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MUSEO Y PODER

por joseleon71 @ Miércoles, 20. Dic, 2006 - 05:08:29 pm

Para un debate
sobre el ARTE y el poder POPULAR

Introducción
Busca este ensayo inscribirse en lo planteado por Carmen Hernández (2005) cuando afirma que “La historia del Museo de Bellas Artes o de los museos de arte en general en nuestro país, como sistema de representación (Jean-Louis Déotte) o dispositivo disciplinatorio (Beatriz González Stephan), está por hacerse pues hasta ahora contamos solamente con narrativas concentradas en la caracterización de sus objetos como entes autónomos”. En este sentido, interrogo la producción simbólica de los aparatos de poder, la violencia inherente a la descontextualización, la crisis del sujeto moderno, la redefinición del poder desde las claves de lo popular y comunitario, lo que apunta a revertir los efectos contenidos en el arte como experiencia extra-ordinaria, ajena a la vida cotidiana, esfera sublimada de las cosas humanas y de la prácticas culturales. Luego, reviso la noción “museo” a la luz de un planteamiento civilizatorio del concepto de arte, ya que la experiencia estética, substancialmente ética, desborda sus límites y, específicamente los de la llamada obra de arte.

Museo y poder
Resulta inconcebible el museo, la colección, aun el tesoro, desligados del poder militar, político, económico. Por otro lado, la acumulación, el ordenamiento y la clasificación de objetos, con el fin de producir en el público particulares efectos “históricos” o de dotarlo de unos referentes anclados aún momentáneamente en la narrativa del arte “actual” y sus tendencias, es posible sólo por la descontextualización. Como lo afirma Roger Silverstone “Los museos son, en muchos aspectos, similares a otros medios contemporáneos. Entretienen e informan; cuentan historias y construyen argumentos; buscan divertir y educar; definen una agenda” (1).
La pieza o el objeto museístico, en cualquiera de los casos, está siempre “fuera de contexto” (se entiende que lo esté un cuchillo de sílex, pero también un cuadro de Reverón, cuyo contexto ciertamente no es el museo sino el mismo Reverón y sus dioses, Juana y las muñecas, aquel espacio y tiempo frente al mar Caribe donde enloqueció de luz) y ganan autonomía por eso mismo, aislados en un tiempo espacio concebido y diseñado para su estar ahí, sin antes y sin después, borrada paradójicamente toda historicidad. El objeto museístico es, pues, aislado y desterritorializado, lo que promueve y facilita su movilización, su descolocación, su cambio circunstancial, aleatorio, de escenario, su estar (y no estar) en una zona del espacio donde deja de operar como el objeto que es para convertirse en una entidad física ingrávida, estrictamente intelectual, un objeto físico que pertenece al topus uranius, al lugar de las ideas, y no tan contradictoriamente al mercado y sus ofertas. ¿Cómo es que las ideas y el mercado van juntos? Se entiende la relación toda vez que son los “expertos”, los especialistas, los intelectuales, quienes movilizan las ideas en torno a las “obras de arte”, son ellos, parte consubstancial de la industria cultural, quienes validan y allanan el camino para la exposición y compra venta del arte. Que la colección viaje de museo a museo supone además, la existencia de una red de infraestructuras y servicios con ciertos estándares que garantizan su exposición uniforme (como sucede con los mall, diseñados para que el consumidor se sienta en cualquier centro comercial del mundo como “en su casa”, un museo es, en términos de Marc Augè, un “no lugar”). Seguramente la experiencia del público con la exposición será en cada sitio distinta, pero ya estará la prensa y la televisión listas para proveer el discurso estético uniforme (interpretante, surtido por los especialistas en arte y cultura que firman las páginas de los periódicos) que estandarice el gusto y prediseñe la sorpresa.
Si a esto le sumamos la necesidad de abrir el concepto museo y de extenderlo a otros campos de la experiencia, esto es, si nos salimos del espacio convencional y abarcamos procesos más amplios de museologización, por ejemplo si lo aplicamos a la ciudad o a un sector de ella, creo que podemos entender algunos de los procedimientos que emplea el poder para descontextualizar y construir lecturas.

Museo y guerra
También resultan inseparables las nociones museo y guerra, una de las formas de articular aquella frase de Walter Benjamín «Todo documento de cultura es también un documento de barbarie». La destrucción, el expolio, el robo de la creación y riquezas culturales de los pueblos atacados son algunos de los elementos que participan en la construcción de buena parte de los museos en los países que han llevado a cabo guerras de expansión militar o económica. La actividad supone descontextualizaciones sumamente dramáticas, que arrasan con el sentido de la cultura de origen desmantelando los fundamentos de su ser histórico, social, económico, familiar. Fernando Báez, investigador venezolano, afirma lo siguiente sobre la aplicación de esta política de destrucción cultural en Irak, en el marco de lo que hoy se conoce como “guerra de cuarta generación”:

Por acción u omisión, el Ejército de Estados Unidos ha estimulado la quema de un millón de libros en la Biblioteca Nacional de Bagdad y en el resto de las bibliotecas del país; a esto debe sumarse el saqueo de 13.000 obras de arte del Museo Arqueológico de Bagdad y de todos los museos de la nación; y, como si no fuera suficiente siete mil asentamientos arqueológicos fueron objeto de pillaje y se robaron más de 150.000 piezas de arte antiguo. (…) En 2004, Faluya y Nassiriya sufrieron ataques que arrasaron todos sus vestigios culturales: decenas de mezquitas quedaron en ruinas. El primero de abril de 2005, explotó parte del minarete de Samarra, que había sido utilizado por francotiradores de Estados Unidos para disparar contra militantes de la resistencia; y en junio del mismo año las tropas polacas causaron daños irreversibles al asentamiento de Babilonia, según lo constató un experto del Museo Británico. Al principio, se creía que los saqueos culturales eran espontáneos; hoy sabemos que fueron premeditados. (Báez, 2005) (2)

Por supuesto las piezas fueron a parar fundamentalmente a los museos de Estados Unidos y al mercado negro arqueológico, artístico, cultural que alimenta las colecciones privadas, o las propias de los gobiernos y estados, que no se detienen demasiado a considerar las fuentes ni la procedencia, toda vez que el objeto museístico al recibir el baño lustral del aislamiento y la descontextualización queda listo para la mirada sin consecuencias del turista o para aquella más especializada (imparcial, objetiva y axiológicamente pertinente) del científico o investigador sin hondas preocupaciones historicistas, antropológicas o sociológicas.
La exhibición de los bienes, producto de la conquista y la rapiña, señalan al vencedor, lo elevan y dotan de más poder. El oro, forjado o en bruto, está inscrito en la memoria mítica y archihistórica de la guerra, como lo está el tesoro, producto del robo y la expoliación, que permitía financiar más guerras y más ejércitos. De modo que, antes de hablar del museo y la museística, justamente con estas palabras otorgadas por la modernidad, resulta conveniente no alejarnos de la práctica más anterior que funda tal actividad en la guerra, la conquista y el pillaje, y en consecuencia en la exhibición y ostentación del poder político, económico y de fuego, del vencedor. Luego sí, vendrá el deleite de la elite (la misma clase social que financia la guerra observa sin sobresaltos los despojos del vencido), refinada contemplación en un recorrido purgado de cualquier absceso de conciencia. Se trata de un tránsito irreal y un diálogo mudo con objetos idealizados, contemplación de bienes y objetos acumulados en la medida que más pueblos y más tierras son conquistados. Como en la Gran Exposición de 1851, en Londres, en la que hubo una “exhibición de nativos”, para que “los niños patriotas conocieran mejor lo que eran las colonias y el aspecto de sus sumisos habitantes” (Padgden, 2002: 167-168), semejante a la que preparó Cristóbal Colón a su regreso ante los reyes que financiaron la expedición. Insisto entonces, que no debemos desestimar estas ideas toda vez que precisamente los discursos de la modernidad y del poder en general, se sobreponen e intentan ocultar los procesos de destrucción implícitos en la construcción de la memoria cultural e histórica del mundo “civilizado” entendido como un todo unificado y uniforme, visión de más está decirlo falsa y negada de hecho por la realidad, pero que hoy se debate no sólo en el plano de las ideas sino en el militar.

Museo y sujeto
La actividad museística desborda los límites del edificio Museo, y sus estrategias de ilusión impregnan las relaciones del habitante de la ciudad convertido a la fuerza en “turista”, en extranjero, en sujeto descolocado y descontextualizado, locus dislocado del discurso de la modernidad.
A las paredes y espacios del museo van a descansar las piezas y objetos arrancados de la historia dirigidas al distendimiento de la conciencia del visitante que, al contemplar, descubre su finitud, su mortalidad, también su mudez. Además, si el pasado permanece inmóvil, entonces su presente es éste y sólo éste, y su condición permanecerá como los objetos del museo, intacta.
¿Qué esconde el Museo del Oro en Colombia? Los espectadores asisten a un espectáculo que, pretendidamente histórico, resulta ahistórico, sencillamente porque el pasado se borra para dar lugar a un presente estático y a-problematizado, que esconde el horror y la destrucción. ¿Qué miramos detrás de una máscara de jade olmeca? La mirada sobre este tipo de objetos no aporta ni recibe espesor, salvo la apenas fácilmente removible pátina de la expectación y el asombro. ¿Qué nos queda de observar las pirámides de Egipto o Teotihuacan?
Si al pasmo y al silencio añadimos la descontextualización, nos encontramos con objetos sin sentido en sí mismos, salvo los que le otorgue la discursividad histórica hecha al uso, esto es, objetos que significarán lo que el tramado y el montaje quieran decir. Se entiende que el objeto está alejado de sí mismo, vale decir de su sentido en el contexto y su significación se ceñirá a la discursividad que le otorgue o disponga la curaduría del museo.
Queda pendiente la lectura caótica, estocástica del visitante, queda su recorrido, el itinerario sentimental que contrahará lo dispuesto, subvertirá la lógica e incorporará su sentido, su interpretación. Sin embargo, esta hipótesis esperanzada, que supone en el sujeto el ámbito de la libertad, no considera el fondo del problema, no otro sino la propia lógica del museo, esa zona de irrenunciabilidad donde reside la potencia electora de lo museístico, que decide lo coleccionable, lo que ha de ocupar las paredes, los espacios del museo. Ante esto, se puede afirmar con toda razón que el visitante es libre de leer, de desafiar los horarios y a los guías, pero lo que ve (lo que le ha sido dado para ver) está allí sin que él –en tanto que sujeto- verdaderamente importe. Y lo que le ha sido dado está, como ya lo hemos dicho pero insisto, modulado por la inteligencia del museo, por su calidad “de objetos que tienen, por su presencia en el museo, una condición particular -relacionada con lo único, lo significante y lo representativo.” (3)

Museo e historia
No podemos iniciar (ni concluir –porque una pieza de museo es por definición no-retornable) una mínima reconstrucción cultural a partir de una pieza expuesta en cualquier museo; el sentido acaba y se cierra en la exposición. La descontextualización opera aquí de una manera muy visible. A esto se suma que el museo y sus piezas integran una discursividad que reconoce un hilo histórico subsumido en el gran relato de la Historia Universal. No está de más decir que este relato es una construcción ideológica emanada del conjunto de los aparatos culturales –“tecnologías de imposición de significado” (4) - de que dispone el poder para segregar las representaciones que lo validan, sostienen y preservan, y en la que los museos, que “ofrecen una visión del mundo ideológicamente modulada”, como tantas otras instituciones, participan. Citemos en extenso a John Tagg, cuando afirma recordando a Michel Foucault:

“Un régimen de verdad es esa relación circular que la verdad tiene con los sistemas de poder que la producen y la sostienen, y con los efectos de poder que ella induce y que la reorientan. Ese régimen ha sido no sólo un efecto, sino una condición de la formación y el desarrollo de las sociedades capitalistas… La propia verdad es ya poder, unido al régimen político, económico e institucional que la produce… Se trata de una batalla que debe dirigirse hacia las normas, operativas en nuestra sociedad, según las cuales las representaciones “verdaderas” y “falsas” están separadas. Es una batalla que se libra contra las instituciones que tienen en nuestra sociedad el privilegio y el poder para producir y trasmitir un discurso “verdadero” (2005, 123) (6)

Pero el museo no sólo traduce operaciones de conquista y expolio, también opera como dispositivo para la memoria (desde el poder), construido como hemos dicho a partir de descontextualizaciones violentas, directas o indirectas. En efecto, el museo es una de las formas que tiene el poder para prediseñar su memoria, su recordación, su perpetuidad. Preserva objetos culturales sacados del curso cotidiano de la vida. Esta acción permite que sucesivas generaciones de hombres (virtualmente eternizados, en tanto que sujetos vaciados de historicidad) se paseen delante de estos objetos, ahora doblemente enmudecidos pero dispuestos de tal manera que articulan y reproducen una historia, más bien una historicidad. Un museo desde esta perspectiva es la promesa incumplida de la reconstrucción histórica. Observar los restos funerarios de una etnia indígena tal vez nos remonte (por acción de la tarjeta al pie de la composición y por nuestra propia carga de información) a un momento histórico impreciso, pero esa operación excede al museo y exige para su realización la existencia (contextual) de los restos, cosa imposible toda vez que precisamente se encuentran en el museo. Museo e Historia son actividades afines, pero definitivamente muy distintas. Aunque la pieza de museo ofrezca datos al historiador, al arqueólogo, al antropólogo, éste precisa del contexto y de una red, un sistema de elementos que no serán proporcionados por el museo aunque las salas estén repletas de los objetos detenidos, como disecados y en urnas de cristal, respondiendo a una –otra- gramática y no a aquella necesariamente destruida por la extracción y que a un observador instruido tal vez le hubiera proporcionado, qué sabemos, las claves de los rituales y la organización de la vida y la muerte de aquella comunidad. Esto pasa con una vasija funeraria o con un vestido de Lady Di, porque basta que el objeto descontextualizado ingrese al discurso contextualizador (museístico, fabricador de memoria y constructor de pasados) que lo informa y lo conforma, esto es, que le otorga un nuevo sentido, el que tendrá y por el que será conocido, y un nuevo lenguaje apropiado para el espectáculo, sin aristas ni matices, desproblematizado.
Actualmente son colocados en museos instantáneos y hasta efímeros o en su defecto sometidos a subastas públicas, objetos recientísimos pero elevados a la autopista de la historia (más bien de la obsolescencia incesante) por un discurso legitimador que pone y dispone lo que será (y sobre todo, debe ser) recordado.

Museo y público
Incluso el museo puede imaginar y re-construir escenarios naturales, procurando lo que Roger Silverstone señalaba sobre la verosimilitud: “un sentido de realismo sin el cual no se podría mantener la confianza en el medio" -en este caso el museo-, pero sabemos que simular la realidad no es proceder ni ser la realidad.
Quién duda de la fascinación que generan los museos in situ (acaso lo mismo que ahora sentimos con los reality shows), que ofrecen a la vista del público y “al natural” las piezas, las piedras, los escenarios cargados de historicidad, por acción claro está de un discurso exógeno (porque el campesino que ara la tierra y se consigue una espada o un doblón español no lee museísticamente dichos objetos). Un discurso académico, científico, histórico, que actúa sobre objetos también sin duda, descontextualizados, pero por medio de estrategias más sutiles, acaso más complejas. La cama, el baúl, el tocador del prócer, el tintero, el escritorio, los objetos re-colocados por una inteligencia histórica que desafía la temporalidad y construye un hilo argumentativo que serena las vibraciones de los objetos sin vida, cansados de decir siempre lo mismo, insertos en una zona donde el juicio queda momentáneamente suspendido, intersticio generado por la existencia de unos objetos rotundos pero idealizados y por ende descorporeizados, flotando en un momento subitáneo, en un instante extendido, donde la realidad vacila. El flujo temporal, insisto, es suspendido justo en ese tramo, es cortado de pronto del paisaje, arrancado del devenir y convierte los objetos en entes “observables” y, sobre todo, “visitables”, vale decir, requeridos de acciones y palabras organizadas específicamente, acordes con las circunstancias.
Hay que decirlo, el museo es tal cuando es visitable; esta sola acción y casi la base de todo el sistema, logra que el espacio y los objetos museísticos (y los que se cargan de museididad, como los que quedan en las casas y las habitaciones de personajes muy públicos y aun de los seres queridos cuando mueren, dejados intactos por el pudor que destila la muerte. Así pasan al discurso de lo detenido, forma de descontextualización que consiste en suspender del transcurrir los objetos y por ende, irrealizarlos, lo que inicia el progresivo proceso de eternización, en otras palabras de conservación y en un futuro, de restauración); decía entonces que la visita logra que el espacio y los objetos museísticos permanezcan consolidados, fijos en su tiempo y espacio únicos, y que el visitante, aunque móvil inmovilizado por su anonimato, se encuentre con éstos en una zona que momentáneamente, lo que dura la visita en este caso, está fuera del tiempo. Para decirlo con otras palabras, el museo contamina con su irrealidad y espejismo al visitante entonces también irreal, afantasmado, espejismo de sujeto. Esas dos nadas se encuentran y su diálogo es eterno, silencioso y fugaz.
El museo, aparte de representación del poder y dispositivo de la memoria de la comunidad (de la “comunidad imaginaria” en términos de Benedict Anderson), también es espectáculo en el sentido de ofrecerse como revista no sólo del pasado sino del presente, incluso del futuro. Este era el sentido que tuvieron y tienen las ferias industriales desde la primera en Londres, ya mencionada.
En Venezuela, durante Guzmán Blanco, se celebró en 1883, centenario del nacimiento del Libertador, una de estas ferias que, como explica Carmen Hernández “reunían elementos de diversa índole como objetos del Libertador, maquinarias modernas de la época y obras de arte”, pero fundamentalmente, y para lo que nos interesa “contribuyeron a "deshistorizar" la historia local, seleccionando los pasajes heroicos dignos de celebrar para la posterioridad, en los cuales era casi inexistente la representación de los indígenas o de los grupos sociales de origen popular, salvo casos excepcionales, como la obra La muerte de Guaicaipuro de Manuel Cruz.” (La cursiva es mía)
En las formas que he comentado están presentes tres formas de articulación del poder en relación a la actividad museológica: Museo y Riqueza, Museo y Memoria, Museo y Espectáculo. Las tres se cruzan y combinan en la actualidad, pero sin duda han pasado por momentos bien diferenciados. La primera, desde la Antigüedad (o desde el “Gabinete de Maravillas de la Humanidad” de Nabucodonosor) hasta la Revolución Francesa; la segunda, desde la Ilustración, pasando por supuesto por la Revolución Industrial hasta llegar al siglo XX; y la tercera, dominada por la noción de espectacularidad y mundo globalizado, exacerbada durante el siglo XX y lo que va del XXI. En los tres procesos el poder ha actuado de modo distinto: la ostentación de la riqueza habla directamente del poder económico, político, religioso, social; segundo, sin dejar de significar lo anterior, el museo significa la validación social y cultural de una clase social emergente, la burguesía, en el marco de la consolidación de los Estados-Nación e instrumentación en germen de la Democracia moderna; tercero, suma caótica e irregular, pastiche, aglomeración y anacronismo de todos los elementos mencionados, e incorporación del poder y su discursividad a una vastísima industria cultural que segrega y reproduce discursos de validación y legitimación. En esta tercera fase hay que hacer referencia a lo que Jesús Martín-Barbero denomina “fiebre de memoria”, suerte de bomm que se expresa en:

“…crecimiento y expansión de los museos en las dos útimas décadas, resturación de los viejos centros urbanos, auge de la novela histórica y los relatos biográficos, moda retro en arquitectura y vestidos, entusiasmo por las conmemoraciones, auge de los anticuarios, el video como dispostivo de memorialización, e incluso la conversión del pasado del mundo -y no sólo del que recogen los museos- en banco de datos. Hay que incluir tambien en ese catálogo de referencias del memorialismo actual dos de los grandes debates políticos del fin de siglo: el de los derechos de las minorias étnicas, raciales, de género, etc., y el de la crisis de la "identidad nacional", ligada tanto o más que al proceso de globalización al estallido de las memorias locales y grupales” (7)

Y que contrasta con la “amnesia” que requieren para su funcionamiento el mercado y los medios. De ahí que:

“Si la "fiebre de historia" que denunciara Nietzsche en el siglo XIX funcionaba inventando tradiciones nacionales e imperiales, esto es dando cohesión cultural a sociedades desgarradas por las convulsiones de la revolución industrial, nuestra "fiebre de memoria" es expresión de la necesidad de anclaje temporal que sufren unas sociedades cuya temporalidad es sacudida brutalmente por la revolución informacional que disuelve las coordenadas espacio-territoriales de nuestras vidas. Y en la que se hace manifiesta la transformación profunda de la "estructura de temporalidad" que nos legó la modernidad.” (8)

Museo y comunidad
Menesterosos de pasado, porque la ventolera de la modernidad nos deja sin asideros y sometidos a la amalgama y la mezcla, distorsionando cualquier relación histórica y por ende el presente y el futuro, en fin, desconcertados y tomados en vilo por el afán y la velocidad, soñamos refugiarnos en zonas de remanso y apaciguamiento, en taimada y recelosa actitud crítica, o aceptamos –como afirma Lipovetsky- que “los sistemas de representación se han convertido en objetos de consumo y funcionan virtualmente con la lógica de la veleidad y el kleenex” (9), o bien, deslizamos las paredes del museo y arriesgamos experiencias
No cabe duda que el arte contemporáneo adelanta en su concepción y elaboración la vertiginosa mirada del sujeto actual, hombre y mujer sometidos a un desequilibrio de su ser y estar, inestabilidad de principio, superficie tempoespacial movediza que no ofrece sujeciones ni sustento ni paz. Aunque suele reaccionar con violencia contra la “flexibilidad” de su entorno profesional, laboral y hasta amoroso, no ha dejado el arte, nunca, de acecharnos con su duda y su vacío. ¿Qué se sostiene en el derrumbe? ¿Qué anuncia?
Le toca al museo y a la actividad museística en nuestro país, construir una nueva narrativa, reveladora de lo que ha estado oculto y que contribuya a la disposición de nuevos elementos para una nueva topografía de la memoria nacional, histórica, artística. Para decirlo con una frase poco feliz: si cambia el pasado (su narración), cambia el presente y, por qué no, el futuro. El museo responde a una gramática del poder (en el acto de apropiarse “de un acervo considerado "universal", define “los parámetros de lo culto separado de lo popular”) (10), por lo que necesitamos formular una ortografía desafiante, que disloque la idea de tiempo y espacio canonizada y que incorpore en los distintos escenarios una discursividad alterna, distinta, que haga museístico, entre otros elementos, la gesta cotidiana de un pueblo que ha hecho arte y cultura articulando otras claves que las dispuestas por el arte y la historia nacional y universal. Se requiere el desafío a la noción de arte que está implícita, por citar solo un ejemplo, en nociones como ésta manejada por Fracois Boucher, artista y cineasta de Cali, Colombia, cuando afirma comprensiblemente: “La palabra “arte” que habita en la obra, la firma, la legitimación que le otorga un espacio que llamamos museo, ésa es la trama sutil”, (alusión indirecta y eufemística, diría yo, a la industria cultural que construye poder y verdad en el arte), deja al descubierto, sin que le quepa dudas a Boucher, que la palabra –arte- insufla a la obra, que arte será precisamente por la acción mágica de esa “palabra”. Para cuestionar este saber extendido pero básicamente irracional, es por lo que debemos discutir y replantear el sentido del arte y de lo estético.
El museo nuestro debe refundar su centro en el seno de las comunidades, porque como lo plantea Jesús Martín Barbero,

“La actual reconfiguración de las culturas tradicionales -indígenas, campesinas, negras- responde no sólo a la evolución de los dispositivos de dominación que entraña la globalización, sino también a un efecto derivado de ésta: la intensificación de la comunicación e interacción de esas comunidades con las otras culturas de cada país y del mundo.”
(…)
“Lo que políticamente la globalización pone en juego es una fuerte redefinición de los espacios geoculturales, y por tanto tambien nuevas formas de articulación democrática entre los distintos planos -local, nacional, regional y mundial- en los que interactivamente se situan los hoy muy diversos actores de lo cultural.” (11)

De modo que en el marco de agitadas redefiniciones del arte, el artista y lo artístico, el museo ha de revelar (nos), hacer (nos) visibles, y lejos de banalizar la vida cotidiana y sublimar el arte como entidad ajena y extraña, invertir, subvertir los valores con el fin verdaderamente democrático de alojar un arte de y para todos. Está claro que el binomio que hoy sustenta la actividad artística –Museo y Mercado- debe ser reinterpretado a la luz de una economía solidaria, no competitiva, no capitalista o, en todo caso, muy lejos de la voracidad del libre mercado, que desconoce la vida interior y comercia con igual aquiescencia un Van Gogh, un Soto, un Bárbaro Rivas.
Museo y poder popular
Si el museo que conocemos se ha construido a partir del Poder que administra, regula y segrega la vida cotidiana, social, económica, política, en fin, cultural de pueblos que continúan silenciados en tanto que su producción simbólica no entra en el juego del conocimiento salvo como curiosidad u objeto socio antropológico, el museo que necesitamos debe responder a las descentralidades y desanclajes que crea el poder popular, (“lo popular en la cultura no como su negación, sino como experiencia y producción”, dice Barbero) que distorsiona la idea convencional de arte y elite, que destituye las nociones consabidas respecto al arte académico, que restituye a su lugar al “Hombre del Anillo”, que devuelve la paz a Juan Félix Sánchez, abatido por el Museo que robó su obra, su imagen y su nombre. Creo que debemos pensar en lo afirmado por Carmen Hernández:

Cualquier posibilidad de redimensionar el modelo museológico asociado al campo del arte, debe pasar por una reconceptualización del sistema del arte como un segmento privilegiado del amplio campo de lo simbólico cultural, estimulando justamente la producción y difusión de aquellos planteamientos que cuestionan el interior del sistema como lugar de privilegio. (12)

En este sentido, no estoy muy seguro finalmente, de que la idea de museo se avenga con el poder popular ni que exista un lugar muy distinto para Rivas o Sánchez, que no sean su casa, sus espacios vitales, las comunidades que saludaron su presencia, su cotidianidad. Creo que de lo que se trata es de replantearnos en serio, no ya como pueblo sino como civilización, el concepto de arte, considerando que la acepción con la que conocemos esa experiencia es relativamente reciente. Creo incluso, que el Mercado ha intervenido demasiado en lo que creemos y consideramos arte, y que ello no ha levantado y promovido una ruidosa suspicacia. Aunque falte mucho por discutir, creo que debemos pensar menos en la experiencia artística (concepto modulado básicamente desde el Renacimiento y que ha navegado a la par del de individuo y por ende del de autor) y más en la estética, una dimensión que supera a todas luces la artística y supone, desde ya, un claro y decisivo planteamiento ético.

Notas
1) Roger Silverstone, citado por Fernando Almarza Rísquez. En: El museo como propuesta de significaciones: una estructura sistémica no impositiva, abierta y caótica. Revista Digital Nueva Museología.
2) Fernando Báez. Guerra cultural en Irak. Encontrarte. Año 3 - No 37.http://encontrarte.aporrea.org/teoria/sociedad/37/a9938.html
3) Roger Silverstone. Ensayo citado.
4) Donna Harraway, citada por Fernando Almarza Rísquez, en el ensayo citado.
5) Roger Silvertone, en el ensayo citado.
6) Jhon Tagg. El peso de la representación. FotoGGrafía. Edciones Gustavo Gili. Barcelona, 2005
7) Jesús Martín-Barbero. Dislocaciones del tiempo y nuevas topografías de la memoria. La iniciativa de comunicación. http://acd.ufrj.br/pacc/artelatina/berbero.html
8) Jesús Martín Barbero. http://acd.ufrj.br/pacc/artelatina/berbero.html
9) Gilles Lipovetsky. El imperio de lo efímero. Anagrama. Barcelona, 2000
10) Carmen Hernández. Sobre museos y exposiciones. Publicado en Question, Caracas, Año 3, N° 36, junio de 2005, pp. 36-37.
11) Jesús Martín Barbero. Pensar la globalización desde la cultura. Bogotá, julio 2004
12) Carmen Hernández. Las políticas culturales, los museos de arte y el “pueblo”. Publicado en Question, Caracas, Año 2, N° 21, marzo de 2004, p. 37


 
 

En educación el único error sería no inventar

por joseleon71 @ Martes, 19. Dic, 2006 - 07:51:06 am

Cuando Chávez habla de luchar contra la burocracia pienso en la educación. Es cierto que siempre se piensa en la administración pública, en edificios y oficinas achacosas, donde se duerme el tiempo y la irritación es una mezcla de desdén e impotencia. Sin embargo, pienso en la educación, y fundamentalmente en cómo la burocracia paraliza y anquilosa un proceso que debería por esencia ser mucho más flexible, más dinámico.
Todos conocemos el llamado “salón de clases”, suerte de burbuja aislada y aislante, que separa y aleja al grupo de estudiantes con su maestro, de la realidad, de lo que sucede afuera, de su entorno inmediato. El mejor salón es aquel que no deja colar ni el mínimo ruido del exterior, pero este silenciamiento del mundo exterior es sobre todo simbólico, con esa fuerza del simbolismo que actúa más cuanto más indirectamente. Porque se piensa en los ruidos inmediatos, en los del salón de al lado o los que llegan del recreo, pero no cabe duda de que el verdadero ruido es el del mundo exterior, el de la realidad, como queda visto si nos alejamos un poco y contemplamos a la escuela toda en su aislamiento, cerrada al exterior, muda al mundo.
Este aislamiento repercute en todos los actores del hecho educativo. En el maestro cuando construye un programa de clases invariable, precisamente porque está aislado y no requiere de la realidad inmediata para confrontarse. En el estudiante porque lo que “aprende” no tiene incidencia en su vida, en su cotidianidad, en su hacer, y porque experimenta el conocimiento como información memorizable, pero prescindible. (En el fondo el estudiante sabe que lo que aprende –memoriza- no le servirá ni le sirve para nada, salvo para el muy circunstancial y perentorio examen.)
El programa de clases del maestro, invariable como ya dijimos, supone clases también invariables, en las que la participación de los estudiantes puede considerarse lógicamente nula. En efecto, si el maestro prepara su clase de acuerdo a un plan pre-establecido incluso con meses de anticipación, es de suponer que la participación de los estudiantes modificará sus contenidos en lo absoluto. De modo que antes de que la clase ocurra la participación de los estudiantes está descartada. Se espera sí que el estudiante afirme o asiente sobre la explicación del maestro, se espera que comprenda y así lo manifieste, no se espera nunca que rebata, que argumente, que difiera. Eso sólo es posible si se consiente que la contingencia, en este caso representada en el estudiante, participe de la clase.
Vemos entonces como el maestro y las clases programadas e invariables llevan implícita una forma del conocimiento, aunque yo no lo llamaría tal, precisamente porque veo en el conocimiento no esencialmente lo acumulativo sino el proceso, no el estado sino el movimiento. Lo acumulativo del conocimiento tiene su espacio ideal en la historiografía del conocimiento, pero no es precisamente conocimiento. El error procede de considerar lo meramente informativo como conocimiento. Conocimiento es al contrario una actividad del pensamiento, muy distinto a la información que es en esencia memorística.
De modo que podemos asegurar sin temor a equivocarnos que en nuestras escuelas predomina el manejo de información pero no el conocimiento. Lo que deviene una actividad estéril porque la información es parte del conocimiento y contribuye en su construcción, pero aislada paraliza los datos en una suerte de limbo informacional en el cual no se verifica relación ni realidad alguna. Los datos tienen sentido cuando se integran al espacio-tiempo, instancia siempre dinámica, en movimiento y transformación, de ahí que los datos detenidos estén desconectados y señalen una realidad que no es tal, y poco pueden contribuir en la construcción del conocimiento. No quiere decir que no sirvan para historiar las diversas transformaciones, ni para hacer retrospectivas y señalar tendencias, pero todo ello como consecuencia natural de indagar en la realidad y ampliar nuestra visión y comprensión del mundo.
El conocimiento es un diálogo con la realidad, y ese diálogo será más fructífero cuanto más datos e información se procese. La escuela que conocemos ha roto, pues, el diálogo con la realidad, se encuentra aislada y del mundo apenas le llegan lejanos ecos de un mundo desconocido.
Ahora bien, ¿cómo salir de esta situación? En principio, romper el aislamiento. Se debe acceder de manera más directa a los datos, a la información. Luego, es necesario desprogramar las clases para poder incorporar la información, esos datos, de la realidad contingente. Se debe emplear el conocimiento acumulado para comprender tendencias, pero nunca asumirlo como el fin último de la educación. Ahora bien, ¿cómo llego a la información? Claro está que la escuela que conocemos no tiene ninguna práctica de captación o lectura de la realidad, de modo que debemos comenzar a arriesgar unos primeros pasos, aventurarnos en ciertas zonas desconocidas, dejar que sucedan algunas cosas, y registrar con avidez, de manera que podamos luego reconstruir itinerarios. En otras palabras, debemos explorar. Simón Rodríguez ya lo decía: “Inventamos o erramos”, fórmula que no niega el error, antes afirma que el único error sería no inventar. Ameritamos, pues, de unas buenas dosis de intuición, de preguntas, de sospechas, sin temor a la sorpresa, a lo nuevo, a lo desconocido. Sin temor a la ignorancia. Como cuando éramos niños.
Esto último suena vago, pero considero que ello ocurre porque estamos acostumbrados a una seguridad que no es tal, sostenida sobre una carga informacional que creemos irrebatible pero a la que no hemos dirigido nuestras preguntas (porque al conocimiento de la escuela no se le hacen preguntas, él nos las hace) y ello porque proviene de “centros de autoridad”, por definición irrebatibles. Construir conocimiento requiere del desplazamiento de estos centros de autoridad (o centros de gravedad, si se quiere), movilizar los criterios y apreciaciones, cruzar datos con otros más frescos, remozados, contingentes, del día.
Romper el aislamiento conflictúa el espacio-tempo de clases, con su salón y horario pre-establecidos. La realidad acontece en la realidad, y el Perogrullo debe llevarnos a reconsiderar no sólo la unidad básica “salón” sino a la escuela toda, burbuja aislada y aislante, que separa y aleja a toda una importante población de la realidad, de su entorno inmediato. Este aislamiento niega los principios básicos de la información, toda vez que ningún organismo logra sobrevivir sin intercambiar información con su entorno.
La escuela necesita exploradores y para que estos puedan desarrollarse se requieren nuevos espacio-tiempos, una redefinición de las aulas, los programas, y por ende, de las áreas de conocimiento. Hablo de las delimitadas “materias”, de esos contenidos programáticos que los estudiantes deben conocer para superar grados. De esos contenidos ya hemos hablado aquí, y con respecto a los límites, son comprensibles porque tiene límites lo que se puede aislar o separar. Ir más allá de los límites desata, por cierto, la hybris griega de la tragedia.
Explorar, como los Argonautas, nos debe llevar más allá de los límites conocidos, pero sabemos cuan difícil es sobreponerse a estos enunciados, totalmente criminalizados, y relegados a fronteras inaccesibles. El poder ha tenido a bien estas incriminaciones y las señala en los salones de clases y las expulsa de su sistema. La construcción del conocimiento, que sólo es posible en diálogo con la realidad, va más allá de los límites establecidos, rompe el aislamiento y explora. Construir conocimiento es un acto de poder, pero hasta ahora el poder nos ha dicho que quien tiene el conocimiento tiene el poder. Esto es una falacia. El conocimiento detenido no es tal, es información; y el conocimiento para que lo sea está en permanente y continuo diálogo con la realidad. Tenemos una idea confusa del conocimiento cuando lo vinculamos a lo que “sabemos”, pero el conocimiento es la relación, el diálogo entre lo que sabemos y la realidad. De ahí que la escuela (y el Poder, por ende) maneje sólo información, mas el problema es, insisto, en que la información aislada no puede construir conocimiento, y anquilosada no puede incorporarse al fluido de la realidad (de ahí que el Poder ejerza necesariamente una dictadura o tiranía, es decir, se sostenga por la fuerza, toda vez que tiene el “monopolio de la violencia legítima”. De donde se deduce que el Poder no dialoga, porque el diálogo supone relación con la realidad y todo diálogo es una crítica implícita a las estructuras fijas y preestablecidas del Poder. Todo diálogo supone construcción de conocimiento, lo que equivale a ir más allá de los límites, exploración. Y cuando se explora nadie sabe nada. La fórmula de Sócrates “Yo sólo sé que no sé nada” la replica el Poder diciendo “Lo sé Todo”.) Y la información que maneja nuestra escuela está anquilosada, petrificada. De modo que su aislamiento de la realidad es gigantesco. De ahí que sea imposible construir conocimiento en las escuelas que conocemos.
Ahora bien, se dirá que para qué hace falta construir conocimiento, si con manejar información paralizada y acumulacional ha resultado hasta ahora suficiente. Y es aquí cuando se responde que porque ha sido así es porque estamos así. El conocimiento sólo es posible en diálogo con la realidad. Y sólo puede haber diálogo con la realidad en libertad. Sólo exploran los sujetos libres. La escuela ha de ser un espacio para libertad si quiere ser un espacio para la construcción del conocimiento. Pero como de lo que se trata es de ser libres, el conocimiento vendrá por añadidura, y el poder devendrá distinto.

Gobierno y Oposición (Parte II)

por joseleon71 @ Domingo, 17. Dic, 2006 - 09:07:32 am

Los errores de la oposición (que en buena medida son los de la CIA a la hora de fabricar planes de intervención y desestabilización en América Latina) provienen de una lectura errada de la realidad. Es comprensible toda vez que hace rato se alejaron de esta, sobre todo a partir de la expansión y consolidación de los “medios de comunicación”, y más recientemente cuando se convirtieron en partidos políticos y las maquinarias electorales –encargadas de engatusar a los pobres cada cinco años - fueron sustituidas por casting y marketing. (No era que antes estaban cerca y entonces les iba mejor, no, pasaba que la policía y el ejército estaban ahí para suplir la falta de realidad con represión y balas. En ese sentido el cambio ha sido substancial y en muchos casos, de esa transformación, de ese viraje en los aparatos de represión del Estado, ha dependido la continuación de este proceso. La oposición naturalmente pide que el Ejército vuelva a ser lo que era antes -y por cierto, le suena muy mal lo de la Policía Nacional-. Desea un organismo alejado de la vida política, lejos de los ciudadanos, que no intime y roce la vida, el trabajo, el sufrimiento de nuestra gente, una institución conformada por seres que atiendan órdenes y las ejecuten, sean cuales sean, incluidas las de matar al mismo pueblo. Necesita hombres, para decirlo más claro, que hagan el trabajo sucio, que contengan, maten o repriman mientras ellos discuten la macroeconomía.)
La oposición se tragó entero el cuento del poder de los medios. Les ha resultado a las élites, hay que decirlo, para el mercado y el consumo, pero cuando intentan mercadear candidatos y programas políticos, la cosa no funciona. En Italia sí, ahí estuvo Berlusconi, pero aquí Marcel y Cisneros apenas si tuvieron tiempo para acariciar la idea. Pese a los resultados, siguen intentando llegar al poder por la trocha mediática. Lo intentaron con el golpe del 11 de abril, e intentaron convencer a sus seguidores y al mundo de que hubo fraude en el referéndum. No pudieron, pero hasta el último momento, pocos días antes del 3D, Pablo Medina, enguantando, sostenía un disco duro contenedor de las famosas y nunca entregadas a las autoridades, pruebas del fraude. Durante el sabotaje petrolero nos quisieron convencer de que saliéramos a matarnos y no lo hicimos. Los militares de Altamira montaron un show que murió de aburrimiento no sin antes servir de escenario para horrorosos hechos de sangre. La guarimba prendió sólo en los barrios del Este de Caracas y en algunas urbanizaciones de caché de las grandes ciudades. Todo un fiasco.
Por otra parte y como ya se ha dicho, la llamada oposición no puede reconocer los resultados porque eso sería aceptar el gobierno y el nuevo Estado y alejar la posibilidad de calificarlo cuanto antes de “forajido”, lo que pone a su vez a años luz la posibilidad de un golpe de Estado aceptado y avalado por la Comunidad Internacional. A esto se suma el descalabro al interior del gobierno de Bush, el desastre de Irak (guerra ganada mediáticamente hace dos años con el montaje de "Mission Accomplished" pero perdida antes, durante y después en la realidad como hoy ha quedado en evidencia), la imposibilidad o el cuesta arriba de una coalisión en contra de Irán o Corea del Norte. Y para completar, Colombia, su mejor aliado en Latinoamérica, levanta las ollas del paramilitarismo y sus alianzas con el gobierno. (El ladino de Alan García mira con buenos ojos al autoritario Chávez, ahora que se comienza a sentir un poco solo.) En fin, hace aguas la tesis del Eje del Mal mientras Chávez se consolida como líder latinomericano y referencia mundial. La encuesta del Time Magazine CNN (http://www.time.com/time/personoftheyear/2006/walkup/
. Y ahora delen aquí para que vean cómo va la cosa: http://www.aporrea.org/actualidad/n88056.html. Y aquí también http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43362) en la que lideran Chávez y Ahmadineyad, como sendas pesadillas- es un número más a favor del presidente venezolano.
A todas estas, comienza el repliegue de la oposición. Lo primero, “aceptar” la derrota. (Brownfield, que en algunos momentos de la campaña presidencial se confundía con los candidatos de oposición en eso de recorrer barrios, ya visitó la Casa Amarilla con el discurso ya conocido de bajar las tensiones y buscar el diálogo.) Se impuso evidentemente el consejo de Petkoff (que sabe de derrotas y de aguantar), que apunta –como lo aconsejó hace un par de años junto a unos muy pocos “sensatos”- a la capitalización de los 4 millones de votos –hoy con una leve tendencia a la baja- que acompañan a la oposición desde el 15A. Debemos presumir que de haber creado la oposición una organización que acompañara con propuestas y participación los votos del 2004, hoy las cifras serían distintas. El problema está en la realidad. El problema siguen siendo los medios.
La oposición sueña con ir a los “barrios”, “recorrer Venezuela”, “estar en todas partes”, y así lo manifestó el excandidato Rosales cuando desde la Quinta se deslindó de los que esperaban a rabiar que gritara fraude y sacara de la chistera la desestabilización. Quedaron aquellos extremistas descoyuntados, se diría que engatillados, con ganas incoercibles de guarimba. Pero el golpe mediático de Rosales fue contundente. Gritaron no, no puede ser, pero el tipo se escurrió y con algunos seguidores y aprovechando la pinta de demócrata, llegó a Maracaibo con ínfulas de Manuel López Obrador. Como de medios se trata, la tramoya del gobierno paralelo no podía durar más de 15 días. Los medios comienzan a replegarse porque necesitan “noticias”. Y después de 15 días la noticia pasa a ser caliche. La oposición no puede renunciar a la TV porque desaparece, pero en la TV, sin noticias, no puede durar. Dura paradoja. Le quedaría la posibilidad de hacer política pero esto ya no es posible. La política la hace el pueblo. La política no es mediática, aunque buenos golpes de parte y parte se cocinen en las cámaras. Lo que en este país se ha llamado política, que es el mero negoceo entre adscritos, simpatizantes y advenedizos de los llamados partidos, definitivamente no es política. Lo otro, de la televisión al poder, tampoco, y mucho menos el desenfreno mediático por construir noticias que socaven la imagen del gobierno en el pueblo, estrategia en la que insisten como si en verdad les hubiera traído pingües beneficios. A la vista está.
Sin saber qué hacer –hablo de los “políticos” de lado y lado, los unos con el asunto del partido único y las reformas a la Constitución, los otros entre las divisiones y la desaparición- salvo intentar el raiting que les asegure permanencia en los estudios de televisión, a estas horas el Presidente acaba de soltar una bomba dirigida a estremecer los fundamentos de la política tradicional partidista clientelar: anunció la disolución del partido de Gobierno, el MVR, llamó a crear un nuevo partido y, a todas las toldas “calificadas de sopa ‘e letras”, las conminó a acompañarlo o a quedarse atrás, o de lo contrario y esto sí que les debió sonar bien feo, “fuera del gobierno”.
Asomo, por encimita, una preocupación interesante en las filas de los políticos de oficio, esos que se han enriquecido de la política, los que han jugado con los intereses del pueblo, con el voto, la fe y la confianza de un pueblo que los eligió para que acompañaran a Chávez: ¿quiénes estarán a la cabeza de la organización?, ¿quiénes manejarán los asuntos públicos, privados y/o turbios?, ¿quiénes pondrán y quiénes quitarán?, ¿quiénes firmarán los negocios y cheques con el partido? A menos que… no haya tal dirección, y el poder resida en las comunidades, en los movimientos sociales, en la articulación de las organizaciones, en el Poder popular. “Huelgan los comentarios”, César Chirinos dixit.

Sobre el Partido Socialista de Venezuela

por joseleon71 @ Sábado, 16. Dic, 2006 - 02:52:03 pm

Artículo de opinión del poeta venezolano Tito Núñez Silva.

Paso Real, octubre de 2006

¿Partido único, partido unido o frente popular?

Se avecinan debates en torno a la organización popular y a los instrumentos necesarios para impulsar el proceso revolucionario bolivariano, el cual reclama la aceleración de los cambios que profundicen el carácter antiimperialista y socialista anunciado por el Presidente.

Debemos contribuir a generar confrontaciones ideológicas promotoras de formas organizativas que superen la etapa hasta ahora cubierta por los partidos que sustentan al gobierno bolivariano, que en el fondo guardan marcado parentesco con los modelos cuartorrepublicanos.

El Presidente ha hablado del partido único; Alí Rodríguez Araque, en la última asamblea nacional de “Patria para todos”, se refirió al partido unido. Ambos conceptos, único y unido, no se diferencian, cuando sabemos que los dos se refieren a la unificación de las fuerzas identificadas con el proyecto bolivariano y con el liderazgo del comandante Hugo Chávez Frías.

Algunos aliados ven la posibilidad de repetir la experiencia del PRI mejicano. Otros sectores críticos, o de intransigente oposición, consideran que un partido único –o unido, al cabo es lo mismo- significaría un paso hacia el totalitarismo y la implantación del pensamiento único, con todas las consecuencias que a lo largo de la historia tales modelos han traído consigo.

La idea de un socialismo distinto a los conocidos, en un contexto civilizatorio en el cual hacen agua el pragmatismo, los modelos neoliberales y la tecnocracia, sólo será posible en un universo signado por el humanismo, la libertad y el enfrentamiento cotidiano contra las máscaras del poder; por lo tanto la entronización de un partido único, pasa por la negación de lo que a todas luces serían sus más nefastos efectos: el pensamiento único, la imposición ideológica y programática, y la enajenación de la condición humana.

El Frente Revolucionario pareciera tener mayor aceptación, puesto que convoca a una participación más plural y diversa de la sociedad.

La hasta ahora bien encaminada modalidad de los Consejos Comunales aclara el panorama, por cuanto su establecimiento restaría poder a los partidos como intermediarios entre el gobierno y la sociedad; pero esa estructura corresponde más a los intereses administrativos del Estado y a la sustitución de los vicios burocráticos, que a la expresión creadora de las contradicciones ideológicas, al diseño de un cuerpo filosófico y político de la revolución, y a la movilización permanente de la ciudadanía en defensa de la soberanía nacional y del todavía inacabado concepto de “Socialismo del siglo XXI”.

Como quiera que sea, partido único, concebido como una congregación revolucionaria, o frente popular, o la combinación de ambos aparatos, es oportuna la reedición de la plataforma de acción del FLN, redactada a principios de los años sesenta, pues demuestra cuánto hemos avanzado por:

-“…Conquistar la independencia nacional, la libertad y la vida democrática para la nación..
-“…Rescatar el patrimonio, la integridad y las riquezas nacionales”
-“…Establecer un gobierno revolucionario, nacionalista y popular”

Ante las ideas primordiales del documento del FLN, creemos que el mayor avance lo hemos logrado en la unidad cívico-militar y que el reiterado concepto nacionalista ha sido sustituido por el carácter continentalista e integracionista del proyecto bolivariano.

A partir de enero del 2007 nos espera una de las batallas más difíciles de todo movimiento revolucionario: la confrontación ideológica en el seno de sus propias fuerzas; el combate contra la corrupción y el burocratismo; el surgimiento de nuevos liderazgos y formas de organización política.

Desde las Escuelas de Formación Popular, en cuyos talleres venimos trabajando hace algunos años, ofrecemos nuestra humilde contribución a ese debate creador y democrático.

nunezsilva@hotmail.com

Gobierno y Oposición (Parte I)

por joseleon71 @ Lunes, 11. Dic, 2006 - 06:27:47 am

Comunicación popular

Resulta una falacia lo de la “oposición” en Venezuela, y esto por dos razones. La primera, porque la llamada oposición actúa fuera del marco de la Constitución Bolivariana, la segunda, porque no hay oposición “democrática” sino dentro del marco de democracia que el Estado ha construido. La segunda deriva claro está de la primera, pero aún así me parece crucial apuntar algunas cosas sobre este particular.
La afirmación indica que la mal llamada oposición en Venezuela, al actuar fuera del marco de la Constitución, es antidemocrática. Y no se trata sólo de ir a elecciones, pues lo hacen de un modo muy particular (desconociendo al árbitro y al sistema), sino de tomar las elecciones y el escenario electoral como un intersticio por el cual asomar la desestabilización. Rumores y noticias de golpes a la delincuencia electoral se sucedieron antes, durante y después del 3D, y entre tantas noticias, hasta hubo una de un desembarco de marines por Castilletes, que pasó sin pena ni gloria. A todas estas uno no sabe si los golpistas fueron contrarrestados o si se trató de noticias sin mayor fundamento (pese a algunas evidencias.) Lo cierto es que difícilmente desaparecería la posibilidad de violencia mientras la oposición no desarrolle sus actividades a la luz de la Constitución. Sólo que si lo hace, desaparece. Si acepta los términos de la Constitución Bolivariana, quedarían subsumidos en la dinámica de construcción de la Patria Bolivariana, y su perfil capitalista y neoliberal quedaría desdibujado. Ellos lo saben o lo intuyen, de lo contrario no hubieran hecho declaraciones tan expresas de neoliberalismo los voceros de “Rumbo Propio” -en el Zulia pero según ellos, actuando ya a nivel nacional- al siguiente día de las elecciones, cuando meses atrás estaban siendo investigados por su tendencia separatista. Estas declaraciones tienen el ingrediente de haber sido dadas a través de medios del Estado, lo cual es una manera de demostrar el interés del Gobierno de tener “oposición”, de voltear la página o aclarar el rostro del adversario. Pero...
La oposición fuera de la Constitución no es tal; dentro, no es oposición. Recuérdese la situación política en el país adeco-copeyano. Había un Estado y dos partidos, exactamente dos clientelas. Cualquier otra opción era perseguida o instigada, secreta o abiertamente. La rebelión del 4F fue un golpe certero a las bases de aquella estructura y alentada por el 27F, socavó sus bases y precipitó su caída. Los estertores de su desaparición los vivimos y padecemos hoy. Con esto quiero indicar que no hay oposición fuera de la Constitución, y la afirmación sólo quiere alertar sobre un momento, éste en particular, cuando el Gobierno reclama una oposición democrática que se deslinde del golpismo, por nombrar a ese conglomerado de tendencias que actúan al margen o fuera de la Constitución. En este momento se comienza a cocer la “negociación”, el acomodo en el interior –de la Constitución, del Estado y el Gobierno- de tendencias opuestas, matices o acentos que se manifestarán en la retórica oficial pero muy poco o nada en la práctica.
Creo sin embargo que falta mucho para ese momento, pero descreo desde ya –me preocupo sólo de los signos- que sea el mejor escenario. Sinceramente no espero que haya negociación, no es posible sin pagar o ceder en algún punto, a la corta o a la larga, esencial. Esto es lógico a menos que la parte que se sume no haya estado realmente fuera sino haciendo ojitos para que la dejaran entrar. No lo creo.
Me preocupan, a tan sólo unos días de las elecciones, y de una victoria tan determinante, que el Gobierno asome signos de negociación, porque la oposición, si ha de nacer, debe nacer desde adentro, dentro del Estado y la Constitución. No es acicate para la construcción del país que necesitamos Globovisión o el Departamento de Estado. Ha de serlo nuestra gente, las necesidades, los problemas, el país que queremos. Y la oposición ha de ocurrir al interior, para acelerar o corregir la acción revolucionaria. Por eso no se trata de partidos, de blanco o negro, sino de formas o estilos de hacer las cosas. Lo esencial, repito, es la acción de gobierno, en este caso, revolucionaria. (Esta perspectiva –de paso- acaso contribuya en la discusión del “partido único” o unificado.)
¿Qué hacer con los que permanecen afuera, esperando o fraguando un escenario para el golpe? Derrotarlos en ese escenario, que no es exactamente un escenario político, de ahí que no tengan sentido los llamados a amnistía a los presos políticos, en algunos casos meros asesinos. Adentro son muchas las voces, algunas marcadamente disidentes, entre ellas las que cuestionan a las empresas mixtas o el plan minero y energético, o los avances del IIRSA, que se pronuncian “dentro” de la Constitución, a pesar de los ataques y los calificativos por parte de personeros del Gobierno. Estas voces no reclaman, por cierto, poder. Sí, Poder popular, participación, conciencia y movilización, la construcción de alternativas.
(Apunto estas ideas sólo para iniciar un debate en torno a la oposición y las formas de hacer gobierno y política en un país que se debate entre el pasado y la revolución.)

Oposición en Venezuela dice sí pero no

por joseleon71 @ Lunes, 04. Dic, 2006 - 01:55:29 am

Era de esperarse que la oposición no reconociera los resultados, a pesar de que circula una parca noticia en la que se afirma lo contrario. «La verdad es que reconocemos que hoy nos vencieron». «Yo sé que algunos en posiciones a lo mejor emotivas, quisieran que yo mintiera y que yo alzara al pueblo diciéndole mentiras, yo no podría hacer eso jamás, porque al pueblo se le dice la verdad». Estas líneas forman parte del ambiguo discurso de Rosales. En el mismo intenta decir algo que sólo es comprensible a la luz de la actitud que la llamada oposición ha tomado en las contiendas electorales en las que ha participado y salido derrotada. Dice que acepta que hoy fue derrotado (hasta aquí llegó la noticia de los medios bolivarianos) pero que eso no fue lo que arrojaron sus encuestas a boca de urna, sus sondeos, sus conteos particulares, su realidad mediática. Además, dijo que Chávez ganó pero sólo por el ventajismo de contar con el poder del Estado, y en algunos medios aseguraron que el pueblo votó rojo obligado a hacerlo. Sí pero no. Así lo dijeron los voceros oposicionistas, siendo el más destacado sin duda Julio Montoya. Es de resaltar que justo al terminar el breve discurso de Rosales donde acepta sin aceptar y donde convoca a sus seguidores a mantenerse en pie de lucha para construir la muy “pronta victoria” (porque no se crea que esperarán los seis años, además habló con su muy particular estilo de una “victoria que les va a permitir construir el triunfo”), lo sustituyó Pablo Medina, el mismo que hace dos semanas lucía una mano enguantada que sostenía las pruebas del fraude en el referéndum, y que ahora se sostenía precariamente unos lentes de abuelita para soltar sin empacho que Manuel sobrepasaba en sus estimaciones los seis millones de votos. La señal de VTV cortó en este instante, y no sé ni puedo imaginarme cuantos votos según su papelito sacó Chávez. Lo interesante de todo ello es que la oposición no aceptará los resultados porque de hacerlo le estaría diciendo sí a la Constitución de la República Bolivariana (ellos sólo aceptan la del 61), y le quitaría a los Estados Unidos, específicamente al Departamento de Estado el piso político interno, la cabeza de playa, que les permite ir zapando en la imagen del Estado Forajido con que quiere alguna vez y rotundamente, con el beneplácito de la escandalizada comunidad internacional, calificar al gobierno revolucionario. Lamentablemente la revolución está siendo más y cada vez más trasmitida, y los países del mundo han comenzado a percibir la realidad de lo que acá está ocurriendo. Pese a ello, corresponsales y observadores internacionales creyeron asistir a unas elecciones en un país al borde de la guerra civil, y no pensaron jamás encontrarse con un pueblo decidido a ser feliz y con ganas de dirimir sus diferencias electoralmente. Lo que quiere decir que CNN sigue actuando con relativo éxito. La política exterior de Chávez ha sido agresiva y ha conquistado espacios importantes, lo que aleja a la OEA y a la ONU de aventurarse en pronunciamientos que desdigan de la voluntad de un pueblo y de la opinión pública internacionalmente de manera flagrante. Pero eso sí, si la oposición acepta los resultados, la posibilidad de llamarnos Estado Forajido y de actuar en consecuencia se alejan y más difícilmente podrían intentar una invasión, un ataque militar porque este sería difícil de encubrir (ni con Saddam pudieron, y Chávez no es ni de cerca Saddam), remotamente justificable. Les queda ir zapando, repito, y para eso, pues ahí está Manuel, diciendo que continuará la lucha. Hoy en la soledad de la Quinta Esmeralda discutirán la estrategia mediática para cantar fraude a expensas del mundo, de los observadores, del pueblo en las calles de Venezuela. Como hombres y mujeres de medios, saben que tienen escasos quince días para inventar algo contundente, un alud de acontecimientos que propalen la imagen de acciones conjuntas y respaldas por la voluntad burlada en escrutinios dudosos. No es fácil el reacomodo pero están acostumbrados a ello. Por lo pronto, cantar fraude (aunque no lo puedan probar nunca –ni les interese probarlo) les ha dado para rato. Seguirán entonces por esa senda. Lo otro, aceptar, como ya hemos dicho, los convertiría en verdadera oposición, sólo que como tales, estarían del lado de la República Bolivariana y de su proyecto de país. Para no ser una cosa ni la otra, se lanzo Manuel ese discurso digno de aquella famosa frase de su mentor: “Ni una cosa ni la otra sino todo lo contrario”.

A una hora exacta de la diana

por joseleon71 @ Domingo, 03. Dic, 2006 - 01:56:53 am

Yo no voté por Chávez aquel año 98. Nunca había votado y no lo hice entonces. Un “para qué” había ido madurando desde que tuve conciencia política, de la política de entonces, de los partidos y los políticos. Ese para qué me había llevado incluso a no sacarme la cédula, por lo que viví cinco años sin ella. Me había ido también de la Universidad, por lo que no tenía ninguna identificación y como un paria andaba, escurriéndome de la policía (Lolita, cuando llegó a ser gobernadora, eliminó la recluta, de modo que esa pesadilla se disipó), viviendo una suerte de vida al margen. Leía y escribía; sabrosas bibliotecas en algunas casas y en los lugares donde dormía y donde pasé el grueso de esos años, me mantenían aferrado a mí mismo. Y por supuesto, los amigos, con los que soñaba y todavía sueño un mundo a la medida de los sueños, un mundo de fervor, ahínco y belleza. Por esos años la historia llegó de golpe. El 4 de febrero. Ya había escuchado las cacerolas contra Carlos Andrés, ya había vivido el 27 de febrero, la podredumbre del país, el desaliento. Recordaba con rabia y complicada resignación los zapatos rotos, el hambre de la década de los 80, el desempleo, la inflación, la nada social, la represión. Había visto a unos tíos arruinados, contando dinero ajeno. La realidad estaba en otra parte. Por un amigo conocí a la Causa R, y sin estar inscrito colaboré en las mesas, llevé alimentos, atendí una central de información donde me enteré a las dos o tres de la tarde que Andrés Velásquez había ganado las elecciones. Más tarde, que se había vendido. Fueron aquellos días de resurgir, algo había prendido en la gente. Mi padre, al que siempre le preguntaba cuando niño por quién había votado y que siempre me respondía, por el que va a perder, el gallito, lo vi montado en un camión, gritando el nombre de Andrés. Vino la euforia y se fue. Cinco años más de anomia: el colmo: una protesta de viejitos disuelta por una ballena. Por dentro, se sacudían los intestinos del país, Chávez recorría los pueblos, se decía que andaba en un camión como una casa rodante, que iba de pueblo en pueblo, que estaba moviendo gente. Pero yo estaba lejos, en otra parte. O cerca, ahora que lo pienso. Pero eso no importa. Importa que ganó aquellas elecciones, y vinieron más, la Asamblea, la Constitución. Unos amigos, que conocía o había leído participaron en la redacción de la Carta Magna; eso me entusiasmaba; Gustavo Pereira, por ejemplo, entrañablemente. Escuchaba los discursos de Chávez y me reía, asombrado de escuchar por primera vez una forma de la verdad, siempre ocultada por las formas y los formalismos de la mentira. Yo seguía sin inscribirme. Recuerdo pequeñas discusiones con mis padres, sobre el Chávez militar; yo entonces receloso, desconfiado, recordando los allanamientos a la Universidad, las bombas lacrimógenas, las peinillas, los perdigonazos. Todo eso girando. Pero comenzó la conspiración y advertí los signos de la muerte. Su procedencia. Yo estaba curado desde hace muchos años de los medios, sentía y siento un odio profundo por la televisión y la radio, no leía la prensa. Y me fue evidente que la conspiración y el poder de la muerte venían de los medios. La otra realidad liderada por Chávez se deslindaba claramente de la farsa mediática, y de esas formas del poder que ahora se delineaban con claridad meridiana. Entonces vino el golpe. Y de inmediato el reencuentro con un montón de amigos en largas jornadas de reflexión y debate, bañados por aquel abril revelador. Como un fogonazo. Lecturas, discusiones, movilizaciones. Me inscribí en el CNE apenas abrieron inscripciones. La derecha golpista, encarrilada pero furiosa, recogió firmas y fuimos a referéndum. Voté con alegría, contagiado. Ha corrido agua bajo el puente. La derecha golpista, buscando grietas en el sistema electoral, recurre hoy al miedo, al chantaje, a la estafa. Tiene que burlarse porque de lo contrario le estaría diciendo sí a la Constitución que los borra. Por eso no aceptará los resultados, por eso miente sustancialmente cuando dice jugar a las elecciones. Miente y los medios –definitivamente diseñados para la mentira- la acompañan, la secundan, la encubren. Por demás, Estados Unidos ha decidido decirle al mundo “soy una mierda y qué”. El mundo ha comenzado a virar, Latinoamérica no es la misma, el mundo no es el mismo. Venezuela, la República Bolivariana, está siendo observada por todos. Vértice y vórtice. No es poco sentir que nos estamos jugando la vida. La palabra “después” no ha tenido tanto futuro. Esto escribo a una hora exacta del toque de diana. Nuestro pueblo hoy tiene un sueño liviano, y no lo espantan sombras.

Si de enfermedades se trata o los presos políticos de la oposición

por joseleon71 @ Miércoles, 29. Nov, 2006 - 07:53:29 am

Artículo de José Javier Franco, publicado el 18 de noviembre de 2006, en Aporrea. org. http://www.aporrea.org/medios/a27332.htm

Nadie me ha preguntado nunca cuál fue la causa de la muerte de mi abuela. Jamás se me ha acercado un periodista, blandiendo en mi contra su micrófono, a preguntarme por la salud de mi padre. Jamás he salido en televisión hablando de la salud de mi madre. Ni siquiera cuando he atravesado por una crisis asmática se ha dignado ningún medio de comunicación a ir hasta la sala de terapia respiratoria a reseñar mi enfermedad, mi recuperación, mi alta médica. Mi hija, por ejemplo, pasó las navidades pasadas mirando jugar a los otros niños desde una silla de la que no podía levantarse porque un amiguito de la escuela le había fracturado la pierna derecha. Ni una foto para la primera plana de ningún periódico. Es obvio, dirá el avezado lector, son hechos que pertenecen a la esfera de lo privado y de la que no tienen porqué ocuparse los medios de información y opinión del país, que para cosas más serias están y estoy de acuerdo; pero nada más alejado de la verdad.

Una de las premisas de la contemporaneidad es la de que quien no aparezca en los medios de comunicación no existe. Al menos por un instante, segundo de gloria, todos aspiramos a salir alguna vez en esa especie de mundo a través del espejo que es el de la televisión. Acaso antes de que se prendiera el ojo de nuestro moderno Polifemo, nos hubiéramos conformado, como en verdad nos vimos obligados a hacerlo, con una reseña en el periódico; hoy eso es de segunda categoría, la posmodernidad ha devaluado el papel, soporte supremo de la modernidad. Claro que la mayoría de las personas no tiene acceso a los medios de difusión masiva. Lo que pasa, creo, como bien dice un amigo en una canción anónima que sólo algunos pocos de sus allegados hemos escuchado, es que la pantalla es grande y la luz es muy pequeña. Ese mismo amigo podría servirme de testigo ahora de la poca importancia que tenemos los seres ordinarios que no hemos sido apuntados por el reflector que nos hace, en términos mediáticos, venir a la vida. Si quisiera ponerme un poco filosófico, diría, siguiendo el pensamiento de Deleuze, que se nace ser humano, se deviene hombre o mujer y luego, sí y solo sí el gran dios mediático nos señala con su dedo, se adviene sujeto, es decir, se eleva uno a la categoría de la existencia; pero no se trata aquí de filosofar demasiado, sino de señalar que los más, los de abajo, los ninguneados, los nadie, los pequeños seres, si acaso cobramos existencia el día de nuestra muerte gracias al obituario, una existencia rápida, fugaz, apenas percibida por familiares y amigos para convencerse de que en verdad un día estuvimos aquí, de paso como todos, y que es verdad que hemos muerto porque así lo dice la prensa.

En un ensayo del libro Escenas de la vida posmoderna, Beatriz Sarlo apunta que los medios de comunicación (no comparto el término y procuro no usarlo pero como estoy parafraseando a Sarlo y creo que es necesario en este caso; siempre uso el término 'medios de difusión', que no de otra cosa se trata), apunta Sarlo, decía, que los medios de comunicación tiene el poder de elevar a acontecimiento de importancia nacional cualquier tema que traten, desde la sexualidad hasta la economía, pero que, igualmente, tienen el poder de hacer polvo cósmico cualquier tema que no traten, desde la impotencia sexual hasta las políticas macroeconómicas. No uso exactamente las palabras de Sarlo pero por ahí va la cosa. El párrafo anterior y éste, compartirá el lector conmigo, son extremos de una misma estrategia discursiva y comunicacional. Los operadores mediáticos 'enuncian' una versión de lo real desde un determinado lugar, cuyos referentes son fijados por muy precisos intereses; así todo discurso, político, social, cultural, literario, histórico, filosófico. En el caso de la media, la contradicción salta a la vista. Los medios pasan de bien común a empresa privada y, con ellos, los "comunicadores" (¿cómo se nos denominará al resto de los seres parlantes?) pasan de ser servidores públicos o voceros de una ideología (política, cultural, etc.).

En concreto. Desde que se iniciara el proceso de transformación político venezolano, los medios de difusión masiva privados viene configurándose como participantes activos en el debate público nacional. Los medios no son ya la plataforma a través de la cual se expresa ese debate, sino que son actores políticos partícipes, cuya posición ha sido fijada. Cualquier hecho, sin importar si pertenece a la esfera de lo público o lo privado, es elevado no sólo a tema noticioso, sino a problema de interés nacional. Así, la úlcera gástrica de Eduardo Lapi, el dolor de cabeza del general Francisco Usón, la curita en la frente del ex gobernador Enrique Mendoza pasan a ocupar espacios estelares en los noticieros, a ser tema de debate entre expertos, analistas políticos y especialistas en los programas de opinión y hasta se le otorgan primeras planas en la prensa nacional. Por supuesto, los medios de comunicación se han encargado previamente de construir una subjetividad muy particular sobre estos individuos, que entran así en la categoría de personajes. No nos sorprende que los medios reseñen el nacimiento de la hija de actor de moda con la súper top model del momento, tampoco que ocupen el espacio público de la televisión con notas sobre la sexualidad de algún famoso cantante o con un problema de drogas de la hija menor del primo segundo de un sobrino de Maddona. Tales noticias son o nos parecen o nos hacen pensar que nos parecen válidas porque se trata de los sujetos por excelencia de la cultura de masas, a cuya identificación nos obligan con tan diferentes como reiteradas estrategias de comunicación y propaganda.

Es lo que ha ocurrido con la tele-política (el término es de Sarlo). Ante la ausencia, desaparición o debilitamiento de líderes políticos "reales", frente la pérdida de poder de convocatoria de las organizaciones políticas tradicionales, pero sobre todo como respuesta a la amenaza que se cierne sobre sus intereses, los medios de difusión privados funcionan como una máquina de guerra en contra de cualquier poder que no le sea afín. Sin embargo, para justificar su discurso, para argumentar sus tesis, para darle cierto 'autoridad' a sus afirmaciones, para pluralizar un sujeto enunciativo que es en realidad siempre el mismo, necesita construir y hacer uso de dispositivos de enunciación, rostros parlantes cuyo currículum virtual es elaborado casi exclusivamente por los mismo medios o se basa en un sospechoso prontuario vinculado a las viejas políticas. Más allá del operador mediático, que funciona en Venezuela abiertamente como un operador político, el discurso mediático, basado en un diálogo de sordos, necesita de la voz de 'otro', aunque el otro sea el mismo. Es decir, el medio dice, pero le es absolutamente indispensable que lo que dice sea corroborado. De ahí el rol de "asentidores" que cumplen especialistas, expertos, analistas de todo tipo y en todas las materias. Estas figuras, por supuestos, están revestidas de un aura de objetividad y profesionalismo que se acopla a determinados temas o situaciones. Por otro lado está la palabra (también mediática, igualmente mediatizada), del "testigo" o del vocero político. Ambos, cumplen una función mucho más elemental, pero también mucho más "creíble", a la vez que logran la afinidad con un público que se siente ajeno al discurso especializado de los expertos.

Los Francisco Usón, los Eduardo Lapi, como en general todos los "presos políticos", forman parte del arsenal de sujetos y subjetividades que los medios necesitan como soporte de un discurso que poco varía en repertorio y argumentos, pero que, como en un juego de mesa, necesita barajar sus naipes para reiniciar o para crear la ilusión de que se ha reiniciado el juego. La construcción de video-políticos responde a una estrategia mediática y convierte a estos en parte del mobiliario escenográfico del estudio de televisión, tal como los "artistas" son casi propiedad de la planta televisiva que los contrata para que representen un papel. Si en un momento dado los periodistas perdieron su independencia ante la empresa de telecomunicaciones para las cuales trabajan y pasaron a ser o a desempeñar el mismo burdo oficio de un actor de reparto; hoy los video-políticos tiene la misma utilidad que los primeros, cumplen un rol impuesto por la dinámica mediática, responden a los temas, argumentos y referentes construidos por un discurso mediático cada vez más autoreferencial en la medida en la que ve mejores resultados en la sustentación de su propia versión de los hechos que en el esfuerzo por acercarse a la realidad. El mismo discurso mediático y la dinámica de producción de su discurso, justifica que la pancreatitis de uno de sus personajes (políticos o actorales) se convierta en hecho noticioso. Ese hecho en apariencia insignificante desde el punto de vista de la escena pública nacional, cobra trascendencia en la medida en que la mediática ha hecho del personaje en cuestión un sujeto político, aun cuando su incidencia sobre la realidad sea mínima e inclusive nula. Como señala Sarlo respecto de los diferentes temas que la televisión puede o no dar relevancia, podemos señalar que una estrategia similar funciona respecto de las personas.

Durante un largo rato, los medios de comunicación han ninguneado a quienes respaldan el proceso político venezolano. Los chavistas han sido, en el discurso mediático, círculos del terror, hordas, descamisados, borrachos con un pedazo de pan debajo del brazo, violentos, peligrosos. Esa mounstrificación del otro-enemigo (vieja técnica discursiva y refugio del poder) pasó a una estrategia de minimización del contrario hasta llegar a la casi anulación de ese otro nuestro en el discurso mediático. Hoy, los nadie, que son los más, no existen, no existimos, cada vez, los más somos menos, las mayorías somos invisible al ojo tecnológico de este Polifemo enceguecido. Esa desaparición da coherencia a su discurso. Sin ella, es decir, sin nuestra ausencia, les sería imposible asegurar lo improbable, que su candidato va a ganar las elecciones presidenciales del 3 de diciembre.

PEQUEÑA BIOGRAFÍA DE MI MUJER

por joseleon71 @ Lunes, 20. Nov, 2006 - 06:58:22 pm