A la sombra de un poema de Manuel Scorza, El desterrado, conversamos con Gustavo Colina, el primer cuatrista de Venezuela. La conversación versó sobre el paisaje familiar, sus primeras lecciones, sus maestros, buscando mirar la vida desde los posibles comienzos y desde lo que va quedando oculto por lo evidente. De un café y por sugerencia de Pancho Villasmil que buscaba la foto, nos fuimos a la casa, al cuatro y a la madre, en la populosa “18 de Octubre.”
Yo soy el más maracucho de los falconianos
Yo soy nacido en Punta Cardón, en el estado Falcón, el 13 de agosto de 1972. No soy propiamente maracucho sino que me he hecho maracucho, tengo dieciséis años viviendo aquí, y ya voy a tener la mitad de la vida aquí, o sea, que dentro de dos o tres años seré más maracucho que falconiano, aunque acabo de decir en estos días que yo soy el más maracucho de los falconianos. Yo me encontré esta ciudad a los 17 años, una edad muy fuerte, una edad donde se están pensando cosas serias en la vida, y ella me descubrió, yo me la encontré, yo me la bebí, formo parte de la vida activa de la ciudad de Maracaibo. Pienso que esta ciudad es muy importante en mi vida para siempre, así como puede ser Punto Fijo, Carirubana, Los Taques, que vienen de ese comienzo de la vida hasta los 17 años cuando comienza otra historia de Gustavo.
Para eso no se daban becas…
Judibana es el hogar, el primer hogar que nosotros tuvimos cuando estábamos pequeños, en el Banco Obrero de Punto Fijo, un apartamento en una planta baja. Nosotros tuvimos contacto también con el deporte porque teníamos un estadio cerca donde jugábamos béisbol, incluso mi hermano participó en organizaciones para jugar el béisbol, y teníamos una plazoleta que era un sitio de encuentro adonde bajaban todas las personas, muchos muchachos algunos que hoy son profesionales, otros que están en otras cosas trabajando sobre todo en la industria petrolera que era lo que marcaba la pauta de la economía local, muchos muchachos terminaron entrando en las petroleras y, teniendo el ejemplo de mi papá, que fue un hombre muy sacrificado y que entró a la industria petrolera de esa época, yo decidí nunca tener contacto con la industria petrolera, inclusive mi papá en algún momento solicitó una beca porque yo iba a estudiar música y le dijeron que para eso no se daban becas. A mí no me interesaba una beca, creo que eso no era lo importante, inclusive yo me vine para acá para Maracaibo con el esfuerzo total de papá.
La venida a Maracaibo
Había dos posibilidades, el IUDEM que estaba naciendo en Caracas, el Instituto Universitario de Estudios Musicales regentado por el maestro José Antonio Abreu que es el presidente de Orquestas Sinfónicas Juveniles de Venezuela, y la Organización de Niños Cantores del Zulia, la Carrera de Música en la Universidad Cecilio Acosta de Maracaibo. La relación tan estrecha que tenía yo con mi familia en este caso con mi madre y mi padre hizo que estuviera más cerca, y más cerca era Maracaibo, porque había más control, inclusive ellos escogieron dónde me iba a quedar cuando decidí irme con otra familia que es la familia Labrador, que me acogió en su seno para yo estar como uno más de ellos, porque yo no fui un residenciado ahí sino que fui un hijo más. Ese encuentro con esa nueva familia, con nuevos valores también, cosas muy importantes que marcaron el rumbo de lo que es hoy mi ser, mi persona. Otro padre, otra madre, unos hermanos, Carlos Labrador que hoy está en Voz Veis, viví con él en su casa durante cinco años, y eso fue muy importante, esa transición de lo que es la primera juventud, se puede decir, de 17 a 22 años, de ahí se desprende otra cosa, otra historia.
En mi casa había un picó con valses vieneses…
Yo supe de la música siempre, en mi casa desde que yo nací había un picó con valses vieneses, ese tipo de cosas que a mi papá le gustaban, había una colección de música criolla, música venezolana y yo siempre tuve la inclinación, siempre me gustó la música, desde niño, tenía radio cerca de mi corralito y todo ese tipo de cosas, yo me sabía el radio, los diales, inclusive hay mucha música que ahora suena que formó parte integral de mi vida. La música, las voces de la radio, la televisión, eso fue muy importante, una televisión de los años 70, distinta a la televisión de ahora, donde había un nivel de producción un poco mayor a los ojos de un niño de cuatro, cinco, seis, siete, ocho años. Había programas nacionales, una programación nacional, y había muchos espacios de participación colectiva, de participación de talentos, eso me llamaba mucho la atención, tanto en la televisión como en la radio. Yo le pedí a mi papá, primero, prunes, prunes era un cuatro, yo abstractamente decía que el cuatro sonaba así prum. En el año 79 mi papá fue a una vacaciones, nos fuimos a Barquisimeto y me compró en esos años un cuatro de Pablo Canela que costó 60 bolívares y un método de Oscar De Lepiani que costó 2,50, yo se lo recomiendo a la gente, aunque es un método es motivador, los diagramas, la gente inmediatamente siente el instrumento.
Yo fui un ejemplo de cómo no se debía hacer música
Yo en ese momento estaba en los primeros años, en tercero, cuarto grado, y yo recuerdo que una vez dijeron ¿quién sabe tocar el cuatro?, y se pararon tres amiguitos, Carlos Eduardo Aguilar, Freddy Quintero y otro muchacho más que no recuerdo el nombre, y dijeron “yo sé tocar el cuatro”, y eso a mí me decía que yo adentro sabía tocar pero no lo podía expresar con mis manos, o sea, yo sé que sabía, no sé cómo, algo extraño, así como diciéndote “hay algo aquí en mi cabeza que me dice que yo sí sé tocar ese instrumento pero no puedo, objetivamente no sé”. Me acuerdo que en ese momento tenía una monja que nos daba clase y yo fui un ejemplo de cómo no se debía hacer una música, porque ella dijo “este muchacho no sirve para la música” porque él está haciendo un figuraje que no es el que yo estoy dictando y de verdad que estaba muy equivocada ella conmigo, porque el único que siguió haciendo música de toda esa gente fui yo. En el año 79 también fui a ver a Los Niños Cuatristas de Paraguaná, y entonces mi papá se estaba afeitando esa noche después de que fuimos al Ateneo de Punto Fijo, y entonces le digo: “Papá tú quieres que yo toque solista o cuatro acompañante”, y entonces él me ve la cara así como inocentemente, me acuerdo porque a mí me preocupaba lo de la afeitada, esa era una de las cosas que a mí me llamaba mucho la atención de los hombres, en qué momento, eso va a ser muy difícil, cuando a mí me toque afeitarme, resulta que aprendí después que todo es paso a paso. Bueno, y él me dijo “lo que tú quieras, lo que tú puedas”. Cuatro, cinco, seis años más tarde fui el director del grupo, del año 87 al 89 fui el director de ese mismo grupo, fue una carrera vertiginosa con el instrumento.











