ALBORNOZ, Orlando (2001) La reforma de la educación superior y la revolución bolivariana. Caracas: Ediciones FACES/UCV
Orlando Albornoz plantea un dilema: la necesidad de un reajuste estructural, o la conveniencia de un ajuste ideológico, en el sistema de la educación superior. Desde la primera línea de esta nota se atiende a un rasgo del problema. Efectivamente, con lo primero, es decir, con el re-ajuste, se entiende que los cambios o reformas no deben ni pueden partir de cero, ya que los organismos y organizaciones sociales están inscritos en un continuum histórico. Imponer una reforma sin el consenso y la participación de los actores implicados, es una arbitrariedad que traerá molestias a corto y mediano plazo, y en un futuro dará al traste con el intento de reforma misma. El ajuste, en cambio, apunta a una solución de continuidad que nos conduciría en el caso de nuestras universidades, por un derrotero equivocado.
No es mezquino Albornoz cuando le achaca problemas a las actuales universidades, pero tampoco cuando cuestiona los cambios o reformas que el Gobierno actual -una actualidad a diario sacudida- postula, quiere o pretende implementar. En este caso, más imagina el futuro que analiza el presente, sin que sea desdeñable que para prefigurar el futuro disponga del Mercado como de una realidad ineludible e inevitable. Su tesis se sostiene sobre el a priori de que los ajustes ideológicos son arbitrarios, inconsultos y en definitiva, totalitarios. Este juicio es desproporcionado (en gran parte sus argumentos suscriben la tesis macarthista de los años 50, que un sector massmediáticamente influyente de la opinión venezolana ha dado en llamar “castro-comunista”) y reniega precisamente de un continuum histórico que empuja a las sociedades latinoamericanas a redefinir su posición en el mundo y a repensar su destino. Lo arbitrario -hoy- sería negar que el modelo impuesto (por la vía de la “dictadura de partidos”) por la democracia representativa caducó, y que su supervivencia de casi medio siglo no fue el producto de buenas administraciones, sino el producto de una exorbitante renta petrolera en manos de una clase dirigente, dirigida por los capitales extranjeros, principales sostenedores de la farsa de la paz y la estabilidad democrática de Venezuela- que contuvo hasta donde pudo -y no previó, porque sus cálculos responden al corto plazo de los intereses más personales- el estallido social, que trajo como consecuencia que la máscara de las democracia(s) populista(s) (latinoamericanas) no pudiera ocultar por más tiempo el rostro de la bancarrota económica, política y social.
No son pocos los teóricos de la Globalización que se refieren a la inevitabilidad del horizonte Mercado, están los que desdicen de ella e imaginan rutas inéditas, y están los que la suponen como premisa y base fundamental de cualquier análisis. Albornoz pertenece a este último grupo. A su entender, nuestras universidades no deben construir el futuro con materiales de dudosa factura científico-tecnológica (por fuerza desdeña el intercambio con países hermanos del Tercer Mundo), al contrario deben inscribirse en un futuro prediseñado, no hecho a la medida pero del que podemos participar como observadores entusiastas, todo esto sin importar que la tan atacada Cuba, sólo por traer un ejemplo neurálgico, esté entre los primeros países latinoamericanos (y del mundo) trabajando con entusiasmo en una vacuna contra el Sida o haga importantes aportes en el área de la clonación, enfermedad y proyecto que requieren, quien lo duda, de una tecnología y científicos de punta.
Siguiendo el curso de sus ideas, no estamos en condiciones de ser ni competitivos ni competidores, ya el Saber y el Conocimiento preexisten y en el mejor de los casos -los cuales nos llenan de un orgullo apagado- absorben y asimilan las excepciones -(“fuga de cerebros” es la cruda expresión que se emplea en estos casos)-. Las Universidades de Europa y Norteamérica tienen la patente del saber y el conocimiento, de modo que mal pueden las naciones del Tercer Mundo -descrédito que se traduce en “descertificación”- interpretar su pasado y su presente y construir su futuro. El Presente es único y unívoco y no ofrece otra(s) salida(s), mientras que el Futuro ya existe como una forma del presente sólo que más acabada, más perfecta, como las siempre recientísimas ediciones de ordenadores, autos o teléfonos celulares.
Albornoz acierta cuando afirma que el sistema educativo no atiende a los imperativos de la época, esto es, por ejemplo, que la modalidad de la educación presencial, en aulas, horarios, etc., el modelo docente, exige altos costos y no responde a la dinamicidad y eficiencia introducida por los medios informáticos que borran las fronteras creando y fortaleciendo una comunidad científica a nivel planetario. Esto es cierto, sí sólo sí aceptamos con relativa humildad, que no fueron creadas las condiciones que nos permitieran acceder adecuadamente y sin exclusiones a la pista del futuro, algo que en verdad no entra(ba) en planificaciones y proyecciones inmediatistas sobre la base de intereses individuales y no colectivos. El doméstico problema del “cupo” en las universidades públicas no es sino un rasgo político evidente y sensible de lo que sin duda alguna es un fenómeno muy complejo, que no puede ser resuelto de golpe, esto es, cerrando las puertas y extremando el rigor de los índices académicos, o abriendo sus puertas de par en par sin contar con una infraestructura que resista el impacto. Ciertamente, el Estado no puede darle educación gratuita al ingente número de egresados de los liceos, mas sin embargo ¿qué hacer?, ¿acaso existen alternativas? No las plantea Albornoz; por un lado y con justicia critica el incremento de institutos de educación universitaria que tergiversan la educación y a la universidad misma, con ínfimos niveles académicos, científicos y tecnológicos. Son estos centros los que luego de un marketing de vastas dimensiones sociales, en cuya ejecución participa en primer lugar la manipulación mediática de la crisis social, política y económica, manipulando a placer principios y valores como el futuro, la superación personal, las expectativas de trabajo, etc., los que han hecho un negocio de la necesidad. Por otro lado, la que cuenta en su libro como alternativa, peca de ideal. Es cierto, por ejemplo, que las Universidades deben producir desempleados, pero las necesidades del país son otras que las de la mera especulación filosófico-científica... (Piso terreno espinoso...) Me apresuro pues, a reafirmar que lo uno y lo otro, es decir, el saludable juego del conocimiento como también su articulación tecnológica son igualmente necesarios, y muy personalmente advierto que lo primero sólo es razonablemente posible cuando lo segundo ocurre eficaz y eficientemente. De alguien leí que los griegos de la antigüedad se emplearon a fondo en lo primero y desdeñaron lo segundo; ese gesto de distanciamiento intelectual es la imagen más dulcificada que de ellos conservamos, y las ideas platónicas (en su acepción vulgar y corriente) y los problemas del ser toman de ella su expresión dramática. Pero esa suerte de arquetipo no puede hacernos olvidar a Arquímedes, acaso un prototipo de lo que ha sido en el Occidente moderno una suerte de esencia: la tecnología de guerra, vanguardia de la articulación tecnológica del saber y del conocimiento.
Muchos teóricos de lo latinoamericano se han preocupado por una episteme propia, y si bien bajo el puente de la identidad es mucha el agua que ha corrido, no sería responsable abortar lo que siempre ha resultado sólo una tentativa, una aproximación, desde la “raza cósmica” hasta el “laberinto de los tres minotauros”. Y lo es, porque nos toca no sólo reconocernos como distintos, sino lograr que los otros nos reconozcan distintos sin que se activen mecanismos de exclusión por la vía expedita de lo exótico. Desde Colón, hasta esa visión mercadeada de lo latinoamericano que “invade” Hollywood y se codea con las estrellas del pop anglosajón, ha privado el sentimiento (casi exclusivamente lo sensual) pero no el conocimiento, lo que ha devenido actitud irreflexiva y hasta irracional. Lo lamentable es que hemos aprendido a vernos con los ojos de los otros, es decir, a sí mismos nos vemos como ejemplares magníficos de la floresta. Y con ello, nos autonegamos la posibilidad de reflexión, nos autoexcluimos, al tiempo que despreciamos íntimamente la posibilidad de afirmar nuestro ser, de ser nosotros.
Esta reflexión acude porque lo planteado por Albornoz es un síntoma de esta renuncia, una forma lúcida, meridiana, académica, de oscurecernos, de ocultarnos. Antes que negar tajantemente la posibilidad de iniciar un camino distinto, despreciado de antemano porque significaría un desvío de la directriz y un desacato a nuestra condición de periferia; antes que establecer relaciones con otros países que, como nosotros, se enfrentan de diversa manera a los imperativos de las metrópolis; antes que continuar cultivando relaciones bilaterales sin riesgo y por demás tradicionales y hasta despóticas, bien valdría la pena someternos a un viraje, y asumir con conciencia histórica las consecuencias políticas, económicas y sociales. No es menos cierto que el desarrollo en Occidente ha llegado a un punto de inflexión que las potencias del mundo se niegan a reconocer, actitud que nos tiene hoy al borde del abismo ecológico y, recientemente, al borde del desastre nuclear que creíamos disipado -como tantos otros fantasmas- con el fin de la Guerra Fría.
Muchos de los juicios que desarrolla Albornoz en su libro participan de la diatriba política que caldea en los medios de información audiovisuales e impresos locales, no aquellos que se dirigen a iluminar el deterioro de la educación, como tampoco aquellos en los que discurre sobre la Universidad en tanto institución ideal que se debe al conocimiento per se, condición que parece reflejar un antiguo y nunca resuelto problema filosófico consistente en resolver las relaciones entre el alma y el cuerpo, lo que en el caso de las Universidades significa encontrar los mecanismos para que el conocimiento universitario atienda a las necesidades de la sociedad. A este problema casi aporético, Albornoz responde con la mención de una suerte de satélites (“agencias de difusión” [p. 236] las llama) que orbitarían entre el cielo y la tierra llamados a descodificar los códigos celestiales para lograr su articulación terrestre.
Por otra parte, es obvio que lo que apunta sobre la necesidad de que sean las leyes del Mercado (p. 336) en mayúscula las que tracen el norte de la educación en Venezuela, es una temeridad. Habría que desconocer la realidad venezolana y en general latinoamericana, para hacer sin empacho una afirmación como esa, y sobre todo, para justificarla y seguirla a pies juntillas. Las cifras de marginalidad, aunadas al deterioro progresivo de la clase media son estadísticas que harían retroceder tentativas encaminadas en esa dirección, si verdaderamente existiera voluntad de mirar de cerca y sin miedo el peor de nuestros rostros. (La cursiva, por cierto, acude para defender la posibilidad de que el calificativo subrayado no sea sino un prejuicio inoculado por la cultura del mercado que postula la “tolerancia cero” como mecanismo de defensa contra lo desconocido, es decir, lo Otro. Y por todo lo anterior, para nosotros somos nosotros mismos los más desconocidos.)











