No iremos atrás, sino al vertiginoso presente. Al volátil, al efímero.
Presente e instante se encuentran a menudo en el discurso poético: un instante sólo es posible en el presente; vale decir, sólo podemos pensar el instante si lo concebimos como presente duradero, eterno. Si desechamos la norma de viajar atrás en busca no del recuerdo sino de su origen, es decir, si buscamos atrás el acto o el hecho que a la postre engendrará lo que llamamos recuerdo en el presente, lo hacemos para eludir el romanticismo típico y dirigirnos a una modalidad del recuerdo que se ha popularizado en nuestros días, consistente en fabricar desde el mismo presente lo que será recuerdo, algo así como alimentar en el transcurso del día, pero a conciencia, lo que será trasmutado durante la noche. La tarea parece imposible, digo, la de construir la materia y a la vez modelar los sueños. Como si el día dispusiera la arcilla y la noche las manos.
Fuera materia sólo de vana especulación si no estuviera tan íntimamente ligada a nuestra pobreza espiritual, mejor, pobreza subjetiva. Y haré énfasis en ésta, porque -he aquí el leit motiv-- nuestra época se ha construido sobre la definitivamente falsa idea de que el sujeto contemporáneo, en tanto que individuo, se ha fortalecido y hace frente al mundo con su ser y soledad. Nada, debo decirlo, más falso. El ser humano ha perdido su yo, su ser indiviso, se ha desdibujado y anda al garete. Esto se ha dicho, pero acaso valga insistir en que hemos perdido -por descuido, por negligencia, descuido y negligencia que ha adquirido el perfil de un programa, de un proyecto de vida- la posibilidad de remontarnos atrás para ganar el presente de los recuerdos. No estamos ante la magdalena que a una hora incierta nos coloca ante un fragmento de pasado imprevisto, y que estuvo en nosotros aguardando su hora. Estamos ante el proyecto devastador de adquirir, de comprar -en el sentido más prosaico- un recuerdo.
Caemos en la tentación con la manía, casi fiebre, de la fotografía. La foto nos salva -así lo creemos- de la ingente pérdida. Nos permitirá contra viento y marea afirmar que nuestros pasos por la tierra fueron ciertos, y de paso, al existir ellos, por mor de la fotografía, existimos. Algo así como «me fotografío, luego existo». Pero no es sólo esa magia menor, ese artilugio que nos permite a través de la imagen confirmar y fijar lo que nuestros sentidos informan. No, el asunto es más problemático toda vez que -según se nos ha dicho- podemos adquirir «objetos» con los cuales programar el recuerdo futuro. La palabra «recuerdo» de hecho comienza a designar a casi cualquier cosa que una ley no escrita pero extensa e invasiva, coloca en situación y adjudica la cualidad de propiciar un recuerdo, vale decir, un acto de la memoria. Me explico: para todos resultará familiar este enunciado: "compremos un recuerdo". Se trata en estos casos de adquirir un adorno, un souvenir, cualquier cosa con nuestro nombre grabado o portando nuestra imagen, o bien sólo con un nombre (a veces burilado toscamente) que anuncia silencioso su relación con el lugar que visitamos, donde estuvimos alguna vez. Claro, ahora ese objeto nos pertenece y con él son nuestros (así lo afirmamos con una fe que no admite réplica) los recuerdos, que no creo que vayan más allá, sin embargo, de ese objeto preciso y de una vaga e insubstancial afirmación, verbigracia: "yo estuve ahí".
Ningún paisaje permanece a no ser en una atmósfera de sueño o de irrealidad; gana permanencia lo que en su momento perdió enfoque o se descentró. No lo supimos, pero adentro germinó una imagen; un algo apenas articulado pero de raíces firmes y profundas. Nos desconocemos, pero la imagen se hunde en nosotros y en su momento -a la hora ciertamente epifánica del recuerdo- regresa, para ponernos cara a cara con los rasgos desconocidos, inéditos de nosotros. Ay de aquel que nada recuerda y que cree conocerse sin haber entrevisto su rostro oculto. Pero recordar no es remontarse al pasado y tejer una secuencia de imágenes siempre como suspendidas. Esa es otra operación, o no es eso de lo que hablo. Hablo de los recuerdos que -de pronto- rompen el fluir del tiempo, que nos sacan del aquí y ahora para recolocarnos en otro tiempo y otro espacio, en el que somos uno con el recuerdo, o mejor, en el que somos carne y espíritu del recuerdo. Hablo de esos recuerdos de los que se regresa, no de aquellos a los que vamos según nuestros apetitos y necesidades. Hablo de otros apetitos y necesidades que se manifiestan sin nuestra competencia, y que -¿paradójicamente?- resultan vitales puesto que nos permiten decir a viva, sotto voce o para nuestros adentros, que existimos. Sin esos arrebatos difícilmente palpamos el espesor de la vida. Es más, sin ellos la vida no tendría sentido. Vivimos para esos arrebatos, vivimos para los recuerdos, que necesitan de nosotros pero que viven fuera de nuestro control.
Alguna existencia cobra vida con la suma de nuestros recuerdos y sólo en asaltos imprevisibles asistimos al espectáculo del tiempo que se hace materia detenida. Un regalo de la nada -retórica más, retórica menos- nos permite ver el desarrollo sin tiempo, puesto que pasa a formar parte del tiempo mismo, de un recuerdo en el que participamos, claro que sin saberlo. Hicimos esto o aquello, pero cuan lejos la ilusión de que nuestros actos desencadenarán en el futuro un recuerdo. Con nuestra distracción alimentamos un fuego secreto, le damos cuerpo a lo invisible. Irrumpe en nosotros a través de los recuerdos, y, repito, debemos recibirlos como regalos. Un poco de nada vibrante, por qué no, un poco de Dios. Una ciudad pasará a formar parte de nosotros cuando haya entrado en nosotros. Y aquí el perogrullo es inevitable. Mientras necesitemos de un «recuerdo» para recordar, de seguro nada recordaremos. Los recuerdos que alteran la realidad, o el presente, no están a nuestra disposición y bolsillo en el mercado, muchos menos en la calle de los batiburrillos, en los museos, en la avenida principal. Los recuerdos son inmanejables y eluden nuestra participación. Constituyen el ser y escapan a toda sujeción. No son programables ni dirigibles. No se pueden comprar.
No podemos, entonces, construir el ser. Sin embargo, podemos convocar los recuerdos o mejor, colocarnos en situación de esperar sin esperar su irrupción, siempre y cuando prestemos sin prestar atención, a nuestra vidas, toda vez que en cualquiera de nuestros actos existe la posibilidad de rozar, de tocar aun imperceptiblemente la frontera, los límites de la eternidad, del presente. Cultivar la memoria, la fuente de los recuerdos pasa por vivir, por encontrar en la cotidianidad la permanencia. Pero esto no se busca sino que se consigue al descuido. La práctica consiste en olvidarnos. Hay un discurrir que semeja el olvido. En definitiva, para recordar debemos vivir en el olvido. La paradoja resulta de confundir olvido, por ejemplo, con distracción. Se salva la paradoja si, de manera consiente y sistemática, furiosa incluso, dirigimos nuestros pasos al borde, al desfiladero. Percibir en el maremagnun la excepción y por allí enfilarnos. Amar lo desconocido, la incierta ruta. Ni sí ni no, sino la Rosa de los Vientos.
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SOBRE LOS RECUERDOS
TIEMPOS MODERNOS
El tiempo presente y el tiempo pasado
tal vez estén ambos presentes en el tiempo futuro,
y el tiempo futuro esté contenido en el tiempo pasado.
T. S. E.
Si algo nos ha quedado suficientemente claro durante un siglo de ideas disolventes es que el tiempo no existe. No quiero referirme esta vez a eso que el reloj mide por nosotros que, como sabemos, no es el tiempo, sino fragmentos o fragmentaciones de la vida donde colocamos o se ubican nuestros quehaceres, desde el sueño hasta el posible despertar. El tiempo, si existe, es anterior al reloj y a su trabajo controlador. En el momento de sentarnos a pensar en el tiempo, la idea que nos arroba es la de duración. Eso es precisamente lo que mide el inocente reloj. Ahora bien, si algo nos ha quedado claro es que el tiempo, que no existe, es una sustancia caprichosa, o mejor, que se pliega a los caprichos humanos. Como no existe, cede sus derechos a la imaginación.
Es por eso que, a tres meses de diciembre, ya es diciembre. En las tiendas, la nieve cae sin caer como podemos verlo con estupefacta o estúpida delectación a través de las vidrieras que anhelan para lucirse, las largas noches del Ártico. Vemos también pinos, verdes pinos, y los rojiverdes gnomos que habitan las raíces que camuflan las alfombras. Vemos, en fin, una gran alegoría, un derroche de signos que tiene como último fin trasladarnos a la Navidad. No importa que al perder -dolorosamente- de vista la vitrina, nos encontremos en otra parte, no en el presente porque este ha dejado minuciosamente de existir, sino en otra parte, en un tiempo no del todo tan bien definido como el conquistado en la vitrina. Sin duda es dable advertir la ansiedad por fijar, controlar, hacer visible hasta la ostentación enfermiza una porción aunque sea mínima pero altamente significativa, de tiempo. Se desea que las fechas (ciertas fechas) pierdan sus bordes, que antes que fechas estrictas, su sustancia imaginaria -ese ámbito donde el tiempo cobra una supersignificación- sea capaz de extenderse, romper sus invisibles límites hasta conformar zonas o márgenes movedizos donde sea posible inscribir sus signos conformadores, sin que estos devengan escandalosamente en disparate. Así las vitrinas, apenas sopla el vientecillo invernal, que por estas latitudes es meramente abstracto y acaso por eso muy querido, se visten de Navidad.
Pero el problema al que me quiero referir, inmediatamente hecho este exordio, es al amor y sus promesas, y en especial a una promesa: «regreso en diciembre». Estos tiempos logran que las promesas del amor sean ingrávidas, leves, como pompas. “Te prometo” es la frase más cruel que el amor ha puesto en la boca de los amantes; porque ¿cómo hacer promesas y cumplirlas si al darnos la vuelta, lo que estaba detrás, que creíamos tan sólido, tan concreto hace sólo un instante, ha desaparecido, tan rápido que si volviéramos la cabeza, justo después de despedirnos, nos encontraríamos con una nada tan espectral, tan vacua, tan aterradoramente sola?
Estos tiempos nos han acostumbrado tanto a estas vaciedades súbitas que ya no tememos por la locura. Atrás quedaron aquellas románticas escenas donde los amantes se despiden lentamente desde un andén, desde un muelle, ondeando al viento el delicado pañuelo de iniciales enlazadas. Los amantes -y quiero decir, aquellos que aman con el corazón en el pasado- continúan utilizando aquellas fórmulas que disuelven el tiempo trayendo al presente el futuro, con la fuerza que da todo lo hecho, todo lo anterior, y que duerme bullente en el seno del amoroso pasado. Sí, era el pasado vivido lo que alimentaba la promesa, la frase prometiente, que la llenaba de la potencia capaz de convertir el futuro en un presente que no se disolvía en las lágrimas, en manos sudadas, en ese beso último, rápido, que duele en la garganta. El futuro se adensaba en ese presente torturado, era la promesa ávida de presente la que absorbía el corazón mismo del futuro, y lo traía tibio a esas manos, a esos besos, plenos ya de la nostalgia del regreso. Para esos antiguos amantes comenzaba la magia, el hogar de la espera. Había algo de leña que se consumía, de largas cartas que se comunicaban con los pájaros que transmigraban de una estación a otra, con ciertas horas de crepúsculos y bahías donde las olas, caprichosas, dibujan la cara de la persona amada. Todo lo existente se plegaba a las horas de la espera, todo recordaba (y recordar para estos amantes es traer al corazón) la presencia, que elegía para materializarse un color, un vago aroma, una silueta. Los amantes, ahora, no cuentan con los vanos recursos donde el tiempo conserva como una nuez la almendra. El tiempo no cabe en ningún cuenco, es lineal y eléctrico. No tiene olor, no tiene sabor, no está hecho para las lentas elaboraciones de la memoria. No acaece como un fruto maduro. ¿Cómo aman los amantes?: o se sustraen al tiempo, al actual, o mueren de presente. Es por eso que las promesas del amor no tienen lugar en estos tiempos. Las promesas son nuestras manos palpando la tibia encarnación del futuro, próximo y secreto, palpitante como los cuerpos de un sueño. La promesa es una revelación apenas postergada; cuando prometemos algo, un ángel oculta su rostro; la revelación, el encuentro, comienzan a remontar desde la niebla. El amante en la espera siente las punzadas nerviosas del dragón de la dicha cuando éste recorre su cuerpo, infiltrándose, rozando sus minuciosas terminaciones nerviosas y, con cada punzada, con cada roce acontecen esos pequeños milagros que llamamos presentimientos. La espera se alimenta de estas afiladísimas agujetas que mantienen el alma despierta. No es igual ahora, porque no hay lugar para el presentimiento: la realidad, a fuerza de desrealizarse, nos impide actualmente las elaboradas construcciones de la espera, ya todo está aquí, al alcance de la mano. El mundo actual es un vértigo de presencias. Pero tú no estás, dice el amante haciendo equilibrio entre el presente hecho de espera y el presente hecho sólo de presente. Quiere el amante que este presente no borre para siempre las tibias manos del futuro próximo. Quiere que el diciembre de la vitrina se borre, no exista, fervientemente desea construir, solo entre millones de imbéciles, el amor que se hace con espera, presentimientos y tibias nostalgias. Sabe que sólo así la promesa podrá cumplirse.











