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Reflexiones sobre el cambio de paradigma

por joseleon71 @ Martes, 11. Abr, 2006 - 11:28:53 am

A Norman Prieto, que me regaló la última frase

Investigación y desarrollo son dos procesos que ameritan una severa reflexión. En primer lugar, la investigación tal como la conocemos, forma parte de un aparato gnoseológico y, en general, epistemológico que de una u otra manera adherimos. Las Universidades tradicionales no reconocen otro -si acaso lo hay-. Se remonta desde el llamado "milagro griego", acaecido en la etapa presocrática, hasta nuestros días, y sólo en el siglo XX y durante algunos momentos de iluminación que concluyeron en la hoguera y la muerte, en la abjuración, en la tortura, el destierro y el silenciamiento, o en el mejor de los casos, en los discursos elusivos (y eleusinos, órficos y herméticos) de las artes, en especial de la Poesía, se intentó buscar otros caminos, ahondar en otras experiencias, siempre que la Ciencia -aliada en muchos casos a la religión- se tornó férula, antigualla, rigor mortis. (En algunos escenarios discursivos de la modernidad, previa y progresiva laicización, la Ciencia en efecto ocupó el espacio de la religión, lo que no obstante no evita la fricción ante investigaciones que controvierten los principios básicos religiosos, como ocurre con la clonación). En pocas palabras, nuestra tradición científica y de investigación es Occidental. De modo que el archiconocido "método de investigación" es barruntado y/o aplicado prácticamente durante toda nuestra formación escolar. Indudablemente pesan hoy sobre él ciertas críticas, por demás interesantes, provenientes no precisamente de sectores o individualidades ajenas al mundo científico formal aun duro, sino todo lo contrario; connotados científicos han dirigido sus reflexiones a intentar comprender el proceso de la ciencia y del conocimiento de un modo, digamos, más integral, reconociendo que existe una región de lo imponderable y lo misterioso. No es extraña esta suerte de maridaje entre la metafísica (no hablo de la de autoayuda) y la física, una relación que la poesía, la literatura, las religiones, han sostenido y sobre la que se elevan -desde la noche de los tiempos- sus dogmas y enseñanzas. Lo importante de todo ello, es que el método científico clásico ya tiene pocos defensores a ultranza en el mundo contemporáneo. Un poco tardío pero por fin los principios de incertidumbre y la misma teoría de la relatividad han comenzado a irradiar otras luces en la comprensión del Universo, y en el ámbito de las llamadas Ciencias Humanas (¿cuáles no lo son?) los métodos tomados y en general mal usados de las Ciencias Naturales ya no tienen una cabida holgada, a no ser en investigaciones e institutos definitivamente condenados a la inexistencia o la inoperancia. En eso, creo, estamos claros. En este panorama, ¿qué vamos a entender entonces por investigación? Comienzan los verdaderos problemas, vale decir, arranca un proceso de construcción de una nueva epistemología. Nada menos. Y no bastan, en nuestro caso, las flexibilidades que ofrecen los nuevos métodos europeos y norteamericanos que comenzaron hace ya unas décadas a enfrentarse con sus diferencias, con sus misterios y sorpresas. No nos bastan porque nuestras diferencias, misterios y sorpresas son otros, esto es, distintos, y naturalmente requieren de un método de aproximación que pueda comprender, abarcar, abrazar estos fenómenos, que si bien son nuestros pueden -y de hecho lo tienen- carácter universal. (Acaso actualmente la visibilidad internacional alcanzada por Venezuela -en el ámbito político- no tiene que ver precisamente por lo inédito de su proceso?) Necesitamos vernos con nuestros propios ojos. Pero tenemos que aprender a vernos y para ello necesitamos ojos. Nuestros ojos. La tarea es enorme, pero si hablamos de romper paradigmas, acá tenemos entonces uno decisivo e impostergable. Sucede igual con la noción de "desarrollo". ¿En base a qué somos o no somos desarrollados? El parámetro -quién lo duda- es extraño. Todos los medidores son extranjeros, todas las reglas son foráneas. Decimos por ejemplo, repitiendo recetas, que nuestras comunidades indígenas son pobres porque tienen ingresos muy bajos en dólares al año. Pero este sistema de medición no se aviene al mundo indígena, a su cosmovisión. De modo que la lectura de pobreza -al menos económica- la efectuamos de manera distorsionada. Pero esto no sería lo peor si no fuera porque la planificación hacia esas comunidades en muchos casos ha sido antecedida por estos en definitiva erróneos análisis economicistas, que niegan, obliteran y hasta desprecian visiones antropológicas, mágicas, religiosas, filosóficas, etc., que, si no los niegan al menos los complementarían y sin duda dirigirían en otra dirección. De modo que, como en el caso de la investigación, el trabajo de redefinir lo que entendemos y debemos entender para el presente y el futuro sobre desarrollo, pasa por una comprensión cabal de nuestra realidades. Y esta comprensión es imposible empleando categorías extranjeras. No se trata de patear la mesa de la Ciencia y la Investigación Internacional, sino de indagar en diversas experiencias con las cuales establecer un diálogo, una comunicación, jamás tomarlas como recetarios, fórmulas inapelables. Necesitamos una "epistemología de la liberación".


 
 

Reflexiones para entrar a la Universidad Bolivariana de Venezuela

por joseleon71 @ Martes, 11. Abr, 2006 - 11:26:20 am

Cuando fui llamado a participar en el proyecto universitario bolivariano acudí como solicitado por un viejo sueño: por la imagen de una educación integral, distinta, verdadera, enclavada en el centro de los grandes debates, temas y conflictos que albergan y sacuden el corazón de los hombres. (¿Cómo lo sabía de algún modo antes de leer el Documento Rector, antes de visitarla por primera vez? ¿cómo es que ese documento expone al tiempo que descifra?, intentaré contestar a ello en las líneas que siguen).
Cuando fui estudiante de la Universidad del Zulia, que es como decir de cualquier universidad venezolana, sentí que la única manera de ser, vale decir, de llegar al ser, era no ser lo que se me exigía que fuera. Me explico: yo sentía que necesitaba estudiar y formarme para otra universidad, y de hecho, al momento de estudiar y debatir en clase y sobre todo en los pasillos, lo hacía a sabiendas de que existía otra universidad donde lo que decía sí tenía sentido. Este sentimiento, compartido además con un grupo de amigos, se extendía e implicaba lo que llamábamos entonces "imaginar un país". Decíamos entonces que, para construir un país, preciso era imaginarlo, luego eran noches y noches discutiendo, por ejemplo, la creación de una escuela de artes y oficios donde se pudiera desarrollar y articular la visión mancomunada de un país, distinto, al que de una manera ya respondían nuestros saberes y deseos, nuestros sueños. Al proyecto que "creció" en nuestra imaginación sobre todo durante buena parte de la década de los noventa, se sumaron profesores (sin que lo supieran) que habían sabido colocarse al margen de la academia, y optado por los libros y la aventura, por el cuerpo, por la pasión. Por otra parte, estudiar del modo que lo hacíamos en la Universidad, era ya colocarse al margen, deslizarse a una zona donde confluían el rigor con la indisciplina, lo puntual con la impuntualidad, lo pertinente con la absoluta impertinencia.
Ahora bien, este espíritu renovador ha soplado y sopla en todas las universidades del mundo, pero dudo sobremanera que exista un Estado que haga de la Universidad imaginada la Universidad real, o mejor, que su proyecto de educación superior convierta (y que tal conversión sea una política de Estado) el margen y la periferia en lo central.
Cuando acudo al llamado de la UBV lo hago reflexionando sobre lo siguiente: en mi horizonte de expectativas se encuentra la posibilidad de llegar a ser profesor de una cátedra (Corrientes literarias del siglo XX) en la escuela de letras de LUZ. Además, durante mucho tiempo alimenté la imagen de "profesor de literatura", distinto, apasionado por la lectura y los libros, incómodo, pero en definitiva "dentro del sistema", o conviviendo en fricción con los elementos que han hecho de la docencia adocenamiento, de la investigación citofagia, de la extensión ludus extracátedra.
Mas he aquí que el llamado de la UBV me pone cara a cara con una exigencia inédita y que de algún modo reafirma algo esencial que aprendí de los profesores que, en medio de las condiciones más adversas, son otra cosa: que el amor por el conocimiento, que la pasión y el fervor, estaban antes y por sobre todas las cosas; que lo académico, que lo formal, que lo demás no era desdeñable pero que más importante era vivir y la vida. Esa enseñanza siempre la relacioné con la palabra del evangelio cuando dice: buscad el reino de Dios, que lo demás vendrá por añadidura. Resultaba difícil pero altamente satisfactorio, vivir de esa manera, fiel a una exigencia del espíritu. Y quería, pues, dar clases (de corrientes literarias, de Faulkner y Hemingway, del Ulises y El Aullido) pero tratando de encontrar la pasión que llevara a los alumnos no sólo a los libros de la cátedra sino a todos los libros. De modo que en buena parte de esas clases debía cumplir con el objetivo invisible y sentimental de enseñar a amar la lectura, pues sólo si ella existe es posible enseñar corrientes literarias. Ahora bien, ocurre que la UBV pone el énfasis en lo que era "invisible", es decir, coloca en el centro lo que era marginal o periférico. Pone a disposición de sus profesores y alumnos la posibilidad de ir al tuétano o la médula: enseñar la pasión por la lectura (en mi caso), pues ella sola y solamente ella, abre las puertas al conocimiento, a la aventura. Adviértase que la universidad tradicional, desapegada del libro como elemento lúdico, es la cuna histórica de una gran contradicción: la escritura como universo aislado y aislante. Este fantasma del libro aparece cada vez que nos colocamos de cara a la naturaleza, de cara al cuerpo y a los sentimientos. Si pensamos en la libertad difícilmente pensamos en un libro, a menos que seamos evangélicos o recurramos al lugar común del libro que libera la imaginación o que surte de conocimientos. Sabemos que tales estampas no han calado y que los lectores no abundan. Personalmente creo que nada aleja más de los libros que los supuestos y los malos entendidos. Y personalmente creo que, leyendo, conozco mejor, con otros ojos, el mar, el viento, la naturaleza; que en definitiva me conozco mejor a mi mismo. Pero esto ocurre, según parece, porque el libro no es un elemento exótico en mi paisaje, y sobre todo, porque es un participante más, tan activo como la sociedad en la que me muevo, del debate y ajetreo de todos los días. El libro, tal como lo experimento, sea cual sea, tiene la cualidad de estar siempre en el centro de los hechos; pero esto sucede porque experimento el día en las márgenes del sentido, en la excepción, en el "repique de la parálisis" para usar la resonadora imagen de nuestra poeta Lidda Franco.
Digo todo esto, porque no es un tema marginal o secundario el del libro en la Universidad, sobre todo cuando pesa "La Ciudad Letrada" de Ángel Rama. Y no es marginal porque en este debate confluyen buena parte de lo que somos y de lo que hemos sido y contribuyó a nuestra formación: es más, mi experiencia me advierte que el libro es marginal en la universidad tradicional, toda vez que nunca abandona su condición de "objeto de culto". Recuerdo que la biblioteca de un poeta, cedida en donación a la Facultad de Humanidades, se abrió sólo para ser consultada "por los especialistas". El libro, esta cultura letrada del libro, trae consigo la edad media. La UBV es pues, la posibilidad de colocar el libro en todos los tiempos, y sobre todo, "desespecializarlo", vale decir, hacerlo descender del trono de los imperativos categóricos y de la razón pura. Ni escribir ni leer son actividades sobrenaturales, antes bien, operaciones de la naturaleza, propias de la especie. Desde las manos que quedaron grabadas en las cuevas de Altamira, pasando por las palabras de Sócrates y los signos que Jesús dibujó en la arena y que el viento borró, pasando por la sintaxis de la libertad de Simón Rodríguez y el vértigo de Vicente Huidobro… hasta nuestros días, el libro, la lectura y la posibilidad de un nuevo orden de cosas exige que lo periférico se torne central; que lo marginal y lo excepcional, se conviertan en práctica cotidiana; donde el día aborte la rutina y permita el nacimiento de lo desconocido. Colocar en el centro lo raro, lo difícil, lo adverso, lo subversivo; hacer del descarrilamiento el camino real, supone desmontar el elemento primordial del proyecto globalizador, y quebrar el diálogo cristalizado centro-periferia, bellas artes-cultura popular, este-oeste, norte-sur, civilización versus barbarie, etc.
Globalizar, en cambio, o mejor, irradiar al mundo una experiencia de vida y encuentro del hombre con el trabajo, la libertad y la dignidad es parte del proyecto bolivariano. Y en definitiva, a vivir sistemáticamente en el asombro me invita la Universidad Bolivariana de Venezuela.

Reflexiones sobre el pensamiento complejo

por joseleon71 @ Martes, 11. Abr, 2006 - 11:23:19 am

Hay una distinción que salta a la vista: lo complicado aparece como «problema», y por lo tanto, aunque sea de difícil solución puede ser resuelto, en tanto que lo complejo aparece como «situación», como estado de cosas. Puede suceder, de hecho sucede, que no se quiera o no se esté de acuerdo con una situación específica, de modo que se procure cambiar, sustituir esa situación por otra. Sin duda no estamos ante la noción de problema, aunque podemos hablar de corregir una situación, y aquí la noción de «corrección» se puede confundir con la de «solución» y, por ende, terminar confundiendo situación con problema o problemática. Vayamos entonces a la noción de corrección, problemática ella misma porque supone que algo, una situación, puede ser corregida, esto es, rectificada, hecha recta. Vale aquí puntualizar que ninguna situación es correcta utilizando un parámetro propio, esto es, nada es correcto de acuerdo a su ser sino de acuerdo a un algo externo o exterior que sirve de parangón o parámetro. Toda corrección es modélica o se ciñe o sigue a un modelo. El corrector es siempre algo o alguien externo o ajeno que promueve las modificaciones necesarias para llevar a cabo la corrección, el enderezamiento. La lectura de algo correcto ocurre siempre y necesariamente de (desde) afuera, nada ni nadie se corrige utilizándose a sí mismo como modelo; lógicamente es imposible. Ahora bien, una situación compleja no debería aceptar de buen grado la noción de corrección, porque una situación específica no tiene, ella misma, parangón, modelo, doble, etc., es decir, ninguna situación puede repetirse o darse como tal en otro espacio y en otro tiempo. Una situación es única, de ahí que ninguna corrección pueda corregir una situación dada, puesto que toda corrección, insisto, es exterior y por ende, extraña. Puede haber, cómo no, lo que se conoce como «buena intención», pero de buena intenciones está lleno el mundo… Lo que se requiere es una comprensión in situ de una situación específica, concreta, y llevar a cabo en ella, desde adentro y por de dentro, las transformaciones, los cambios, las sustituciones. Por demás, nada exterior puede solucionar o cambiar una situación. Tarde o temprano la situación intervenida desde afuera, torcerá la dirección marcada e impuesta, reaccionando en contra o de manera diversa, inesperada. La situación tiende a prevalecer y a manifestarse aunque se la intente ocultar o se crea extinguida. Sucede con algunas plagas en sembradíos, las cuales terminan eludiendo la acción de los insecticidas; situación que se ha visto experimentalmente revertida sirviéndose de insectos propios de la zona, o que se habitúan o adecuan a las zonas plagadas, y que necesariamente mantienen el equilibrio ecológico (al menos eso es lo que se busca re-crear) comiendo o destruyendo los organismos invasivos o de crecimiento incontrolado. Las cucarachas domésticas, para traer un ejemplo familiar, también eluden cada cierto tiempo la acción de los insecticidas, pero si dejamos que los tuqueques se reproduzcan (hasta cierto límite y salvando el escollo de las fobias), los insecticidas disminuirán progresivamente incluso hasta desaparecer, algo que nos lo agradecerá en silencio y muy, muy modestamente la capa de ozono. Sólo son ejemplos o ilustraciones que intentan recordar que nada externo puede solucionar una situación interna: si no, recuérdese al tercero que interviene en una discusión de pareja, el cual termina convertido en una suerte de chivo expiatorio en el que recae la violencia indirecta de la pareja, la que termina unida y generalmente repudiando al tercero, al intruso, al cómplice, al alcahueta. Por otra parte, quien lee una situación como problema es siempre alguien que se ha desplazado fuera de la situación, y que de algún modo y valiéndose de algunas herramientas, la objetiva como problema. Quien traduce traiciona, y si la lectura es siempre un acto de traducción, leer una situación equivale a traicionarla. ¿Cómo evitarlo? No leer, no alejarse, al contrario, vivir la situación. Pero no se trata de estar dentro colocándose fuera, no, se trata de estar adentro y ser uno más. Formar parte de la comunidad. ¿Pero como estar dentro sintiéndome por mi formación, por mi cultura, por mi educación, que no lo estoy y que, en efecto, estoy afuera? ¿Cómo evitar el siguiente sentimiento, a saber: Si nací en una comunidad específica y los avatares de la vida me llevaron lejos, y, si al cabo de un tiempo regreso, ¿no podría ayudar a mi gente? ¿Cómo evitar que regreso como salvador? Sólo si logro desaprender podré regresar sin sentirme un salvador. ¿Entonces para qué me fui si no fue para aprender? Porque lo que se aprende, o mejor así, el verdadero conocimiento es la certeza de no saber nada. Otra vez, una vez más la frase griega, antigua: "sólo sé que no se nada". Descubrir, de pronto pero largamente, que ningún conocimiento puede estar por encima del amor y de la amistad, de la belleza, de la solidaridad. Que si de algo sirve alguna técnica aprendida es para que al fin podamos vencer la tristeza, incluso la muerte, no por haber alcanzado la inmortalidad, sino porque la hemos comprendido como la más absoluta de las situaciones —¡Jamás como un problema— Como un problema la asume la medicina occidental, que intenta matar la muerte y con ello acaba provocando un mayor grado de muerte amén de más incomprensión, tristeza y fatalidad. Ir afuera y regresar parece ser la ecuación "ideal" de quien se educa en las universidades tradicionales, por ello se cuestionó durante un tiempo a aquellos jóvenes que salían al exterior y no regresaban, formando parte del fenómeno conocido como "fuga de cerebros". Sin embargo, se trataba de una consecuencia normal de un sistema de educación y de valores en general, que privilegiaba lo externo y lo exterior. Nada más natural -aunque pareciera a algunos un acto de desagradecimiento- que un joven con ímpetu y resolución se residenciara fuera del país y pusiera su talento al servicio de compañías, empresas o universidades extranjeras. De lo que se trata entonces, en principio, es de no ir afuera y si toca, llevar lo de adentro con uno, cargar con la vida a cuestas, vale decir, con su situación. Salir no puede ser más alejarse, sino un internarse en uno y en su comunidad. Viajar hacia adentro. No salir sino entrar. He allí el reto de nuestra Universidad, la Bolivariana. Que todos vayamos al mundo con, de y desde nuestro mundo. Y que hagamos el mundo nuestro, porque además, nuestro es. Del mundo nos compete todo, como dijo aquel, también antiguamente, todo lo humano me compete. Ir hacia dentro no es encerrarse sino abrir las puertas del mundo hacia adentro. Además, uno de los análisis de nuestra situación pasa por comprender que no somos periferia sino centro del mundo. Buena parte de nuestro problema se debe a que a nosotros mismos nos vemos (veíamos) como "fuera" del sistema, out sider, y de algún modo marginales. Esto sin duda facilitaba (facilita) el coloniaje vía "patio trasero de EEUU". Esta automarginación dirigió, por citar un ejemplo, nuestra industria cultural, toda vez que nuestros artistas necesitaban para ser el "reconocimiento internacional". De faltar este, y sin un viaje a Europa o Nueva York que los calificara como artistas, nada se podría lograr. Y si no se viajaba pero la calificación llegaba, pues bien. El hecho es que la autenticación de la condición de artista proviene de afuera, de la "comunidad internacional". ¡Cuántas situaciones no escapan a esta lógica! Pero esto no ocurre sólo hacia fuera, sino también, acaso más lamentablemente, hacia adentro, más precisamente, con los artistas y creadores "del pueblo", los llamados "ingenuos" o artesanos. La calificación de artistas y bellas artes pasa por que los jueces tengan la suficiente formación extranjera y extraña que les permita poder, objetivamente, dictaminar quién es y quién no es en cuanto a arte y artista se refiera. Un sistema complicado de jerarquías y privilegios construyen la red del llamado "arte nacional". Pero este sistema, como sabemos, no actúa únicamente sobre el sistema del arte y las valoraciones estéticas, sabemos que todo un vasto sistema de lo real está construido y depende de las jerarquías y los privilegios. Lo que pone en cuestión el pensamiento complejo es, precisamente, esta noción de jerarquías y privilegios, que siguiendo a Ángel Rama podemos llamar, sencillamente, distancia con respecto al centro de Poder. Vale decir, mi ascendencia, mi figuración, mi preponderancia, mi visibilidad es mayor en tanto y en cuanto estoy más o menos cerca del Centro de Poder. Una de las operaciones que ejecuta el pensamiento complejo en el orden de los signos o de la realidad, es que elimina la perspectiva de la distancia jerárquica porque desaparece el centro ya que todos los puntos en el tiempo y en el espacio son el centro. Basta que el interés recaiga aunque sólo por instante en un punto para que esta sea el centro y el pivote a partir y desde el cual comienza a girar la rueda toda del universo. La imagen del punto puede explicar lo que sucede con las personas, con las instituciones, con los organismos, etc. Un país organizado de acuerdo a esto (sin centro fijo, o mejor, un centro relativo, móvil, cambiante) dejaría de estar repartido en zonas de acuerdo a su "importancia". La ciudad capital, por ejemplo, dejaría de capitalizar una serie de operaciones de jerarquía o privilegio que sin duda alguna le han conferido al país su perfil y fisonomía. El viaje a la Capital, ¿quién duda que es casi una desplazamiento mítico?. El Poder se ha organizado, pues, de manera digamos cartesiana. Arriba y abajo, centro, derecha e izquierda, son coordenadas que configuran una ordenación del mundo que terminan por crear un sistema fijo y prefijado de exclusión y dominación. Hasta la noción de "Otro" está de algún modo dominada por este orden de cosas. En efecto, el otro siempre es distinto, y cuando establezco y establecemos esa diferencia al mismo tiempo establezco una distancia, porque necesariamente el otro está separado de mí, vale decir alejado. Y la distancia es uno de los componentes básicos del orden jerárquico. Por mucho esfuerzo que hagamos por eliminar la distancia, no lo lograremos. Podemos acercarnos, pero nunca unirnos, mejor, nunca podremos "fundirnos", ser (en) el otro. Dios resolvió el problema de la distancia cuando nos hizo a "su imagen y semejanza". Lógicamente, no hizo a otros distintos a Él, nos hizo iguales a Él, de modo que todos y cada uno somos Dios. De ello se concluye que ir a Dios no implica necesariamente un desplazamiento, basta ir (hace falta otro verbo que no contenga la noción de distancia conjuntamente con la desplazamiento) a cualquiera de nosotros, y sin ir más lejos, a nosotros mismos. Si el acercamiento a nosotros es amoroso y pleno, en ese ir a nosotros estará implícito el acercamiento al próximo, al prójimo. Porque nadie va a sí mismo de manera egoísta sino abierta y expansiva, generosamente. Nadie es solo. La soledad es un acto de comunión con uno mismo y con Todo, y ese Todo incluye a todos y a todo. La soledad es comunión con el mundo. Por otro lado, se advierte que todo orden jerárquico no es, digamos, natural, sino como sabemos "artificial", esto es, cultural. Hechura humana. Lo que se precisa es un ordenamiento también de hechura humana que subvierta el orden tradicional o convencional de las cosas, lo que pasa por ordenarlas de otra forma, no en base a mayor y menor, derecha izquierda, abajo arriba, por ejemplo, sino de manera horizontal en base a criterios dinámicos que impidan la separación (y por ende la clasificación y las jerarquías) por mayor o menor lejanía. Imagino que se deban disponer los elementos de tal modo que al llamar o invocar un objeto cualquiera, aparezca en el mismo espacio de tiempo que cualquier otro, invocado en otro momento. Imagino, pues, que los elementos están dispuestos en cualquier punto del universo a una distancia dinámica y siempre equidistante de todos y cada uno de los puntos. Lo que describo tiene ya un modelo a escala: el ciberespacio. Imagino un orden social donde los llamados pueblos lejanos no lo sean más, toda vez que cada pueblo y cada rincón del país sean el centro. Pero esto no puede ser hasta tanto la noción de "repartición por igual" exista, porque repartir supone un repartidor, figura la cual siempre estará fuera, vale decir, siempre será externa. Lo que se requiere es que cada rincón del país no reciba sino que produzca, y no tanto que produzca sino que sea. Cada región y cada ciudadano tiene que ser lo que es, así no habrá regiones más productivas que otras sino distintas. Obsérvese que la noción de diferencia no es en sí misma jerárquica, sino que actúa como evidencia de que todo es distinto mientras permanezca o sea en sí. Aparece la jerarquía cuando se emplea la diferencia para ordenar y clasificar de acuerdo a criterios externos. Por ejemplo: una región que produzca papas no puede ser más o menos importante que otra donde se extraiga petróleo. Para el orden de cosas mundial el petróleo puede tener la importancia que sea, pero a lo interno del país éste principio de diferenciación no puede prevalecer o dominar. Todo el país con sus diferencias es igual, no puede existir una región más importante que otra, ni los criterios de igualdad pueden ser un rasero que distorsione las diferencias naturales, geográficas, climáticas. Esto es, un ejecutivo de maletín y auto deportivo no puede ser más importante ni más visible que el campesino a lomo de mula en un camino lluvioso. En el nuevo país, complejo y hermoso que vislumbramos, todos somos iguales con nuestras diferencias. Como es hermoso el paisaje falconiano y distinto comparado con la selva amazónica o la cordillera andina. Iguales ante Dios y ante la Ley. Iguales ante un nuevo sistema de valores que debemos -por el bien de la Patria- hacer prevalecer.

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