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La reforma de la educación superior y la revolución bolivariana

por joseleon71 @ Martes, 09. Mayo, 2006 - 05:13:45 am

ALBORNOZ, Orlando (2001) La reforma de la educación superior y la revolución bolivariana. Caracas: Ediciones FACES/UCV

Orlando Albornoz plantea un dilema: la necesidad de un reajuste estructural, o la conveniencia de un ajuste ideológico, en el sistema de la educación superior. Desde la primera línea de esta nota se atiende a un rasgo del problema. Efectivamente, con lo primero, es decir, con el re-ajuste, se entiende que los cambios o reformas no deben ni pueden partir de cero, ya que los organismos y organizaciones sociales están inscritos en un continuum histórico. Imponer una reforma sin el consenso y la participación de los actores implicados, es una arbitrariedad que traerá molestias a corto y mediano plazo, y en un futuro dará al traste con el intento de reforma misma. El ajuste, en cambio, apunta a una solución de continuidad que nos conduciría en el caso de nuestras universidades, por un derrotero equivocado.
No es mezquino Albornoz cuando le achaca problemas a las actuales universidades, pero tampoco cuando cuestiona los cambios o reformas que el Gobierno actual -una actualidad a diario sacudida- postula, quiere o pretende implementar. En este caso, más imagina el futuro que analiza el presente, sin que sea desdeñable que para prefigurar el futuro disponga del Mercado como de una realidad ineludible e inevitable. Su tesis se sostiene sobre el a priori de que los ajustes ideológicos son arbitrarios, inconsultos y en definitiva, totalitarios. Este juicio es desproporcionado (en gran parte sus argumentos suscriben la tesis macarthista de los años 50, que un sector massmediáticamente influyente de la opinión venezolana ha dado en llamar “castro-comunista”) y reniega precisamente de un continuum histórico que empuja a las sociedades latinoamericanas a redefinir su posición en el mundo y a repensar su destino. Lo arbitrario -hoy- sería negar que el modelo impuesto (por la vía de la “dictadura de partidos”) por la democracia representativa caducó, y que su supervivencia de casi medio siglo no fue el producto de buenas administraciones, sino el producto de una exorbitante renta petrolera en manos de una clase dirigente, dirigida por los capitales extranjeros, principales sostenedores de la farsa de la paz y la estabilidad democrática de Venezuela- que contuvo hasta donde pudo -y no previó, porque sus cálculos responden al corto plazo de los intereses más personales- el estallido social, que trajo como consecuencia que la máscara de las democracia(s) populista(s) (latinoamericanas) no pudiera ocultar por más tiempo el rostro de la bancarrota económica, política y social.
No son pocos los teóricos de la Globalización que se refieren a la inevitabilidad del horizonte Mercado, están los que desdicen de ella e imaginan rutas inéditas, y están los que la suponen como premisa y base fundamental de cualquier análisis. Albornoz pertenece a este último grupo. A su entender, nuestras universidades no deben construir el futuro con materiales de dudosa factura científico-tecnológica (por fuerza desdeña el intercambio con países hermanos del Tercer Mundo), al contrario deben inscribirse en un futuro prediseñado, no hecho a la medida pero del que podemos participar como observadores entusiastas, todo esto sin importar que la tan atacada Cuba, sólo por traer un ejemplo neurálgico, esté entre los primeros países latinoamericanos (y del mundo) trabajando con entusiasmo en una vacuna contra el Sida o haga importantes aportes en el área de la clonación, enfermedad y proyecto que requieren, quien lo duda, de una tecnología y científicos de punta.
Siguiendo el curso de sus ideas, no estamos en condiciones de ser ni competitivos ni competidores, ya el Saber y el Conocimiento preexisten y en el mejor de los casos -los cuales nos llenan de un orgullo apagado- absorben y asimilan las excepciones -(“fuga de cerebros” es la cruda expresión que se emplea en estos casos)-. Las Universidades de Europa y Norteamérica tienen la patente del saber y el conocimiento, de modo que mal pueden las naciones del Tercer Mundo -descrédito que se traduce en “descertificación”- interpretar su pasado y su presente y construir su futuro. El Presente es único y unívoco y no ofrece otra(s) salida(s), mientras que el Futuro ya existe como una forma del presente sólo que más acabada, más perfecta, como las siempre recientísimas ediciones de ordenadores, autos o teléfonos celulares.
Albornoz acierta cuando afirma que el sistema educativo no atiende a los imperativos de la época, esto es, por ejemplo, que la modalidad de la educación presencial, en aulas, horarios, etc., el modelo docente, exige altos costos y no responde a la dinamicidad y eficiencia introducida por los medios informáticos que borran las fronteras creando y fortaleciendo una comunidad científica a nivel planetario. Esto es cierto, sí sólo sí aceptamos con relativa humildad, que no fueron creadas las condiciones que nos permitieran acceder adecuadamente y sin exclusiones a la pista del futuro, algo que en verdad no entra(ba) en planificaciones y proyecciones inmediatistas sobre la base de intereses individuales y no colectivos. El doméstico problema del “cupo” en las universidades públicas no es sino un rasgo político evidente y sensible de lo que sin duda alguna es un fenómeno muy complejo, que no puede ser resuelto de golpe, esto es, cerrando las puertas y extremando el rigor de los índices académicos, o abriendo sus puertas de par en par sin contar con una infraestructura que resista el impacto. Ciertamente, el Estado no puede darle educación gratuita al ingente número de egresados de los liceos, mas sin embargo ¿qué hacer?, ¿acaso existen alternativas? No las plantea Albornoz; por un lado y con justicia critica el incremento de institutos de educación universitaria que tergiversan la educación y a la universidad misma, con ínfimos niveles académicos, científicos y tecnológicos. Son estos centros los que luego de un marketing de vastas dimensiones sociales, en cuya ejecución participa en primer lugar la manipulación mediática de la crisis social, política y económica, manipulando a placer principios y valores como el futuro, la superación personal, las expectativas de trabajo, etc., los que han hecho un negocio de la necesidad. Por otro lado, la que cuenta en su libro como alternativa, peca de ideal. Es cierto, por ejemplo, que las Universidades deben producir desempleados, pero las necesidades del país son otras que las de la mera especulación filosófico-científica... (Piso terreno espinoso...) Me apresuro pues, a reafirmar que lo uno y lo otro, es decir, el saludable juego del conocimiento como también su articulación tecnológica son igualmente necesarios, y muy personalmente advierto que lo primero sólo es razonablemente posible cuando lo segundo ocurre eficaz y eficientemente. De alguien leí que los griegos de la antigüedad se emplearon a fondo en lo primero y desdeñaron lo segundo; ese gesto de distanciamiento intelectual es la imagen más dulcificada que de ellos conservamos, y las ideas platónicas (en su acepción vulgar y corriente) y los problemas del ser toman de ella su expresión dramática. Pero esa suerte de arquetipo no puede hacernos olvidar a Arquímedes, acaso un prototipo de lo que ha sido en el Occidente moderno una suerte de esencia: la tecnología de guerra, vanguardia de la articulación tecnológica del saber y del conocimiento.
Muchos teóricos de lo latinoamericano se han preocupado por una episteme propia, y si bien bajo el puente de la identidad es mucha el agua que ha corrido, no sería responsable abortar lo que siempre ha resultado sólo una tentativa, una aproximación, desde la “raza cósmica” hasta el “laberinto de los tres minotauros”. Y lo es, porque nos toca no sólo reconocernos como distintos, sino lograr que los otros nos reconozcan distintos sin que se activen mecanismos de exclusión por la vía expedita de lo exótico. Desde Colón, hasta esa visión mercadeada de lo latinoamericano que “invade” Hollywood y se codea con las estrellas del pop anglosajón, ha privado el sentimiento (casi exclusivamente lo sensual) pero no el conocimiento, lo que ha devenido actitud irreflexiva y hasta irracional. Lo lamentable es que hemos aprendido a vernos con los ojos de los otros, es decir, a sí mismos nos vemos como ejemplares magníficos de la floresta. Y con ello, nos autonegamos la posibilidad de reflexión, nos autoexcluimos, al tiempo que despreciamos íntimamente la posibilidad de afirmar nuestro ser, de ser nosotros.
Esta reflexión acude porque lo planteado por Albornoz es un síntoma de esta renuncia, una forma lúcida, meridiana, académica, de oscurecernos, de ocultarnos. Antes que negar tajantemente la posibilidad de iniciar un camino distinto, despreciado de antemano porque significaría un desvío de la directriz y un desacato a nuestra condición de periferia; antes que establecer relaciones con otros países que, como nosotros, se enfrentan de diversa manera a los imperativos de las metrópolis; antes que continuar cultivando relaciones bilaterales sin riesgo y por demás tradicionales y hasta despóticas, bien valdría la pena someternos a un viraje, y asumir con conciencia histórica las consecuencias políticas, económicas y sociales. No es menos cierto que el desarrollo en Occidente ha llegado a un punto de inflexión que las potencias del mundo se niegan a reconocer, actitud que nos tiene hoy al borde del abismo ecológico y, recientemente, al borde del desastre nuclear que creíamos disipado -como tantos otros fantasmas- con el fin de la Guerra Fría.
Muchos de los juicios que desarrolla Albornoz en su libro participan de la diatriba política que caldea en los medios de información audiovisuales e impresos locales, no aquellos que se dirigen a iluminar el deterioro de la educación, como tampoco aquellos en los que discurre sobre la Universidad en tanto institución ideal que se debe al conocimiento per se, condición que parece reflejar un antiguo y nunca resuelto problema filosófico consistente en resolver las relaciones entre el alma y el cuerpo, lo que en el caso de las Universidades significa encontrar los mecanismos para que el conocimiento universitario atienda a las necesidades de la sociedad. A este problema casi aporético, Albornoz responde con la mención de una suerte de satélites (“agencias de difusión” [p. 236] las llama) que orbitarían entre el cielo y la tierra llamados a descodificar los códigos celestiales para lograr su articulación terrestre.
Por otra parte, es obvio que lo que apunta sobre la necesidad de que sean las leyes del Mercado (p. 336) en mayúscula las que tracen el norte de la educación en Venezuela, es una temeridad. Habría que desconocer la realidad venezolana y en general latinoamericana, para hacer sin empacho una afirmación como esa, y sobre todo, para justificarla y seguirla a pies juntillas. Las cifras de marginalidad, aunadas al deterioro progresivo de la clase media son estadísticas que harían retroceder tentativas encaminadas en esa dirección, si verdaderamente existiera voluntad de mirar de cerca y sin miedo el peor de nuestros rostros. (La cursiva, por cierto, acude para defender la posibilidad de que el calificativo subrayado no sea sino un prejuicio inoculado por la cultura del mercado que postula la “tolerancia cero” como mecanismo de defensa contra lo desconocido, es decir, lo Otro. Y por todo lo anterior, para nosotros somos nosotros mismos los más desconocidos.)


 
 

Deporte. Modelo perfecto de globalización

por joseleon71 @ Martes, 09. Mayo, 2006 - 05:10:17 am

Eloy Altuve, en su libro Deporte. Modelo perfecto de globalización, procede como quien quita un pesado velo de los ojos; ciertamente, nada más arraigado en nosotros, socioculturalmente hablando, que el deporte y sus beneficios. Podemos cuestionar frases como “Hacer deporte es hacer patria”, o “el deporte aleja al joven de las drogas”, pero difícilmente nuestros cuestionamientos –sin el libro de Eloy- podrán conectarse con los cuestionamientos más elaborados que sobre la globalización y la cultura en general pergueñamos con más o menos asiduidad y con renovado espíritu crtítico. El hecho cierto es que el deporte estaba colocado en una de esas zonas neutras del pensamiento crítico, permanecía intocado e inalterable, y prácticamente todo lo que podía decirse de él estaba ligado a accidentes impropios de la práctica deportiva, digamos por ejemplo, comentarios del tipo: “Las apuestas perdieron a Pete Rose”, “el cuento eterno de Maradona y las drogas”, “el doping, los esteroides de los velocistas”, etc., incapaces de sacudir las estructuras de poder de las organizaciones deportivas; además, comentarios como esos, que pertenecen a una lista interminable, en realidad pasan por un flanco, y apenas rozan, el cuerpo problemático del deporte. Apuntan a una región sensible pero no vital, algo así como el mordisco de Mike Tyson: sangre, escándalo, prensa. Ni siquiera puede creerse que el escándalo mantuviera alejados los ojos de la verdad, porque lo cierto es que la verdad, el verdadero escándalo está muy lejos de los acentos y desprestigios de la prensa, de los noticieros deportivos, para los cuales el deporte es una institución cuasi sagrada, cuyos misterios son impenetrables, insondables y herméticos, y sus voceros, suerte de ángeles, emisarios de la divinidad. Conozco personas que denostan del deporte y de los deportistas, pero sólo porque privilegian el estudio, y por supuesto no ven con agrado que el Estado decline tantos recursos a una institución que forma individuos imbéciles ¬–etimológica e intelectualmente hablando. Estoy casi seguro de que desconocen los intríngulis del deporte en tanto vasta y sutilísima avanzada del Mercado, suerte de red de redes que gravita sin mácula sobre el horizonte convulsionado de los países, de los pueblos. Atacan con sus denuestos los meros accidentes, las últimas piezas de un gigantesco e invisible ajedrez, a los visibles e intercambiables peones, llámense éstos Galarraga o Romario. Mientras eso ocurre la máquina que produce el artificio no descansa y sus piezas, aceitadas ad libitum, no producen el menor ruido... Hasta que un libro como el de Eloy introduce la sospecha integral, el desacorde: El DRRC es “uno de los pocos escenarios sociales más reconocidos de igualitarimo absoluto, siendo percibido como un modelo ideal de convivencia humana (....) Modelo referencial perfecto de globalización, porque ha logrado establecer, difundir e imponer en todo el mundo –como necesaria, importante y legítima- la competencia basada en la medida y el récord”. En efecto, quién puede atacar con saña sin réplica la camaradería de los encuentros deportivos, el orden y la formación de la delegación que saluda a la tribuna principal, las manos de todos que se juntan y elevan para gritar el hurra del triunfo. Ese licor lo destila la naturaleza de los hombres, pero no sabíamos cómo era envasado y vendido, cómo era administrado por las trasnacionales del deporte y la comunicación. El deporte es la última tierra heroica, la última frontera con que cuentan los hombres para escapar a los avatares de la historia. Hace pocos meses, en una lamentablemente no recortada nota periodística, una alta directiva de la organización de las próximas Olimpíadas se alegraba de que el evento fuera el próximo año, pues ayudaría al mundo a olvidar la guerra contra Irak. Por más o menos las mismas razones recordé el famoso juego de futbolito que protagonizó la “oposición y el oficialismo” que acaeció providencialmente cuando la tensión mediática al menos en Caracas había alcanzado un grado preocupante. Sea de donde sea que haya aparecido aquel balón, el hecho cierto es que sirvió de desaguadero de tensiones, y modificó sensiblemente el discurso de violencia y provocación que era el pan diario de aquellos días. Cierto o no, la “tranca” de calles y avenidas caraqueñas alcanzó un clímax y comenzó a decaer a partir del enfrentamiento simbólico.
Por otra parte, Venezuela alimentó la imagen de "cenicienta" del deporte, no muy lucrativa y a la corta desagradable hasta para el más espontáneo nacionalista, pero cómo negar que es mucho más fácil trasmitir los juegos de las Grandes Ligas que desarrollar y sostener un sistema integrado de béisbol nacional, con participación activa y creadora del Estado y la empresa privada. En juegos recientes, Venezuela ha dado muestras de un repunte en las medallas, al menos se ha modificado la percepciòn que sobre este aspecto de los deportes se tenìa con respecto a los atletas venezolanos, cierto o no el hecho es que el tema se aleja un tanto de la imagen de lástima, del oro, plata o bronces venezolanos, ganados con sudor y làgrimas, para ceder a la del atleta que supera a otros en calidad, efectividad y eficiencia. Eso es importante, pero a la luz del libro de Eloy es de una peligrosidad delicada de advertir. El deporte de competencia no es heroico, es un negocio, por ello el repunte de las medallas depende en gran medida de la disposiciòn del Estado, los atletas y la empresa privada a implementar estrategias millonarias (no sòlo de imagen y promociòn de la imagen) que permitan entre otras cosas la creaciòn en serie y en serio de atletas òptimos. Esto es posible, pero no lo es tanto conquistar medallas como si todo dependiera del arrojo, la valentía y un cuerpo en inmejorables condiciones físicas y mentales. La industrializaciòn, la alta tecnologìa dirigida y ocupada sòlo del cuerpo de los atletas, es una realidad incuestionable y de la que países como el nuestro se encuentra alejada. De modo que el techo de nuestras medallas es natural, y se estrellará con el cielo raso cada vez más bajo de los países desarrollados. Por lo pronto, no se trata de combatir la alta tecnologìa con arrojo y tesòn, ni de crear un emporio de atletas de esteroides superrefinados y antidoping, se trata de decidir què hacer, cuál va a ser la decisiòn y què estrategia asumir con respecto a la globalizaciòn del deporte. Es el momento de colocarnos en un punto neuràlgico de la discusiòn sobre este particular, y es el momento, como pocos en la historia, de repensar, evaluar y modificar nuestra situaciòn en el mundo. La empresa tiene estas dimensiones porque se trata, en el perfil de la Venezuela que hoy se agita, de abrir la brecha hasta eliminar toda ligazón entre jugar y hacer deporte.

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