, menos de nosotros. Y sin embargo, a quien en verdad atendemos, es a ese nosotros más viejo que nosotros...)

¿Quién puede trabajar en esas condiciones de arrobamiento, de viaje interior? Trabajar es posible cuando no estamos con nosotros, cuando nos extrañamos y de la extrañeza no surge ninguna pregunta, ningún asedio. Trabaja otro en nosotros. Un otro mudo que hace comparsa al silencio de las palabras sin destino, sin propósito trascendente, que participa con desgano en la fiesta de las palabras impersonales, las que (se) comprometen (con) lo superficial, las que no pesan en la balanza de la vida y la muerte. Otro en nosotros pero no el viejo, el amante del tiempo y en especial de esa forma del tiempo que son los crepúsculos, no el viejo que por las mañanas amanece con la tierra, sino el vacante, el ido del Tiempo, el aferrado a las horas, a los minutos, a los segundos; no el voraz sino el consumido, el perdido fuera de sí, el que está de paso, sin asidero, uno que no nos pertenece a nosotros sino a los dientes del mundo.
Otro en nosotros, huésped extraño en un mundo que se desliza, que avanza sin tropiezos (porque el verdadero tropiezo es la muerte. Los otros –los conflictos laborales, por ejemplo- no son sino pequeñas piedras en el camino, que algunos saltan, rodean, o esquivan, que otros sencillamente y sin perder el sueño quitan del camino); un mundo reciente, instantáneo, pero no nuevo, en otras palabras, sin pasado ni futuro, presente pero irreal, que no va a ningún lado, cercado de espejos que reflejan espejismos.
La mañana que vivimos los fines de semana o los días feriados, al contrario, nos pueden brindar un mundo nuevo, y, paradójicamente, teñido de antigüedad. Y digo «nos pueden» porque el desprendimiento implícito, implica una casi absoluta negación de todo lo que fuimos durante la semana, a no ser... que podamos envolvernos durante las horas de trabajo con la presencia sutil de una luz equívoca. En cualquier caso, entrar en contacto con la materia del tiempo. Y la puerta definitiva y antigua es la luz, la que declina o comienza a levantarse acariciando las mejillas de la tierra.

SOBRE LA MUERTE

por joseleon71 @ Jueves, 22. Jun, 2006 - 07:05:01 pm

Para Elaine Centeno, que habita en el temblor

Acaso la pérdida más sutil pero sin duda la más tremenda a la que continuamente nos somete la civilización occidental en esta versión que hoy conocemos, sea la de la dimensión de la muerte. Hoy, ¿cómo morimos? El mercado de la muerte tiene sus ofertas que van del anonimato de la muerte cotidiana, a la muerte espectacular. Esta última también tiene sus escalas, porque no es lo mismo ocupar un fragmento en las páginas de sucesos, un día, que la reseña continuada de nuestra muerte, acompañada por el soporte audiovisual, la muerte televisada. De este mismo orden pero a una escala de mayores consecuencias, está la muerte espectacular anónima, como la producida por bombardeos a ciudades enteras, bien seguida por cámaras en vivo y directo, o bien, no cubierta (en este caso, muerte encubierta), noticia silenciada (sepultada) por el llamado "silencio informativo". Aquí el mundo sabe lo que ocurre pero no con exactitud, se supone el horror y se deja a la imaginación, y sobre todo al miedo, a la rabia, a la indignación, la dimensión del desastre.
En cualquiera de los casos la muerte es profunda y superficialmente anónima. Profunda porque no importa el sujeto que muere, superficial, porque el tratamiento ética, moralmente es el mismo. Toda muerte es una promesa insatisfecha. Al final cundirá el olvido. Ahora bien, que ocurra esto es absolutamente normal, mas sin embargo el hecho que revisamos, es que lo debía ser un tratamiento de la muerte hacia fuera, esto es, una práctica exterior, se ha convertido en interior, en práctica íntima. Vale decir, hemos perdido la dimensión de la muerte toda vez que, anónima o conocida, cercana o lejana, sentimos la muerte como algo que le sucede a los otros, y lo que es peor, algo que no me atañe. Aquella frase clásica -"Todo lo humano me compete"- ya no tiene asidero en la muerte contemporánea a nivel personal, de sujeto o individuo. En pocas palabras y dicho llanamente, no sabemos morir ni tratar con la muerte.
Nuestra cultura aunque no ha logrado -y no lo logrará- alejar la muerte de nuestro horizonte vital, hace como si -hago énfasis en el como si¬- fuéramos eternos. Lo dice cuando promociona y vende la juventud permanente como un ideal de salud, de vitalidad, de energía, de forma de ser. No abundaré en lo comentado numerosas veces, en cambio insistiré en un vacío, en esa nada que queda al toparnos con nuestros restos mortales. (Hablo en la primera del plural por razones obvias.)
Aunque nuestro cuerpo es memoria del mundo, nuestra civilización labra de manera sistemática la desmemoria, al punto de colocar en el cadáver el punto máximo de inflexión desde el cual se comienza a construir la memoria parcial del muerto. Memoria parcial porque supone que ha llegado a su fin, y que todo ha terminado. Esta civilización -aunque consienta el discurso religioso- mata el nacimiento del alma, y al hacerlo, mata la dimensión no corpórea de la vida, la invisible, la inmaterial. Para decirlo de una manera menos ambigua: la realidad concibe el principio, el desarrollo y el fin, no la continuidad tempo-espacial. Afirma y construye lo cerrado, lo finito y limitado. Y toda experiencia de desborde, incluso la experiencia del límite, es sentida como desequilibrio, ruido, molestia, aunque aparezca soterrada y silenciosa, sutilmente inocua. Esta civilización ha perdido, para decirlo de nuevo más llanamente y con menos palabras, la dimensión religiosa. No conozco, hoy, una religión que enseñe a morir. La vida, sea como sea que la viva, es una cosa adventicia, incluso accidental, a menos que sea atravesada por una honda conciencia de la muerte, que me permita, en vida, morir en paz. Vivir a la muerte apegado, pero no atosigado por el discurso y la retórica de la violencia o la inseguridad. Se trata de otra cosa, definitivamente. Hablo de entender menos que con todas su letras con el corazón, que moriré, que debo morir, que estoy muriendo, y que nada, nada me apartará de esa frontera, que no hay poder en el mundo que me distraiga de ese fin, que no puedo ni quiero evadirme, que existo para ello, y tal vez sólo por ello. Hemos perdido la dimensión sagrada, religiosa, del misterio. Al hacerlo, hemos perdido la vida, la risa, la alegría. Vivir olvidados de la muerte, viéndola y viviéndola como algo exterior, no nos permite, en toda su plenitud, vivir. No se trata de derrochar vitalidad porque habremos de morir, otra forma que ha empleado esta civilización para vender sus fruslerías, sus espejos, sus encantos. Se trata, si la retórica mal me lo permite, de vivir. Palpar, sentir la dimensión, la piel de la vida, su rumor, su música de otra parte, su estar aquí y ahora tocados de infinito y tierra. Cielo y mar, dorso, muslos del tiempo, lengua de las horas. Asumo una retórica corporal porque somos cuerpo y carne, porque nos ha sido dada la sangre, el temblor, el aire. Esta civilización nos aleja del cuerpo al sacarlo fuera de nosotros, al convertirlo en mercancía. De una u otra manera ha prostituido nuestros cuerpos. Como si no nos pertenecieran. De hecho no miramos, no sabemos mirar nuestros cuerpos con nuestros propios ojos. Como cuerpos opacos, necesitan la luz de los otros para aparecer en escena. Detestamos la soledad, el silencio, cualquier práctica de constreñimiento o abstinencia. Y cuando incurrimos en esas prácticas, lo hacemos como si se tratase de una mutilación. No sabemos callar, ni desnudarnos. Tampoco estar a solas. La civilización que conocemos nos aleja de nosotros y por ende, de los otros. Somos tan extraños para nosotros mismos como son extraños los otros. Experimentamos la muerte como extrañeza y aun la propia como olvido absoluto. Aunque así sea verdaderamente, aunque la nada sea la única promesa, necesitamos, para los nuestros y para nosotros mismos, aprender a morir, esto es, aprender a vivir.

El impacto de las mayorías

por joseleon71 @ Martes, 20. Jun, 2006 - 06:15:40 pm

A lo largo del siglo XX pero sobre todo en las tres últimas décadas, Venezuela acumuló un explosivo nivel de exclusión. Resultó más cómodo («mientras me hago rico») obviar los problemas hasta el límite -el cual siempre coincidió con una fiera represión-, que responder a las necesidades de la población. Sólo para mencionar algunos casos emblemáticos: recordemos que el cupo a la educación superior se solucionaba, por un lado, con educación privada (de pronto hubo un enjambre de universidades y tecnológicos, alimentados con capital proveniente del presupuesto nacional, que convirtió la educación en un tremendo negocio y la necesidad de educación en pábulo para la estafa), por otro, con descalificación o condena al limbo. La expresión que describe la situación de miles de bachilleres resulta una cruda metáfora: "población flotante". El empleo, por no hablar del desempleo, derivaba en informalidad o flexibilidad: dos palabras que aseguran la incertidumbre, la inseguridad social. El sistema de salud cristalizó un enunciado: "si no pagas te mueres". Incluso las cárceles, hechas para la mayoría en un estado taxativamente policiaco, eran insuficientes, y el hacinamiento y la inhumanidad, son todavía hoy el doloroso pan cotidiano.
El hecho es que el grueso de la población, ese 80% de excluidos que abona las estadísticas latinoamericanas, sencillamente no cabe en las estructuras del viejo aparato público, construido para recibir y atender a un número tolerable, exiguo de personas. No precisamente de incluidos o afortunados, sino los que convirtieron la espera en una forma de inercia y la desesperación en una de las tantas formas de humillación. Las oficinas del país con sus secretarias y todo recibían diligentemente a los que aceptaban desprenderse como algo natural de una siempre variable suma de dinero, lenitivo que aceitaba los trámites de cualquier procedimiento (desde títulos universitarios hasta licencias de conducir, pasando por el inefable certificado de salud) sin necesidad incluso de acudir al sitio de expedición. Una red de gestores (por utilizar la palabra correcta que sin duda es un eufemismo) operaba con total impunidad, agilizando, moviendo… después del toquecito (palabra de reciente ingrata recordación) se obtenía como por arte de magia la cédula, el pasaporte, el registro.
Estábamos ante un mundo de papel doblemente ficticio. Pero como las tuberías viejas, por las que apenas si circula el agua, estallan al recibir el impacto de un chorro generoso, así el cambio de un esquema de exclusión a uno de inclusión hace estallar las desgastadas estructuras, tornándolas inútiles. Imaginemos el viejo edificio de la Onidex, recibiendo, como lo hizo por largos años, seres adormilados desde muy tempranas horas (nunca se era el primero, así se durmiera en el sitio), con funcionarios destilando el aguasucia del desprecio, entregando los "números" bien entrada la mañana (y dejando pasar primero, recién bañado, recién llegado, al que les mojaba la mano), dando inicio a un viacrucis patente en los peldaños carcomidos por una rumorosa romería de millones de pasos… Imaginemos en este edificio, el cual nada hacía pensar que alguna vez pudiera ser otro, recibiendo el impacto de un plan de cedulación masivo. (Porque además, en este país, si se quiere incluir, todo ha de ser masivo).
Pues bien, ¿por qué a estas alturas un plan masivo de cedulación, fuera del antiguo edificio, a cielo abierto y en todas partes? Sencillamente porque en la Onidex era imposible sacarse la cédula, porque en el sistema de cosas que formaban parte de este país, era como imprescindible -evidencia refrendada por la violencia del Estado- carecer de cédula porque el indocumentado nada puede exigir, a ninguna parte puede ir, y si lo hacía o exigía era a riesgo de caer en las manos de la ley, sentida siempre como injusticia.
Y algo esencial, el indocumentado no vota. Claro, los niveles de abstención no se deben únicamente a la falta de cédula. Aparte de los abstencionistas clásicos, en gran medida actúan la marginación deliberada y sistemática del registro electoral y la inmoral colocación a conveniencia de los centros de votación. Por otra parte, además de todo pero producto al fin de la crisis en todos los órdenes de la vida nacional, se tenía la sensación de que votar, elegir a alguien como representante, no tenía ningún sentido, amén del hecho verificable de que aunque se votara no se elegía.
Yo mismo nunca voté sino hasta después del sacudonazo del 11 de abril. Yo mismo anduve cinco años sin portar un solo documento; no lo necesitaba porque yo no existía en ninguna parte, no estudiaba, no trabajaba, sólo yo sabía dónde estaba y qué país quería. Entonces no vivía en Venezuela (se trata de una metáfora porque apenas si he rozado Cúcuta), sino en un lugar adonde arribaban las excepciones, la belleza, el amor y la amistad. Un país sencillo y alegre de indocumentados y proscritos y, hablando etimológicamente, de idiotas e imbéciles.
Sólo ahora, cuando el país ha dado un vuelco, cuando la mesa está patas arriba, ha comenzado a quedar aquél país al descubierto. No me cabe duda de que estamos ante una revolución y construyendo un país distinto, un país de incluidos. Y los distintos planes y misiones, y la hormigueante organización y movilización a espaldas y de frente contra cualquier intento de normalización partidista (porque en Venezuela aprendimos a despreciar a los partidos, dicho sea esto de paso pero con todas sus letras) han puesto en evidencia para quien lo quiera ver, que este país creció para unos pocos en perjuicio de las mayorías, que creció encogido, paraíso de unos pocos sin nacionalidad al mismo tiempo que hábitat ideal para los vivos, para los que hicieron de la trampa, la tramoya y la picardía, un modo de vida. En fin, creció -si la palabra cabe- para quienes siempre tuvieron como escurrirse de la larga, lechosa, aguada madrugada en las colas de emergencia, en las salas de espera, en las oficinas de paredes negras. Las innumerables colas de la necesidad, repletas de hombres sin futuro, de ancianos tristes, pero sobre todo de mujeres con ojos grandes y niños en brazos. Construir los espacios de la inclusión y la dignidad, los edificios del nuevo estado; la salud, la educación, el trabajo del nuevo país, pasa por imaginar casas, escaleras, pasillos, salas de espera plurales, abiertas, ventiladas, alegres, ligeras, donde la población, la mayoría, todos, ejerzamos con plenitud de derechos y en un clima de algarabía, fervor y júbilo, nuestra soberanía.

SOBRE EL RETRASO DE LOS VUELOS

por joseleon71 @ Sábado, 17. Jun, 2006 - 12:33:35 am

La Vida puede llegar ahora, no sabemos
puede estar en Nebraska, en Estambul,
ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.

Eugenio Montejo. Tiempo Transfigurado.

La salud de la espera está concentrada en la nada.
César Chirinos. Mezclaje

¡Qué cantidad de muertos pululan en las salas de espera! Un vuelo retrasado se traduce en una cantidad variable de horas muertas, horas que en conjunto son una sola hora, un solo tiempo, sin pasado ni futuro, presente inextenso, profundo e inabarcable.
El que espera ¿sabe lo que espera? Veamos: espera la llegada siempre inminente del vuelo. Contempla los relojes de la sala, su propio reloj, compara las horas, rectifica la suya atendiendo a la que se ha erigido parcialmente en la hora oficial (¡nada más parcial que las horas!), con atención distraída alza y baja la cabeza, mira a su alrededor quizá para descubrir a un viejo conocido, o bien, a los viejos desconocidos, el mismo rostro invariable de la indiferencia, su propio rostro multiplicado. Los idiomas se confunden; mira su boleto una y otra vez, aprende y olvida vertiginosamente los datos, no se fija en nada, acaso en una persona atractiva, acaso en las pantallas de la televisión que parpadean en la vacua luminosidad de la sala. Espera. ¿Qué espera? La inminente salida del vuelo. La situación le pregunta y él responde: «espero la salida del avión».
Pero remontémonos a un momento antes, cuando aún no responde, antes de que suba hasta lo que sería su conciencia la respuesta, el momento antes en que no sabe exactamente qué es lo que hace en ese momento y en ese lugar extraño que las horas han hecho familiar, pero con esa familiaridad que no le confiere ninguna garantía. Se encuentra -su cuerpo lo sabe- en una zona de interferencia. Un paso transfigurado de la realidad. Un espacio no cotidiano, que se sugiere familiar pero cuya frialdad lo aleja y lo extraña. Es un extraño en un espacio que no le es propio. No se trata de un espacio hostil, pero no logra familiarizarse con él. Es un espacio cerrado y abierto. Frío y metálico. Nos hemos remontado a ese momento en que no espera nada ni sabe lo que hace en ese momento y en ese lugar. Todos los que recorren un itinerario habitual conocen ese momento en que detienen el auto en el estacionamiento de su residencia y descubren que lo hicieron de tal modo distraídos que serían incapaces de reconstruir los pormenores del viaje. En ese espacio y tiempo de la dilación se puede colar, por qué no, la locura, el sueño, la muerte. Se puede no regresar. El que espera en la sala de un aeropuerto la salida del vuelo retrasado, goza de la oportunidad de sentir conscientemente los estragos de la dilación. Digo conscientemente, aunque no estoy tan seguro de ello. En todo caso, la conciencia proviene de la extraña situación: extrañeza que irradia extrañeza. (La conciencia de la extrañeza se traduce en la frase: “esta situación es irreal”). La situación que comentamos ha sido elaborada por un azar sistemático que ordena los adelantos y los atrasos, que organiza los elementos tantos exteriores como interiores, que dispone, en fin, de las cosas y de los hombres. La situación es “consciente” porque ha sido elaborada previamente aunque el paciente no haya participado en su elaboración. (El azar es la memoria del mundo). El paciente es un extraño en la maquinaria anónima. Anonimia que provoca anonimia.
La sala de espera es un vientre, el feto –el paciente- no sabe que espera, su vuelo llegará tarde o temprano pero no sabe cuándo. Con este ejemplo bastante gráfico queda localizado nuestro punto de reflexión. El paciente interpelado por lo absoluto no sabe de dónde vino ni a dónde va ni qué hace en ese momento y en ese lugar. Es un extraño en un lugar extraño. Como desconoce el momento exacto de su partida, el tiempo interior se expande, se dilata. Un segundo es una hora, todas las horas. Su estar ahí es un instante que no pasa. Ve las horas desfilar detrás de los grandes ventanales, siente hambre, concurre periódicamente al sanitario. Pero todas estas operaciones, por estar encerradas, transcurren en un tiempo que no pasa. Lo cierto es que no puede romper el tiempo muerto... –perdería el vuelo. El paciente es el centro desorbitado de una esfera rígida. Puede perder la paciencia, pero su impaciencia no rompe los cristales, las horas no irrumpen en la sala. En el tiempo de la espera no hay horas, sabrá cuánto ha esperado cuando el vuelo se anuncie y sea despedido, mientras tanto, permanecerá impaciente pero contenido, intranquilo pero mucho menos hermoso que el tigre del zoo que frota su cuerpo en los barrotes de la jaula. Su única salida es la locura cuando la desesperación deja extendidos los amorosos brazos de la razón; o bien, el sueño plácido, vagamente agitado sobre el equipaje; o la muerte, la muerte súbita. El paciente que duerme o muere en la sala de espera simplemente desaparece; el loco, en cambio, es atado y expulsado ante la mirada atónita de los presentes que lo olvidarán con aletargada rapidez, como se olvida el airecillo que nos desordena el cabello. (La escena del loco será vertida en forma de “anécdota”, breve historia arrancada de cuajo del continuo -como lo fue el loco mismo-, y que no pide, para ser restituida, ningún enlace causal; basta la irrupción fortuita, la alegría del habla.) El tiempo y el espacio del loco es el mismo de la sala. El loco sólo transparentó de tal manera su constitución que permeó su entrada abrupta. La sala invadió su cuerpo, se hizo uno con la sala. La sala no es un lugar transitorio, no es un lugar de paso. Lo mismo el tiempo. El loco vive en un espacio-tiempo absoluto. El loco es el mejor amigo de una sala de espera. El loco es la espera misma. No viene de ninguna parte y va a ninguna parte. Se desplaza pero no sale de sí; camina con su espacio y su tiempo propios, a cuestas. El loco es el centro de una esfera íntima. Cuando las fuerzas del orden lo arrastran fuera de la sala, se la lleva consigo. Por un momento el espacio de la sala queda absolutamente vacío. Del que duerme y del que muere no hace falta dar más explicaciones: simplemente desaparecen. El sueño y la muerte son la espera sin salida. El dormido y el muerto arriban a una sala de espera remota, semejante a esa donde reposan, incluso puede ser la misma: el dormido puede soñar con la misma sala de espera donde espera en una sala de espera donde... (quizás la sala del muerto tenga menos cristales.) El loco, el dormido o el muerto son los nombres concretos de los pacientes que pueblan las salas de espera. Son nombres intercambiables, no están fijos. En las salas de espera, operan secretos milagros: el muerto enloquece, el dormido muere, el loco duerme. Variaciones nominales, el murmullo del batir de las alas de los ángeles. Las salas de espera son espacios extáticos. Además, todo el que espera tiene algo de santo o de virgen. Espacio de retiro y concentración, la sala de espera de los aeropuertos es una moderna imagen conventual; sólo que su rara eternidad es efímera.

SOBRE LOS REGLAMENTOS

por joseleon71 @ Miércoles, 14. Jun, 2006 - 08:59:50 am

En cierto modo, el usuario del no lugar
siempre está obligado a probar su inocencia.
Marc Augé. Los no lugares

Al entrar en la habitación de un hotel encontraremos detrás de la puerta un cartelito con indicaciones y normas. He observado que ofrecen muy pocas variantes, podría no leerlas, pero me mueve la curiosidad. En realidad, lo hago para comparar luego, la calidad del servicio con la severidad implícita en las normas. El mejor hotel es aquel donde las normas, el servicio y la calidad concuerdan.
Atenerse a las normas procura no pocas satisfacciones. Apenas se retiran las llaves, por un ascensor misterioso ha subido una invisible camarera a nuestra habitación. Le agradecemos silenciosamente el gesto. Ha traído las toallas, el jabón, los vasos en sus estuches plásticos. La habitación es todo esto más el imperceptible rumor del aire acondicionado. La ventana recorta un fragmento de la ciudad, abro la pequeña nevera y enciendo el televisor para apagarlo desde la cama vencido por el sueño: somera descripción rutinaria. Agradecemos que la camarera, al volver del restaurante al día siguiente tras un desayuno reparador, haya compuesto nuevamente la cama, cambiado las sábanas y las toallas, reintegrado el jabón, el papel sanitario.
En una habitación de hotel es fácil perder el nombre. Nos sostiene el enrarecido aire de familia que se desprende de los objetos, el libro de la cabecera, la camisa triste que cuelga del ropero vacío, las sandalias de baño, el vago aroma del desodorante. Nunca como en un hotel nos sentimos tan fugaces; sólo la habitación es real.
Ahora bien, la calma de esta escena proviene del tácito acatamiento de las normas. No cumplirlas desvanece la invisibilidad de los seres que hacen posible nuestra ligera condición imaginaria. Aparecen, pero no la camarera que acaso sorprendimos saliendo de la habitación vecina, silenciosa, lejana; no, de las paredes mudas comienzan a salir personas nunca conocidas, contundentes, rotundas. La relación con estas personas que viven literalmente dentro de los muros del hotel, es provocada por la desatención de las normas, por demás sencillas y reducidas a un mínimo de expresión, enunciados tomados prácticamente al dictado del sentido común, el silencio normativo formulado a lo sumo en diez frases limpias y desmitificadas. El inquilino debe hacer sin duda un gran esfuerzo para toparse con estos habitantes de las sombras, no resulta sencillo romper las reglas, salvo si se tiene la necesidad de hacer el ridículo o se está en la perentoriedad de llamar la atención a toda costa. Todos los problemas debían resolverse con una simple llamada a recepción (de más está decir que la calidad de un hotel se mide por la cantidad de veces que se haga necesario llamar a recepción), nada obliga a recurrir incluso como última instancia a la Administración.
La relación del inquilino con el Administrador queda establecida (y debiera ser de una vez y para siempre) a través del desafectado cartel detrás de la puerta, sitio muy a propósito porque nos detiene justo antes de abandonar la habitación, de modo que podemos dar la vuelta y reparar a tiempo alguna pequeña falta. El inquilino modelo, ciertamente no desea ver el rostro del administrador, realmente no le interesa, le basta que el hotel cubra sus expectativas, garantice y proporcione un sueño confortable. Este inquilino siente un desprecio profundo, un miedo atávico por aquellos seres de ultratumba capaces de colocarlo en una situación incómoda. Este inquilino realiza sin duda enormes esfuerzos para no ver en la cara del recepcionista e incluso en las camareras y demás personal anónimo, la sombra que arrojan las paredes encristaladas, y en sus sonrisas, la sonrisa macabra del administrador. Los quiere ver y sentir como a seres sencillos y amables, pero no deja de percibir ciertos gestos, rictus y medias sonrisas que no corresponden a la naturaleza humana, antes bien, a alguna caracterización imprecisa, tal vez producto de atender a los clientes mientras escuchan por medio de disimulados audífonos implantados -que los años han cubierto de piel y pelo- la voz del Administrador.
Derecho inalienable de todo inquilino: no ver el rostro del Administrador, salvo, claro está, que transgreda las normas. Nada debe obligarlo a un trato indeseable. Ningún régimen, incluso en el peor de los hoteles, tiene entre sus normas visitar sin consentimiento ni falta mediante la oficina del Administrador. El paso por el hotel ha de ser liviano y sin consecuencias, y el mejor hotel es aquel que no nos deja sentir ni el peso de las maletas. (Nada más ligero que los actuales moteles, sitios de ensueño donde la presencia humana ha sido reducida al mínimo, salvo por la presencia de uno que otro vigilante somnoliento, rodeado por el aura de estupidez que, como una sombra líquida, desfigura su rostro; o bien, si todavía alude a una presencia humana, la mano que recibe dinero y provee de preservativos, tragos, cigarrillos. El resto lo compone la mágica soledad donde el amor se reviste de artificio y carnal confort.)
Más que una indelicadeza es una falta absoluta de respeto al inquilino el hecho de que las normas formuladas detrás de la puerta no se correspondan con el silencio domesticado que debe reinar en un hotel; que el inquilino lea aunque tácitamente las normas y, por alguna arbitrariedad se vea obligado a dirigir penosos pasos a la oficina del Administrador para reparar una falta no cometida. Situación definitivamente amarga si luego de ser apresado, logra zafarse y alcanzar -pese a los perros y a la inquina- el anverso de la puerta y descubrir la arbitrariedad en letra pequeña, algo así como la norma onceava que no existe en ninguna parte, sólo ahí y justo ahora. Muchísimo peor si revisa una y otra vez la lista de normas y no descubre el lugar de su falta, y no obstante se ve arrastrado de nuevo a la oficina del Administrador para ser reconvenido por una falta cometida que desborda el sentido común, mas no escrita y por eso de una arbitrariedad obscena, lo cual abandona al inquilino en la situación de ganar a fuerza de injusticia su extraviada persona, obligándolo a dar cuenta de sí mismo cuando sólo quería ser nadie, obligándolo a asentar su nombre real en los papeles de registro, a dar cuenta pormenorizada de sus sueños y vacilaciones.
El reglamento no debe exceder el sentido común, antes bien debe ser holgado, flexible. Ningún Administrador, a no ser que se erija en un déspota, debe pretender y arrogarse derechos inconmensurables, ajenos a su mortal constitución. La humildad del Administrador reside en saber atender y saber traducir en un lenguaje prístino, en bien formuladas frases sin equívocos, las vastas prerrogativas del sentido común; en localizar y al mismo tiempo dejar invisible la oficina de la Administración que, como una flor que se abre en la noche desde una maceta olvidada, desde un jardín secreto, impregna con su delicado olor todo el hotel.

LA MUERTE DE LOS PÁJAROS

por joseleon71 @ Miércoles, 14. Jun, 2006 - 08:58:48 am

Para Hesnor, en lugar de su muerte.

“un pájaro antes de morir
vuela por dentro
hasta la rama
de su propio destello”
Antonio Trujillo. Taller de Cedro

“No llega allí la muerte: un día un pájaro
sorberá el corazón de nuestra casa,
mas no conoceremos el olvido:
Seremos la sustancia de su vuelo”
Aquiles Nazoa. Los poemas

Desde hace algún tiempo una pregunta me ronda el corazón: ¿adónde van a morir los pájaros? Mientras no sepa la respuesta poseeré en la vida y la desaparición de los pájaros una hermosa metáfora: existe un lugar ex urbis adonde se retiran a morir, lejos de las miradas humanas, un lugar no tocado ni visto por hombre alguno, un lugar virgen, un lugar desconocido.
¿Tiene lugar este sitio? Debe tenerlo, porque en él se pudren sus cuerpos, en él pasan naturalmente a la tierra, al agua, al aire, a los elementos. Ese cementerio innominado (todas las ciudades deben tener alguno cerca), desconocido por los hombres, existe sólo por sus cuerpos, mas ninguna palabra humana lo nombra. Si no lo nombra palabra humana, ¿existe?: Existirá hasta que uno de nosotros se tope con él y vuelva a la ciudad con la noticia de que hay un lugar cerca o lejos de aquí lleno de pájaros muertos. De suceder, dejaría de hacerme la pregunta.
Sostengamos, sin embargo, la incertidumbre: ese lugar no lo ha visto ningún hombre, no tiene nombre, no existe para nosotros, sólo para los cuerpos de los pájaros que se van a morir en él. Ahora bien, ¿queda algún sitio sobre la faz de la tierra, virgen? ¿Y precisamente en ese sitio van a morir todos los pájaros de todas las ciudades que sienten llegada la hora de la muerte? Soy de la idea de que cada ciudad tiene su ignoto cementerio de pájaros, pero ¿dónde? Una ciudad es el centro de una tupida red de cosas humanas, ninguna está rodeada por un río impracticable de miasmas. Los pájaros, al salir fuera de la ciudad, topan con otra. No hay un sitio afuera que no haya sido tocado o visto por al menos un hombre una vez al menos. Los pájaros, en efecto, no se van a morir afuera. Se quedan a morir dentro de la ciudad en un sitio no tocado ni visto por hombre alguno. Los pájaros se van a morir en un sitio no nombrado, desconocido, más allá del lenguaje.

Los pájaros, incluso en cautiverio, no existen. Se sostienen precariamente, duran el tiempo que los vemos. Cuando desaparecen de nuestra vista, mueren. Ver dos veces el mismo pájaro es imposible. El pájaro que vimos, al dejarlo de ver, aun en una fracción de segundo, muere y es sustituido por otro jamás idéntico. Si el mundo cerrara al unísono los ojos todos los pájaros desaparecerían. Existen por deseo, tienen la forma y el colorido de un deseo que no tiene lugar en las palabras, de un deseo desconocido; algo impronunciable se pronuncia en ellos. Cada uno es una palabra que tiene su forma. Al dejar de desearlos, mueren. El mundo se puebla con imágenes del deseo. No sabemos qué las produce, sólo sabemos que deseamos algo aleteante, de colores, suave al tacto, frágil, porque vemos a los pájaros. Tuve un deseo: vi un pájaro; es todo cuanto podemos decir. Hablamos de los pájaros siempre en pasado. Aparecen, pero no sabemos cómo; magia en la que no tenemos participación. Algo en nosotros los desea, pero no sabemos cuándo. Ese algo los necesita, y tampoco sabemos para qué. Nos alegran o les disparamos. Placer, necesidad, ¿son razones necesarias y suficientes?, tal vez; sin embargo, lo más importante es que sentimos placer o tenemos necesidad de esos vistosos deseos. Nos alegramos y alimentamos con palabras pronunciadas por un algo en nosotros recóndito, algo que pronunció la forma y el colorido de los pájaros para saciar el hambre de infinito y el hambre del cuerpo. En un sentido estricto, nos alimentamos de palabras.

En cautiverio no siempre son los mismos a los que cada mañana alimentamos y cubrimos por las noches. Nos dan, sí, la sensación de mismidad que nos detiene a un paso de la locura; su mismidad nos salva. Además, mueren en sus jaulas, a no ser que logren escapar y desaparecer, luego de revolotear un rato, cerca de nuestro alcance, aturdidos por el aire nuevo. Al morir, tomamos sus cuerpos y los enterramos. Pero ¿qué enterramos? No nuestro deseo, enterramos un cuerpo sin vida, algo que no puede modificar su constitución aunque se pudra; siempre será un pájaro muerto. No enterramos la palabra pájaro, la palabra seguirá revoloteando, cerca, aturdida por el aire nuevo. La palabra pájaro, el pájaro mismo, no existe sino en libertad, existe por el deseo. El cautiverio es una ilusión, nuestra humana forma de detener imaginariamente el vuelo de la palabra. En una jaula encerramos una incesante metamorfosis. Si nos sentamos ante una pajarera, contemplaremos las eras geológicas, los devaneos del tiempo, los multiplicados segundos, nuestra vertiginosa vida. La muerte del pájaro es desaparecer más allá del lenguaje; el que cae desplomado al fondo de la jaula es un cuerpo desanimado donde alguna vez bulló nuestro deseo. No enterramos al pájaro, sino la materia orgánica que silabea su propio alfabeto, el dictado de la corrupción. Decir “pájaro muerto”, incluso “el pájaro ha muerto” es un anacronismo; condición de pájaro es la libertad, el deseo, la vida; la muerte corresponde a lo desocupado por la palabra pájaro. Ese cuerpo al fondo de la jaula ya no es un pájaro, es un cuerpo inerte indeseado. De ahí que muy pocos se alimenten con pájaros, regularmente comen materia muerta que alguna vez fue sede del deseo; el que se alimenta con pájaros los siente dentro, se aligera, come su gracia nominal.

Si existir es permanecer en el ser, ¿qué existe de los pájaros? Lo anterior nos conmina a decir que existe su gracia nominal, el deseo momentáneo, pasajero, raudo que les da vida. Existe el pájaro al ser nombrado, cuando el verbo lo despliega ante nosotros. Existe lo que vemos con los ojos del deseo, lo que ve nuestro deseo. Sólo existe el deseo. En alguna parte se retiran a morir, y sólo resucitan cuando nuestro deseo los convoca. Sólo se extingue un pájaro cuando muere la palabra que lo nombra. Pero una palabra sola no hace el verano y un hombre desolado no es todos los hombres. Un pájaro existe porque en el deseo de al menos uno de los hombres late el deseo distraído de todos. Existe porque hay un hombre al menos que los desea, y en él late al unísono el deseo de todos. Si en este último hombre desaparece el deseo, todos los pájaros morirán. En un poeta viven todos los pájaros.

REVISTA AL CUERPO

por joseleon71 @ Lunes, 12. Jun, 2006 - 10:25:32 pm

Lo que era cuerpo queda atrás apenas entramos en un consultorio, digo, «queda atrás» lo que de nosotros conocemos como “cuerpo”, porque ¿de qué cuerpo tenemos conciencia? Sólo cuando nos duele sabemos del cuerpo, tenemos una versión de él, claro está que transfigurada por el do¬lor. Pero si no hay dolor nada sabemos del cuerpo, porque caminar, sentir, ver, hablar, sólo podemos hacerlo con el cuerpo en el momento en que olvi¬damos en que es el cuerpo el que nos permite hacerlo (de donde se desprende que pensamos en el cuerpo porque nos duele). Hay quienes lo olvidan absolutamente, hay quienes sólo lo olvidan parcialmente y andan gran parte del tiempo encima de sí, consigo, dentro de sí. A estos los vemos tropezando, hablando solos, desorientados aun en calles comunes, deteniéndose de pronto sin motivo alguno, mirando alrededor como en un día de principio de mundo.
Para lo que sigue, ni los unos ni los otros, sino aquel que va al consultorio sin que el cuerpo le duela, salvo esta vez recubierto por una segunda piel de cascarillas rosa viejo. Va, pues, al médico sin sentir dolor, sólo las molestias de una comezón persistente pero lejos de ser inso¬portable. Va al médico porque la visión del cuerpo en el espejo fue -cómo decirlo- aterradora. Por el número, por la intensidad de la visión, por el repoblamiento, por la ignorancia desvelada. Muchos días acometiendo tratamientos inútiles y el cuerpo revistiéndose, mutando, transformán¬dose. Al médico entonces, al consultorio.
Primera habitación: recortada del tiempo, paralizada hace ya unas cuantas décadas. Las paredes sobrecargadas de títulos honoríficos. Aparatos, muestras de microscopios en sus pequeñísimas urnas de cristal, enormes lupas, y una cama-escritorio que, por la posición y la dimensión del área acolchada, no vale para sentarse ni para tenderse. Luego, el cuestionario brevísimo: una pregunta del médico, un balbuceo del pa¬ciente y... ya estamos en otra habitación donde sí aparece la verdadera camilla y el monóculo con un enorme brazo blanco. El médico se hunde en una silla que cruje hasta detenerse muy abajo. El cuerpo del médico desentendido de la altura cae incómodo, hundiéndose sin proponérselo, pero eso sí, sin alarma, con suma tranquilidad, con el tranquilo fastidio de quien ha visto y tiene muchos cuerpos aún por delante: «Desvístase».
He aquí cuando comienza el corazón de estas líneas.
Luego de la orden, de una imperiosidad amodorrada pero dura como un cuchillo, se abrió la realidad.
Asombro, ahora, el del paciente sacándose la ropa una vez e inmediatamente emitida la orden, con la rapidez y la impetuosidad del que supo oscuramente lo que debía hacer, tanto que bastó escuchar la primera sílaba de la frase que contuvo la orden para arrancar con el obedecimiento, tan rápido que el médico no termina de pronunciar como un soplo la frase entera cuando ya las manos buscan los objetos personales en los bolsillos de la camisa, con una calma nerviosa que da y no da con los botones, sólo con los botones, porque el resto, la camisa, los pantalones, las medias, salen con violencia suspendida y triunfal.
Ya en ropa interior es observado lentamente por un ojo triplicado. Este cuerpo recibe las órdenes de girar, de bajar, de presentar al ojo deformado por el triple juego de lentes sus partes abscónditas, con resolución irrefle¬xiva y sin alteración del pulso.
En esos momentos, ciertamente, dudo por el pulso del cuerpo; toda la apa¬riencia -y trato de describir sólo la apariencia- es la de un cuerpo que ha suspendido toda su acti¬vidad interna, por eso puede girar, voltear, hacerle caso en todo a un desconocido absoluto, que ordena con una calma irrebatible e irreprochable, hablando desde la distancia que impone su co¬nocimiento de la especie humana, la misma que acontece ante sus ojos torturados por la paciencia. El cuerpo se convierte súbitamente en un mecanismo sordo, sin pudor, sin conciencia de sí, se trata en cualquier caso de un cuerpo deformado, un cuerpo que no es un cuerpo, un monstruo, un cuerpo irreconocible, suspendido en una pausa de la materia. Un cuerpo arrancado de lo social, pero de cuajo, limpiamente, sin sangre. Allí, el cuerpo del pa¬ciente se encuentra desnudo, pero el del médico no está vestido, porque el médico apenas si existe como cuerpo. El médico se transmuta en una presencia ni siquiera inteligente, un cuerpo opaco donde madura la ausencia. La confianza súbita del paciente en el médico (si es que se trata de confianza, porque estoy más cerca de creer que lo que ocurre es un abandono total, provocado por la caída esta vez sí súbita de toda resistencia, de la llegada inadvertida al desierto de la invalidez, a ese estado de la razón en la que no se produce ni puede llegar a producirse juicio alguno) destruye el menor resquicio de desconfianza, no está el paciente delante del médico, está expuesto a lo que desconoce absolutamente, está parado y desnudo frente a su ignorancia. El médico se borra, ya no es un hombre, menos una máquina, en el consultorio estamos desnudos y solos, y como si no estuviéramos enfermos; de hecho nos ponemos ante los ojos de una nada que ordena movimientos y gestos con un lenguaje apenas articulado, hecho de gestos levísimos, de minúsculas inclinaciones que se transforman en órdenes sin derecho a réplica, e incluso nuestro mal ha pasado a un segundo y remotísimo plano. Estamos solos, dando vueltas, girando, contorsionándonos, abriéndonos, manipulando los secretos de nuestra piel, desprovistos de ter¬nura, sin sentimientos, sin muestras de agrado o descontento, a una temperatura invariable, en una habitación enteramente envuelta por un silencio amortiguado. Expuestos a una nada inescrutable, con la que no tuvimos nunca ni tenemos aun relación alguna, que nos impele oscura y severa a hacer lo que sea, a la que no podemos dirigirnos porque no habla en absoluto nuestro idioma ni ningún otro. Estamos solos y desnudos frente a lo inexpugnable, y el miedo ha desaparecido, y con él, todo lo demás.
Puede durar hasta cinco minutos, un poco más o un poco menos, pero de más está decir que mientras duró fue eterno.
El silencio se rompe cuando el médico ordena, levantándose, ya de espaldas, «vístase». Se dirige a una tercera habitación en donde se entra con los zapatos en la mano, otra sala como la primera, detenida en el tiempo, pero en esta abundan las maderas oscuras y los libros. Sólo entonces habla el médico. De un salto entro de su mano al mundo, sabe lo que tengo y no lo calla, un asalto de piedad y conmiseración sacude mi alma. (Ojo: ¡cuando estuve en el consultorio yo no tenía nada!). Al expedirme la lista de medicamentos y recomendaciones, abre una puerta que, al cerrarse a mis espaldas, se borra.
La cara de la recepcionista ya es, de nuevo, ¡por fin!, una cara del mundo, de todos los días, como cualquier otra, pero es ella, sin embargo, la que en su tranquila humildad de carne y hueso pone en mis manos el carné que administra y autoriza mis futuros ingresos al pabellón de la inmortalidad.

SOBRE LA RUTINA

por joseleon71 @ Lunes, 12. Jun, 2006 - 10:19:54 pm

No poca sabiduría exige la rutina. No quiero hablar de los maestros zen, ni de los que viven en religión, cualquiera que esta sea. Hablaré de aquellos que han alcanzado en las ciudades, en el ajetreo de las ciudades, el desligamiento por la rutina. ¿Quiénes? ¿Quién? Pues aquel que, firme, atenazado a un horario, conduce y administra su vida desde la A hasta la Z. Aquel que sale de su casa exactamente a la hora en punto menos cuarto, que conoce al dedillo las calles que rodean los embotellamientos, que llega a la hora menos diez minutos al embotellamiento pico inevitable, que consulta el reloj al tiempo que la luz se pone en verde, que estaciona justo siempre en el lugar que conoce su imperceptible mancha de aceite, que asciende, se detiene y abre la puerta de su oficina a la hora en punto menos dos minutos, a tiempo para decirle -sin palabras, con el breve gesto de la mansa costumbre- a la recepcionista que por favor le haga llegar la taza de café con el azúcar aproximado más el periódico y los reportes de último minuto. Aquel que abre la puerta de la oficina y, todo en orden, penetra en ella sin desplazar el aire. (Todo aquel que furtivamente entrara en dicha oficina y ocupara el sitio equivocado, podría morir de asfixia.)
Ciertamente, los espacios por donde se desplaza el sujeto rutinario no pueden ser ocupados por ningún otro, le pueden quedar estrechos o muy grandes. El rutinario traza un modesto laberinto geométrico, túneles invisibles alejados de los choques impertinentes, en los que sólo penetra una bala o la presencia de un hombre o una mujer sin pasado ni futuro. No quiere esto decir que no puedan ser atravesados, y sólo una persona sumamente sensible percibiría el enrarecimiento del aire que sólo respira el rutinario. Demás está decir que estos espacios sólo pueden ser atravesados, y acaso, pero sería demasiado azar, seguidos en un tramo aunque sea mínimo de su trayectoria. Es por ello que el rutinario, enamorado de su construida vida, desea que sólo la carne de su carne transmigre y recorra los espacios que ocupa su presencia actual, y con un celo simpático, conmovedor sin duda, anhela que su sucesor los aprehenda, reproduzca y expanda.
Otros más humildes se contentan con idas programadas al gimnasio, con caminatas, con paseos a los centros comerciales. Cuentan también los domingos en el club, la iglesia, los vermissage. Pero para todo, una hora y un espacio, una atmósfera reconocida que se abre a los ojos cerrados.
El rutinario prevé los asaltos de la sorpresa. Ha dispuesto de una minuciosa red que salvaguarda su tiempo y espacio conquistados. El teléfono, que ahora carga encima, no lo distrae ni saca de sí (y sacarlo de sí significa estrictamente descarrilarlo), tiene suficiente con disponer en el menú, del número que lo coloca en cuerpo y alma virtuales, tarjeta y flores mediante -si es el caso-, en el sitio a donde está siendo requerida su presencia, es decir, aquello que, viniendo de él, ya es él. Estas son las personas de las que decimos no sin cierto orgullo: es una persona muy ocupada.
A los rutinarios es difícil y, al mismo tiempo, muy fácil ver. No están donde uno menos se los espera, sino allí donde uno va a buscarlos si es que se conoce en parte su claro y transparente plan de vida. Con los rutinarios no existen los encuentros imprevistos. Si empezamos a verlos con frecuencia, es porque nos estamos haciendo parte de su vida. Porque la vida de un rutinario es a fin de cuentas una vida exquisitamente común, al alcance de todos, su vida no es íntima ni secreta ni especial, su vida en fin, no es extraña. Si empezamos pues, a frecuentar su presencia, es porque estamos entrando en la atmósfera de la rutina salvada de la realidad, que es un imperio somnoliento y gigantesco que no nos pide nada salvo nuestra entrega sin preguntas y sin respuestas. Si comenzamos a frecuentarlo es porque nos estamos transformando no en él, sino en un rutinario más, en alguien que comparte con aquél un tiempo y un espacio. Está claro que no repetiremos exactamente su itinerario, no es a eso a lo que me refiero, digo que compartimos la rutina como se comparte una porción de espacio y tiempo que abraza en su interior multitud de intereses, sólo que dominados por un mismo rigor que seca el alma y la limpia de impurezas. Un espacio y un tiempo que no admite contactos exteriores que no sean los permitidos por él, el rutinario, que lo convierten en un cuerpo cautivo, en rehén incapaz absolutamente de admitir que ha sido arrancado a los accidentes de la vida y entregado a una paz inconmovible. De hecho, el rutinario sólo descuida la rutina -habitual- cuando su cuerpo no puede más, entonces se entrega a otra más estricta: la impuesta por la larga vejez.
El rutinario es un bastión inexpugnable de la sabiduría, sin dolor transita los espacios que ha ganado a fuerza de no ofrecer resistencia, dejándose llevar no como una veleta, sino por el peso gracioso de la necesidad ligada a su cuerpo y a sus apetencias. El rutinario, sensu estricto, no da para más. Llega a un estado de depuración que le impide crecer pero también disminuir, a menos que una desgracia exterior sacuda los fundamentos de la rutina, de la que forma parte junto a millones de seres. La rutina los subsume a todos, no es que alguien sea rutinario porque tiene su rutina, no, alguien es rutinario porque participa de la rutina, que es el todo. La rutina es una versión de la vida, no una forma de ser, es una forma que contiene variables formas de ser. La rutina es una entelequia y una aspiración. El rutinario es, bien vistas las cosas, un aprendiz, y mientras más rutinario, mientras más esquivo y duro consigo mismo (con lo propio de sí, porque lo rutinario es una adquisición, algo que se persigue y puede o no alcanzarse) y con los otros, más cerca está de comprender sin comprender los secretos de un vivir sin accidentes, sin dolor, sin aprensiones, sin desvíos ni equívocos, sin esquinas ni tormentas adventicias, sin desarrollos ni apresuramientos, sin quejas, sin tormentos, atemperados el pulso y la respiración, siempre acordes con el paisaje interior que dormita inalterable en el seno mullido de su alma artificial. El rutinario no muere, se apaga como una vela, en una habitación oscura, con los ojos abiertos, hundidos, más negros que toda la oscuridad.

SOBRE EL AMOR

por joseleon71 @ Lunes, 12. Jun, 2006 - 10:18:32 pm

Para Ana, el amor de todos mis días

Se ha dicho con insistencia abundante que la pasión amorosa es pasajera, que el ardor con el tiempo disminuye, que la costumbre y la rutina desilusionan. Que el tiempo le abre los ojos al otrora enamorado y le (de)muestra cruelmente que su amor era obnubilación y ceguera. Al contrario, el amor se alimenta y robustece, se afirma en el amor. La costumbre y la rutina lo abonan, lo nutren.
La ilusión del enamorado jamás cede a la desilusión; la desilusión misma, para el enamorado, no existe, no tiene sentido, no tiene cuerpo donde encarnar, hecho donde manifestarse. La desilusión amorosa le habla al enamorado en un idioma desconocido que él no quiere ni necesita conocer.
Una retórica en definitiva mortal se ha levantado sobre el deseo. Por objeto del deseo se toma lo que se desvanece, dejando en las manos del deseante ceniza y lágrimas; el objeto del deseo es siempre una presencia fantasmal. Las palabras “inalcanzable”, “imposible”, “lejano”, se convierten en propiedades del objeto del deseo, y, cuando ocurre que deseo y deseante se encuentran en un cruce del camino dominado por fuertes corrientes aleatorias, cuando han sido puestos cara a cara, virtualmente abando