Conversaba con mi esposa sobre las ganas de tener pronto un nuevo hijo, pero la conversación derivó a un terreno y tocó temas que no encuentro suficientemente considerados en el discurso político revolucionario de los medios –en los de oposición ni los espero- y que por el malestar y la rabia que nos produjeron paso a considerar. El hecho es que mi esposa afirma que sólo puede plantearse la posibilidad cuando tenga una estabilidad laboral que le permita salir de permiso sin perder el trabajo; y que ahora no lo intenta porque “con una barriga” nadie la va a tomar en cuenta. Comenzaron, entonces, a aparecer ejemplos, una amiga que tuvo que esconder su embarazo hasta la firma de un contrato. El caso de una muchacha despreciada y maltratada (in)directamente hasta por algunos de sus compañeros cuando su padre, y no ella porque tiene un embarazo problemático, acudió a solicitar la activación del seguro. Otra que tuvo que destetar a su niño a los tres meses por vencimiento del reposo… Son tantos los casos que podemos hacer una lista escalofriante, sin embargo de esa violencia no se habla (de manera sistemática, rotunda y rudamente), aunque atenta contra lo más esencial y tal vez contra unas de las pocas cosas verdaderas que nos quedan en esta vida de simulaciones, estafas y realidad virtual.
El silencio sólo puede provenir de una sociedad definitivamente falocrática, a la que no le interesa tocar esos temas, por demás dolorosos. La misma discusión ha sido arrebatada por consignas esencialmente vacuas y posturas marginales, cuando al contrario se trata de un tema central, sobre todo en sociedades como las nuestras, en las que la mujer es el centro. Paradójicamente, en esta sociedad industrial, en este mundo de empresas y trabajo eficiente y eficaz, en este mundo asertivo, de proactividad y donde “todos ganan”, los seres más importantes, los niños, las mujeres y los ancianos, son los grandes perdedores, sólo porque están alejados precisamente del paradigma de la productividad. De ahí que no nos preocupen demasiado los niños, los viejos y las madres trabajadoras, y que en el fondo su situación nos comunique imágenes de un sordo y callado heroísmo, aparte de poner a salvo nuestra conciencia porque no están pidiendo ni robando sino vendiendo en muchos casos su infelicidad o su pobreza.
El mundo seguirá empeorando mientras más tiempo continúen nuestros hijos solos, consumiendo pasivamente la publicidad del Imperio; mientras nuestros ancianos mueran de soledad y, las madres, abatidas por la necesidad, abandonen el hogar para ir en pos de las malditas ocho horas laborales, que siempre se convierten en diez o más, sin contar las de oficio doméstico y de atención a los niños, invisibles y que no hay nadie ni dinero que las paguen.
Puede resultar grato –de hecho lo es- observar como las oficinas, las universidades, los espacios públicos y privados están siendo ocupados por más y cada vez más mujeres. Es evidente que han vencido miedos y resistencias, aunque el discurso masculino siga predominando e imponiendo una ética y una estética esencialmente masculinizante. El apogeo mediático (en TV e Internet, por ejemplo) del lesbianismo, acaso tenga que ver con la alcanzada visibilidad social, cultural, política de las mujeres, pero en ese discurso se oblitera el conflicto: el varón ha desaparecido, dejando a las mujeres solas con su deseo, ahora dirigido (como desviación permitida, integrada y divertida) a sí mismas. No pretendo agitar susceptibilidades, sólo insisto en el diseño de un discurso mediático dominado en su totalidad por el Mercado, a quien le interesa no tanto la producción como el consumo, aunque para garantizar éste último deba poner a trabajar (y a olvidarse de sí) a seres esencialmente asexuados, física y fisiológicamente inmunes al cansancio, a las enfermedades y al paso del tiempo.
Cómo permanecer impasibles ante los gestos de cansancio (furtivos, escondidos detrás de sonrisas complicadas) de muchachas que no pueden sentarse ni apoyarse a una columna o a una pared porque tienen prohibido ser humanas y en cambio deben fungir de maniquíes, sobre tacones mortificantes mientras son asediadas por las miradas de los hombres que las confunden con mercancía. Bellezas frías y sentimientos mineralizados que no se merecen los míseros sueldos sin vacaciones ni seguro, ni esos contratos efímeros, sobre la base de que siempre hay muchas y es tanta la necesidad y quien quita un golpe de suerte.
Cuando hablemos de socialismo consideremos seriamente esto del Mercado. Es hermoso invitar a las madres a amamantar a sus hijos, pero ¿quien considera “racional” suspender a una mujer por la duración de este período?, y cuando la madre persiste en su empeño ¿no debe ordeñarse y responder a una racionalidad absurda con una racionalidad aséptica, la distancia del tetero que cualquiera puede dar y no el calor del seno materno? Sin contar con que cada determinado tiempo saldrá leche y mojará indebidamente el uniforme, claro que esto sólo durará unos días porque la naturaleza dispuso que haya leche sólo mientras exista un bebé que la succione.
Definitivamente, hay dinámicas económicas y prácticas laborales prediseñadas por esa “mano” supuestamente invisible -o invisibilizada por un discurso que quiere persuadirnos de que el factor detonante del conflicto se encuentra oculto (una forma de inexistencia, y por lo tanto, a qué pelear ni contra qué), tal un misterio imponderable.
Mi esposa y yo tenemos derecho a tener hijos, y es lamentable que tengamos que confinar nuestros sueños ante la injusticia de que no la consideren una mujer sino un mero y administrativo “recurso humano”.
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Archivos de: Enero 2006, 31
Mujer, mercado y socialismo
por joseleon71
@ Martes, 31. Ene, 2006 - 12:51:03 am











