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Archivos de: May 2006

Sobre la deserción en la UBV, estado Zulia

por joseleon71 @ Domingo, 14. Mayo, 2006 - 02:06:03 pm

No voy a hablar de cosas demasiado obvias como el hecho de los cambios de pensum con cada cambio de gestión. Tampoco de las condiciones adversas que los estudiantes pueden experimentar en un espacio a veces no del todo acondicionado para la investigación y la docencia. No sé además, cómo están los verdaderos índices de deserción, y en verdad poco me importan si antes no discutimos un factor que es, según lo creo, el verdadero motor de la deserción: Hablo del grado de comprensión del modelo de educación popular y revolucionaria. Me explico: Se puede afirmar sin escapar un ápice a la verdad que nuestros estudiantes en su gran mayoría pueden oír como quien oye llover los fundamentos de la revolución, del cambio cultural, no por otra razón sino porque sus contextos de vida no han sido impactados por la revolución sino a lo sumo a través de la instrumentación de espacios de solidaridad y cooperación en alimentación y salud, principalmente, mas muy pálidamente o nada en lo que a la producción y la economía social se refieren. La guerra, no sé si lo han pensado, es profundamente desigual, la propaganda del imperio que va desde la promoción de un papel higiénico hasta lo último en música pop, la minuciosa construcción casi automática o inercial de los valores de la individualidad, de la apolítica, la destrucción minuciosa de la democracia, la construcción de la juventud como zona beligerante del consumo y el trabajo a destajo en menosprecio flagrante de niños y viejos, el diseño en fin del hombre y la mujer domesticados, pasivos, obedientes, apenas si será rasguñado por el discurso ubevista cuando éste, claro está, asume la educación como un enfrentar lo viejo para destruirlo en función de lo nuevo. Desmantelar las bases del viejo estado es lo que se ha propuesto nuestro Presidente, y en eso lo acompañamos. Pero el viejo estado se reagrupa a cada golpe, sus piezas funcionan más aceitadamente, sin duda son años y años de manipulación, astucia y miedo. De modo que la discursividad del anciano régimen se cuela incluso en las paredes de la UBV y sus hongos afloran. Sencillamente porque los docentes están implicados en la misma batalla cultural que los estudiantes, es decir, estamos todos en el mismo paquete y no estamos exentos de reproducir lo que nos enseñaron en las viejas universidades. Sólo que tenemos que hacer el esfuerzo, eso sí, de detectar lo viejo, de desmontar los aparatos de la propaganda para poder ayudarlos y ayudarnos. Mas me temo que, obsecadamente, nos afirmamos en lo que nos parece una tabla de salvación porque la ignorancia duele. Nos cuesta renunciar a una vida sin sentido porque nos brinda, pese a todo, y en eso participó la propaganda del Imperio, el espejismo de la seguridad. Nos llenó de ilusiones vanas pero que al menos cuentan en nuestro inventario de nulidades como ilusiones; y con eso nos conformamos. Es fácil, mientras no se nos exija nada y mientras continuemos cultivando la sangre fría necesaria y suficiente para darle la estocada al amigo o simplemente al otro –si no es de mi agrado o no lo conozco mejor- para poder seguir vivos y por encima. Desde hace un tiempo vengo pensando en lo que llamo “el efecto Dolly”: cuando algo del pasado se clona envejece prematuramente. Llamo entonces a profundizar en lo ideológico, a reconocer los signos de la guerra cultural. Se trata del enfrentamiento, más o menos, de dos visiones del mundo. El mundo de la ganancia y el individualismo, contra el mundo de la solidaridad, el trabajo y la cooperación. Vivimos actualmente un capitalismo especulativo que denigra del trabajo creador y productivo, estamos en el discurso y con algunos buenos ejemplos, demostrando que es posible ser solidarios y trabajar por incentivos más humanos que el dinero, pero nos falta mucho y nos alejamos más y más cuando nos distraemos de la guerra y “damos clases” en función de un país que lo mejor que nos puede pasar es que deje de existir, definitivamente. Pero como el caso que me ocupa es el de la deserción, no puedo afirmar ni de cerca que esto haya contribuido a sus índices, digo, en lo que se refiere a la disposición de nuestros estudiantes a echarle bolas a la guerra cultural contra el Imperio. Sería más fácil si el estudiante no estuviera solo, pero de eso ya hablé. De lo que sí estoy seguro es que esta situación casi absoluta de indefensión ante el Imperio y sus medios de difusión, mina la posibilidad de que el número de estudiantes y futuros profesionales ganados para la construcción del país que nuestros hijos y nietos necesitan, crezca y se sostenga sensiblemente, hasta el punto de inclinar la balanza y dar la guerra donde le dolería al Imperio, por ejemplo, en un enfrentamiento decidido y programático contra el consumo irracional, casi fin último del Imperio en su articulación mercantilista. Impactar la lógica del consumo “salvaje” pasaría antes y después por la modificación sustancial de la producción y las formas del trabajo y en definitiva de la vida. Se trataría ahí sí de una revolución cultural, con todas las de la ley. Pero nosotros y nuestros estudiantes estamos entrampados en la dinámica del consumo capitalista naturalizado y por ende irreflexivo. Creemos que el capitalismo y las relaciones económicas que funda son inherentes a la condición humana. Creemos que el comercio competitivo es natural y lógico. Mientras ello no sea motivo de reflexión, debate, discusión; mientras ello no impacte los programas de educación, los pensum, los currículo; mientras ello no nos lleve a crear fórmulas de trabajo, docencia e investigación que remonten la cuesta contra las avanzadas implacables del Imperio; compañeros, no habrá nada qué hacer. Los estudiantes desertarán siempre que los ofrecimientos del modelo imperante les hagan mejores mimos, las universidades y tecnológicos privados que proliferaron sobre todo en los gobiernos copeyanos cabalgaron sobre el desencanto de los bachilleres ante las universidades públicas (recuerden que era un ataque contra las Universidades públicas cuyo escenario de desidia había sidoi creado ex profeso con la intención de que la población ansiara la privatización, como lo estaban haciendo con PDVSA y otras empresas públicas)(1) y sobre el eslogan terrible del “tiempo es oro”: no pierdas tiempo, en dos años serás un profesional, venta de ilusiones que condujo más pronto que tarde a la frustración pero eso sí, al enriquecimiento astronómico de las fortunas de unas cuantas familias que, por sus nexos con el Estado arriesgaron dinero que era del Estado al tiempo que se embolsillaban todas las ganancias, y si ocurría demencialmente que estuvieran a punto de quiebra, pues el Estado, tratándose de un supuesto bien de la República, las salvaba. Con esta estrategia de manipulación a gran escala, suerte de, sin exagerar, genocidio cultural, los capitales privados se acrecentaron sobre la visión pragmática de un país demasiado rico pero sólo para mí y sin futuro para los demás, salvo la cárcel, la masacre, la represión. Asistíamos al derrumbamiento del Estado paternalista y del sistema político partidista que lo sostenía. Reeditarlo hoy no puede ser sino un peligroso anacronismo: y peor, porque nadie saldrá beneficiado. Nadie gana, sino que se alimenta la ilusión, el estado del disimulo, como lo describió magistralmente Cabrujas, ille tempore. ¿O sí? Gana el Imperio. Además, ¿no sabemos acaso que el desempleo es estructural y que no estamos haciendo demasiado para acabar con las estructuras del capitalismo, si hasta hablamos impunemente de “mercado laboral” (¡!)?; las becas pagadas por la CIA (en el estado Zulia hablo de JEL) son más efectivas que nuestros discursos porque están acompañadas de una vastísima y minuciosa industria cultural, en la que nosotros mismos estamos implicados, y de las que nos cuesta ver los límites, su esencia y naturaleza, porque fuimos educados precisamente para que no los viéramos y aceptáramos como propio de la vida y de nuestra humana condición. Fuimos educados para ser dominados, para recibir órdenes, para ser obedientes, y confundimos el acatamiento con la disciplina, el orden y la eficiencia. La libertad, nos dijo el amo, era desorden, descarrilamiento, horror vacui. Nos toca repensar la democracia, pero no veo demasiado interés en ello. De modo que, aunque tengamos en nuestros salones de clases a miles y miles de estudiantes, habrá en términos de lo que la revolución necesita, en términos de lo que la vida y el planeta necesitan, deserción. Habrán desertado sin haber estado incluidos jamás.

Nota
1. http://www.uaemex.mx/webvirtual/wwwconver/htdocs/rev29/29pdf/RES_JOSEJLEON.pdf


 
 

La reforma de la educación superior y la revolución bolivariana

por joseleon71 @ Martes, 09. Mayo, 2006 - 05:13:45 am

ALBORNOZ, Orlando (2001) La reforma de la educación superior y la revolución bolivariana. Caracas: Ediciones FACES/UCV

Orlando Albornoz plantea un dilema: la necesidad de un reajuste estructural, o la conveniencia de un ajuste ideológico, en el sistema de la educación superior. Desde la primera línea de esta nota se atiende a un rasgo del problema. Efectivamente, con lo primero, es decir, con el re-ajuste, se entiende que los cambios o reformas no deben ni pueden partir de cero, ya que los organismos y organizaciones sociales están inscritos en un continuum histórico. Imponer una reforma sin el consenso y la participación de los actores implicados, es una arbitrariedad que traerá molestias a corto y mediano plazo, y en un futuro dará al traste con el intento de reforma misma. El ajuste, en cambio, apunta a una solución de continuidad que nos conduciría en el caso de nuestras universidades, por un derrotero equivocado.
No es mezquino Albornoz cuando le achaca problemas a las actuales universidades, pero tampoco cuando cuestiona los cambios o reformas que el Gobierno actual -una actualidad a diario sacudida- postula, quiere o pretende implementar. En este caso, más imagina el futuro que analiza el presente, sin que sea desdeñable que para prefigurar el futuro disponga del Mercado como de una realidad ineludible e inevitable. Su tesis se sostiene sobre el a priori de que los ajustes ideológicos son arbitrarios, inconsultos y en definitiva, totalitarios. Este juicio es desproporcionado (en gran parte sus argumentos suscriben la tesis macarthista de los años 50, que un sector massmediáticamente influyente de la opinión venezolana ha dado en llamar “castro-comunista”) y reniega precisamente de un continuum histórico que empuja a las sociedades latinoamericanas a redefinir su posición en el mundo y a repensar su destino. Lo arbitrario -hoy- sería negar que el modelo impuesto (por la vía de la “dictadura de partidos”) por la democracia representativa caducó, y que su supervivencia de casi medio siglo no fue el producto de buenas administraciones, sino el producto de una exorbitante renta petrolera en manos de una clase dirigente, dirigida por los capitales extranjeros, principales sostenedores de la farsa de la paz y la estabilidad democrática de Venezuela- que contuvo hasta donde pudo -y no previó, porque sus cálculos responden al corto plazo de los intereses más personales- el estallido social, que trajo como consecuencia que la máscara de las democracia(s) populista(s) (latinoamericanas) no pudiera ocultar por más tiempo el rostro de la bancarrota económica, política y social.
No son pocos los teóricos de la Globalización que se refieren a la inevitabilidad del horizonte Mercado, están los que desdicen de ella e imaginan rutas inéditas, y están los que la suponen como premisa y base fundamental de cualquier análisis. Albornoz pertenece a este último grupo. A su entender, nuestras universidades no deben construir el futuro con materiales de dudosa factura científico-tecnológica (por fuerza desdeña el intercambio con países hermanos del Tercer Mundo), al contrario deben inscribirse en un futuro prediseñado, no hecho a la medida pero del que podemos participar como observadores entusiastas, todo esto sin importar que la tan atacada Cuba, sólo por traer un ejemplo neurálgico, esté entre los primeros países latinoamericanos (y del mundo) trabajando con entusiasmo en una vacuna contra el Sida o haga importantes aportes en el área de la clonación, enfermedad y proyecto que requieren, quien lo duda, de una tecnología y científicos de punta.
Siguiendo el curso de sus ideas, no estamos en condiciones de ser ni competitivos ni competidores, ya el Saber y el Conocimiento preexisten y en el mejor de los casos -los cuales nos llenan de un orgullo apagado- absorben y asimilan las excepciones -(“fuga de cerebros” es la cruda expresión que se emplea en estos casos)-. Las Universidades de Europa y Norteamérica tienen la patente del saber y el conocimiento, de modo que mal pueden las naciones del Tercer Mundo -descrédito que se traduce en “descertificación”- interpretar su pasado y su presente y construir su futuro. El Presente es único y unívoco y no ofrece otra(s) salida(s), mientras que el Futuro ya existe como una forma del presente sólo que más acabada, más perfecta, como las siempre recientísimas ediciones de ordenadores, autos o teléfonos celulares.
Albornoz acierta cuando afirma que el sistema educativo no atiende a los imperativos de la época, esto es, por ejemplo, que la modalidad de la educación presencial, en aulas, horarios, etc., el modelo docente, exige altos costos y no responde a la dinamicidad y eficiencia introducida por los medios informáticos que borran las fronteras creando y fortaleciendo una comunidad científica a nivel planetario. Esto es cierto, sí sólo sí aceptamos con relativa humildad, que no fueron creadas las condiciones que nos permitieran acceder adecuadamente y sin exclusiones a la pista del futuro, algo que en verdad no entra(ba) en planificaciones y proyecciones inmediatistas sobre la base de intereses individuales y no colectivos. El doméstico problema del “cupo” en las universidades públicas no es sino un rasgo político evidente y sensible de lo que sin duda alguna es un fenómeno muy complejo, que no puede ser resuelto de golpe, esto es, cerrando las puertas y extremando el rigor de los índices académicos, o abriendo sus puertas de par en par sin contar con una infraestructura que resista el impacto. Ciertamente, el Estado no puede darle educación gratuita al ingente número de egresados de los liceos, mas sin embargo ¿qué hacer?, ¿acaso existen alternativas? No las plantea Albornoz; por un lado y con justicia critica el incremento de institutos de educación universitaria que tergiversan la educación y a la universidad misma, con ínfimos niveles académicos, científicos y tecnológicos. Son estos centros los que luego de un marketing de vastas dimensiones sociales, en cuya ejecución participa en primer lugar la manipulación mediática de la crisis social, política y económica, manipulando a placer principios y valores como el futuro, la superación personal, las expectativas de trabajo, etc., los que han hecho un negocio de la necesidad. Por otro lado, la que cuenta en su libro como alternativa, peca de ideal. Es cierto, por ejemplo, que las Universidades deben producir desempleados, pero las necesidades del país son otras que las de la mera especulación filosófico-científica... (Piso terreno espinoso...) Me apresuro pues, a reafirmar que lo uno y lo otro, es decir, el saludable juego del conocimiento como también su articulación tecnológica son igualmente necesarios, y muy personalmente advierto que lo primero sólo es razonablemente posible cuando lo segundo ocurre eficaz y eficientemente. De alguien leí que los griegos de la antigüedad se emplearon a fondo en lo primero y desdeñaron lo segundo; ese gesto de distanciamiento intelectual es la imagen más dulcificada que de ellos conservamos, y las ideas platónicas (en su acepción vulgar y corriente) y los problemas del ser toman de ella su expresión dramática. Pero esa suerte de arquetipo no puede hacernos olvidar a Arquímedes, acaso un prototipo de lo que ha sido en el Occidente moderno una suerte de esencia: la tecnología de guerra, vanguardia de la articulación tecnológica del saber y del conocimiento.
Muchos teóricos de lo latinoamericano se han preocupado por una episteme propia, y si bien bajo el puente de la identidad es mucha el agua que ha corrido, no sería responsable abortar lo que siempre ha resultado sólo una tentativa, una aproximación, desde la “raza cósmica” hasta el “laberinto de los tres minotauros”. Y lo es, porque nos toca no sólo reconocernos como distintos, sino lograr que los otros nos reconozcan distintos sin que se activen mecanismos de exclusión por la vía expedita de lo exótico. Desde Colón, hasta esa visión mercadeada de lo latinoamericano que “invade” Hollywood y se codea con las estrellas del pop anglosajón, ha privado el sentimiento (casi exclusivamente lo sensual) pero no el conocimiento, lo que ha devenido actitud irreflexiva y hasta irracional. Lo lamentable es que hemos aprendido a vernos con los ojos de los otros, es decir, a sí mismos nos vemos como ejemplares magníficos de la floresta. Y con ello, nos autonegamos la posibilidad de reflexión, nos autoexcluimos, al tiempo que despreciamos íntimamente la posibilidad de afirmar nuestro ser, de ser nosotros.
Esta reflexión acude porque lo planteado por Albornoz es un síntoma de esta renuncia, una forma lúcida, meridiana, académica, de oscurecernos, de ocultarnos. Antes que negar tajantemente la posibilidad de iniciar un camino distinto, despreciado de antemano porque significaría un desvío de la directriz y un desacato a nuestra condición de periferia; antes que establecer relaciones con otros países que, como nosotros, se enfrentan de diversa manera a los imperativos de las metrópolis; antes que continuar cultivando relaciones bilaterales sin riesgo y por demás tradicionales y hasta despóticas, bien valdría la pena someternos a un viraje, y asumir con conciencia histórica las consecuencias políticas, económicas y sociales. No es menos cierto que el desarrollo en Occidente ha llegado a un punto de inflexión que las potencias del mundo se niegan a reconocer, actitud que nos tiene hoy al borde del abismo ecológico y, recientemente, al borde del desastre nuclear que creíamos disipado -como tantos otros fantasmas- con el fin de la Guerra Fría.
Muchos de los juicios que desarrolla Albornoz en su libro participan de la diatriba política que caldea en los medios de información audiovisuales e impresos locales, no aquellos que se dirigen a iluminar el deterioro de la educación, como tampoco aquellos en los que discurre sobre la Universidad en tanto institución ideal que se debe al conocimiento per se, condición que parece reflejar un antiguo y nunca resuelto problema filosófico consistente en resolver las relaciones entre el alma y el cuerpo, lo que en el caso de las Universidades significa encontrar los mecanismos para que el conocimiento universitario atienda a las necesidades de la sociedad. A este problema casi aporético, Albornoz responde con la mención de una suerte de satélites (“agencias de difusión” [p. 236] las llama) que orbitarían entre el cielo y la tierra llamados a descodificar los códigos celestiales para lograr su articulación terrestre.
Por otra parte, es obvio que lo que apunta sobre la necesidad de que sean las leyes del Mercado (p. 336) en mayúscula las que tracen el norte de la educación en Venezuela, es una temeridad. Habría que desconocer la realidad venezolana y en general latinoamericana, para hacer sin empacho una afirmación como esa, y sobre todo, para justificarla y seguirla a pies juntillas. Las cifras de marginalidad, aunadas al deterioro progresivo de la clase media son estadísticas que harían retroceder tentativas encaminadas en esa dirección, si verdaderamente existiera voluntad de mirar de cerca y sin miedo el peor de nuestros rostros. (La cursiva, por cierto, acude para defender la posibilidad de que el calificativo subrayado no sea sino un prejuicio inoculado por la cultura del mercado que postula la “tolerancia cero” como mecanismo de defensa contra lo desconocido, es decir, lo Otro. Y por todo lo anterior, para nosotros somos nosotros mismos los más desconocidos.)

Deporte. Modelo perfecto de globalización

por joseleon71 @ Martes, 09. Mayo, 2006 - 05:10:17 am

Eloy Altuve, en su libro Deporte. Modelo perfecto de globalización, procede como quien quita un pesado velo de los ojos; ciertamente, nada más arraigado en nosotros, socioculturalmente hablando, que el deporte y sus beneficios. Podemos cuestionar frases como “Hacer deporte es hacer patria”, o “el deporte aleja al joven de las drogas”, pero difícilmente nuestros cuestionamientos –sin el libro de Eloy- podrán conectarse con los cuestionamientos más elaborados que sobre la globalización y la cultura en general pergueñamos con más o menos asiduidad y con renovado espíritu crtítico. El hecho cierto es que el deporte estaba colocado en una de esas zonas neutras del pensamiento crítico, permanecía intocado e inalterable, y prácticamente todo lo que podía decirse de él estaba ligado a accidentes impropios de la práctica deportiva, digamos por ejemplo, comentarios del tipo: “Las apuestas perdieron a Pete Rose”, “el cuento eterno de Maradona y las drogas”, “el doping, los esteroides de los velocistas”, etc., incapaces de sacudir las estructuras de poder de las organizaciones deportivas; además, comentarios como esos, que pertenecen a una lista interminable, en realidad pasan por un flanco, y apenas rozan, el cuerpo problemático del deporte. Apuntan a una región sensible pero no vital, algo así como el mordisco de Mike Tyson: sangre, escándalo, prensa. Ni siquiera puede creerse que el escándalo mantuviera alejados los ojos de la verdad, porque lo cierto es que la verdad, el verdadero escándalo está muy lejos de los acentos y desprestigios de la prensa, de los noticieros deportivos, para los cuales el deporte es una institución cuasi sagrada, cuyos misterios son impenetrables, insondables y herméticos, y sus voceros, suerte de ángeles, emisarios de la divinidad. Conozco personas que denostan del deporte y de los deportistas, pero sólo porque privilegian el estudio, y por supuesto no ven con agrado que el Estado decline tantos recursos a una institución que forma individuos imbéciles ¬–etimológica e intelectualmente hablando. Estoy casi seguro de que desconocen los intríngulis del deporte en tanto vasta y sutilísima avanzada del Mercado, suerte de red de redes que gravita sin mácula sobre el horizonte convulsionado de los países, de los pueblos. Atacan con sus denuestos los meros accidentes, las últimas piezas de un gigantesco e invisible ajedrez, a los visibles e intercambiables peones, llámense éstos Galarraga o Romario. Mientras eso ocurre la máquina que produce el artificio no descansa y sus piezas, aceitadas ad libitum, no producen el menor ruido... Hasta que un libro como el de Eloy introduce la sospecha integral, el desacorde: El DRRC es “uno de los pocos escenarios sociales más reconocidos de igualitarimo absoluto, siendo percibido como un modelo ideal de convivencia humana (....) Modelo referencial perfecto de globalización, porque ha logrado establecer, difundir e imponer en todo el mundo –como necesaria, importante y legítima- la competencia basada en la medida y el récord”. En efecto, quién puede atacar con saña sin réplica la camaradería de los encuentros deportivos, el orden y la formación de la delegación que saluda a la tribuna principal, las manos de todos que se juntan y elevan para gritar el hurra del triunfo. Ese licor lo destila la naturaleza de los hombres, pero no sabíamos cómo era envasado y vendido, cómo era administrado por las trasnacionales del deporte y la comunicación. El deporte es la última tierra heroica, la última frontera con que cuentan los hombres para escapar a los avatares de la historia. Hace pocos meses, en una lamentablemente no recortada nota periodística, una alta directiva de la organización de las próximas Olimpíadas se alegraba de que el evento fuera el próximo año, pues ayudaría al mundo a olvidar la guerra contra Irak. Por más o menos las mismas razones recordé el famoso juego de futbolito que protagonizó la “oposición y el oficialismo” que acaeció providencialmente cuando la tensión mediática al menos en Caracas había alcanzado un grado preocupante. Sea de donde sea que haya aparecido aquel balón, el hecho cierto es que sirvió de desaguadero de tensiones, y modificó sensiblemente el discurso de violencia y provocación que era el pan diario de aquellos días. Cierto o no, la “tranca” de calles y avenidas caraqueñas alcanzó un clímax y comenzó a decaer a partir del enfrentamiento simbólico.
Por otra parte, Venezuela alimentó la imagen de "cenicienta" del deporte, no muy lucrativa y a la corta desagradable hasta para el más espontáneo nacionalista, pero cómo negar que es mucho más fácil trasmitir los juegos de las Grandes Ligas que desarrollar y sostener un sistema integrado de béisbol nacional, con participación activa y creadora del Estado y la empresa privada. En juegos recientes, Venezuela ha dado muestras de un repunte en las medallas, al menos se ha modificado la percepciòn que sobre este aspecto de los deportes se tenìa con respecto a los atletas venezolanos, cierto o no el hecho es que el tema se aleja un tanto de la imagen de lástima, del oro, plata o bronces venezolanos, ganados con sudor y làgrimas, para ceder a la del atleta que supera a otros en calidad, efectividad y eficiencia. Eso es importante, pero a la luz del libro de Eloy es de una peligrosidad delicada de advertir. El deporte de competencia no es heroico, es un negocio, por ello el repunte de las medallas depende en gran medida de la disposiciòn del Estado, los atletas y la empresa privada a implementar estrategias millonarias (no sòlo de imagen y promociòn de la imagen) que permitan entre otras cosas la creaciòn en serie y en serio de atletas òptimos. Esto es posible, pero no lo es tanto conquistar medallas como si todo dependiera del arrojo, la valentía y un cuerpo en inmejorables condiciones físicas y mentales. La industrializaciòn, la alta tecnologìa dirigida y ocupada sòlo del cuerpo de los atletas, es una realidad incuestionable y de la que países como el nuestro se encuentra alejada. De modo que el techo de nuestras medallas es natural, y se estrellará con el cielo raso cada vez más bajo de los países desarrollados. Por lo pronto, no se trata de combatir la alta tecnologìa con arrojo y tesòn, ni de crear un emporio de atletas de esteroides superrefinados y antidoping, se trata de decidir què hacer, cuál va a ser la decisiòn y què estrategia asumir con respecto a la globalizaciòn del deporte. Es el momento de colocarnos en un punto neuràlgico de la discusiòn sobre este particular, y es el momento, como pocos en la historia, de repensar, evaluar y modificar nuestra situaciòn en el mundo. La empresa tiene estas dimensiones porque se trata, en el perfil de la Venezuela que hoy se agita, de abrir la brecha hasta eliminar toda ligazón entre jugar y hacer deporte.

Ni Borges ni Teodoro sino Bush

por joseleon71 @ Lunes, 08. Mayo, 2006 - 05:53:31 am

Todos sabemos que este año electoral va a ser particularmente fuerte para el pueblo venezolano. El triunfo de Preval en Haití, pese al intento de fraude y manipulación de EEUU y sus cómplices, el triunfo de Evo Morales, el ascenso de Humala, la intranquilidad de las piezas en la izquierda centroamericana, el desmoronamiento progresivo del increíble 70% de Uribe en Colombia, sólo por hablar de cosas recientes, pero sin olvidar el contundente triunfo de Tabaré Vásquez en el Uruguay, el fortalecimiento de Mercosur y ahora, el descalabro de la Comunidad Andina (CAN) por la firma de los TLC por parte de Colombia (largamente entregada a los EEUU) y Perú, en el más reciente y acaso el último gesto de lamentable entreguismo de Toledo. En este escenario, donde las izquierdas y sus discursos progresistas y humanistas van ocupando el panorama social, político, económico, no sólo en América Latina sino en Europa, en fin, en este marco de relaciones que sacuden la estabilidad del neoliberalismo, sumando a esto la salida y el impacto de Telesur, la alianza energética suramericana y la integración caribeña, obligan al Imperio a desatar una feroz campaña mediáticomilitar, esencialmente intimidatoria, mostrando los dientes con el despliegue de las maniobras militares en aguas del Caribe, acompañada del bombardeo mediático articulado a una suerte de red de voceros del Pentágono colocados y activados en cualquier punto del planeta. La falta de imaginación del Imperio para llevar a cabo la desestabilización ha sido para el pueblo venezolano sumamente ventajoso porque le permite adivinar y anticipar las famosas “ollas” y levantarles la tapa antes de que el caldo espese. Es lo que ha sucedido con los recientes casos que no vale la pena mencionar. Los actores políticos mediáticos (algunos en el exterior, huyendo de la justicia y protegidos por los EEUU) otros repitiendo viejos libretos y sin lograr el impacto y el descalabro de la sorpresa, se encuentran en una suerte de cámara lenta, peligrosa, como sabemos, porque a la derecha más dura no le importan las víctimas de la violencia sino la muerte como show. Su inercia, su guerra de baja intensidad, ha tenido que ser reforzada por la participación activa nada más y nada menos que del propio embajador de los EEUU, adelantándose en la campaña, por cierto, a Teodoro, que no a Borges, que a su modo está en campaña desde hace al menos dos años (y por eso poco lo quieren en AD.) Vemos entonces que en el escenario político venezolano el factor internacional es más fuerte que el interno, con una oposición (la compuesta por actores venezolanos) esencialmente golpista y anticonstitucional, con mucho espacio mediático pero sin pueblo. De ahí el ataque a las elecciones como mecanismo democrático, al CNE y al sistema electoral. Las únicas condiciones que aceptarían sin protestar son aquellas que les garanticen el fraude. Por otra parte, los únicos que se han opuesto a las tesis extremistas del fraude y la no participación en las elecciones, son Borges y Teodoro, lanzados en una batalla casi personal, en la que ambos conocen su suerte, perder ante Chávez, pero seguros de conquistar (ellos y su equipo, en el caso de Teodoro esta arreguindamiento es más que evidente) mejores posiciones que AD y COPEI que saldrían definitivamente del escenario político venezolano. Sobre sus ofrecimientos, es evidente que no pueden ofrecer algo que halague el oído venezolano que no lo haya escuchado hasta la saciedad por Chávez, y no sólo eso, sino que tienen que luchar contra la evidencia –muchas veces difícil de ocultar- de que el Gobierno está cumpliendo sus promesas. Con todo, hasta en las encuestas impublicables (por ellos) Chávez ronda el 70% ¡y la campaña no ha empezado y los Consejo Comunales están entrando en calor y los módulos de Barrio Adentro y las Madres del Barrio, etc.) Está claro, la pelea más difícil no es adentro, ni con Borges ni Teodoro, el asunto es cómo seguir conteniendo la amenaza militar del Imperio.

DEMOCRACIA Y CONOCIMIENTO

por joseleon71 @ Sábado, 06. Mayo, 2006 - 12:29:46 am

¿El conocimiento pre-existe o se construye? Si pre-existe, entonces hablamos de un conocimiento único porque, como Dios, sólo existe lo que se puede reducir a la unidad. Existe el Hombre, porque existen todos los hombres. Y todos los dioses apuntarían directa o indirectamente a un Dios único. Si el conocimiento se construye, entonces no existe per se, de ahí la pluralidad, la diversidad de mundos, de hombres, de universos posibles.
La existencia o no del conocimiento plantea algunos problemas. Entre otros ¿qué, quién o quiénes tienen el conocimiento que pre-existe?, ¿quiénes construyen el que no? En la primera pregunta, resulta válido preguntar qué, puesto que si el conocimiento pre-existe entonces es independiente a la actividad humana y aun a la existencia del hombre. De modo que el conocimiento puede depositarse en una piedra, en un árbol, en un libro. Como pre-existe, hay que aprehenderlo; y si todos no pueden, entonces habrá quien o quienes puedan hacerlo, en beneficio o maleficio de todos o de unos pocos. En la segunda pregunta resulta imperativo el quiénes, porque el proyecto de construir el conocimiento es sumamente vasto y difícilmente la empresa de un hombre solitario. Podríamos hablar de quién lo construye si cediéramos a la tentación de la unicidad, porque ciertamente lo construye el Hombre. Pero aquí necesitaríamos una humanidad uniforme, única, como de una sola dimensión, capaz de pensar y acordar las mismas cosas, del mismo modo, tal vez hasta en un mismo instante. Por esta vía llegaríamos de nuevo al pensamiento único, porque no otra cosa significaría el hecho de poseer todos (no entre todos) el conocimiento, producido indistintamente por uno, por dos o por millones. Al final de cuentas, lo uno devoraría a los hombres y aparecería en una única dimensión, con un solo rostro, la humanidad. Sea pues, que se haga entre todos pensando lo mismo, o por uno o unos pocos pensando lo mismo por todos, el conocimiento sería esencialmente uno y único, lo que a su vez generaría la sospecha, si no la certidumbre de que sólo una forma del conocimiento existiría y a ella estamos condenados de antemano, pre-determinados y, en cuanto al esfuerzo, igual valdría el de uno, el de unos pocos, el de todos.
Vueltos a considerar las cosas en una escala más humana, el conocimiento no pre-existe sino que, antes bien, se construye, mejor, lo construimos, porque el se prescinde de nosotros y/o de todas las demás cosas para construirse. (Se advierte que esta es una forma de nombrar a Dios.) Si hay que construirlo ya hemos visto que en tal empresa no puede trabajar uno solo, ni unos pocos, ni unos pocos millones; en esa empresa necesitamos trabajar todos. Pero esto último se acerca peligrosamente a la noción del pensamiento único, porque toda la humanidad construyendo el conocimiento habría de llegar fatalmente a un mismo conocimiento, con lo que estaríamos negando las diferencias (algunas insalvables) o bien las diversas formas de ver el mundo. Además, ver el mundo ya es de algún modo conocerlo, porque no hay visión neutra, apagada u opaca. Ver es de algún modo interpretar y traducir y, al hacerlo, mi visión del mundo aparece.
El mundo entonces pre-existe. Suponer que el conocimiento pre-existe, además y consecuencia de ello, es suponer que el conocimiento –repito- prescinde del hombre para su existencia. Y ciertamente, el mundo no nació con el hombre, o mejor, el mundo es anterior al hombre. Desde el primer contacto de conciencia humana y mundo, hubo conocimiento. El conocimiento es hechura humana, pasmo, pavor, aventura. Pero no pre-existe como el mundo, sino que en tanto hechura humana, y no de un hombre solo, es social. De modo que el mundo social se sobrepone como una segunda naturaleza a la naturaleza del mundo. Y este mundo social, claro está, supone conocimiento socializado, estrictamente hablando, supone diversos, múltiples, tantos conocimientos como formas sociales, esto es, tantos como formas de relacionarse tiene el hombre en sociedad. Pero a este conocimiento socializado se ha sobrepuesto otro conocimiento, extendido y esencialmente único. Un conocimiento que abarca diversos y múltiples tópicos que refieren a la realidad pero de manera indirecta, que construye además, su propia y exclusiva realidad. Un conocimiento que hace prevalecer su realidad siempre de forma violenta. Este conocimiento busca controlar lo raro, lo diverso, lo extraño.
¿Pero qué lee o traduce como extraño? En principio, todo aquello que no calza en la forma concebida en abstracto, fuera de la realidad, exactamente fuera de lo social. Es posible que todo al principio sea extraño, y que haya prácticas culturales y sociales que resistan a formas de control y permanezcan, por ende, extrañas. El conocimiento abstracto se consolida en la medida en que la sociedad reproduce naturalmente y de manera extensiva los esquemas concebidos a priori, en abstracto. Además, se naturaliza y desaparece su ser abstracto cuando las prácticas sociales lo reproducen de hecho sin necesidad de control, vale decir, cuando la frontera o el límite del control retrocede, se borra, casi desaparece ante la naturalidad. Por otra parte, este conocimiento también ha creado una sociedad. Una sociedad además, que se supone única y aspira a la unicidad, condición propia de su naturaleza y origen. Esto es, propia y como derivada directamente del conocimiento (único) que se ha sobrepuesto al mundo y al conocer social. Cuando hablo de pensamiento único me refiero a una forma y a un modo de pensar únicos. El conocimiento que hace posibles la arquitectura, la medicina, los vuelos espaciales. El conocimiento que hace posible que lea el periódico como reflejo de la realidad. El conocimiento que me permite tener una imagen de Dios, de mi trabajo o de mi familia. Ese conocimiento, por demás, permite que las imágenes de Dios o familia que tengo puedan ser compartidas por otros, o mejor, compartimos las misma imágenes de Dios o de familia más allá del hecho de que en la práctica social o cotidiana sean distintas, aun opuestas. Incluso, antes de hablar o del mero intercambio de imágenes, éstas eran las mismas, por la sencilla razón de que el conocimiento entrega un paradigma y no la totalidad de sus contenidos (las que varían en cualquier caso son las formas de decir siempre lo mismo.) Esto no excluye el hecho de que no controle la producción dentro del paradigma, esto es, que no reduzca o lo intente, como ya dijimos, siempre violentamente, la irrupción de opciones no establecidas previamente dentro del paradigma. Ahora bien, si la práctica teologal construye y suministra una idea paradigmática de Dios, lo cierto también, es que existe un conocimiento social de Dios, que puede ser –de hecho lo es- distinto y divergente del Dios católico o protestante. Un dios fuera de la ley, vale decir, que circula fuera del paradigma, o mejor, que circula en otros paradigmas, no controlados por el conocimiento único.
El conocimiento único requiere de conocedores unificados. Si uno sabe y sobrevive a la falta de los otros, repondrá tal cual el mundo conocido. Recordemos a Robinson Crusoe. “Viernes” es una concesión, una facilidad, un hijo de la ficción novelesca. Para entender la dinámica del conocimiento único basta el náufrago y la naturaleza. El Dios único es una de las variantes del conocimiento único, y la Trinidad, su “Viernes”. Pero lo mismo podemos decir de las matemáticas, de la horticultura, de la economía. Por otra parte, el conocimiento único es creado por un hombre único, o mejor, por grupos unificados de hombres que postulan diversas formas de la misma única realidad. Entre todos, pensando de la misma manera y tomando herramientas prestadas, a gusto o a disgusto, compartiendo metáforas y recursos, tal una única comunidad, construyen la realidad (mas no lo real.) Esa comunidad, por otra parte, ha sido siempre cerrada, exclusiva y exclusivista, obvio resultado, natural y si se quiere mecánico de la progresiva y sistemática reducción a la unidad que, como ya hemos visto es el movimiento y la forma de desarrollo del conocimiento único. Si dos hablan lo mismo son la misma persona. Si miles hablan y piensan los mismo pues estamos ante una única persona. (¿Qué otra cosa significa el concepto de “masa”?) La dialéctica del conocimiento concibe que si muchos (aunque siempre un número limitado, fuertemente controlado, control que garantiza y preserva la unidad de pensamiento) articulan el conocimiento, se convertirán por sólo ello en una única persona, y si muchos (ilimitados y también controlado pero en este caso en bloque, como si estuvieran rodeados por un alto muro) lo reciben, también serán una única persona. Pero el poder prevé y siempre está preparado para lo siguiente: si alguien me enseña lo que conoce entonces yo soy él. El conocimiento entonces aclara continuamente que el conocimiento procede por etapas (la dificultad para escalar aumenta con la aproximación al tope de la llamada excelencia, y el temor crece en ese espacio cerrado, suerte de coto, ante la llegada de un extraño, considerado casi como un advenedizo) de modo que sólo se enseña lo que puedo aprender (este poder lo establece de antemano, determinándolo desde afuera y claro está, siempre de un modo arbitrario.) En efecto, los limites de este poder o capacidad los establece el dispensador de conocimiento, utilizando la tabla rasa de la edad o el número de identificación, o cualquier otro sistema de clasificación por demás lejano, irreal, impersonal. El poder se manifiesta en el control y administración del conocimiento bajo la anuencia de un orden rígido, que no admite desviaciones, celosísimo de sus productos. El conocimiento se fortalece y crece dentro de la comunidad, allí respira como pez en el agua. El afuera no es su elemento, ya que sus postulados se alejan (repelen y son repelidos) al contado de la realidad, de lo cotidiano. Es por ello que sus receptores naturales (como un solo hombre) lo reciben dentro de su realidad que es como decir fuera de lo real, esto es, en un espacio irreal, en un salón de clases por ejemplo, o en una iglesia.
En su afán de unidad, ¿cómo arriba el conocimiento al salón de clases? Llegan conclusiones, resultados, el concepto, la fórmula. Y si se trata de algún proceso (más bien procedimiento), llega el método, pasos numerados e ilustrados donde se prevén o anticipan los resultados. De resultar otros, entonces no habrá duda de que se trata de un error. Para que haya unidad de criterios y de resultados los educadores o ministros deben tener un mismo y único discurso, en un sentido, formar todos parte de un solo cuerpo. Es obvio que, en cada uno, estarán los otros y que por la boca de uno hablarán todos. Este orden de cosas exige que lo mismo ocurra aquí, allá y mucho más allá, esto es, que en todas partes esté sucediendo lo mismo, con una coordinación de horas, formas y contenidos, tal vez hasta de gestos, para la plena satisfacción de algún dios monocorde. En estas condiciones resulta imposible construir conocimiento, si la construcción implica hacer algo que no está hecho o que no existe.
Construir, pues, conocimiento, supone lo distinto, lo diferente. En principio, no se aviene con lo irreal. Al salón de clases, suerte de prótesis enquistada en un fragmento del espacio previamente vacío (y que en rigor continuará vacío aunque sea visitado por personas distintas cada año pero siempre las mismas, con una marcada esencialidad fantasmal), lo sustituye por espacios reales donde las personas viven. Al maestro, desencarnado prototipo, lo trueca por uno más entre todos. ¿Qué tipo de conocimiento es éste que en estas condiciones nace? Uno que le pertenece a todos porque ha sido hecho entre todos, conocimiento diferente, antípoda al que conocemos, en tanto y en cuanto refiere lo real.
Pero aquí resulta preciso hacer una leve corrección: no podemos hablar de conocimiento sino de conocimientos. No uno sino muchos. No lo mismo para todos sino lo diverso entre todos. ¿Cómo se experimenta la unidad necesaria para reconocernos como formando parte, por ejemplo, de abstracciones como: comunidad, ciudad, estado, país, nación, etc.? Pues no como parte de una comunidad, de una ciudad, de un estado, de un país, etc., sino de muchos o de todos. “Soy un ciudadano del mundo”.
Algunos con conceptos como Estado, Soberanía, Nación, borrarían sus fronteras, disolverían sus límites. Sin reductos, sean del tamaño que sean, será imposible la articulación del discurso y conocimiento únicos. Experimentamos la unidad (integración animada y sostenida por la solidaridad) en otra dimensión, acaso en la de hombres y mujeres o simples seres humanos, hasta que de tanto borrar límites borremos el de nuestro cuerpo, y la piel y los sentidos abiertos, se abran al espacio y al tiempo, a la muerte y a la vida, a lo invisible y lo imponderable, a la naturaleza, a la materia y la luz, al Todo. El conocimiento autoritario y autorizado aísla, separa. No importa la cantidad de personas que lo compartan, siempre constituirán un grupo, un cuerpo cerrado. Preciso es borrar la autoridad, y con ella, el conocimiento autorizado, creando conocimientos como personas haya, prácticas compartidas, abiertas a todos, a la experiencia de todos, dinámicas, flexibles, ágiles, incorporativas, vegetales, orgánicas. La realidad que conocemos, el orden de cosas que –y donde- nos ha tocado vivir, se ha creado desde espacios cerrados y aislados, de ahí la creciente sensación de aislamiento y soledad que experimentamos aun viviendo en nuestra propia casa y rodeados de los nuestros. Sentimos la ciudad extraña a nosotros, los objetos que empleamos, la ropa que nos ponemos, nuestro propio rostro, los sentimos como si no nos pertenecieran. El yo que me nombra es otro. Nos recuperamos a nosotros mismos siempre que evadimos el salón de clases y el discurso único, siempre que nos hacemos a un lado ante la llegada de la autoridad y lo autorizado.
Pero esto no puede ocurrir sólo al interior del yo, porque seguiría formando parte del conocimiento y discurso únicos que lo han previsto, como ha previsto las formas de control de las distintas (y únicas, unificadas, “integradas” al sistema) formas de diferencia. Algunas permanecen incontroladas, y el conocimiento único se resiente y mal puede disimular su malestar. Decía entonces que el proceso de liberación debe ocurrir más allá del yo, e implicar en su extensión a los otros, a todos. La liberación exige comunidad, no el yo aislado ni incomunicado. No el ser (en infinitivo) sino conjugado. La libertad la hemos experimentado siempre como coacción: el discurso y conocimiento únicos imponen su visión única y uniforme de las cosas; el delito no es otra cosa que el desvío ante lo establecido. La libertad en comunidad no la dicta el Uno sino todos, mejor, la libertad la hacemos entre todos y si algo a se parece es al “sentido común”.
Ciertamente, existe la autoridad natural de algunos seres en los que sentimos que el tiempo reposa, y como si nos dieran sigilosamente una respuesta semejante al silencio, ante las grandes, las preguntas inminentes. Y he ahí la enorme diferencia con los que se dicen maestros y no son más que voceros del discurso y el conocimiento únicos, del que apenas participan como repetidores autorizados. La diferencia reside en el silencio, hecho de palabras que el viento, la noche, la vida y la muerte atraviesan. Con ellos y en sus palabras no existe solución de continuidad, hablan y la naturaleza aparece, aparecen el mundo y la realidad. No sólo escuchamos, nos hundimos en ella.
El conocimiento único nos quiso enseñar que el sentido común asegura y promete la dispersión, el azar, la anarquía. El sentido común comprende la autoridad, limitada y coercitiva, porque el sentido común no tiene límites. La historia registra algunos momentos en que el sentido común de un hombre solo, se enfrenta al poder y la autoridad únicos, oponiendo su silencio, su paz, su libertad, a la ley, haciendo que la cicuta o la cruz, la muerte en fin, aparezca caprichosa, sin razón, absurda, y logrando que el muerto se levante más allá de la muerte, en los Diálogos, en la Resurrección, porque no murió en las manos plenas de la vida. De ahí también la serenidad, la calma, la aquiescencia con que mueren los hombres que viven dulcemente ceñidos a la malla sutil del sentido común, prendidos a una autoridad sin coacción, libres, sin ataduras. La autoridad del conocimiento es irreal, intenta someterlo todo pero sólo puede hacerlo en forma parcial, (el) todo se le escapa. De ahí la enrevesada trama de la escritura jurídica, la confusión de hilos desconectados de la realidad, abandonados a una lógica desapegada de la vida de los hombres.
Por ello, la sensación inequívoca de que toda ley –hecha desde la autoridad del conocimiento único- ate, constriña, impida. La ley así escrita traza y delimita el único camino posible. Sólo el sentido común puede, en cambio, elevarse sobre el orden impuesto para declarar, sin menguar un ápice su poder, sin rescindir de su verdad: “Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”. A la autoridad y al orden impuesto, a la línea, se oponen la armonía, el tejido, la delicada y densa filigrana del sentido común. Además sólo se puede sentir como verdadera autoridad a aquella que borra sus límites y, en su discurso y por su discurso, hablan todos. El Dios del sentido común y el líder de un pueblo, en esto se parecen. Autoridad entonces, será aquella que desaparezca (de tanta presencia u ocultándose) para ser todos. (En griego, máscara era persona.) En Democracia, todos somos autoridad, lo que significa que no existe discurso ni pensamiento único producido por una única autoridad que usufructúa por medio de la violencia el espacio y tiempo discursivos, el habla y los silencios de todos. El temor a lo desconocido en el enemigo más terrible de la Democracia. En efecto, si ya está trazado el camino, pues avanzar resulta fácil. Si lo que digo y pienso ya ha sido dicho y pensado, reduzco la posibilidad de error. Sin embargo, siempre se escribe o se dice lo mismo, es sólo que lo que se escribe o dice dentro del sentido común tiende a borrarse, a desaparecer, y en su desaparición borra al autor –vale decir, borra la (autor)idad-. Su permanencia se mide de otra manera, porque definitivamente no necesita de la facticidad de las cosas, esto es, no necesita soporte material definido, o en todo caso, requiere algo como la materia de lo inmaterial, de lo inaprensible pero que está allí, al alcance de unas manos imposibles, siempre cerca del corazón , de la felicidad, de los sentimientos. Persiguiendo con ansia insaciable el anonimato, encarna en la lengua, en el espíritu de todos. Muy al contrario, lo que se escribe y se dice dentro del poder del conocimiento único nace en una comunidad cerrada y es compartido dentro de esa comunidad, por lo que no consiente y tarda mucho en asimilar las migraciones, lo transfronterizo, las estrategias discursivas de quienes invaden de sentido común la celda disciplinaria. El “todos” del discurso único, por demás, siempre se referirá al grupo, sea numeroso o mínimo (con respecto al número de los seres humanos, por muy grande siempre será ínfimo) de los que comparten los códigos, las formas y los contenidos de ese conocimiento. Pero el sentido común apenas si necesita del viento y la luz para llegar a todos: “Quien tenga oídos que oiga, quien tenga ojos que vea”. La democracia nos enfrenta a lo desconocido, a lo nuevo, y nos exige posibilidades y potencialidades que desconocemos.
La democracia se construye entre todos, como el conocimiento plural y diverso que requiere y necesita para llegar a ser. Sin éste es imposible, y en vez de Democracia (entendida libremente pero con la acepción nuestra de pueblo) estaríamos hablando de otra cosa. La democracia es la forma de gobierno más exigente, porque si todos gobiernan el gobernante desaparece; como desaparece el maestro y el salón de clases y los alumnos y la escuela (esas cuatro paredes), o la iglesia, el ministro, la religión y hasta Dios. La democracia no necesita espacios de irrealidad, no se la lleva con los escenarios, los montajes, las tramoyas, los arreglos ficticios que embaucan al espectador, al receptor, al alumno, al feligrés, personajes, todos el mismo, siempre invisibles y pasivos. La democracia desprecia la mentira, reniega de los fabricadores de discursos. La democracia abre la realidad a los ojos de todos, nada queda invisible. La democracia es el reino de la transparencia.

?El poeta jamás será el cantor de lo ya construido?

por joseleon71 @ Viernes, 05. Mayo, 2006 - 06:53:53 am

CONVERSACIÓN CON
Luis Alberto Crespo

Para hablar de lo silenciado y de su fervor por el país secreto, nos reunimos con el poeta caroreño Luis Alberto Crespo, quien presentó su libro El País ausente (Fondo Editorial del Caribe, 2004) en el marco de las actividades del pasado II Festival Mundial de Poesía 2005.

“La Misión Cultura necesita poner en práctica el país ausente”
“La motivación fundamental de El país ausente fue ésta: yo, como periodista, y sobre todo dedicado al área de la cultura por tantos años en el Papel Literario, venía escribiendo unos editoriales que se referían a este país ausente sin nombrarlo, se llamaban “Después de ayer”, y por lo tanto, yo decía en esos editoriales mi protesta, o mi reclamo o mi pregunta, me hacía mi pregunta o se la hacía al lector, sobre esta otra Venezuela de la cultura, que no formaba parte de la noticia, que no tenía un lugar importante, en todo caso, no tenía un relieve en la noticia cultural de los periódicos, por lo menos centrales, los periódicos capitalinos, específicamente El Nacional.”
“Cuando me despiden del Nacional, como director del Papel Literario, y como director de Feriado, yo quedo, bueno, afuera, quedo un poco vacío, quedo nulo, quedo huérfano de palabra, de escritura, entonces tengo en Venprés otra ocasión siendo coordinador cultural de Venprés. ¿Qué hice yo?. Lo mismo, volví a insistir sobre esa lectura de Venezuela con los escritores y artistas menos conocidos, como una desesperación de querer presentar ese país que no se veía, que no lo veían, pero de una forma constante y permanente. Después vino Imagen e hice también lo mismo. Yo quería tener no una columna, sino más bien como un balcón para asomarme, yo necesitaba que fuera constante y que fuera vario, insistente. Entonces, me llamaron una vez de El Nacional para preguntarme si yo podía, si estaba de acuerdo en seguir, pero como colaborador, como cronista, como articulista, yo le dije bueno, y cómo le vas a llamar: “el país ausente”, un país ausente en su historia, un país interrumpido de la época Federal hasta ahora, que esperaba una participación real, el reclamo de tierras, la aspiración a participar, a ser activo, a tener una participación real en el destino de un país.”
“Mi país ausente está ahí, un país que tiene mucho que ver con la nostalgia también, un país que tal vez sigue ausente en cierta manera porque es irrecuperable en el sentido real, ¿por qué?, porque es el país de la infancia, el país de la ternura perdida, es el país de ciertos colores, el país de ciertos adioses, es un país rilkeano, entonces es mucho más individual, mucho más personal, porque es ese país que tú recuperas a través de la nostalgia, pero el país real queda ahí como irrecuperable. En todo caso, viene el país de la participación, el país del compromiso de un escritor con su destino. El país ausente es un libro moral, es un libro que está escrito con el sentimiento y menos con las ideas, son crónicas para evocar, son crónicas que llevan el espíritu de Alfredo Armas Alfonso, melancólicas, pero al mismo tiempo reclamante, es una crónica de un país que quiere vivir, que quiere que lo oigan, es el país ausente que quiere ser nosotros y no ellos solos”.

“Nosotros tenemos la desmesura”

“El país que se construye con la emoción no puede ser puramente político, porque los políticos tienen conceptos cuadrados con razón o sin ellos. Nosotros tenemos la desmesura, la íntima desmesura, esto es, vamos a hacerlo con nosotros más allá incluso de la propia realidad política, porque después de todo este país queda para nosotros, porque nos lo están dando para sentirlo de verdad.”

“La generosidad es el verdadero poder”
“Nosotros tenemos que ser horizontales, casi anárquicos, y ¿por qué casi anárquicos? Porque no debe haber alguien en concreto que gobierne, que tenga el poder, sino cada uno de nosotros tiene un poder que se disuelve en el otro. Eso es realizable, es realizable en la medida en que la generosidad sea el verdadero poder. ¿Quién es el poder aquí?: la generosidad, que no sea un hombre, que no sea ni siquiera una estructura lógica y filosófica, sino un sentimiento, y tiene que ser el sentimiento de solidaridad, eso para nosotros es la única manera de poder entender nuestra participación, porque si no, entramos en el individualismo, el poder del yo, eso es terrible.”
La poesía en tiempos de esperanza
“Baudelaire nos estaría reclamando que nada se hace sin el dolor. Siempre hay la carencia, la lastimadura, tú no puedes exaltar la total dicha porque tiene que haber el desasosiego, tiene que haber una herida, la carencia. ¿Cómo cantar o ser poeta en momentos más bien de plenitud? Pero, ¿cuándo ha habido plenitud en el mundo? Nosotros podemos construir un país extraordinario y siempre habrá miseria, podemos construir una gran sociedad y siempre habrá injusticia, podemos construir el país soñado y siempre habrá odio, porque el hombre está hecho de odio y de amor, plenitud y abismo, entonces siempre estará el poeta ahí para sentir que nosotros no somos totalmente plenos. El poeta jamás será el cantor de lo ya construido o de lo que definitivamente ha sido realizable, la poesía está hecha para eso, seremos siempre lastimados y estaremos siempre con carencias, habrá siempre un grito y una queja qué decir, eso tiene que ver con la verdadera función de la poesía, que es la esencia misma del hombre, que vive entre el dolor y la dicha.”

Teatro en el filo del abismo

por joseleon71 @ Viernes, 05. Mayo, 2006 - 06:49:21 am

Conversación con Elaine Centeno

La dramaturga y directora cubana, nos habla de su experiencia teatral y de su nueva propuesta, Tranvía corazón descabellado rueda, que será estrenada el 28 de octubre en el Auditorio de Danzaluz, a las 7:00 pm.

Santiago ensangrentada
Yo nací en Santiago de Cuba, pero yo no conozco la ciudad como conozco la ciudad de la Habana donde crecí y donde finalmente me formé y estudié, y donde se conformó todo lo que es ahora mi vitalidad, mi realidad. Pero hay una forma en la que yo recupero de manera profunda y visceral la ciudad, mi ciudad natal, y es en el año 1994 cuando mi madre muere. Cuando tengo que recorrer las calles de Santiago de Cuba, de madrugada, atravesada por la noticia de la muerte de mi madre, la ciudad finalmente se me revela como esa ciudad que yo conocí en los libros de historia donde se cuenta la gesta de Fidel Castro cuando en el 53 asalta el Cuartel Moncada. Lo que más me emocionaba de esas lecturas era la descripción de las calles de la ciudad, calles empinadas, -es la única ciudad cubana que tiene montañas-, de manera que cuesta andar en ellas, las aceras son estrechas y las casas están ahí, casi en la calle. Entonces me contaba el libro de historia el azar de los jóvenes revolucionarios perseguidos por la dictadura de Batista, tratando de esconderse detrás de las portezuelas, para no ser alcanzados por la policía. Y esa ciudad, por supuesto, ensangrentada, enlutada, en ese momento se hace pariente mía porque mi madre ha muerto, y yo recorro esas calles bajo esa impronta, bajo esa memoria. A partir de entonces mis viajes a Santiago se concentran en hacer ese recorrido; como decía Lezama, “imantada por esos recovecos”.


El teatro era una fiesta

Lo que me decide a estudiar teatro posiblemente, son los carnavales, las fiestas, y más que el colorido, más que la vistosidad, más que el sonido de las fiestas, esa cosa aguerrida, violenta, no el jolgorio ni lo armónico, sino la otra cara, la de los cuerpos traducida en los sudores, en la gestualidad pronunciada, en los sonidos de la gente pidiendo cerveza, pidiendo otra canción; yo entonces me agotaba. Mi tío Efraín que es el tío actor, el tío titiritero, una noche me dijo que no iba a poder resistir, porque eran fiestas que duraban hasta el amanecer, pero una noche, finalmente, pude experimentarlo con él. Por eso cuando asumo el hecho teatral el teatro era como una fiesta.

La comprensión de lo humano
Con Raquel Carrió en el seminario de dramaturgia hay una posibilidad, inventar el teatro no desde la escritura solamente sino desde la dramaturgia que se hace sobre la escena; eso se llamó en Colombia experiencia de creación colectiva. En Cuba hay una experiencia importante en el Teatro Escambray, pero ya a finales de los 80 en América Latina hay experiencias de grupo. El teatro, pues, no era solamente usado como un experimento que después se ponía al público sino que era un grupo humano que se nucleaba alrededor de un propósito también humano, que tenía como resultado una experiencia poética, o sea, imágenes elaboradas en la práctica de ejercer la comprensión de lo humano.

No me quiero ocupar de lo masivo
Grotowski dijo: ya yo no me quiero ocupar de lo masivo, yo quiero empezar a ver qué pasa si el teatro es un vehículo de comunicación con el otro, pero no con el otro en la madeja de lo multitudinario, sino con ese otro que yo puedo mirar apenas en la penumbra, casi apelarle con mi gesto.
Grotowski es el primero que se ocupa, después de la segunda guerra mundial, de otorgarle al actor una independencia del director, del texto dramático y de la utilización técnica en el teatro: las luces, el vestuario, el maquillaje, la música, la escenografía. Le dice al actor, tú puedes escarbar, escudriñar en tu memoria y de tu memoria construir el texto escénico; pero para eso había que dotar al actor de un entrenamiento, de una ejercitación que le permitiera hacer el escarbamiento, hacer la selección de los contenidos y convertirlos en imagen.


Una experiencia al margen

Yo siempre tendría que hablar de Lolymar Suárez y Venus Ledezma. Diez años atrás fueron las primeras que se atrevieron conmigo a hacer estas cosas, y en ese trabajo había una tremendísima y profunda soledad. Yo recuerdo que teníamos mucho miedo.
El primer riesgo que corrimos fue el de la comprensión, un riesgo que ya no me importa tanto correr. Después que has encontrado las claves y te das cuenta que es una verdad que se puede gozar ya no sientes tanto miedo a la comprensión, sabíamos que a lo mejor no todos, pero algunos momentos del trabajo podían servir para el otro, y eso nos animaba. El segundo fue “Final del Juego”. Yo creo que el momento culminante de esa experiencia fue cuando Venus me dijo, casi hincada de rodillas, y con una furia por comprender lo que le pasaba: “cómo doy paso a lo que soy”… Yo no tengo respuesta a eso, lo único que intuyo es que “obrando se obra”. Recuerdo que en ese segundo momento Venus me dijo: “ya sé que para dar paso a lo que soy tengo que estar en mí”.
El tercer riesgo que hemos corrido es uno buenísimo, el que se nos responsabilice de que lo que hacemos no es teatro. Pero eso está bien, está perfecto, porque además nosotros siempre lo hemos dicho y si hay que ponerle alguna denominación, bueno, sí, es teatro, pero eso no nos preocupa mucho. Está bien que no sea teatro ni danza o sea las dos cosas. El único riesgo que realmente me importa es que no podamos tener más la posibilidad de hablar en la ciudad de esto y de no seguir haciendo experiencias como éstas, al margen.


Cuatro mujeres vueltas hacia dentro

En algunos lugares del mundo se festeja con absoluto desinterés hacer teatro y en otros cuesta la vida. Te hablo de la gente que hace teatro en América Latina, en el Caribe, en África. Aquí hay mucha gente haciendo cosas al filo del abismo. Tranvía corazón descabellado rueda, es el resultado de un trabajo de cuatro años de ardua investigación y entrenamiento, que deja al descubierto algunas claves: pone al actor en el centro de la actividad teatral, el actor es el autor de la historia propia, y, fundamentalmente, el ser humano está antes que el actor.
Al principio el grupo era numeroso, pero en este trabajo hay gente que no va resistiendo, no el esfuerzo físico, sino el humano. Y estas cuatro mujeres, Adriana, Sacha, Patricia y Beatriz, que me parecen de un valor sostenido, han quedado vueltas hacia adentro, al revés muchas veces y lo que me parece más hermoso, entresacando de ahí todo lo que se puede entregar al otro. Me interesa resaltar de este tipo de trabajo que a pesar de que en la primera etapa se trabaja con una fuerte conciencia de individuación, porque el individuo tiene que buscar en sí las claves que le van a servir para el viaje, lo que más me conmueve es que parece que nadie hace contacto con el otro, y, después, aprenden a trabajar colectivamente. Se empieza a trenzar lo colectivo y tú empiezas a escuchar que hay alguien a tu lado a la que le está pasando una cosa bastante parecida a la tuya, entonces se empieza a trenzar esa polifonía del sonido que remite al otro sonido, y ese gesto personal que remite al otro gesto; de pronto es un gesto colectivo del cual nadie sabe el origen y que ahora pertenece a todos.

La palabra del Puerto

por joseleon71 @ Viernes, 05. Mayo, 2006 - 06:46:37 am

Conversación con César Chirinos

“Tomo de Maracaibo lo que es y lo que tiene “ser”,
y lo que tiene ser es el Caribe”
C. CH.

Escritor de novelas, cuentos, poemas y obras de teatro, César Chirinos (Coro, 1935) recibió el martes 18 de octubre un doctorado conferido por la Universidad del Zulia. Su obra, una de las más arriesgadas y originales que se pueda conocer en el país, está llamada a ocupar el espacio que se merece, siempre que el centralismo desvíe su único ojo y se permita políticas editoriales y de difusión, reales y de cara a todo el país. El mismo día recibió Lydda Franco Farías, post-morten, igual reconocimiento.

Otra manera de ver la escritura
“Desde la infancia y la juventud –nos cuenta César- quería ser escritor, incluso yo quería ser escritor sin saber totalmente leer. Me importaba la escritura, veía con mucha atención y curiosidad la cosa escrita, y me dediqué a soñar en ser escritor. Entonces entro al puerto a trabajar de oficinista, desde muy temprana edad, a los 16, 17, 18 años de edad. Y aquí es donde yo hago el descubrimiento del sentido común, de la diferencia entre la palabra culta y la palabra real, la cultura real y la cultura letrada, o la ciudad letrada y la ciudad real, y la diferencia es muy grande, porque en el puerto yo me encuentro con la magia de las mezclas telúricas, las mezclas del habla, de la imagen, de las razas, de las costumbres, y eso despierta en mí otra manera de ver la escritura.”


Dos tipos pusieron mi vida patas arriba

“Yo en el puerto me hago amigo de demiurgos aventureros, porque no es gente común la que está en el puerto, son puras mezclas, extranjeros de todos los lugares y de todas clases, y me hago amigo de un tipo de Bobures, un señor de 35 años (yo tenía 17), que era paremiólogo, estudiaba los refranes en el Caribe y los enviaba para Aruba para una publicación, y cuando me encuentro con él me pone patas arriba todo. Tengo 17 años y ninguna experiencia de la literatura. Él, aparte de paremiólogo escribía y dominaba varios idiomas, hasta el patois y todas las jergas, además escribía poesía macarrónica, escribía latín caricaturesco. Yo me reía mucho de lo que él recitaba, pero no entendía su poesía, como a veces no me entienden a mí, se ríen pero no entienden. Eso a mí me atraía mucho porque, primera vez que me encontraba con un maestro tan de cerca. Lo consideraba un maestro a pesar de que era un tipo pícaro, de la picaresca caribe. Y a ese amigo se agregó otro tipo de igual calaña pero más pícaro, pícaro con el jarabe de pico, con la lengua. Era tatuador, tatuaba músculos, era de Filipinas, fugado de la Isla del Diablo, expresidiario. Dos tipos que pusieron mi vida patas arriba.”


Me gustaban las crónicas de Maracaibo

“Cuando entro al puerto ya tenía garrapateados algunos papeles, pero no se los había entregado a nadie por temor, me daba pena, tenía prejuicios e inhibiciones con eso, sin embargo se los entregué a ese paremiólogo, y vale más que no se los hubiera entregado. Yo escribía crónicas, me gustaban las crónicas de Maracaibo, poesía. Pero por supuesto, eran los primeros pasos, eran cosas superficiales, yo reconocía eso pero era lo que podía escribir, entonces él me evitaba cuando yo le pedía que me diera una respuesta sobre mis papeles.

“Apocalipsis”
“En ese tiempo, 1952, llega de Chile a Maracaibo Hesnor Rivera, y viene con el cargamento del surrealismo, con Huidobro a la cabeza y Neruda y Rosamel del Valle. Él y sus amigos tomaban en el bar Piel Roja, donde nosotros también tomábamos. Hesnor venía emocionado a cortar rabo y orejas. Venía con la idea de negar el grupo “Cauce”, que existía aquí como vanguardia, y que era el grupo de Udón Pérez. El líder que tenía era José Santos Chocano, poeta hispanoamericano del modernismo a quien el poeta Hesnor Rivera negaba de plano. Entonces a Hesnor lo invitan a que de un recital en el Club Alianza para que muestre sus proyectos y trae un poema inédito que contiene el nombre que sería después el del grupo “Apocalipsis”, pero se burlan de él. Las vanguardias cuando se presentan por primera vez nadie las entiende, y muchas veces no se entienden nunca. No entendieron lo que él recitó y para burlarse más, los del otro grupo le recitaron “El Brindis del Bohemio” y “La Leyenda del Horcón”. El tipo reculó y se refugió en el bar Piel Roja y ahí pues, nació el grupo “Apocalipsis”. Pero hubo un día en que le insistí al paremiólogo que me dijera lo que opinaba sobre lo que le había entregado. Ese día, Hesnor Rivera estaba hablando de la palabra “vanguardia” y la repetía muchas veces, y también repetía la palabra “concepto”, a sus discípulos. Entonces el paremiólogo me dice:”oye lo que está diciendo el poeta, tienes que oírlo porque eso será tu guía en el futuro”. Yo no entendía, él me lo daba como respuesta, pero yo le decía: “no entiendo; entiendo lo que quiere decir vanguardia y concepto, pero no entiendo porqué me lo está usted aplicando a lo que yo le di”. “Bueno –me dijo- tienes que adivinar, si no entiendes tienes que adivinar.”

Adelantado a su propio tiempo
“El paremiólgo también me dijo: “los papeles que me entregaste tienes que romperlos, eso no sirve”. “¿Y por qué no sirven?”. “Porque ya nosotros dos (se refería al otro tipo, al tatuador) te conocemos, y tu persona no está en lo que estás escribiendo y por lo tanto eso no sirve”. Ahí me cayó un balde de agua fría y empecé a pensar en no seguir escribiendo. Entonces viene uno de los discípulos y le pregunta a Hesnor Rivera, qué es lo que quiere decir vanguardia, entonces él le explicó y le dijo que es aquello que se adelantaba a su propio tiempo. Luego otro de los discípulos que no entendía volvió a hacer otra pregunta y volvió Hesnor a explicar lo que era el concepto, y dijo que en la Edad Media, según la doctrina Escolástica, el concepto tenía una realidad distinta de la palabra que lo expresaba y esa realidad sólo estaba en el espíritu. Entonces el paremiólogo me dice, “¿entendiste eso?” Nada, ni papa. Quedé bolúo, sin respuesta y decidido a no seguir escribiendo.”


El arte por el arte no es arte

“El paremiólogo me explicó que eso que se hace cuando uno no mete su persona en lo que escribe se refiere a una corriente que se llama el arte por el arte. Me duró mucho tiempo sacudirme el fantasma de una escritura del arte por el arte. Todavía pienso en eso, pero ahora creo que mi persona sí está en lo que escribo.”

La palabra del puerto
“Yo no podía dejar de lado la palabra híbrida de las mezclas del puerto, puesto que esa era la palabra que yo andaba buscando. A mí no me interesaba la palabra ortodoxa, la palabra de ABC, me interesaba esa palabra más otras que casi no se usan en la literatura, por lo menos aquí en Venezuela. Y comienzo a observar lo que Maracaibo es o tiene de “ser”, es decir, no todo Maracaibo sino su esencia Caribe y a eso yo le aplico las cuatro partes de la palabra: la palabra del conocimiento racional, la palabra de la imaginación, la innata y la palabra de lo adventicio, es decir, la que llega por sorpresa, que es la que más me fascina. Tomo de Maracaibo lo que es y lo que tiene “ser”, y lo que tiene ser es el Caribe. Lo otro para mí no tiene importancia.”

Sobre educación, lectura y escritura

por joseleon71 @ Miércoles, 03. Mayo, 2006 - 06:25:33 am

Pongo este texto aquí como parte de la memoria en la construcción de la Universidad Bolivariana de Venezuela. El mismo fue leído en una reunión de profesores del Programa de Comunicación Social y perseguía el debate, incluir estas preocupaciones en el panorama regular y cotidiano. Por eso le dejo la fecha y la nostalgia.

Maracaibo, 5 de octubre de 2004

PAPEL PARA LA DISCUSIÓN

Este papel de trabajo nace de una preocupación. No es de ahora, la preocupación tiene su tiempo, pero es ahora, aquí y ahora, en este mi sitio de trabajo, donde la tal preocupación ha adquirido, digamos, mejor formulación. Aludo al sitio porque nos encontramos en una Universidad, nacida al calor de una Venezuela que hace apenas una década era impensable. Universidad nacida al fragor de las inminentes tareas de construcción del pensamiento y la acción, que la Venezuela que tiene que existir necesita. Hablo de lo que todo sabemos, hablo de la refundación de la Patria, sí, de una nueva República. Estamos, pues, para construir la República que haga posible la acción y el pensamiento Bolivariano. Y este hacer nos lleva a reflexionar sobre una serie de aspectos que si bien no son nuevos están ahora solicitados por los nuevos tiempos. Los temas, pues, no son nuevos, incluso en algunos casos se trata de tópicos, y en las revistas científicas, en los foros, conferencias, en las actividades universitarias, suelen aparecer con alguna frecuencia. Lo que sí me parece nuevo es el contexto en el que tales temas deben ser revisitados, no por cualquiera, sino por nosotros, no en cualquier parte, sino aquí, en la Universidad Bolivariana. De los muchos, me urge comentar, compartir con ustedes, el tema de la Escritura y la Oralidad. No lo traigo a esta pequeña asamblea porque mi especialización transcurra vinculada al área del lenguaje. Definitivamente no, y aunque tal vez no sea necesario afirmo contra toda evidencia que, si no estuviera especializado en el área, también, es muy posible que también lo trajera a colación. Claro, en las condiciones de formación en la que hemos crecido esa posibilidad es mínima. Pero lo que quiero decir es que el asunto, más allá de mi especialización, nos compete a todos, nos atañe, nos toca. Y es así toda vez que aun cuando no sea el lenguaje nuestra área fundamental de trabajo, nos implica en tanto que hablantes, en primer lugar, profesores, acaso en segundo lugar. Si fuéramos químicos y además, aventajados en la Química, es posible que el lenguaje que llamamos natural no sea tan necesario, tan vital, profesionalmente hablando, de hecho equipos de químicos de distintas nacionalidades, empleando para hablar entre sí una lengua franca como el inglés incluso el más rudimentario, se expresan con facilidad en el altamente codificado lenguaje de la Química moderna, lejos de sus países de origen, encerrados en algún laboratorio de Bangladesh. Como no es ni de cerca el caso, y la lengua que empleamos todos aquí es la natural y en abrumadora mayoría la castellana, también llamada español, pues, sea cual sea nuestra área de mayor competencia en los programas de formación, nuestra herramienta básica -a veces más, a veces menos- será el lenguaje, tanto escrito como oral. Así las cosas, ha de ser el lenguaje una de nuestras primeras preocupaciones. De ahí que plantee la necesidad de discutir, por ejemplo, pero profundamente, el siguiente aspecto: la competencia lingüística. En efecto, si mi competencia lingüística es, digamos, aceptable, será siempre posible una lectura y una escritura adecuada a las circunstancias más disímiles, variadas, extrañas, inusitadas. Me será siempre relativamente posible acercarme a cualquier fenómeno que haya sido formulado, descrito, comentado, explicado, transcrito, traducido, en mi lengua natural. Vale decir, yo, circunstancialmente licenciado en letras, puedo leer un texto de sociología, de historia, de literatura, de física cuántica, de medicina tradicional, de ciencia y tecnología, etc. En eso estamos de acuerdo, pero esto, que resulta obvio, deja de serlo cuando nos topamos con la urgencia, en tanto que docentes, de enfrentarnos conscientemente a productos diversos que tienen como soporte material o invisible la lengua, tanto oral como escrita. Por obvio, pasa desapercibido que hablamos y leemos, y que ambas operaciones son aparatos, centros, estructuras de poder. La escuela en la que fuimos formados, actuó como sabemos en contra de todo lo que nos constituye esencialmente. Nos alejó de nuestra familia, de nuestro barrio, de nuestra infancia, de nuestros recuerdos, de nuestra lengua, de nuestros modismos, jergas y variedades lingüísticas. Nos alejó de tal manera que de paso nos alejamos de la literatura y también de la tradición oral. La escuela nos extrañó de nuestras fiestas patronales, de nuestros cuentos de fantasmas y aparecidos, nos alejó de nosotros. A cambio de nuestra familia y nuestro barrio, nos condenó a establecer relaciones impersonales, provisorias y precarias. Alejándonos de nuestra infancia, nos proveyó del mito de la juventud. Cambió nuestros recuerdos por un vacío sin sentido de fechas inconexas. Por nuestra lengua, nos dio un recetario de fórmulas hueras, de signos sin referentes, una gramática que no nos permitió aprender a escribir y una práctica, la lectura, convertida en un objeto de culto. Pese a la devastación, aquí estamos. Ese trabajo fue sistemático y terrible, casi cruel. En él participaron muchos elementos, y sus esfuerzos se coronan cada vez que decimos y escuchamos: «leer me aburre», «la literatura es paja», «a mí lo que me gustan son los números», «la lectura no es lo mío». Y la literatura, o eso que llaman literatura y que yo prefiero llamar la vida, la única ventana que teníamos y tenemos para acceder a la belleza y la libertad, fue tapiada en la escuela. Cuando hablo de literatura no hablo de libros como novelas o cuentos, hablo de todo aquello que, escrito, me ofrece una posibilidad de ser más yo, de amar más y mejor, de vivir a plenitud. No en vano en todos los relatos de fundación la palabra es la piedra fundamental. Sobre esa piedra fundamental cayó la saña de la escuela y de los muchos aparatos de poder que la controlan y la administran. Pero la vida se cuela y reaparece. Aunque intenten pervertir la literatura con, por ejemplo la ¿obra? de Paulo Coelho, allí estará para su vergüenza, Walt Whitman. Aunque intenten comerciar con esa dimensión del hombre que es la ficción, allí estará para siempre Don Quijote, Las Mil y Una Noches, los cuentos de Bocaccio, Juan Rulfo o Palomares. Aunque la escuela intenta acabar con todo eso, la vida, la belleza, la libertad, se escapa. Esta Universidad nació, así lo entiendo, para que la vida, la belleza y la libertad, no tengan donde huir, muy al contrario. Pero para que así sea, urge replantear una serie de aspectos puntuales, como por ejemplo, insisto, la escritura y la oralidad. ¿Por qué? Porque nuestro ser latinoamericano es esencialmente oral. Empero, una de las herramientas de trabajo, en muchos casos principal, es la escritura. Necesitamos tomar conciencia de nuestra oralidad y actuar en consecuencia. Son muchos los elementos que desde la perspectiva de la oralidad se redimensionarían; por ejemplo, la organización popular, el trabajo en las comunidades, las historias de vida, la vida cotidiana, la práctica política, la participación, la teoría del arte. Muchos análisis políticos de la situación actual yerran porque no incluyen la variable de la oralidad, la carnavalización de los discursos, la polifonía, las voces de la calle. La oposición yerra cuando no puede vernos. Es más, no tiene herramientas de conocimiento para entendernos. Nosotros, en cambio, tenemos la ventaja de haber trabajado en sus casas. (Piénsese, cuando no sea en las universidades, en los taxistas, en los ascensoristas, en los mesoneros, en las domésticas, en las secretarias, en todo ese mundo de abajo, a veces secreto y casi imperceptible, siempre humilde, que escucha y calla, que guarda y aguarda.) Nuestra ventaja, hablando en serio, es lingüística. Manejamos varios códigos, y cuando nos provoca y nos toca, hasta la etiqueta. Podemos beber cerveza y whisky. Nuestro desparpajo puede pasar por indiferencia ante el lujo. El latinoamericano es un veterano de las máscaras. Las usó ante sus amos en la Colonia, ante sus patronos y la usa hoy ante sus jefes. No nos conocen. Sus recelos y sospechas se revelan en