¿Qué sabía antes de empezar a escribir? ¿Qué sé ahora? No hablo de lo que sabía antes de empezar a escribir -todo cuanto he escrito-, ni de lo que sé justo ahora que esto escribo o que terminaré de escribir. Nada sé, ni sabía antes. En algún momento descubrí que ciertos pensamientos podían adquirir la forma escrita. Pero no pensamientos previamente elaborados, sino pensamientos que se hacían en la medida en que escribía, en la medida en que los escribía, que se iban haciendo a medida que escribía, que dependían de la escritura como las palabras habladas dependen del aire. Escribir, al menos como experimento esta escritura, no depende de lo que sé. Es más, cuando creo que algo sé, y lo quiero reproducir vía escritura, descubro que me resulta en todo punto difícil, que no avanzo, que me detiene la sospecha de trillar materia resabida. Escribir de lo que sé me resulta sumamente latoso, sobre todo por la certidumbre de que lo que sé no tiene ninguna importancia, puesto que lo que sé es lo que de algún modo todos sabemos. De ahí que escriba -trate- de lo que no sé. Escribir como se participa de una aventura, de una excursión. No alto ni profundo es en mí lo desconocido, simplemente es lo desconocido, lo que yo no sé. Mas al salir de la excursión, descubro -no sin placer- que nada sé de nuevo, que lo que sabía o supe se desvaneció apenas terminé, que duró lo que duró la escritura. Es por eso que me es tan difícil corregir profundamente lo escrito. Al momento de corregir lo que serían las ideas descubro que, en el caso de ser ideas, ya no pueden ser corregidas, que nada puedo corregir a menos que me hunda nuevamente en las aguas de lo desconocido, donde puede ocurrir que, o reescriba, sume, o deje intacto. Reescritura que deviene sin embargo es insistencia, en reiteración, estrictamente en re-escritura, como debe sucederle con toda seguridad a alguien parco de ideas. Contradictoriamente me siento interesado por muchas cosas, pero puesto a escribir sobre ellas (sobre las que logran adquirir un cuerpo virtual previo, ciertamente casi inexistente, conformado siempre por una frase poderosa en la que confío como matriz, aparte de algunos atisbos deshilachados de desarrollo) comienzan a apuntar a un centro nervioso en el que dejan, por cierto, si es que antes lo eran, de ser cosas o ideas. Porque las ideas de algún modo siempre están lejos, o al menos fuera de uno, y siempre de algún modo al alcance de la escritura. Pero entonces ¿cómo se llama eso que sólo la escritura puede hacer salir? Si son ideas, lo son de un modo muy particular. Las ideas se sostienen, se rebaten, se discuten. Las que salen de la escritura son insostenibles, irrebatibles, indiscutibles. ¿Son absolutas? Quizá. Abogan no por una comprensión, y en cambio se revisten de autoconfesión. ¿A quién me confieso? No a Dios, ni a los hombres. Escribo para descubrir(me). Pero no descubrir quien soy, sino cómo soy (y cómo son las cosas) en la vibración del no ser. O bien, cómo ser plenitud de vida en el florecimiento de la muerte, o cómo la muerte lo ocupa todo mientras la vida, silenciosa, pasa. Escribir, pues, para saber cómo y dónde morir, por cual ventana entreabierta se fugará el alma. De afuera vienen lecturas, conversaciones, sentimientos, sensaciones, pero adentro, en la escritura, lo de afuera cobra una vida inédita, se va por otro lado, indomable. Adentro es lo que quiere ser. Mi trabajo ha consistido en dejar hacer, en participar lo menos posible, en permitir que juegue su juego. A veces quisiera que me llevara consigo, pero yo no puedo vivir su vida sino la mía. Hay momentos, sin embargo, en que su vida y la mía se confunden, mas ciertamente, sólo cuando escribo.
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TRÍPTICO DE LA IGNORANCIA (II)
2. El encanto de una verdadera conversación reside en que es imposible de reproducir. No porque no podamos hacerlo palabra a palabra; no. Se trata de una irreproducción total, absoluta. De hecho, cuando hablamos, sea de lo que sea, somos incapaces de reproducir todos los accidentes de lo hablado, mas sin embargo logramos comunicar escuetamente el contenido, la sustancia de lo hablado. Podemos decir, «sí, hablamos de aquello y de esto otro». Pero lo que quiero decir con la irreproducción total es que cuando conversamos verdaderamente, el contenido, la sustancia de lo conversado desaparece como si no hubiera existido. Porque cuando así conversamos lo que aparece como contenido es una sustancia absolutamente inédita, imposible, desconocida. Hablamos de algo que sólo existe cuando conversamos y que sólo existe porque conversamos. Y no es que conversemos sobre «eso», no, «eso» mismo es la conversación, «eso» no es un tema, «eso» es la conversación misma. Cuando conversamos «eso» aparece, nos necesita para existir pero existe antes, ya es. Nosotros sólo muy indirectamente propiciamos su aparición. No se requiere una situación propicia (propiciada por nosotros) ni especial, no se requiere de nosotros alguna especialidad -cuando aparece ni cuenta nos damos (al darnos cuenta desaparecería)-, nuestro único deber consiste en no darnos cuenta y prestar nuestro aire para su hacerse, para su ser. He creído que ese conversar necesita de nosotros, ¿pero para qué? Sólo entonces, empujado a esa pregunta, advierto que lo que siga está dominado por la mera especulación... He creído que ese conversar necesita de nosotros porque en la economía del aire, Dios necesita respirar palabras humanas. Las necesita, acaso más que nosotros mismos. De hecho, cada vez conversamos menos, por lo que Dios debe sentirse asfixiado. Conversar del modo que Dios lo necesita, cada vez nosotros lo necesitamos menos. Es poco el tiempo de que disponemos para perder el tiempo. Conversar del modo que lo necesita Dios requiere de nosotros un abandono total a los efectos del tiempo, un no sentir el tiempo absolutamente. Sin embargo, decimos con vulgar insistencia «el tiempo es oro». Pero el tiempo, cuando vale, no es tiempo; el verdadero tiempo no existe como entendemos usualmente que existe el tiempo. El tiempo no es la hora, ni lo que tenemos que esperar de aquí a un rato, el tiempo no es la duración. El tiempo no existe. Cuando envejecemos decimos que ha pasado el tiempo, pero envejecer es envejecer, y nada tiene que ver con el tiempo. El tiempo es inexperimentable, el tiempo no se mide ni se siente salvo como ausencia inadvertida. Cuando conversamos lo hacemos en el tiempo; si conversáramos por un lapso indefinido de tiempo (salvo que cuando conversamos no lo hacemos durante un lapso indefinido de tiempo porque conversamos sólo en un instante) durante dicho lapso no envejeceríamos. Se envejece cuando se va de un día a otro, tanto como de un segundo a otro, sin embargo al conversar, como no pasa el tiempo, no envejecemos. Si pudiéramos conversar indefinidamente viviríamos indefinidamente. No es que la muerte al fin no acaezca, de hecho ocurre pero no la advertimos, porque conversar en el tiempo es de alguna manera como soñar o estar muertos. No se conversa del modo que trato de exponer ni sobre el pasado, ni sobre los amigos, ni sobre la vida o sobre cualquier otra cosa. El tema no es lo importante ni lo decisivo, de hecho se puede conversar sobre el pasado o los amigos o de la vida o sobre cualquier otra cosa, porque lo que sostiene el conversar es una urgencia...
(¿pero cómo puede haber en nosotros urgencia por algún aspecto especial de algo desconocido? esa urgencia ya es un don, una iluminación que viene de la conversación no ocurrida aún pero que ya -nos- prepara, precisamente haciéndonos sentir una inédita urgencia de saber lo que a fin de cuentas no sabremos sino cuando estemos conversando, y sin poder detenernos, no obstante, a decir «qué raro lo que estoy aprendiendo», porque nunca creemos que eso no lo sabíamos sino que estaba en nosotros ya, como si lo desconocido ya habitara en nosotros esperando un momento propicio para revelarse. Sin embargo, no ocurre así, nada sabemos de lo desconocido ni lo desconocido habita en nosotros. Lo desconocido necesita de nuestra ignorancia para emerger y recrear una y otra vez -cada vez que conversamos- el mundo. Por otra parte, tampoco sabremos nada de lo desconocido, porque en el momento de hablar creímos saber desde antes, y al terminar de hablar, descubrimos con un poco de extrañeza que nada recordamos, salvo muy pocas cosas, nada sólido, nada que augure una posible y satisfactoria reconstrucción. Lo hablado se desvanece, regresa a su lugar de origen. Qué duda cabe que nos deja entusiasmados, mas sin embargo, vacíos de palabras, exhaustos)
...de descubrir en el tema tratado lo que no existía. Entonces, si se habla del pasado, en tanto que pasado, deja de existir convirtiéndose en presente; los amigos pasan a ser desconocidos; la vida, muerte. Conversar es revelar al paso del aire lo oculto. Los que conversan son tomados por las palabras reveladoras, es por ello que son los que conversan los primeros asombrados (pero están condenados, sin embargo, a experimentar asombro cuando dejen de conversar), y al dejar de conversar, al interrumpirse el fluido aéreo, lo dicho se borra como el despertar de un sueño. Los beneficios para Dios de este conversar son inestimables (si no inimaginables), pero... ¿cuáles para nosotros, oh pobres mortales? Conversar, pienso, nos prepara para la eternidad.
(Porque vivir no es sino un entrenamiento para la muerte. La vida nos ha sido dada para aprender a estar muertos. Si no aprovechamos la vida para aprender a morir, perdemos la vida. Si en todo lo que hacemos no encontramos el filón, la veta de la muerte, nada hacemos. En cada oficio, en cada momento, en cada acto cotidiano bulle la posibilidad de dar con la muerte, que no es otra cosa que la consunción por vía delusoria del tiempo. No se trata de morir de hecho, se trata de vivir la muerte, de sondearla, de pasear en sus jardines. Se trata de poner el cuerpo en el límite para que sea visitado por el alma. No es arriesgarse, no es buscar el peligro, es abrir el cuerpo al mundo, dejarlo sin defensa(s). Que el único riesgo por demás delicioso sea permitir que el cuerpo pierda sus límites, se extralimite, aborde lo inabordable, se confunda con las materias que fluyen; dejarse ir. En esos momentos el alma o el cuerpo permutan dimensiones. El alma invade el cuerpo y lo utiliza para sí, se reconcilia, toma sentido su estar en el mundo. El alma es más que nunca ahora el nexo sagrado, el cordón umbilical. El cuerpo reconciliado con el alma es más que nunca ahora el cuerpo, y un para siempre que no sospechábamos queda balbuciendo.)
TRÍPTICO DE LA IGNORANCIA (I)
A Nelson Muñoz
por el grato recuerdo de aquella conversación
La posición del discípulo, muy evidentemente es la única esencial. Es por medio de ella que es menester definir la situación humana fundamental.
René Girad. La violencia y lo sagrado
El maestro no puede enseñar nada al discípulo, y no puede porque esencialmente el maestro nada sabe. Entre el discípulo y el maestro existe una distancia infranqueable, un abismo. No es sólo la distancia entre dos universos de experiencias totalmente distintos. Se ha visto en muchos casos que el maestro arrastra al pupilo a sitios donde la enseñanza toma el aire, el cariz de la crudeza. Se hace acompañar el maestro del pupilo, y en esos casos las palabras sobran. «Sólo quédate a mi lado», parece decir el maestro, y el pupilo avanza con él, recorre con él los círculos del infierno. Llega (tarde o temprano, o luego de un largo tiempo o inmediatamente, porque ciertamente entre el comenzar y el abandono el tiempo se disuelve o distiende imperceptiblemente) el momento en que el pupilo queda solo, y con los ojos muy abiertos avanza a su propia perdición. Puede que voltee y acaso allá en las sombras alcance a advertir la sombra de su maestro (y ojalá que así sea, porque de lo contrario, en su abandono, llegará a creer que el maestro jamás existió.) Mas sucede que antes del abandono el maestro nada enseñó; si algo enseña es justamente luego de abandonarlo a su propia suerte. El maestro lo puso -y esa es su única enseñanza- en un punto muerto. En ese punto el pupilo no puede hacer otra cosa que lanzarse al abismo. El maestro fue cercenando la posibilidad de que el pupilo se echara para atrás, reculara, se arrepintiera.
(Se advierte ahora la importancia de la elección. Porque si el pupilo se arrepiente y regresa a la luz, el tiempo que antes no existía cobra una existencia atroz, se convierte en tiempo perdido. Para que el tiempo siga no existiendo, se requiere que el pupilo siga adelante y en soledad, construyendo si se quiere su propia inexistencia del tiempo.)
El pupilo ha sido drásticamente podado de posibilidades de arrepentimiento. El pupilo va cargado de vergüenza, de miedo, acaso de honor. Cuando llega el momento de ser abandonado, el pupilo, que no sabía a ciencia cierta si eso realmente iba a ocurrir, mira a su alrededor y descubre que está solo. Se detiene seca, abruptamente, pero regresar es una posibilidad anulada. Ha perdido esa elección, y sólo por eso ha sido reducido a un mínimo de expresión. Nada puede hacer sino dar el primer paso a la oscuridad y con el primero habrán de seguir los otros, y como cuando nos encontramos en una habitación completamente a oscuras, los ojos se acostumbrarán y comenzarán a percibir las formas, a distinguirlas. Comienza una etapa nueva donde predomina un dulce sentimiento que podemos llamar “nostalgia del maestro”. Sus palabras han sido borradas por lo nuevo, sus palabras de nada sirven, a nada de lo nuevo se le parecen. Si el maestro habló antes, lo hizo en (desde) su propia oscuridad, y el pupilo que las escuchó dijo de su forma de hablar: «el maestro habla en parábolas». En la nostalgia del maestro, el pupilo no tiene palabras sino acicate. No escucha sus «sabias palabras», sólo siente que lo perdería todo -hasta su amistad- de no seguir adelante, de no perderse. Quisiera salir pronto de la oscuridad y correr a sus brazos. Pero de su propia oscuridad no podrá salir porque al avanzar más se hunde en ella, y salir es cada vez más regreso, derrota, pusilanimidad. Por todo esto debemos concluir que el pupilo, si algo aprende -si algo se aprende- lo hace solo, en la oscuridad, consigo mismo, sin más compañía que la vergüenza y el miedo y la vana esperanza de encontrar un sentido a sus pasos. ¿Hablaron de esto antes? El pupilo no pudo dirigir preguntas con ese contenido al maestro porque la oscuridad en la que ahora vive es precisamente su propia oscuridad y su propia soledad. Sólo ahora abandonado del maestro surgen las preguntas capitales. Cuando conversaban, el maestro, que maestro es porque está habituado a la oscuridad y, más que eso, habituado al sin sentido de sus pasos, aun explicando al pupilo con sumo detalle las condiciones de semejante situación, no podía hacérsela comprender mientras que al mismo tiempo el pupilo veía cubrirse el sentido de las palabras con el sugerente halo del misterio. Y es que las palabras del maestro no se comprenden. Incluso cuando declina a hablar de asuntos domésticos, del día a día, en sus palabras se advierte un desasimiento de la realidad que, si no estamos atentos, confundiríamos con un no estar al tanto, con un desvalimiento peligroso, como si la realidad pudiera romper, destrozar la límpida atmósfera en la que el maestro -según nosotros, precariamente- se sostiene. Nada comprendemos; cuando habla de la oscuridad, lo hace con palabras oscuras que oscurecen completamente el sentido. Cuando habla domésticamente, de los asuntos del día, sentimos que no reproduce los accidentes de la realidad, que sus palabras son débiles hilos a punto de romperse. Decimos entre nos «Pobre maestro, está ido». Sentimos que es más él, sólo, cuando nos pone en situación de oscuridad; lo sentimos en su elemento cuando nos lleva a las altas regiones del misterio. En lo doméstico no es sino un ser indefenso, menesteroso. Todo esto no vale sino como evidencia de que nada nos enseña ni puede enseñarnos, que si algo propicia es precisamente la conducción a la boca del lobo, donde seremos -por él- abandonados (abandonados en nosotros mismos.) Ahora bien, y esto es de suma, de vital importancia, el maestro es maestro porque sabe que él nada enseña. Y es esto lo que lo diferencia de los maestros de pacotilla, de esos que dicen enseñar, de esos que creen que algo se puede enseñar. El maestro alcanza su condición cuando renuncia a enseñar, cuando se reduce a sí mismo, y nos obliga por pobreza, por mutilación, por vergüenza, a reducirnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de nuestra soledad y de nuestro propio abandono.











