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Archivos de: Abríl 2006, 19

Sobre la tierra

por joseleon71 @ Miércoles, 19. Abr, 2006 - 10:20:23 pm

Hay una generalización que, aunque problemática como todas, me parece que está en el centro y tal vez sea la clave de grandes acontecimientos. Se trata de la pérdida de la tierra generada por la violencia, lo cual genera a su vez violencia. En efecto, tanto perderla como (intentar) recuperarla son eventos que pasan por el tamiz de la guerra, la confrontación, el conflicto, y su posesión o desposesión, y la forma en que ambos fenómenos se dan, define el perfil de una región, de un país. Qué fue la Guerra Federal sino el intento de devolver las tierras a sus dueños naturales, los campesinos. El petróleo, un poco más adelante, iniciaría un proceso de despojo, retratado aunque indirecta y timoratamente en Mene, de Ramón Díaz Sánchez, con personajes que de pronto se descubren deambulando sin dónde caerse muertos, como en efecto ocurre con la hija de uno de los desgarrados protagonistas, cuyo verdadero enterramiento resulta simbólico toda vez que su recuerdo (no su cuerpo) es sepultado en la tierra de nadie del destierro: «José trajo las varas. Ño Casildo las desnudó en seguida y firmó con ellas una cruz que ató con un bejuco. Cachazudo y callado se alejó un poco de la choza. Y en el linde del calvero que la rodeaba plantó la cruz. Cuando volvió, sin que nadie se lo preguntara, quiso informar: -Ahí está María.» Ese fragmento que cito me ha parecido siempre de una lucidez desbordante a la hora de comprender el drama de nuestros pueblos. Hay una novela del peruano Manuel Scorza en la que uno de los personajes es una cerca, un alambrado silencioso que avanza tragándose la tierra. Recuerdo ahora una novela de un escritor norteamericano, Las uvas de la ira, donde se recoge el momento en que los campesinos son arrancados de sus tierras con falsas promesas de trabajo en California. Con las promesas y la compra de sus tierras a precios irrisorios venían las máquinas sordas a los reclamos, que derrumbaban las casas con lo que había quedado dentro, incluso con los reticentes a abandonar sus únicas propiedades. El método (las máquina cavadoras ciegas y sordas a las viejas y las mismas piedras de David) recuerda el empleado por el ejército israelí que construye el muro que traga tierra, con pueblos y olivares milenariamente cultivados y atendidos por familias palestinas. Ramón Palomares, poeta trujillano, escribió Adiós Escuque, para decirnos cómo el alma del campesino andino se desoló justamente en las décadas en que la migración a las ciudades representó una suerte de deslave de la población venezolana. Los ejemplos componen una larga lista con un claro denominador común. Mas en nuestro país se está discutiendo algo que, a la luz de la violencia en la historia del mundo en torno a la tenencia de la tierra, es de una profundidad verdaderamente revolucionaria. Podemos preguntar, ¿cuántos reyes, presidentes o Estados se han comprometido más allá de la retórica a implementar una política de devolución de las tierras, seria y sistemática, a sus dueños naturales, los campesinos? Y mejor aún, ¿a los indios? Sé, por ejemplo, que en algunos países, EEUU, Canadá, fueron creados unos guetos efumística y en todo caso xenófobamente llamados "zonas en reservación". Pero devolver, reintegrar o consolidar la presencia indígena en sus territorios naturales, milenarios, o ancestrales, es una política que raya en la utopía. La palabra así y aquí empleada es, digamos, de una exactitud en deslizamiento, porque Utopía es literalmente el "no-lugar". Nos encontramos en nuestro país, con una utopía (un discurso) que busca una vindicación histórica, la aparición de una topía, de una localización, de un territorio donde lo imposible deviene posible. Lo que ocurre es de una trascendentalidad que debe ocupar intensamente el debate nacional, porque se está discutiendo la inclusión real e imaginaria de las naciones indígenas en el ámbito del territorio, inclusión que atraviesa transversalmente el cuerpo de la Patria, la noción de país, la noción de ciudadanía. Si bien la demarcación de un territorio es una abstracción política, ¿será lo mismo demarcar un territorio indígena que, por ejemplo, un nuevo municipio? En el segundo caso, podemos hablar con relativa tranquilidad de un acto político-administrativo, pero en el primer caso va definitivamente más allá de lo político, más allá de lo administrativo, hablamos de un fenómeno que comprende lo histórico, lo antropológico, lo cultural, lo religioso, lo lingüístico, etc., es decir, estamos ante un fenómeno radicalmente complejo, y que no sólo toca los intereses de propietarios "ilegales e ilegítimos" de las tierras ancestralmente indígenas, sino que redimensiona el paisaje de las ciudades, de los asentamientos urbanos, y por supuesto, de los rurales. Porque ¿qué es lo que vamos a entender por "Tierras Indígenas"? ¿Sólo aquellos espacios a donde fueron confinados y como arrinconados nuestros hermanos indígenas, huyendo de la persecución y la muerte? Yo pienso que lo que entendamos por Tierras Indígenas iniciará una redimensión de lo nacional, del país todo, que será inédita e insólita. Iniciará, además, una integración que definitivamente no conocemos, y de la cual no existe un modelo anterior. Porque se trata de la integración de por los menos dos cosmovisiones que, históricamente, y cada vez que han entrado en contacto, desarrollan diversos grados de violencia. Porque no se trata de que un sector, un grupo, una organización occidental frecuente y trabaje con indígenas, sino de la yuxtaposición claramente distinguible y sin confusión, armónica y jamás violenta, del mundo occidental y el mundo mítico indígena. Una integración no sólo al interior del país, sino al alma que nos constituye. Desde esta perspectiva, que identifica con una claridad ahora desconocida pero que soñamos y en el fondo del renacimiento de la patria deseamos, el mundo indígena y el mundo occidental mestizo en el que con relativa facilidad nos reconocemos, el País aparece otro, distinto y de algún modo referencia espiritual, política, cultural y religiosa de todos los pueblos de la Tierra. Porque lo que se busca, en definitiva, con la demarcación de los territorios indígenas, no tiene parangón. Y no lo tiene, porque la tierra siempre ha estado en manos de los poderosos y en manos de la ley que siempre ha estado en sus manos, y que históricamente ha(n) controlado y administrado celosamente su tenencia, generalmente y en el fondo siempre mal habida. (El conflicto político venezolano se acrecentó en diciembre de 2001 precisamente con la aprobación de la Ley de Tierras y la Ley de Pesca). La legalización de las tierras urbanas y la entrega de tierras a los campesinos son signos visibles de una política de cambio con respecto al paradigma de la dominación y exclusión que ha prevalecido en las relaciones de poder en el mundo a lo largo de toda su historia.


 
 

Visita al barrio "La Lechuga"

por joseleon71 @ Miércoles, 19. Abr, 2006 - 10:18:39 pm

A Luis Pérez, que enseñó a Juana a comer bledo

Justo al llegar se observa un enorme espacio rectangular, perfectamente aplanado, cercado por cauchos hundidos hasta la mitad en el que un grupo de niños juegan al fútbol. En la mañana de ese viernes cayó una fuerte lluvia y el barro casi lodazal nos recibió cuando bajamos del bus. Curiosamente la cancha de juego no tenía charcos, la tierra estaba húmeda pero compacta.
Cuadrillas de obreros contratados por la Gobernación y un par de máquinas trabajaban en las calles principales. Los obreros nos observaban y se hacían comentarios entre sí. Tiene que resultar extraño ver llegar en plena mañana un grupo tan numeroso de jóvenes sin el uniforme de los evangelistas. En uno de las esquinas del campo de juego, debajo de un árbol, vecinos reunidos voceaban nombres de una lista. Nos acercamos. Del grupo se desprendió el presidente de la Junta, y como una señora de la comunidad ya estaba respondiendo a una lluvia de preguntas nuestras, pidió que nos concentráramos y así respondería a todos una sola vez. Ogly Franco, que así se llama el presidente, sugirió, acompañado por Luis Pérez, que nos reuniéramos en «El Hato».
Hacia allá nos dirigimos. Un niño se adelantó para espantar los perros y una vez que éstos se alejaron entramos a un espacio con dos o tres grandes árboles de cuyas ramas cuelgan hebras como barbas, un lugar sombreado, espacioso. Al fondo una casa muy vieja, de aproximadamente 150 años, con techo a dos aguas y de bahareque. Animales en jaulas, pájaros, un conejo extremadamente blanco. Un pato o ganso caminaba en dirección a la casa donde una señora hacía sus oficios. Chivos en un corral. De vez en cuando los berridos hacían fondo a la conversación.
Ogly informaba sobre el estado del barrio, lo que estaban haciendo y lo que esperaban. Como suele suceder en los casos de invasiones, según contó, a la ocupación de tierras abandonadas siguió un desfile de "dueños". Entre ellos, Fogade. Pero también otro, "San Isidro Lanz", firma que ensayó en el pasado exploraciones petroleras en la zona.
Una compañera afirmó que su barrio se encuentra en una situación similar y que, como en éste, San Isidro Lanz aparece como dueño. La Gobernación del Estado alega haber comprado las tierras a esta firma, y con ello busca dar legalidad a unos certificados de propiedad que busca distribuir entre los habitantes del barrio. La reunión que se daba al momento de nuestra llegada estaba relacionada con los procedimientos previos a la entrega de los mismos. El gobierno regional quiere dar por hecho que las tierras pertenecían a la firma San Isidro, pero no es eso lo que dicen las investigaciones preliminares. La situación es irregular y advierte que la Gobernación apura un procedimiento nada transparente y con evidencias de ilegalidad. La Gobernación se comprometió además, a realizar algunas obras como la cancha deportiva, las aceras, los brocales, y a pesar de que Ogly reconoce que las elecciones están cerca, confiesa no importarle la coyuntura siempre y cuando lo que ocurra sea para bien de la comunidad. Alzando la voz, haciendo énfasis, utiliza frases como «la política no sirve», «la política mata los barrios».
En su discurso, por demás, aparecen varios elementos aparentemente contradictorios. De quejarse por el abandono en que se encuentra el barrio, puede pasar a comentar las tareas adelantadas con organismos e instituciones a nivel nacional y regional (Gobernación y Alcaldía), de las que dice haber recibido respuestas y comunicaciones, incluso recientes. Habla de un viaje a Caracas próximo y de uno anterior que lo llevó hasta la Vicepresidencia y al Minfra, así como a otros departamentos ministeriales. Afirma que "todo cuanto han logrado es por autogestión", como las redes para el suministro de agua y de electricidad. Continuamente solicita y dice estar dispuesto a recibir ayuda "venga de donde venga".
Ogly usa el plural, habla de equipo, mira hacia atrás buscando a su mano derecha, pero también habla en primera persona para indicar lo que ha logrado, de la necesidad de construir algo propio, y ostenta con orgullo su compromiso y entrega al barrio. El estado del mismo, a tres años de la invasión, traduce que mucho se ha conquistado en vías de su consolidación, si se lo compara con barrios más viejos.
Ogly se despide porque la reunión para la entrega de títulos de tierra continúa, por lo que nuestro grupo inicia un recorrido por las calles del barrio, dirigido por los profesores Luis Pérez y Asmery, coordinadores de Proyecto I en el barrio.
Una mirada apenas atenta observa un ordenado parcelamiento, construcciones de lata y madera consistentes, muchas flores, capachos, nomeolvides, cuarenta días. Música vallenata, al fondo, y tranquilidad. Llegamos a un jagüey o pequeña laguna que, según Ogly, produce buena parte de los problemas de salud de la comunidad y sobre todo de las familias aledañas. En principio la comunidad optó por el relleno, pero estarían dispuestos a encontrar otra solución debido a que el agua podría retornar, si aparte de las lluvias se alimenta del subsuelo. Luis Pérez explicó que la laguna forma parte de un sistema de humedales que llega hasta la Laguna de Peonías, lo que supone que no sería nada conveniente romper o intervenir el mismo.
Al cabo de unos minutos el recorrido continúa, mas yo me rezago. Alcanzo a Asmery, que bromea sobre algunas experiencias en el trabajo de campo, comenta la calma que a veces le da visitar "La Lechuga", y habla de comidas y siestas en hamaca bajo pequeños árboles. En un punto se detiene y me dice: "saludemos a Juana", acepto, sin saber de quien hablaba, y se interna a través de un hueco en una cerca, en dirección a una "casa", definitivamente distinta a todas, rodeada de espesa y arisca vegetación, visible apenas en el terreno enmontado. Dentro, me parece ver de espaldas al hijo de un profesor que nos acompañaba, pero no, se trataba de Juana. Alta, delgada, con el pelo a rape. Nos saluda con emoción, con alegría, y nos abre la puerta a su casa: desata un cordón. Bromea sobre su puerta, luego de decirnos que los niños no tienen problemas con ella porque se cuelan por debajo. «La tranca es simbólica», nos dice sonriendo. Entramos. Asmery se sienta en una esquina de, digamos, la cama, y yo en el otro. Me pareció Juana más alta, pero la cama no excede el metro y medio. Se acuclilló. A la pregunta de cómo estaba y luego de las presentaciones, nos invitó a seguirla en la lectura de un mantra, (arriba, por encima de su cabeza, una tablilla contenía una escritura oriental), cuyo sonido nos copió luego en caracteres latinos en un papel que tenía a mano arrancado de una carpeta donde advertí frases, fragmentos de oraciones. «Siempre me gustaron los bolígrafos finitos», le dijo a Asmery, que le facilitó uno para anotar el mantra. «Para que estén protegidos», nos dijo.
Fui presentado como "poeta" por lo que Juana me pidió que recitara algo de memoria. Como en realidad no lo soy y difícilmente podría saberme algo como un poema de memoria, intenté una salida: «el mejor poema es este momento, es tu casa». Juana, enérgica, se levantó y apuntó a las flores de auyama que maduraban en el "techo".
Asmery le comentó que la casa siempre le recuerda aquellas donde juegan los niños, a lo que Juana respondió: "así es, lo sentiste, esta casa era de los niños, ahora me trajeron una lata porque dicen que las lluvias y los vientos van a ser más fuertes". Cuando Asmery le preguntó por la lluvia, preocupada según noté por las noticias del huracán, recibió una respuesta contraria a su buena intención: "Muy bien, muy bien, se pudieron regar las maticas y aproveché para recoger agua". En un pequeño mueble con repisas, observé cáscaras de parchita y mandarina, y en una mesa que formaba parte de un altar, velas y cera. Me parece haber visto, arriba, una lámpara.
Se refería a Chávez como "mi presidente", con devoción y nos comentó algunos temores, vinculados con su seguridad y la de la nación... Finalmente nos despedimos y me pidió que regresara con algunas cosas escritas por mí, a lo que respondí afirmativamente. He pensado llevarle libros o mejor un libro de poesía, hai kus tal vez, imágenes quietas que desaparezcan. Pensé llevarle comida, ¿pero qué comida? Mas bien semillas, frutas secas. Me pregunté: "Dios mío, cómo llegó allí, de dónde, quién es". Mi esposa me dice: «ni su nombre será Juana».
El grupo no estaba al alcance de nuestra vista y Asmery y yo equivocamos el camino que nos hubiera llevado directamente al sitio donde el bus nos recogería. Llegamos apenas cinco minutos tarde (la hora de encuentro era las 12:30) y me pareció verlo alejarse. Luego de confirmar por teléfono que el bus nos había dejado, tomamos un carrito por puesto y en cuestión de minutos ya estábamos de nuevo en la UBV. Yo no tenía otro tema de conversación y Asmery me dijo que lo mismo le había sucedido a ella cuando la conoció: en un día de trabajo agitado, casi por azar, entró y se calmó, quedó en paz, me dijo. Desde entonces, siempre pregunta por ella y se acerca a saludarla.
«Estoy sucia», le dijo, dulcemente aterrada, con las manos cruzadas sobre el pecho magro como un momentáneo faraón. Finalmente, y sin que Asmery se percatara de inmediato, accedió, y las caras se encontraron como dando traspiés, con una leve aparatosidad que convirtió un gesto tan cotidiano en una escena mal ensayada. Tuve la tentación, pero no me moví ni un ápice. Creo, sí, que le di la mano. «¿Qué te pareció?», fue la pregunta de Asmery apenas nos alejamos de la casa, de la sonrisa de Juana. Le respondí según lo que había comenzado a comprender y ya me agitaba por dentro: que por unos minutos había estado frente a frente con la más pura belleza. Supe entre otras cosas que a Juana, que no tiene nada, nada le falta. La comida que recibe de los vecinos, la reparte. «Renunció a lo material», me dijo Asmery, «decidió no querer más paredes». Entendí que había conocido a alguien que, viviendo en una situación límite y luego de escucharla con detalle y fascinación, no estaba "lúcida" sino iluminada. Supe -y fue como una revelación- que Juana se encontraba en el centro del Universo. Luego, reflexionando sobre esta experiencia, he comenzado a sospechar que una persona como Juana es el corazón silencioso del barrio, el ombligo, el antiguo omphalos.
Ya en la sede de la Universidad, luego del almuerzo, un compañero del grupo que visitó el mismo barrio hizo referencia a un momento especial de su recorrido. Lo dejé hablar porque sospeché con las primeras palabras que se acercaba a Juana. En efecto, al lado de una casa donde una mujer se bañaba y donde vio a una niña que le recordó a su hija de dos años, vio a una mujer que saludaba al grupo con una alegría desbordante. Quiso, sintió de relámpago que debía detenerse e ir a hablar con ella, pero el grupo continuaba su camino y no quiso rezagarse. Sin que yo interviniera, describió que la casa estaba «hecha de basura», que arriba tenía una lata y que el conjunto formaba una suerte de «campanario». Mencionó otros detalles que revelan que, o fijó de una vez y para siempre lo que apareció como visión, o al contrario, estuvo un rato detenido, observando. Por la minuciosidad de sus palabras me parece que aconteció lo primero, es decir observó y recreó tocado por la atmósfera sugestiva. Ciertamente, pocas veces la primera impresión concuerda con la realidad; casi siempre ocurre que lo entrevisto aparece con rasgos fantásticos que la realidad se encarga de borrar.
El tono que adquirió la conversación convocó la presencia de algunos compañeros, que obligaron al joven abogado a recomenzar, evidentemente entusiasmado, un relato idéntico. Cuando lo creí conveniente, le dije: «el bus me dejó porque hablé con ella». Se sorprendió y vi en sus ojos un intenso brillo. Por sus preguntas, por su avidez, supe que quería confirmar si la belleza que él había entrevisto era real. Le dije que sí. Luego he pensado que el destino le debió ceder mi lugar, porque yo necesité prácticamente entrar (casi meter el dedo en la palma perforada de Jesús) para sentir lo que a él le comunicó lo entrevisto en una ráfaga. Yo hubiera seguido de largo sin advertir una casa en la red enmarañada de ramas y monte alto.
En la actividad de grupo que siguió para ordenar las notas, las variables, las consideraciones, las informaciones varias, el joven se dirigió a mí para decirme: «después de eso ya no veo las cosas así». Entendí que comulgábamos en el mismo parecer: «Es cierto, a Juana no le falta nada».

CONVERSAR ES HACER HISTORIA

por joseleon71 @ Miércoles, 19. Abr, 2006 - 10:15:08 pm

(Apuntes para una reflexión sobre el método de las Historia de Vida)

En acto reconstructor, la historia -la poética y total: la valedera- une al pasado con el presente, convierte a recuerdos colectivos y tradiciones en soporte del presente y en vitalidad para el porvenir. La memoria de la historia -crítica, lúcida, subjetiva- sería tal vez el más adecuado puente para cruzar por sobre el abismo del silencio. La vía que clausuraría para siempre el ruido ensordecedor de los rituales patrióticos y el mutismo del olvido. Conclusión, en fin, de un largo monólogo de ruidos y de silencios; apertura de una nueva expresividad: la del diálogo del tiempo.
Rafael Fauquié. El silencio, el ruido, la ,memoria

La historia o el relato de vida acaece en la memoria. No se trata sólo de recuerdos, o de un hilo más o menos coherente de recuerdos; la memoria implica otros procesos, más complejos. Hay quienes recuerdan muchas cosas, otros que poco o casi nada, sin embargo, todos podrían construir un relato, una historia de vida porque la memoria no está hecha sólo de recuerdos. Me explico: la memoria no contiene recuerdos, les da forma. Podemos manejar muchos o pocos recuerdos, insisto, pero sin memoria de poco o nada servirían. Al no tener memoria los recuerdos se suceden unos tras otros, pero sin conexión, como fragmentos, o algo menos, como virutas que saltan y desaparecen. Los recuerdos que así nos asaltan pueden llegar incluso a borrarse. Sin conexión, los recuerdos no podrán formar jamás una trama, un tejido. Trama o tejido son metáforas que intentan explicar que los recuerdos, a través del cuerpo que les brinda la memoria, construyen un texto, un entramado de hechos, de circunstancias, anécdotas, historias, que son en definitiva lo que somos, lo que creemos ser y lo que manifestamos ser en nuestro en nuestro trato con los demás, con los otros. Nuestra vida, pues, no es tanto lo que haya acumulado en imágenes o recuerdos, sino la forma en que la refiero, vale decir, la forma en que la cuento. No se trata, tampoco, de explicar nuestra vida, o de sólo referirla, hay algo más: hacerla. Una historia de vida es, ciertamente, una vida. Como la cuento, así mi vida. Y no se trata de que el contenido sea en sí mismo interesante, cargado de aventuras, de hechos asombrosos o tristes. La más gris de las vidas, la más intrascendente, puede conformarse, adquirir forma o cuerpo, en, por la memoria. Para decirlo de nuevo y acaso más claramente, la memoria es la forma que adopta la narración. Menos que un archivo de recuerdos, hablamos de una suerte de tejedora de recuerdos, los cuales teje con un fin sin lugar a dudas estético. El habla y la memoria son aliadas del aire y de la música; su norte es la belleza. Nadie habla y menos cuenta su vida sin intención estética, desapegado de la noción de belleza que maneje, conozca o articule, consciente o inconscientemente. Pero sucede que la noción de belleza es también ideológica. En efecto, lo feo y lo bonito están construidos sobre la base de concepciones ideológicas. Nadie afecta calificar de feo o bonito un objeto cualquiera sin antes apelar a su archivo de nociones ideológicas, transmitidas a través de muy diversos canales, y fijados desde niño. Igualmente, nuestras vidas, comprensibles y manifiestas sólo a través del relato o la Historia de Vida, adquieren la forma que han formado previamente los canales ideológicos, -como si "nuestra historia" no fuera nuestra. Pueden ser nuestros los recuerdos, pero a la hora de articularse en un discurso que depende de la memoria, dejan de pertenecernos, en tanto y en cuanto se ajustan y adecuan a un marco ideológico que, como hemos dicho, dispone lo bello y lo feo, prefigura y previamente conforma la conciencia estética. Pero si "nuestra historia" termina no siendo nuestra, entonces sucede, para decirlo más claramente, que perdemos la vida. Sin historia de vida, vale decir, sin memoria, nuestra vida deja de pertenecernos, dejamos su dirección en manos "desconocidas", quedamos como sujetos -más bien objetos- al garete. Los recuerdos son nuestros cuando adquieren forma, es decir, cuando están tramados, entrelazados, tejidos en el cuerpo de nuestra memoria. Volvamos a decirlo: la memoria no es sólo un tejido de recuerdos, la memoria es el telar. El núcleo del asunto es, pues, el telar. Y aquí aparece una pregunta que considero capital: ¿cuándo es nuestro el telar, la memoria? Es nuestra cuando escapa, elude, critica, cuestiona, se distancia de la acción de los aparatos ideológicos que construyen la des-memoria colectiva. Si no tengo historia no tengo yo, y sin yo ni historia, no tengo comunidad, no tengo otro(s). Yo tengo otro (prójimo) cuando tengo yo. Esto lo saben los que manipulan los aparatos de formación ideológica (los mass media, o simplemente "medios"). Saben que si mi yo se desdibuja o pierde, quedo incapacitado para construirme a mí mismo y al otro. Sin yo no puedo hacerme a mí mismo ni puedo hacer al otro, de ahí que el sentido de comunidad, atacado por la desmemoria, tienda a desaparecer. Ahora bien, mi comunidad no son sólo los vecinos, es también mi familia inmediata o no, pero sobre todo, mi comunidad son mis ancestros, mis padres, mis abuelos. Los Mayores. Sin yo no puedo advertir y me es desconocida la humanidad toda.
He aquí la importancia de desarrollar en nuestras comunidades historias de vida. Lograr que los nuestros se apropien de sus recuerdos, hablen de sí, se cuenten, se hagan, sean. Y cuando lo hacemos, cuando participamos con ellos en su hacerse, al mismo tiempo nos hacemos a nosotros mismos, porque ellos son de algún modo también nosotros, y sus dolores, sus sueños, sus alegrías, sus esperanzas, también son nuestras. Tuyas, mías. De todos. Por eso, también, es sumamente necesario escucharlos con atención para ayudarlos y ayudarnos a encontrar nuestras memorias dispersas, como también ayudarlos y ayudarnos a construir nuestra memoria. Ir atrás, remontarse, es de algún modo tomarle el pulso al tiempo. Pero no se trata del tiempo histórico o cronológico, sino de eso que algunos llaman el "tempo". Ya tenemos muchos siglos de historia cronológica, de fechas, de lugares. Necesitamos una historia temporal, hecha de tiempo; mejor, una historia hecha de memoria. Nuestra historia no puede ser sólo documental, de archivo, de papel, necesitamos otra (oral), que logre iluminar los hilos, los nudos, la trama de nuestras vidas. En esa labor (labor telar) nos podemos encontrar haciendo precisamente esto: historias de vida. No entrevistando, sino conversando. No extrayendo, sino profundizando. No buscando, sino recreando. Un trabajo lento demasiado parecido al tiempo y a la vida misma. Y no necesitamos otra historia por mero capricho, es que la historia que conocemos -y que jamás podremos sentir propia- nos alejará siempre de la verdad y de la libertad, porque está concebida para facilitar, como cabeza de playa y caballo de Troya, la dominación, la constante, la múltiple, la incesante invasión. Sólo podremos resistir su avasallamiento si construimos y nos encontramos con nuestra memoria, vale decir, una y otra vez, con el telar de nuestros sueños y esperanzas, donde la vida de nuestros ancestros se comunica, se hace voz, conversa con nos-otros, se hace cuerpo en la comunidad. Construir nuestra historia pero cuajada en una forma nuestra de sentir y vivir el tiempo y el espacio nuestros. Y para dar con la forma (la narración), asistamos con pasión a un acto sencillo y profundamente humano: la conversación. Conversemos pues, y el hilo de nuestras vidas discurrirá, tal un ojo de agua que se convierte en río. En un patio o en la cocina. Tumbados en una hamaca o rodeando una taza de café.

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