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Archivos de: Enero 2006, 25

Revolución en la Educación

por joseleon71 @ Miércoles, 25. Ene, 2006 - 09:44:38 pm

Ideas para el debate

Cuando nace la Universidad Bolivariana en el año 2003, lo hace –hoy lo podemos ver- con un pie en el pasado y otro en el porvenir. En el pasado porque nace aún sobre el supuesto de que es posible concentrar el “conocimiento” en una suerte de edificio donde los estudiantes van a beber como de las fuentes de la sabiduría. Aunque no era ese el discurso estaba sin embargo implícito en la práctica, y resultaba imposible evitarlo puesto que en efecto los estudiantes acudían en busca del conocimiento, mientras los profesores se preocupaban en “dar” o brindar ese conocimiento, investigando (ellos solos) o preparando clase, compilando bibliografía y materiales para su lectura y discusión. Todo esto ya lo conocemos porque venimos de universidades donde esto es lo común (en el mejor de los casos, dicho sea de paso), y difícilmente encontremos profesores y estudiantes que no incurran en estas prácticas.
Sobre la Universidad como sede del saber no es difícil concluir en que se trata de una entelequia, ni siquiera una utopía o un sueño por alcanzar. En la universidad, en ninguna, es siquiera pensable algo como el conocimiento concentrado y dispuesto sólo para la llegada de ávidos comensales. Del libro se dice que contiene conocimiento, pero un libro sin lector no tiene tal, amén de que su contenido cambia y es distinto de lector a lector aunque ambos lo lean al mismo tiempo, (incluso en un mismo lector la lectura de ayer no es la misma de hoy, y si la diferencia es de años, pues cambia tanto que puede incluso tornarse antípoda). El libro universitario y más el especializado exige interpretantes, lectores capacitados para la lectura de esos textos, los únicos que pueden dictaminar (dictar cátedra) sobre la esencia de los contenidos y los que pueden corregir el curso de la lectura de los noveles lectores. De ahí al profesor que todos conocemos no hay ni un paso, como no lo hay a la Universidad por todos conocida, la de las guías y los exámenes, y donde las discusiones de fondo se reducen a la palabra final del profesor que evalúa y califica. (La fe aquí es fundamental: creo en ti profesor que me lees y me das a leer, es la silenciosa oración que transcurre en el fondo de nuestro ser sin preguntas ni recelos. Aunque en la mayoría de los casos, en la actualidad, esta fe también está en descrédito y como párvulos nietszcheanos decretamos la muerte del profesor: me importa un pito lo que me mandes a leer, haré que estoy pero no estoy, en Internet está, lo copio y lo pego. Y la Internet como ese profesor casi ubicuo al que ni se me ocurre hacerle una sola pregunta.)
Todo ello responde a una estructura de espacio y tiempo que lo favorece. Veamos los salones de clase y su estructura piramidal, atendamos al poder que recae en el profesor, en el maestro de escuela. Además, ¿quién, que esté ejerciendo funciones de docente no está de acuerdo en que él está capacitado para guiar por el camino del saber y hacia las fuentes del conocimiento a sus estudiantes? ¿Cuántos estudiantes no esperan sino exactamente eso? Estas estructuras responden a una idea del conocimiento, cual es que el conocimiento ya existe. Si ya existe, entonces hay alguien que lo maneja, que lo comprende y si tiene la didáctica y la pedagogía adecuadas entonces será un buen profesor. Pero esto es una falacia, construida sobre un supuesto falso. Quien enseña conocimiento prefabricado está obligado a reproducirlo, con la consecuente merma y alejamiento del original, al que jamás podrá alcanzar porque el original respondió a un contexto que el profesor cree inalterado, estático, y en el que a decir verdad ni siquiera piensa o concibe existencia.
El conocimiento, en cambio, no existe sino en construcción y lo que se llama enseñar es en un sentido estricto compartir experiencias, en tanto que conocer no es más que la sistematización de experiencias diversas de aprendizaje. Sistematizó Platón, Aristóteles, Leibniz, Descartes, Newton, Marx, Einstein, o ¿creemos seriamente que fueron sabios silenciosos y concentrados, alejados de todos y de todo? Al contrario, sus ideas fueron fecundas porque el diálogo en su momento lo fue. No existe un sabio aislado, un pensador roñoso que no haya discutido con un amigo al menos y que no haya convertido su experiencia docente, si fue el caso, en una microacademia beligerante y de pensamiento independiente, o en su defecto, que no haya pensado al margen de las bóvedas y claustros universitarios. También los hay que, fuera de la universidad son incendiarios pero dentro repiten la lección consabida.
Por otra parte, los libros donde están sus visiones y versiones del mundo no responden a generalidades intemporales sino a ideas y conceptos históricos, culturales, políticos y sociales respectivos, vale decir, a sus contextos. Creer otra cosa es suponer que las ideas, la ética, las mónadas, el cogito ergo sum, la gravedad, la crítica del capital o la relatividad estaban ahí al alcance de la mano y de la solitaria introspección, lo que lleva a creer que ellos o cualquiera en cualquier época hubiera llegado a las mismas conclusiones, lo cual es falso si atendemos a la simpleza de que el mundo copernicano ya no existe sino como pieza arqueológica del saber y el conocimiento. No obstante, insistimos en que el conocimiento existe per se y que a este se accede estudiando, vale decir, leyendo o recibiendo explicaciones seudo teóricas. El conocimiento, pues, no existe y hay que construirlo, en diálogo. Sólo que en el diálogo pueden participar de hecho y en efecto, los libros, viejos y nuevos, y por supuesto, no es para dedeñar que se cuente con maestros y profesores fundamentalmente investigadores, es decir, creadores (no seudo teóricos, esto es, no repetidores en franco e inevitable desgaste de ideas y cuerdas vocales), que activen los mecanismos de análisis, que desencadenen dudas y sepan conducir las discusiones al puerto de la enervante inquietud, dudas que él se plantea a sí mismo y de las cuales hace partícipes a sus estudiantes, a sus contertulios, a sus colegas, los cuales, debidamente desatados, puestos en crisis, harán las saludables preguntas que no tienen respuesta, aquellos planteamientos que nos exigen a todos (profesor incluido) ir más allá de nosotros mismos. Llegar a que los estatus de profesor y estudiantes sean meros accidentes administrativos de un mundo caduco y feneciente es, según me parece, una tarea de la Revolución. Ir más allá de aceptar sin preguntas corrosivas los “duros textos”, sino mirarlos con ojos descreídos, con sagacidad, con vivaz altanería. Se requieren instigadores, inquisidores, preguntones. De parte y parte. No satisfechos, ni acomodados, ni –son los peores- los que buscan acomodarse. El conocimiento está vivo y es una experiencia vital, no un compendio de fichas y contenidos en definitiva bibliográficos. Porque no hay otro horizonte para este tipo de conocimiento que el libro, el señero, el serio y cerrado libro.
Y como sólo se concibe este conocimiento, es que los saberes populares existen como cándidas plantas exóticas prácticamente en vías de extinción, o bien en espera del desarraigo moderno. Porque nos hemos comido el cuento, lamentable es decirlo, de que el conocimiento académico universitario es el culmen, el punto máximo al que puede y debe aspirar todo saber, todo conocimiento, de ahí que el egresado universitario y más el post, es, de los que saben, el que más.
En descrédito de este tipo de conocimiento es que la Universidad Bolivariana apunta entre otras cosas a la municipalización, y en las grandes ciudades, a la parroquialización.
Planteado en otros términos, es dable y saludable pensar que cada problema requiere y exige soluciones particulares. No es lo mismo construir conocimiento en el municipio Mara que en la Parroquia “Venancio Pulgar”. Esta verdad de perogrullo no es asequible al pensamiento burocrático administrativo central o centralizado, que diseña planes de estudio estandarizados. Es decir, no podemos construir un mismo y único programa para realidades distintas, esto es, tenemos que construir lo que necesitamos en cada uno de los escenarios o aldeas universitarias. Pero lo que necesitamos debe entrar y estar en diálogo con lo construido en las parroquias vecinas y en las no tan vecinas, y alejándonos en la escala, en cada estado y en todo el país y el mundo. Sólo en el cotejo de experiencias propias y lejanas es posible construir conocimiento. Se requiere aventura y riesgo, invento y yerro. Pero también, confianza. Hay algo de paternalismo en el hecho de construir y administrar programas de estudio descontextualizados pero hechos y refrendados por especialistas en la materia, que han leído y citan a especialistas renombrados y casi siempre extranjeros. (¿Pero quiénes son especialistas en las materias que el país necesita, en las nuevas y necesarias materias que deben dar cuenta del vertiginoso devenir de esta naciente República en la que se está cociendo una realidad distinta a todo lo anterior y por tanto desconocida?) El conocimiento verdadero es siempre endógeno. Y ofrece soluciones a problemas locales. No importa si se resuelve un problema de ingeniería hidráulica o se plantean y responden los problemas que atañen a la esencia del hombre, los propios de la filosofía o la poesía. Toda poesía y toda ciencia, por demás, son endógenas a la vez que universales cuando más dialogan sobre eso que somos ante la muerte, el amor, la vida.
Ahora bien, necesitamos crear aldeas arraigadas localmente, dispuestas a plantearse las mismas preguntas aunque siempre distintas y a construir soluciones acordes a esa diversidad. Necesitamos construir programas de formación que atiendan a problemas y diversidades locales. Necesitamos crear laboratorios de ciencia y tecnología local, atentos a las particularidades.
Pero me preocupa que no estemos haciéndonos con el suficiente vigor preguntas para resolver in situ problemas ambientales, productivos, industriales, cooperativistas, empresariales. Me temo que hemos aceptado que existe una tecnología y una ciencia a la que tenemos derecho, cuando el único derecho democrático consiste en crear y validar nuestras propias ciencia y tecnología. Creo que hemos aceptado sin mayores contradicciones que existe un saber técnico y científico (superior, complejo, difícil y exacto) y un saber popular (inferior, elemental, sencillo e inexacto.) En ese sentido estamos colonizados, pero no percibimos con claridad los límites de esa dominación. Creemos que sólo si visualizamos los marines constataríamos los avances de la invasión.
Pienso que debemos debatir estas cosas y construir paso a paso la Universidad Bolivariana que necesitamos. Con ciencia y tecnología local, con empresarios e industriales, con cooperativistas, con emprendedores que necesitan hoy más que nunca soluciones locales a problemas locales, en un escenario claro está que no olvida sino que acerca y pone en la balanza lo global, no como imperativo incuestionable sino como factor a modificar si nuestra acción local apunta en la dirección correcta. ¿O es que acaso el empleo de pesticidas o el desvío de una acequia, o el embaulamiento de una cañada o la construcción de un pozo, no afectan negativa o positivamente el ecosistema, el clima, el ambiente a una escala mayor y casi siempre invisible porque no está frente a nuestras propias narices? Creo que una de las cosas que ha traído el pensamiento global es que nos percata de lo que ocurre en nuestro entorno más inmediato.
Necesitamos, en fin, pensadores y creadores locales, en diálogo con experiencias –incluso en otros espacios y tiempos- también locales (aquellas que no pretenden erigirse en normas y dogmas o que al leerlas y estudiarlas no les confiramos ese sentido) y así establecer un verdadero diálogo de saberes. Necesitamos desmitificar el saber académico, y podemos hacerlo siempre y cuando nuestras preguntas, nacidas en el fragor de la construcción de una mejor calidad de vida en y para nuestras comunidades, necesariamente desbarajusten sus preciados y canónicos recetarios, que pasan muy bien en las universidades apoltronadas y burguesas pero que en nada contribuyen a la hechura de un país que necesita nacer desde adentro.
Personalmente descreo de las universidades, mejor, descreo de los saberes académicos que ellas dicen administrar y que pueden controlar sólo porque están quietos, peor aún, aquietados por la inercia. Descreo además de esas estructuras, paquidérmicas y obsoletas casi desde su mismo nacimiento. He visto y la experiencia confirma, que todo lo verdaderamente valioso en cuanto concierne al conocimiento, fue y es creado al margen y fuera de esos edificios. Históricamente es fácil constatar que las universidades mitifican el saber y el conocimiento y son fábricas de estatus y privilegios, reservados a una casta meritocrática. Lo que a ellas llega enmohece y desde sus filas se acostumbra a perseguir y marginar el saber y el conocimiento vivo.
El investigador es peligroso porque no deja las cosas quietas, porque indaga y no se conforma con lo que le sirven. Además, la investigación es cara, y es dos veces preferible pagar y consumir pensamiento, ciencia y tecnología producidos en centros de investigación (ideológicamente hegemónicos) financiados por Universidades o Estados o Corporaciones (que filtrarán al vulgo lo que consideren pertinente y no atente la estabilidad del sistema) que facilitar y por ende perder el control de las investigaciones porque el conocimiento –quién no lo sabe- es poder. Si se compra conocimiento ya envasado y predigerido y si además se afirma por todos los medios y de una y mil maneras que sólo este conocimiento tiene validez, entonces se perpetúa el modelo de dominación. Está claro que la investigación, según esto, no puede estar en las manos disolutas –soberanas- de profesores y estudiantes, investigadores todos, con recursos necesarios y suficientes, además localizados y arraigados y en diálogo con el mundo, puestos en situación de inventar soluciones para salvar su vida y la de sus hijos, y al salvarlas, salvar el planeta. La ciencia y la tecnología occidentales destruyen el mundo básicamente porque nacieron y se desarrollaron en la creencia de que el mundo era igual en todas partes o que se podía uniformar o que era necesario capitalista e imperialmente hablando, estandarizar procesos y hacer lecturas uniformes. La variedad es considerada un estorbo y lo mejor es eliminarla.
Sólo puedo creer, en función de estas ideas, en una universidad que desmitifique el concepto de universidad burgués occidental, y más aún, neoliberal. No puedo creer en una universidad que aliente el “capital curricular” y las tarjetas de crédito académico. De ahí que sueñe y participe con lo que tengo y puedo, en una Universidad que construye el conocimiento en contextos específicos, con sujetos sociales específicos, con contenidos curriculares al ritmo de las circunstancias y siguiendo, con los oídos y los ojos en vilo, los signos de los tiempos. Por eso me alejo progresiva y sistemáticamente del salón de clases y de los cubículos doblemente adocenados, y me refugio a respirar la amplitud del mundo en la calle, los patios, la casas de mi gente.


 
 

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