por
joseleon71
@ Sábado, 06. Mayo, 2006 - 12:29:46 am
¿El conocimiento pre-existe o se construye? Si pre-existe, entonces hablamos de un conocimiento único porque, como Dios, sólo existe lo que se puede reducir a la unidad. Existe el Hombre, porque existen todos los hombres. Y todos los dioses apuntarían directa o indirectamente a un Dios único. Si el conocimiento se construye, entonces no existe per se, de ahí la pluralidad, la diversidad de mundos, de hombres, de universos posibles.
La existencia o no del conocimiento plantea algunos problemas. Entre otros ¿qué, quién o quiénes tienen el conocimiento que pre-existe?, ¿quiénes construyen el que no? En la primera pregunta, resulta válido preguntar qué, puesto que si el conocimiento pre-existe entonces es independiente a la actividad humana y aun a la existencia del hombre. De modo que el conocimiento puede depositarse en una piedra, en un árbol, en un libro. Como pre-existe, hay que aprehenderlo; y si todos no pueden, entonces habrá quien o quienes puedan hacerlo, en beneficio o maleficio de todos o de unos pocos. En la segunda pregunta resulta imperativo el quiénes, porque el proyecto de construir el conocimiento es sumamente vasto y difícilmente la empresa de un hombre solitario. Podríamos hablar de quién lo construye si cediéramos a la tentación de la unicidad, porque ciertamente lo construye el Hombre. Pero aquí necesitaríamos una humanidad uniforme, única, como de una sola dimensión, capaz de pensar y acordar las mismas cosas, del mismo modo, tal vez hasta en un mismo instante. Por esta vía llegaríamos de nuevo al pensamiento único, porque no otra cosa significaría el hecho de poseer todos (no entre todos) el conocimiento, producido indistintamente por uno, por dos o por millones. Al final de cuentas, lo uno devoraría a los hombres y aparecería en una única dimensión, con un solo rostro, la humanidad. Sea pues, que se haga entre todos pensando lo mismo, o por uno o unos pocos pensando lo mismo por todos, el conocimiento sería esencialmente uno y único, lo que a su vez generaría la sospecha, si no la certidumbre de que sólo una forma del conocimiento existiría y a ella estamos condenados de antemano, pre-determinados y, en cuanto al esfuerzo, igual valdría el de uno, el de unos pocos, el de todos.
Vueltos a considerar las cosas en una escala más humana, el conocimiento no pre-existe sino que, antes bien, se construye, mejor, lo construimos, porque el se prescinde de nosotros y/o de todas las demás cosas para construirse. (Se advierte que esta es una forma de nombrar a Dios.) Si hay que construirlo ya hemos visto que en tal empresa no puede trabajar uno solo, ni unos pocos, ni unos pocos millones; en esa empresa necesitamos trabajar todos. Pero esto último se acerca peligrosamente a la noción del pensamiento único, porque toda la humanidad construyendo el conocimiento habría de llegar fatalmente a un mismo conocimiento, con lo que estaríamos negando las diferencias (algunas insalvables) o bien las diversas formas de ver el mundo. Además, ver el mundo ya es de algún modo conocerlo, porque no hay visión neutra, apagada u opaca. Ver es de algún modo interpretar y traducir y, al hacerlo, mi visión del mundo aparece.
El mundo entonces pre-existe. Suponer que el conocimiento pre-existe, además y consecuencia de ello, es suponer que el conocimiento –repito- prescinde del hombre para su existencia. Y ciertamente, el mundo no nació con el hombre, o mejor, el mundo es anterior al hombre. Desde el primer contacto de conciencia humana y mundo, hubo conocimiento. El conocimiento es hechura humana, pasmo, pavor, aventura. Pero no pre-existe como el mundo, sino que en tanto hechura humana, y no de un hombre solo, es social. De modo que el mundo social se sobrepone como una segunda naturaleza a la naturaleza del mundo. Y este mundo social, claro está, supone conocimiento socializado, estrictamente hablando, supone diversos, múltiples, tantos conocimientos como formas sociales, esto es, tantos como formas de relacionarse tiene el hombre en sociedad. Pero a este conocimiento socializado se ha sobrepuesto otro conocimiento, extendido y esencialmente único. Un conocimiento que abarca diversos y múltiples tópicos que refieren a la realidad pero de manera indirecta, que construye además, su propia y exclusiva realidad. Un conocimiento que hace prevalecer su realidad siempre de forma violenta. Este conocimiento busca controlar lo raro, lo diverso, lo extraño.
¿Pero qué lee o traduce como extraño? En principio, todo aquello que no calza en la forma concebida en abstracto, fuera de la realidad, exactamente fuera de lo social. Es posible que todo al principio sea extraño, y que haya prácticas culturales y sociales que resistan a formas de control y permanezcan, por ende, extrañas. El conocimiento abstracto se consolida en la medida en que la sociedad reproduce naturalmente y de manera extensiva los esquemas concebidos a priori, en abstracto. Además, se naturaliza y desaparece su ser abstracto cuando las prácticas sociales lo reproducen de hecho sin necesidad de control, vale decir, cuando la frontera o el límite del control retrocede, se borra, casi desaparece ante la naturalidad. Por otra parte, este conocimiento también ha creado una sociedad. Una sociedad además, que se supone única y aspira a la unicidad, condición propia de su naturaleza y origen. Esto es, propia y como derivada directamente del conocimiento (único) que se ha sobrepuesto al mundo y al conocer social. Cuando hablo de pensamiento único me refiero a una forma y a un modo de pensar únicos. El conocimiento que hace posibles la arquitectura, la medicina, los vuelos espaciales. El conocimiento que hace posible que lea el periódico como reflejo de la realidad. El conocimiento que me permite tener una imagen de Dios, de mi trabajo o de mi familia. Ese conocimiento, por demás, permite que las imágenes de Dios o familia que tengo puedan ser compartidas por otros, o mejor, compartimos las misma imágenes de Dios o de familia más allá del hecho de que en la práctica social o cotidiana sean distintas, aun opuestas. Incluso, antes de hablar o del mero intercambio de imágenes, éstas eran las mismas, por la sencilla razón de que el conocimiento entrega un paradigma y no la totalidad de sus contenidos (las que varían en cualquier caso son las formas de decir siempre lo mismo.) Esto no excluye el hecho de que no controle la producción dentro del paradigma, esto es, que no reduzca o lo intente, como ya dijimos, siempre violentamente, la irrupción de opciones no establecidas previamente dentro del paradigma. Ahora bien, si la práctica teologal construye y suministra una idea paradigmática de Dios, lo cierto también, es que existe un conocimiento social de Dios, que puede ser –de hecho lo es- distinto y divergente del Dios católico o protestante. Un dios fuera de la ley, vale decir, que circula fuera del paradigma, o mejor, que circula en otros paradigmas, no controlados por el conocimiento único.
El conocimiento único requiere de conocedores unificados. Si uno sabe y sobrevive a la falta de los otros, repondrá tal cual el mundo conocido. Recordemos a Robinson Crusoe. “Viernes” es una concesión, una facilidad, un hijo de la ficción novelesca. Para entender la dinámica del conocimiento único basta el náufrago y la naturaleza. El Dios único es una de las variantes del conocimiento único, y la Trinidad, su “Viernes”. Pero lo mismo podemos decir de las matemáticas, de la horticultura, de la economía. Por otra parte, el conocimiento único es creado por un hombre único, o mejor, por grupos unificados de hombres que postulan diversas formas de la misma única realidad. Entre todos, pensando de la misma manera y tomando herramientas prestadas, a gusto o a disgusto, compartiendo metáforas y recursos, tal una única comunidad, construyen la realidad (mas no lo real.) Esa comunidad, por otra parte, ha sido siempre cerrada, exclusiva y exclusivista, obvio resultado, natural y si se quiere mecánico de la progresiva y sistemática reducción a la unidad que, como ya hemos visto es el movimiento y la forma de desarrollo del conocimiento único. Si dos hablan lo mismo son la misma persona. Si miles hablan y piensan los mismo pues estamos ante una única persona. (¿Qué otra cosa significa el concepto de “masa”?) La dialéctica del conocimiento concibe que si muchos (aunque siempre un número limitado, fuertemente controlado, control que garantiza y preserva la unidad de pensamiento) articulan el conocimiento, se convertirán por sólo ello en una única persona, y si muchos (ilimitados y también controlado pero en este caso en bloque, como si estuvieran rodeados por un alto muro) lo reciben, también serán una única persona. Pero el poder prevé y siempre está preparado para lo siguiente: si alguien me enseña lo que conoce entonces yo soy él. El conocimiento entonces aclara continuamente que el conocimiento procede por etapas (la dificultad para escalar aumenta con la aproximación al tope de la llamada excelencia, y el temor crece en ese espacio cerrado, suerte de coto, ante la llegada de un extraño, considerado casi como un advenedizo) de modo que sólo se enseña lo que puedo aprender (este poder lo establece de antemano, determinándolo desde afuera y claro está, siempre de un modo arbitrario.) En efecto, los limites de este poder o capacidad los establece el dispensador de conocimiento, utilizando la tabla rasa de la edad o el número de identificación, o cualquier otro sistema de clasificación por demás lejano, irreal, impersonal. El poder se manifiesta en el control y administración del conocimiento bajo la anuencia de un orden rígido, que no admite desviaciones, celosísimo de sus productos. El conocimiento se fortalece y crece dentro de la comunidad, allí respira como pez en el agua. El afuera no es su elemento, ya que sus postulados se alejan (repelen y son repelidos) al contado de la realidad, de lo cotidiano. Es por ello que sus receptores naturales (como un solo hombre) lo reciben dentro de su realidad que es como decir fuera de lo real, esto es, en un espacio irreal, en un salón de clases por ejemplo, o en una iglesia.
En su afán de unidad, ¿cómo arriba el conocimiento al salón de clases? Llegan conclusiones, resultados, el concepto, la fórmula. Y si se trata de algún proceso (más bien procedimiento), llega el método, pasos numerados e ilustrados donde se prevén o anticipan los resultados. De resultar otros, entonces no habrá duda de que se trata de un error. Para que haya unidad de criterios y de resultados los educadores o ministros deben tener un mismo y único discurso, en un sentido, formar todos parte de un solo cuerpo. Es obvio que, en cada uno, estarán los otros y que por la boca de uno hablarán todos. Este orden de cosas exige que lo mismo ocurra aquí, allá y mucho más allá, esto es, que en todas partes esté sucediendo lo mismo, con una coordinación de horas, formas y contenidos, tal vez hasta de gestos, para la plena satisfacción de algún dios monocorde. En estas condiciones resulta imposible construir conocimiento, si la construcción implica hacer algo que no está hecho o que no existe.
Construir, pues, conocimiento, supone lo distinto, lo diferente. En principio, no se aviene con lo irreal. Al salón de clases, suerte de prótesis enquistada en un fragmento del espacio previamente vacío (y que en rigor continuará vacío aunque sea visitado por personas distintas cada año pero siempre las mismas, con una marcada esencialidad fantasmal), lo sustituye por espacios reales donde las personas viven. Al maestro, desencarnado prototipo, lo trueca por uno más entre todos. ¿Qué tipo de conocimiento es éste que en estas condiciones nace? Uno que le pertenece a todos porque ha sido hecho entre todos, conocimiento diferente, antípoda al que conocemos, en tanto y en cuanto refiere lo real.
Pero aquí resulta preciso hacer una leve corrección: no podemos hablar de conocimiento sino de conocimientos. No uno sino muchos. No lo mismo para todos sino lo diverso entre todos. ¿Cómo se experimenta la unidad necesaria para reconocernos como formando parte, por ejemplo, de abstracciones como: comunidad, ciudad, estado, país, nación, etc.? Pues no como parte de una comunidad, de una ciudad, de un estado, de un país, etc., sino de muchos o de todos. “Soy un ciudadano del mundo”.
Algunos con conceptos como Estado, Soberanía, Nación, borrarían sus fronteras, disolverían sus límites. Sin reductos, sean del tamaño que sean, será imposible la articulación del discurso y conocimiento únicos. Experimentamos la unidad (integración animada y sostenida por la solidaridad) en otra dimensión, acaso en la de hombres y mujeres o simples seres humanos, hasta que de tanto borrar límites borremos el de nuestro cuerpo, y la piel y los sentidos abiertos, se abran al espacio y al tiempo, a la muerte y a la vida, a lo invisible y lo imponderable, a la naturaleza, a la materia y la luz, al Todo. El conocimiento autoritario y autorizado aísla, separa. No importa la cantidad de personas que lo compartan, siempre constituirán un grupo, un cuerpo cerrado. Preciso es borrar la autoridad, y con ella, el conocimiento autorizado, creando conocimientos como personas haya, prácticas compartidas, abiertas a todos, a la experiencia de todos, dinámicas, flexibles, ágiles, incorporativas, vegetales, orgánicas. La realidad que conocemos, el orden de cosas que –y donde- nos ha tocado vivir, se ha creado desde espacios cerrados y aislados, de ahí la creciente sensación de aislamiento y soledad que experimentamos aun viviendo en nuestra propia casa y rodeados de los nuestros. Sentimos la ciudad extraña a nosotros, los objetos que empleamos, la ropa que nos ponemos, nuestro propio rostro, los sentimos como si no nos pertenecieran. El yo que me nombra es otro. Nos recuperamos a nosotros mismos siempre que evadimos el salón de clases y el discurso único, siempre que nos hacemos a un lado ante la llegada de la autoridad y lo autorizado.
Pero esto no puede ocurrir sólo al interior del yo, porque seguiría formando parte del conocimiento y discurso únicos que lo han previsto, como ha previsto las formas de control de las distintas (y únicas, unificadas, “integradas” al sistema) formas de diferencia. Algunas permanecen incontroladas, y el conocimiento único se resiente y mal puede disimular su malestar. Decía entonces que el proceso de liberación debe ocurrir más allá del yo, e implicar en su extensión a los otros, a todos. La liberación exige comunidad, no el yo aislado ni incomunicado. No el ser (en infinitivo) sino conjugado. La libertad la hemos experimentado siempre como coacción: el discurso y conocimiento únicos imponen su visión única y uniforme de las cosas; el delito no es otra cosa que el desvío ante lo establecido. La libertad en comunidad no la dicta el Uno sino todos, mejor, la libertad la hacemos entre todos y si algo a se parece es al “sentido común”.
Ciertamente, existe la autoridad natural de algunos seres en los que sentimos que el tiempo reposa, y como si nos dieran sigilosamente una respuesta semejante al silencio, ante las grandes, las preguntas inminentes. Y he ahí la enorme diferencia con los que se dicen maestros y no son más que voceros del discurso y el conocimiento únicos, del que apenas participan como repetidores autorizados. La diferencia reside en el silencio, hecho de palabras que el viento, la noche, la vida y la muerte atraviesan. Con ellos y en sus palabras no existe solución de continuidad, hablan y la naturaleza aparece, aparecen el mundo y la realidad. No sólo escuchamos, nos hundimos en ella.
El conocimiento único nos quiso enseñar que el sentido común asegura y promete la dispersión, el azar, la anarquía. El sentido común comprende la autoridad, limitada y coercitiva, porque el sentido común no tiene límites. La historia registra algunos momentos en que el sentido común de un hombre solo, se enfrenta al poder y la autoridad únicos, oponiendo su silencio, su paz, su libertad, a la ley, haciendo que la cicuta o la cruz, la muerte en fin, aparezca caprichosa, sin razón, absurda, y logrando que el muerto se levante más allá de la muerte, en los Diálogos, en la Resurrección, porque no murió en las manos plenas de la vida. De ahí también la serenidad, la calma, la aquiescencia con que mueren los hombres que viven dulcemente ceñidos a la malla sutil del sentido común, prendidos a una autoridad sin coacción, libres, sin ataduras. La autoridad del conocimiento es irreal, intenta someterlo todo pero sólo puede hacerlo en forma parcial, (el) todo se le escapa. De ahí la enrevesada trama de la escritura jurídica, la confusión de hilos desconectados de la realidad, abandonados a una lógica desapegada de la vida de los hombres.
Por ello, la sensación inequívoca de que toda ley –hecha desde la autoridad del conocimiento único- ate, constriña, impida. La ley así escrita traza y delimita el único camino posible. Sólo el sentido común puede, en cambio, elevarse sobre el orden impuesto para declarar, sin menguar un ápice su poder, sin rescindir de su verdad: “Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”. A la autoridad y al orden impuesto, a la línea, se oponen la armonía, el tejido, la delicada y densa filigrana del sentido común. Además sólo se puede sentir como verdadera autoridad a aquella que borra sus límites y, en su discurso y por su discurso, hablan todos. El Dios del sentido común y el líder de un pueblo, en esto se parecen. Autoridad entonces, será aquella que desaparezca (de tanta presencia u ocultándose) para ser todos. (En griego, máscara era persona.) En Democracia, todos somos autoridad, lo que significa que no existe discurso ni pensamiento único producido por una única autoridad que usufructúa por medio de la violencia el espacio y tiempo discursivos, el habla y los silencios de todos. El temor a lo desconocido en el enemigo más terrible de la Democracia. En efecto, si ya está trazado el camino, pues avanzar resulta fácil. Si lo que digo y pienso ya ha sido dicho y pensado, reduzco la posibilidad de error. Sin embargo, siempre se escribe o se dice lo mismo, es sólo que lo que se escribe o dice dentro del sentido común tiende a borrarse, a desaparecer, y en su desaparición borra al autor –vale decir, borra la (autor)idad-. Su permanencia se mide de otra manera, porque definitivamente no necesita de la facticidad de las cosas, esto es, no necesita soporte material definido, o en todo caso, requiere algo como la materia de lo inmaterial, de lo inaprensible pero que está allí, al alcance de unas manos imposibles, siempre cerca del corazón , de la felicidad, de los sentimientos. Persiguiendo con ansia insaciable el anonimato, encarna en la lengua, en el espíritu de todos. Muy al contrario, lo que se escribe y se dice dentro del poder del conocimiento único nace en una comunidad cerrada y es compartido dentro de esa comunidad, por lo que no consiente y tarda mucho en asimilar las migraciones, lo transfronterizo, las estrategias discursivas de quienes invaden de sentido común la celda disciplinaria. El “todos” del discurso único, por demás, siempre se referirá al grupo, sea numeroso o mínimo (con respecto al número de los seres humanos, por muy grande siempre será ínfimo) de los que comparten los códigos, las formas y los contenidos de ese conocimiento. Pero el sentido común apenas si necesita del viento y la luz para llegar a todos: “Quien tenga oídos que oiga, quien tenga ojos que vea”. La democracia nos enfrenta a lo desconocido, a lo nuevo, y nos exige posibilidades y potencialidades que desconocemos.
La democracia se construye entre todos, como el conocimiento plural y diverso que requiere y necesita para llegar a ser. Sin éste es imposible, y en vez de Democracia (entendida libremente pero con la acepción nuestra de pueblo) estaríamos hablando de otra cosa. La democracia es la forma de gobierno más exigente, porque si todos gobiernan el gobernante desaparece; como desaparece el maestro y el salón de clases y los alumnos y la escuela (esas cuatro paredes), o la iglesia, el ministro, la religión y hasta Dios. La democracia no necesita espacios de irrealidad, no se la lleva con los escenarios, los montajes, las tramoyas, los arreglos ficticios que embaucan al espectador, al receptor, al alumno, al feligrés, personajes, todos el mismo, siempre invisibles y pasivos. La democracia desprecia la mentira, reniega de los fabricadores de discursos. La democracia abre la realidad a los ojos de todos, nada queda invisible. La democracia es el reino de la transparencia.